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Nueva York en un poeta: Federico García Lorca

Federico Garcia Lorca en Nueva York con unos amigos

Federico Garcia Lorca en Nueva York con unos amigos

Apuntes a vuelapluma de lo que ha de venir.

La palabra última es casi siempre resultado del enlace de las otras palabras que le preceden en el tiempo, y así se configura un trenzado que llamamos lenguaje y que tiene su raíz en la palabra primitiva: el verbo original de nuestro pensamiento y sangre. Bien sujeto a su liana, el poeta se suspende en el aire y balancea su cuerpo de un sitio para otro, con el fin de refundar la realidad a través de su logos. Así, la ruptura con aquello que considerábamos anterior no es más que el asombro producido por un nombrar en crecimiento que, desde una espina de la vida o ante un espacio desconocido, suena de un modo nuevo, como una primera vez.

Cuando el 25 de junio de 1929 Federico García Lorca llegó a Nueva York, acompañado por su amigo Fernando de los Ríos, no sé si imaginaba que la ciudad escogida para iniciar la superación de su crisis personal, iba a cambiar radicalmente su forma, por no decir su estilo, de concebir la vida a través de la poesía. Sin embargo, tal mudanza vital no hubiera sido posible sin su anterior desarrollo metafórico, ni sin su misteriosa palabra racial.

«Pararé en América seis o siete meses y regresaré a París para estar el resto del año. Nueva York me parece horrible, por eso mismo me voy allí», le escribe días antes a Carlos Morla Lynch, para afirmar en la misma carta: «Tengo además un gran deseo de escribir, un amor irrefrenable por la poesía, por el verso puro que llena mi alma todavía estremecida como un pequeño antílope por las últimas brutales flechas». Lorca arribaba a la gran ciudad de las multitudes y las finanzas, a su futuro «Senegal con máquinas», bajo el convencimiento de la purgación, y de que aquellas velocidades y alturas le ayudarían a reparar una herida profunda que, aunque recientemente abierta por un desengaño amoroso, remontaba su origen al mundo de la infancia, como la palabra primitiva.

La producción lorquiana en América no se debe tanto al impacto que los nuevos paisajes urbanos y naturales causan en su retina, sino a un estado anímico predispuesto a recibir ciertos acontecimientos externos que precipitan el pensamiento del poeta y, por tanto, originan una emoción determinada, solamente captable a través de la transformación de su lenguaje o, para ser más preciso, de una amplitud de su conciencia metafórica.

Dibujo de Federico García Lorca en Nueva York

Dibujo de Lorca que lleva por título Autorretrato en Nueva York

Tanto la redacción de Poeta en Nueva York o de los poemas que hoy conocemos bajo el deseado título de Tierra y luna, como la dramaturgia de El público o Así que pasen cinco años, además del guión cinematográfico de Viaje a la luna, participan, no solo de un ambiente estilístico similar, sino de un mismo proceso existencial del espíritu que conduce al poeta a interpretar la realidad de una manera muy determinada y personal, hasta el punto de fijar en el canon de la literatura del siglo xx la visión más viva y emocionante de la ciudad moderna. Principalmente en referencia concreta a su poemario mayor, a pesar de tantos ejemplos que también han pasado al friso de la historia, como John Dos Passos, Paul Morand o más recientemente Salinger, Paul Auster o José Hierro.

Esa visión de la ciudad e incluso de los hermosos paisajes de Vermont, donde el poeta pasó unos días en la casa que los padres de su amigo o amante Philip Cummings alquilaron junto al lago Eden, es una continuación desvariada o, al menos, metamorfoseada de la experiencia verbal llevada a cabo en Poema del cante jondo o Romancero gitano  —escritos en 1921 y 1924-1927 respectivamente— no tanto desde el punto de vista puramente formal como expresivo, pues ya en estos títulos nos encontramos con el desarrollo de una imaginería elaborada en el interior de la metáfora, fruto ya del asombro y el misterio, de una capacidad perceptiva sobresaliente y una actitud rebelde frente a la normativa retórica. Es, sin embargo, durante la estancia americana cuando García Lorca expande no solo su forma y estructura, sino que reafirma su rebeldía lingüística y social, inseparables la una de la otra, pues no adopta el poeta el verso novedoso por el hecho de ser moderno, sino por mera necesidad de transportar al lenguaje poético el movimiento, la velocidad, las injusticias, el materialismo y la deshumanización de una sociedad de la que estaba siendo testigo, una sociedad que fue a buscar con la intención de inmiscuirse y perderse en ella con el objetivo quizás de diluir su propia tragedia en un drama colectivo, de fundir su pena en la otredad anónima, aquella de la que desconocía su lengua, pero no su alma.

La adopción del surrealismo por parte del poeta durante los nueve meses que dura su estadía neoyorquina se lleva a cabo de manera natural, es decir, como técnica de expresión de todo cuanto siente y contempla, en un hábil intento de analogía entre las formas exteriores y el vacío interior, de refundar en la escritura, no la ciudad que fotografía su mirada, sino la que surge de su propio corazón. Así pues, más que a una moda literaria, ya cultivada en España por varios miembros de su generación como Dalí y Buñuel, bajo la bendición del patriarca Breton, la actitud surreal lorquiana es la respuesta a una evolución estilística propiciada por un paisaje exterior e interior al mismo tiempo. Podría decirse que es fruto de una perfecta labor de encaje, e incluso podríamos afirmar que no había otro modo mejor de descifrar la realidad vivida. El surrealismo de Poeta en Nueva York tiene una base sociopolítica que, en vez de eludir dicha realidad, la transforma, especialmente para tratar de superar la esquizofrenia que el capitalismo ha provocado en la sociedad. Se trata de un surrealismo sanador, en el sentido de que su metáfora es expresión radical de una conducta liberadora, de la voz última y primera del poeta que se enlaza para gritar y denunciar el presente:

Yo denuncio a toda la gente
que ignora la otra mitad,
la mitad irredimible
que levanta sus montes de cemento
donde laten los corazones
de los animalitos que se olvidan
y donde caeremos todos
en la última fiesta de los taladros.
Os escupo en la cara.
La otra mitad me escucha
devorando, orinando, volando en su pureza
como los niños de las porterías
que llevan frágiles palitos
a los huecos donde se oxidan
las antenas de los insectos…
(…)
¿Qué voy a hacer? ¿Ordenar los paisajes?
¿Ordenar los amores que luego son fotografías
que luego son pedazos de madera y bocanadas de sangre?
No, no; yo denuncio.
Yo denuncio la conjura
de estas desiertas oficinas
que no radian las agonías,
que borran los programas de la selva,
y me ofrezco a ser comido por las vacas estrujadas
cuando sus gritos llenan el valle
donde el Hudson se emborracha con aceite.

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Cervantes en la novela española contemporánea

Novelistas españoles contemporáneos

Juzgando que la novela occidental oscila entre dos ideas límites (una el Quijote y el extremo opuesto que podría ser Le temps retrouvé, de Marcel Proust o Absalom, Absalom!, de William Faulkner) declaraba en 1979 Juan Benet en una conferencia pronunciada en la Universidad de Harvard:

«Para un novelista consciente de su modesta posición en un punto intermedio de esa carrera del péndulo, el Quijote no puede ser ya un modelo. Quien a estas alturas intente no ya imitarlo, sino aprovechar cualquiera de sus hallazgos para el beneficio de su propio arte narrativo, está perdido. No hará más que resbalar. La historia y la tradición literaria, la fortuna de sus imitadores —de Sterne a Gogol, de Dickens a Kafka— no ha hecho más que alejar el modelo hasta hacerlo inalcanzable, de la misma manera que la pléyade de santos y devociones ha hecho poco menos que imposible la imitación de Cristo. Y, por si fuera poco, una cosa es imitar el Quijote y otra muy distinta es intentar reproducir o repetir el gesto de Cervantes respecto a la invención narrativa» [1].

La idea de que imitar el Quijote es hoy, si no imposible, difícil, me parece justificada, y reconozco plenamente la imposibilidad de repetir el gesto de Cervantes, perteneciente a la historia donde todo cambia y permanece pero nada se repite.

Sin embargo, grandes novelistas modernos han aprovechado, desde muy varias actitudes, hallazgos y enseñanzas que del Quijote y de las Novelas ejemplares pueden obtenerse. Una de las más fecundas lecciones del arte narrativo de Cervantes para la novela española contemporánea (denomino así a la producida en los últimos cincuenta años) consistiría en el ejercicio del diálogo como comentario —teóricamente inacabable— sobre el mundo.

No es difícil hallar tal lección en el Quijote y en el Coloquio de los perros. El diálogo (dual, entre Don Quijote y Sancho Panza, o entre Berganza y Cipión, o plural, entre los dos primeros y sus otros interlocutores) se manifiesta principalmente como comentario coloquiado acerca del mundo: acerca de un mundo percibido, representado y concebido desde perspectivas contrastadas; mundo del pasado (cultural), del presente (acción y contemplación) y del futuro (ideal, utopía); mundo de sensaciones, sentimientos, imaginaciones o visiones, de ideas; mundo propuesto siempre como objeto de interpretación.

Como es obvio, hay muchas enseñanzas derivables del Quijote que siguen vivas en la novela de nuestro tiempo: la ironía, la parodia, el juego, el conflicto yo/mundo, la antítesis imaginación/necesidad (más tarde: poesía/prosa), la sustancia verdadera de la ficción y la apariencia ficticia de la realidad, la literarización de la vida, el deseo imitativo, la reflexión de la novela sobre sí propia, la concentración del destino en una sola fase, la fruición de contar, el principio estructural del orden desordenado, la invención de un mito nacido de la entraña misma de la época. Estas y otras enseñanzas aparecen en nuestros días no como extraídas de la lectura directa de Cervantes, sino como asimiladas a lo largo de tres siglos y filtradas muy a menudo a través de novelistas como Sterne, Gogol, Dickens, Kafka y de otros muchos: Flaubert y Alas Clarín, Dostoievski, Galdós, Joyce y un largo etcétera.

Precisar hasta qué punto en los novelistas españoles contemporáneos tales aprovechamientos sean intermediados o inmediatos sería ilustrativo, pero quizá prolijo y estéril. Renuncio, pues, a discernir lo que de «quijotesco» o «cervantino» pueda haber en novelas como Alfanhuí (1951) de Rafael Sánchez Ferlosio, donde un niño dotado con la facultad de transfigurar el mundo sale al camino a probar límites y resistencias; o como las dos novelas de Luis Martín-Santos, Tiempo de silencio (1962), la novela del fracaso de un individuo (médico) en el seno de una sociedad enferma, y Tiempo de destrucción (1975), la novela del esfuerzo de otro individuo (juez) en el seno de una sociedad culpable; o como Últimas tardes con Teresa (1966) de Juan Marsé, pequeño y amargo Quijote en cuanto parodia de los ‘libros de socialerías’ tan favorecidos en aquel entonces; o como La saga/fuga de J. B. (1972) de Gonzalo Torrente Ballester, donde tantas cosas dependen del antiguo modelo: el heroísmo cómico del protagonista, el mito desmitificador, el desordenado orden, la autocrítica de la novela, el goce de narrar, las parodias plurales, el juego omnímodo; o como las mejores novelas de Juan Benet, nunca desveladoras de una vida humana en su transcurrir, sino centradas en un episodio tardío de esa vida. Renuncio también a examinar cómo en la Escuela de mandarines (1974) de Miguel Espinosa resucita el espíritu de Don Quijote en la figura del itinerante Eremita y reaparece la imagen de Dulcinea en la de su amada Azenaia Parzenós (por otro nombre Mercedes Rodríguez) y cómo en La tríbada falsaria (1980) y La tríbada confusa (1984), del mismo malogrado escritor, una anécdota breve y sórdida, narrada en unas pocas páginas, engendra centenares de páginas de comentarios orales y escritos a modo de inacabable irradiación pluriperspectivista que eleva la anécdota a una categoría «teológica».

Indicadas estas renuncias, me fijaré sólo en dos aspectos de la relación entre la novela española actual y la persona y la obra de Cervantes, pues en el primero de ellos hay contacto directo y en el segundo puede someterse a discusión una influencia probable y menos notada que otras.

Un aspecto es la visión de Cervantes por parte de novelistas que le han consagrado alguna reflexión memorable dentro o fuera de sus novelas, y aquí me referiré a Luis Martín-Santos, Gonzalo Torrente Ballester, Juan Goytisolo y Juan Benet.

El segundo aspecto es el anunciado ya: la ejercitación del diálogo como comentario del mundo, en manera semejante al Quijote y al Coloquio de los perros. Tendré en cuenta aquí novelas casi del todo dialogadas de José María Vaz de Soto, hmen Martín Gaite, Miguel Delibes, Torrente Ballester y algún otro.

Reflexiones sobre Cervantes

MIGUEL DE CERVANTESNi el cervantismo ensayístico de Azorín ni el tenue y disperso de Valle-Inclán (autores del 98 muy leídos en los primeros lustros de postguerra) pudieron fomentar en escritores jóvenes la asimilación del posible modelo. Tampoco el quijotismo exasperado de Unamuno, que rebajó a Cervantes a simple medio conducente al fin: Nuestro Señor Don Quijote. Más eficacia pudo tener, a la larga, la novela caminada y conversada de Pío Baroja, en la que no es raro tropezar con un hombre empujado a la aventura que dialoga por caminos de perfección o de imperfección con otro hombre más discursivo y menos alterado. Signo cervantesco ostenta también Belarmino y Apolonio, de Ramón Pérez de Ayala, aunque estropeado por la explicitud con que el narrador plantea el contraste entre el zapatero filósofo y el zapatero dramaturgo, y por las glosas ensayísticas con que, en vez de contentarse con hacer perspectivismo, se entretiene en desarrollarlo teóricamente.

En 1940, como veinticinco años atrás, el más valioso estímulo al aprovechamiento de Cervantes estaba en las Meditaciones del Quijote de Ortega y Gasset, quien, sin dejar de explorar el significado del Caballero, había dedicado tan temprano ensayo de explicación salvífica al escritor Cervantes, o mejor, a su novela en cuanto novela. Este traslado del fervor por el personaje (tan clamado por Unamuno) a la estudiosa atención hacia el arte de novelar de Cervantes determina el rumbo que tomarán después críticos eminentes como Américo Castro y Joaquín Casalduero, o novelistas como Francisco Ayala, por citar uno solo del tiempo de entreguerras. Y, viniendo así al primer aspecto escogido, no resulta extraño que aquellos a quienes voy a referirme (Torrente Ballester, criado en la lectura de Ortega, pero también Martín-Santos, Goytisolo y Benet, más alejados de tal lectura) hagan girar sus reflexiones no sobre Don Quijote, sino sobre el Quijote.

Mucho llamó la atención poco después de 1962 el pasaje de Tiempo de silencio en que se ofrece la meditación de Pedro, el médico, acerca de Cervantes, mientras deambulaba por el Madrid nocturno de 1949. Hubo de llamar la atención ese texto, entre otros motivos, por el largo olvido en que se había dejado a Cervantes. Los novelistas de los años 40 y 50 se habían acogido más bien al modo picaresco que al cervantino. Se veía más «realismo» y más «crítica» en aquél que en éste: la picaresca presentaba la pobreza, el hambre, la marginación, el afán de medro; el Quijote, apenas.

Henchido de voluntad testimonial, Juan Goytisolo ponderaba en 1957 la gran lección de la picaresca, consistente en «ofrecemos, con un coraje y una valentía inhabituales, una imagen cruel, certera, de la sociedad», en lugar de abandonarse a sueños gloriosos o místicos [2.].

Pero he aquí a Pedro, en Tiempo de silencio, monologando por callejuelas del centro de Madrid donde fue vecino el manco famoso:

Cervantes, Cervantes. ¿Puede realmente haber existido en semejante pueblo, en tal ciudad como ésta, en tales calles insignificantes y vulgares un hombre que tuviera esa visión de lo humano, esa creencia en la libertad, esa melancolía desengañada, tan lejana de todo heroísmo como de toda exageración, de todo fanatismo como de toda certeza? ¿Puede haber respirado este aire tan excesivamente limpio y haber sido consciente como su obra indica de la naturaleza de la sociedad en la que se veía obligado a cobrar impuestos, matar turcos, perder manos, solicitar favores, poblar cárceles y escribir un libro que únicamente había de hacer reír? ¿Por qué hubo de hacer reír el hombre que más melancólicamente haya llevado una cabeza serena sobre unos hombros vencidos? ¿Qué es lo que realmente él quería hacer? ¿Renovar la forma de la novela, penetrar el alma mezquina de sus semejantes, burlarse del monstruoso país, ganar dinero, mucho dinero, más dinero para dejar de estar tan amargado como la recaudación de alcabalas puede amargar a un hombre? No es un hombre que pueda comprenderse a partir de la existencia con la que fue hecho [3].

Lo que en principio suscita la reflexión del viandante es, según se ve, el caso personal de Miguel de Cervantes, su equilibrio, su clarividencia para comprender el mundo y sobreponerse a la adversidad, lo excepcional de su existencia y lo enigmático de su hazaña literaria. A ésta va dedicado el resto de la meditación, estructurada en seis espirales sucesivas, que, abreviadamente, configuran este razonamiento: cierta moralidad permite leer libros de caballería siempre que se reconozca que el bello mundo que describen es falso; un hombre decide creer en ese bello mundo y darle ser, con lo que «el mal» se hace realidad; a ese hombre le llamaban «el Bueno»; ese hombre sabe que el bajo mundo es malo y su locura consiste en creer en la posibilidad de mejorarlo, lo cual induce a reír; pero tal vez hubiera que crucificar al loco risible, pues lo escandaloso de su locura está en que pretende realizar aquella moralidad en que decían creer los que de él se reían; sin embargo, como «está loco», no hay que llevar las cosas tan lejos:

«En ese “hacer loco” a su héroe va embozada la última palabra del autor. La imposibilidad de realizar la bondad sobre la tierra, no es sino la imposibilidad con que tropieza un pobre loco para realizarla. Todas las puertas quedan abiertas. Lo que Cervantes está gritando a voces es que su loco no estaba loco, sino que hacía lo que hacía para poder reírse del cura y del barbero, ya que si se hubiera reído de ellos sin haberse mostrado previamente loco, no se lo habrían tolerado y hubieran tomado sus medidas montando, por ejemplo, su pequeña inquisición local».

La historia del loco, en fin, habría servido a Cervantes de «fatiga divertida» con que, olvidando carencias, desprecios y desgracias, «poder no enloquecer» (p. 64).

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De puños, violencias y holocaustos. Una crítica de las novedades historiográficas sobre la España republicana y la Guerra civil.

Por Ángel Luis López Villaverde. Universidad de Castilla-La Mancha Dr. Ángel Luis López Villaverde

ISSN 2254-6901 | Vínculos de Historia, núm. 1 (2012) | Págs.: 273-285

Es un lugar común manifestar que la historiografía sobre la España actual está politizada. Esta afirmación nos remite a cuestiones clásicas: ¿el historiador puede ser aséptico en sus juicios y un observador neutral de los procesos históricos?; ¿consiste en esto la objetividad?

Recordemos la teoría. El historiador es “producto de la historia y de la sociedad” (Carr, 1983: 92). Subrayar esta deuda con su presente obliga a limitar, en lo posible, el “presentismo”, si éste conduce a tergiversar y desenfocar el discurso historiográfico partiendo de posiciones y valores compartidos en la actualidad pero extraños a la etapa analizada. Evidentemente, la imparcialidad total no existe, aunque se disfrace de objetividad. Que desestimemos una historiografía neutral no significa negar los “criterios objetivables de la cientificidad (Pérez Garzón, 2000: 7). Reconocer un cierto grado de subjetividad y descartar la neutralidad no implica desechar la objetividad como horizonte del quehacer histórico, pues el método, las fuentes y las técnicas de investigación vienen a nuestra ayuda (Aróstegui, 2001). En consecuencia, la historia se reescribe y está en proceso de construcción porque los historiadores se plantean nuevos interrogantes, en paralelo con las realidades vividas.

Viene al caso repasar lo obvio porque hay historiadores que contraponen su mirada esencialmente científica con la de otros colegas que, a su juicio, tienden a rehabilitar la memoria de la República bajo criterios más políticos que historiográficos. Estos últimos suelen acusar a aquéllos de “revisionistas”, una especie de cajón de sastre donde todo cabe, desde publicistas a prestigiosos catedráticos. Y, a tenor de la introducción, resulta un ejercicio estéril pretender proclamarse historiador libre de adherencias ideológicas a base de repetir las enormes dificultades que se deben sortear para elaborar trabajos científicos actuando desde posiciones alejadas de la pugna política.

Dejemos aparte el revisionismo “neofranquista”, de polemistas de gran éxito, que han recuperado viejos mitos convenientemente acicalados, cuyo rigor científico o académico es inversamente proporcional a sus ventas. Sus tesis se caen por su propio peso, no han aportado nada nuevo, más allá de dar visibilidad a un público ávido de mantener encendida la llama de la memoria de “confrontación o de identificación”. No elaboran relatos, sino propaganda. Abordemos mejor la creciente polarización de historiadores que, desde el rigor intelectual, se sitúan en la órbita —conscientemente o no— de memorias incompatibles entre sí, de “reconciliación”, en  unos casos, y de “reparación o restitución”, en otros (Aróstegui, 2006b: 57-94). Los primeros —que presumen de independencia y rigor científico— no consiguen desprenderse de un relato sobrevalorado de la Transición, cuyo consenso contrastan con las políticas de exclusión de la experiencia republicana. Los segundos siguen ponderando el programa reformista iniciado en 1931, mientras critican los olvidos y peajes que tuvo que aceptar el proceso democratizador de los años setenta. No serían graves las discrepancias si se confrontaran verdaderamente sus tesis; sin embargo, lejos del diálogo, se detecta una tendencia creciente a ignorarse mutuamente, incluso a descalificarse. No parece muy rigurosa tal actitud y menos aún si se llegan a perder las formas o se incurre en un flagrante “presentismo”.

Obviamente, el horizonte de la objetividad está mejor cubierto si se pueden contrastar perspectivas de análisis divergentes. Debemos concebir nuestro oficio como el de un artesano que construye su obra utilizando piezas complejas, que no siempre encajan y obligan a rehacer parte del trabajo hecho hasta entonces con el in de que el resultado final sea óptimo. Sobran, por consiguiente, listas blancas y negras de colegas.

Pues bien, las principales novedades historiográficas aparecidas en 2011, coincidiendo con el octagésimo aniversario del 14 de abril y el septuagésimo quinto del 18 de julio, son verdaderamente obras innovadoras y de referencia obligada, pero excluyentes en algunos de sus planteamientos. Sobre ellas se han publicado algunas reseñas que contradicen las reglas básicas para una crítica equilibrada: “ni golpear, ni babear, una opinión ponderada y una fundamentación mesurada son más convincentes que un exabrupto” (Manríquez Sabogal).

El objetivo de estas páginas es destacar tanto las aportaciones como las lagunas de memorias divididas, intentando poner sosiego en un debate bronco. Si se practica una historiografía de trincheras no deben extrañar advertencias como ésta: “Cuidado con los historiadores” (Flórez).

Las dos primeras obras analizadas tienen buen encaje en la memoria de “reparación”, mientras la tercera tiene adherencias de la de “reconciliación”. Terminaremos con unos apuntes sobre dos novedades sobre la conspiración militar, que coinciden tanto en la editorial como en el análisis de fuentes novedosas, aunque se sitúan en tradiciones historiográficas distintas.

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Publicado por en 26 de febrero de 2015 en Contenidos

 

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Leonardo da Vinci

José Antonio Serrano Segura:

Muy interesante y bien documentado estudio de la obra artística del gran Leonardo da Vinci por parte de Wilberth Sáenz, pintor y estudioso del arte, con conocimiento y autoridad en la materia. Como tal nos ofrece la perspectiva de un técnico en la materia; pero, al situarse como historiador del arte y divulgador del mismo, lo sitúa en su momento histórico, vital e ideológico (en todas sus acepciones, pues ante todo Leonardo fue un hombre de ideas, de “las ideas”, como concepto platónico. Lean, vean y disfruten.

Originalmente publicado en Arte_wilberth_saenz:

Breve estudio sobre Leonardo da Vinci…


Pensar en Leonardo da Vinci es pensar en el desenfado mismo, en la naturaleza de nuestras entrañas sanguinolentas, es pensar en la sonrisa angelical de la maternidad, es detenerse en el tiempo por unos instantes de nuestra monotonía diaria y apreciar las vivencias creativas del genio de la barba espesa y blanca, es golpear con el cincel la anatomía de un corcel gigantesco, es descifrar el mecanismo de locomoción de las aves, es simplemente trasladarnos al renacimiento y ver los esfuerzos sublimes de un genio por comprender el mundo que lo rodeo y definirlo desde su misteriosa perspectiva.

escuela atenas da vinci Detalle del fresco de Rafael Sanzio, “La escuela de Atenas”, en donde se puede apreciar retratado Leonardo da Vinci como Platón, señalando hacia el cielo con su dedo índice.

Ahí está retratado por Rafael Sanzio como Platón sosteniendo El Timeo, en su célebre pintura al fresco…

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Publicado por en 26 de febrero de 2015 en Contenidos

 

Leonardo da Jandra, ‘Filosofía para desencantados’

Leonardo Da JandraEste ensayo filosófico sobre ética no es un mero manual de urbanidad al uso. Desde el principio, muestra a un guerrero que lucha por su libertad de pensamiento sin ceder ni un ápice ante las tentaciones egocéntricas de la decepción contemporánea. Como dice Guillermo Fadanelli en su prólogo, «Da Jandra, a partir de su filosofía vitalista, escrutadora y moral, reclama una comprensión del mundo que reconcilie al hombre consigo mismo, es decir, con el otro, rechaza las visiones simplistas y utilitarias que dictan enunciados morales desde el hecho científico, abomina de los mercaderes de la globalización, pelea contra los filósofos relativistas que rechazan la existencia de un orden moral y espiritual capaz de contenerlos, y discute con el desencantado que se aísla socialmente y hace de su exilio una victoria».

Leonardo da Jandra (Chiapas, México, 1951) es narrador y filósofo, poco conocido en España todavía. Ni es un autor de best-sellers, ni ha ganado ningún premio significativo, ni ha protagonizado espectáculo mediático alguno. De hecho, harto de los círculos académicos de México, Leonardo da Jandra, el autor de Filosofía para desencantados, un hombre cargado de rebeldía y vehemencia, se fue a vivir durante tres decenios, en compañía de su mujer, la artista Agar García, a la selva del Estado de Oaxaca durante treinta años, con el objetivo de sentirse libre, escribir, leer y tener la vida en sus manos. Su obra, sea ensayo filosófico, novela o relato, siempre expresa con fuerza intempestiva y única un pensamiento vivo en busca de una verdad individual capaz de trascender el tiempo y abrirse a una realidad más amplia. Su novela Samahua ganó en 1997 el Premio Nacional de Literatura IMPAC.

El autor, muy unido asimismo al ámbito de las ciencias, sabe bien de la valentía necesaria para la vida silvestre, igual que del coraje que hay que tener para la filosofía en nuestras junglas de asfalto, de la ardua lucha por colmar el anhelo espiritual que impulsa al hombre a adoptar principios éticos que lo sostengan y satisfagan sus ansias de conciencia, libertad y fraternidad. La suya es una filosofía que surge de la experiencia vivida, nada académica, fresca y positiva.

Es un libro breve pero intenso, tanto que hay que leerlo alerta para que no se escape ninguna de sus contundentes ideas.

Hay ocasiones en que, sin necesidad de ninguno de esos ingredientes oficialmente editoriales o académicos, sin siquiera una campaña promocional potente y sin la atención de los medios oficiales, poco dados a fijarse en los “outsiders”, en los personajes que se sitúan a contracorriente, un libro es capaz de llamar la atención del observador atento con la fuerza de su mensaje. Es lo que sucede con Filosofía para desencantados, una interesantísima obra publicada por Atalanta, que sirve de carta de presentación a este hombre cargado de rebeldía y vehemencia, que harto de los círculos académicos de su país se fue a vivir, en compañía de su mujer, la artista Agar García, a la selva del Estado de Oaxaca durante treinta años para sentirse libre, para escribir, leer y tener la vida en sus manos, como él mismo explica. Resulta inevitable recurrir a ese llamativo capítulo biográfico, para trazar el retrato de quien ha sido capaz de experimentar por sí mismo el peligro, el riesgo, el vivir sin red de seguridad en un mundo entregado a las comodidades.

Como pensador, Filosofía para desencantados supone un pistoletazo de salida que puede tener gran impacto en esta carrera —siempre en comienzo— en pos de la sabiduría y la búsqueda de la verdad. Este libro es valiente y decidido, no se anda por las ramas y va a lo esencial, pues plantea preguntas incómodas y propone claves para intentar resolverlas: ¿Qué necesitan hoy los desencantados relativistas para creer en la vida buena y en el valor del conocimiento? ¿Cómo se supera la pereza moral nacida del egocentrismo autosatisfecho? ¿Cómo recuperar la libertad, la cooperación participativa en nuestras sociedades tecnificadas y dominadas por quienes sólo creen en las cifras? En suma: ¿Caben el pensamiento filosófico y moral a lo grande en el caos de mezquindad e injusticia que en dichas sociedades promueven los círculos de poder regidos por cínicos practicantes de la abstinencia de pensar y actuar bien?

Da Jandra firma un libro breve pero intenso, tanto que hay que leerlo alerta para que no se escape ninguna de sus contundentes ideas, que son muchas, sin tópicos ni retórica. Es un texto para releer y discutir en las universidades, inabarcable en una reseña, pero lo que más destaca en él es la apuesta apasionada y convincente del autor por la valentía de vivir y filosofar (el ejercicio crítico de la razón), no con la guía del desencanto o el nihilismo tecnocrático, sino con la mirada siempre atenta a los ideales platónicos de verdad, belleza y bondad. Parece que hace ya mucho que renunciamos a estos excelsos ejemplos inalcanzables pero orientativos en favor de secas teorías biologicistas o pragmatismos políticos. Junto a ello, un método seguro para filosofar y la firme creencia en los valores que hoy nos definen como humanos y seres éticos han de ser armas eficaces frente al absurdo, la cobardía y la complacencia con las injusticias que hoy anegan nuestro mundo egocéntrico y sin alma, del que Da Jandra esboza una crítica demoledora.

Un profundo conocimiento de las tradiciones filosóficas clásicas, así como de las corrientes de pensamiento más actuales y las obras de excelentes y diversos pensadores (George Steiner, Rawls, Habermas, Rorty, Tarnas, Zizek o Jean Gebser y Ken Wilber) dotan a este tratado de una riqueza intelectual y un vigor inusuales en el panorama filosófico hispano de la actualidad. A este texto intenso y apretado, jugoso como una fruta madura, es difícil buscarle un solo tema, porque trata muchos. En principio resuena como un manifiesto a favor del pensamiento que grita: “¡Atreveos a pensar sin miedo! ¡Sed críticos sin temor!“. En este sentido, el autor afirma: “La tarea de la filosofía en nuestros días no puede ser más clara y precisa: reconocer las limitaciones de todo intento filosófico, y hacer de la búsqueda incesante de la verdad la razón no sólo del pensar, sino del vivir“. Y otro lema que puede extraerse de este libro magnífico, pues sobre todo trata de ética: “¡Atreveos a ser morales y espirituales!”.

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La Ilustración y Karl Marx: influencia y crítica a través del concepto de Alienación

Originalmente publicado en Cuadernos de Historia Cultural:

Por Fabián Andrés Pérez P.*

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El trabajo que se presenta a continuación, aborda el tema de la crítica que realiza el filósofo alemán Karl Marx a la Ilustración. Para llevarlo a cabo, se utilizará el concepto de Alienación, ya que éste mismo tiene una implicancia profunda en el pensamiento de Marx, precisamente por ser una crítica dirigida hacia la realidad histórica contextual en la cual estaba sumergido el pensador. Esta crítica la realiza hacia la clase dirigente que tiene en su poder los medios de producción y por lo tanto son el segmento social que acumula casi la totalidad del capital. Karl Marx se posiciona como uno de los pensadores más influyentes del mundo occidental a partir del siglo XIX; su obra abarca desde el pensamiento y la reflexión filosófica, hasta la crítica económica y material de su mundo, pasando por diferentes etapas de maduración y posturas reflexivas…

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Publicado por en 25 de febrero de 2015 en Contenidos

 

Antonio Machado en Rocafort (1936-1938)

Reproducimos por su interés, gracias a la reseña de ‘gorria’ en la página Machado en Rocafort.

La oposición impide que Rocafort se sume a la Red de Ciudades Machadianas

De gorria

Reproducimos, por su interés, el artículo de Levante EMV de 09.01.2015

VORO CONTRERAS | ROCAFORT

Sevilla, Segovia, Baeza, Soria y Colliure son cinco ciudades relacionadas íntimamente con la biografía de Antonio Machado. También lo es Rocafort, donde el escritor vivió desde 1936 y hasta que en 1938 fue evacuado con su familia a Barcelona. Pero desde el último pleno municipal del 22 de diciembre la localidad de l’Horta Nord se diferencia en una cosa de las otras cinco ciudades vinculadas al poeta sevillano: Rocafort no forma parte de la Red de Ciudades Machadianas (RCM), una asociación creada para promocionar desde estos municipios la obra del autor de Campos de Castilla.

En el último pleno municipal, los concejales del PP, Independents per Rocafort (IxR) y el edil no adscrito Sebastián Bosch (exalcalde del PP) votaron en contra de la propuesta del PSPV (que gobierna en minoría) de ratificar la pertenencia de la localidad a la RCM después de que asamblea de la red aprobara el pasado febrero su inclusión tras haberlo solicitado el mismo pleno municipal con los votos a favor del PSPV, el edil de IxR y Bosch (en aquella ocasión el PP se abstuvo).

La alcaldesa Amparo Sampedro (PSPV) considera que «la cultura se suele convertir en moneda de cambio entre quienes la consideran prescindible o incluso inútil y entre quienes la consideran un objeto de lujo no apto en los tiempos que corren».

Por su parte, el edil popular Sebastián Aliaga aseguró que «el PP ya ha hecho bastante» poniendo el nombre de Machado a una calle y asistiendo a todos los actos de la asociación que lleva su nombre».


Cabe destacar que las ya constituidas como ciudades machadianas, antes mencionadas, acogieron esta petición a la que miserablemente, y perdone el lector la calificación, se negó el grupo mayoritario de Rocafort. Valga como ejemplo, el acta municipal de Soria, escueto por la unanimidad con que fue aprobada, en el que se lee:

3.-DICTAMEN DE LA COMISIÓN MUNICIPAL INFORMATIVA DE PARTICIPACIÓN Y DESARROLLO CIUDADANO RELATIVO A LA MODIFICACIÓN DEL ARTÍCULO 9 DE LOS ESTATUTOS DE LA RED DE CIUDADES MACHADIANAS.

Vista la propuesta de modificación del art. 9 de los estatutos de la Red de Ciudades Machadianas.

Visto el dictamen favorable de la Comisión Municipal Informativa de Participación y Desarrollo Ciudadano, en sesión celebrada el 12 de marzo de 2014.

Interviene el Sr. Rey de las Heras para explicar el punto del Orden del Día:

SR. REY DE LAS HERAS Sí, gracias, señor Alcalde. Es una pequeña modificación de un artículo, ya ha sido leído, de los Estatutos de la Red de Ciudades Machadianas, conformada esa Red ahora por las ciudades de Soria,

Segovia. Sevilla, Baeza y Colliure, y esta nueva incorporación al articulado, esta nueva posibilidad que ofrece el articulado va a permitir en fechas próximas que el municipio de Rocafort en Valencia, donde también permaneció Machado durante año y medio, pueda, seguramente, incorporarse a esta Red, y ese es el motivo por el que se hace esta modificación estatutaria. Nada más y muchas gracias.

El Ayuntamiento Pleno, por unanimidad de los concejales presentes, acuerda:

Modificar el art. 9 de los Estatutos de la Red de Ciudades Machadianas, cuya redacción queda como sigue:

Artículo 9

Podrán incorporarse a la Asociación otros municipios, como socios con plenitud de derechos y deberes, cuando la solicitud esté suficientemente motivada en razón de la biografía y creación literaria del poeta, y dicha solicitud se haga mediante acuerdo plenario de la Corporación correspondiente.

La efectividad de la incorporación requerirá acuerdo de la Asamblea General por mayoría absoluta.

Asimismo, podrán adherirse a la Asociación otras Entidades que no sean municipios, sin adquirir la condición de socio, igualmente cuando la solicitud esté suficientemente motivada en los términos anteriores. La Asamblea General, por unanimidad, determinará la efectividad y términos de dicha adhesión.”

Puede leerse el Acta en este enlace.


De la estancia del poeta en Villa Amparo, en Rocafort, y su participación en el Congreso de Internacional de Escritores Por la Defensa de la Cultura en Valencia, el 4 de julio de 1937, organizado por la Alianza de Intelectuales Antifascistas para la Defensa de la Cultura, nos ofrecen esta presentación.

 

 

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