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Archivos Mensuales: septiembre 2011

¿Por qué Cervantes llamó Don Quijote a su hidalgo?



A Cervantes le gustaba jugar con la ambigüedad del nombre de muchos de sus personajes. No sólo con los nombres, sino que nos sorprende una y otra vez, incitándonos a examinar críticamente los más variados temas, convirtiéndolos en problemas. En cuanto al nombre de su protagonista, hace lo mismo. La cuestión del nombre “real” de don Quijote (‘Quixote’ en la ortografía de su tiempo) aparece por primera vez cuando escribe en el primer capítulo: «Quieren decir que tenía el sobrenombre de “Quijada”, o “Quesada”, que en esto hay alguna diferencia en los autores que deste caso escriben, aunque por conjeturas verisímiles se deja entender que se llamaba “Quijana”»
“Quijada”, “Quesada” o, mejor, “Quijana” son, pues, los apellidos (o “sobrenombres”, como se decía en su tiempo) que baraja Cervantes.
«Puesto nombre, y tan a su gusto, a su caballo, quiso ponérsele a sí mismo, y en este pensamiento duró otros ocho días, y al cabo se vino a llamar “don Quijote”; de donde, como queda dicho, tomaron ocasión los autores desta tan verdadera historia que sin duda se debía de llamar “Quijada”, y no “Quesada”, como otros quisieron decir».
Quijada y no Quesada, aunque este último, aparte de provenir de la villa jiennense del mismo nombre, nos recuerda a su origen manchego. ¿Dónde quedó el Quijana (o Quejana) que en el pasaje anterior el narrador juzgaba tan “verisímil”?

Como vemos es el propio narrador el que, siguiendo la ficción del “manuscrito encontrado” y otras supuestas fuentes fuentes orales o escritas, no lo deja claro. Es más, me atrevería a decir que no quiere hacerlo, sino que hace una parodia sobre las largas descripciones con las que los autores de novelas de caballerías adornaban la genealogía de sus protagonistas.

Los demás personajes que aparecen al principio de la obra no conocen otro apelativo que “Don Quijote”. En el capítulo 5, en cambio, cuando el labrador vecino se encuentra al hidalgo tendido en el campo, maltrecho y delirante, exclama: “Señor Quijana”, y el narrador comenta: “que así se debía de llamar cuando él tenía juicio y no había pasado de hidalgo sosegado a caballero andante”. Por si quedara alguna duda, poco después el mismo labrador tratará de convencer a su vecino de que es “el honrado hidalgo del señor Quijana”.
Nada se nos dice sobre el nombre original hasta 44 capítulos más adelante, donde nos topamos nuevamente con el primer apellido citado, o sea, con “Quijada”. En un pasaje no irrelevante, don Quijote dice descender de Gutierre Quijada (un cortesano que tras heredar cuatro villas se forma como caballero y maestro de armas junto al condestable D. Álvaro de Luna). Se sabía que el nombre Quijada era también una alusión a Luis Quijada, ayo de don Juan de Austria, y familiar de Gutierre Quijada: “de cuya alcurnia yo deciendo por línea recta de varón”; el narrador no comenta nada al respecto, y este nombre no vuelve a aparecer en toda la obra.
En el último capítulo —el 74— de la Segunda parte, nos enteramos de cómo se llama la que en todo el libro sólo había aparecido como “la sobrina”. En su testamento, el hidalgo ha dejado dicho: “Iten, mando toda mi hacienda […] a Antonia Quijana mi sobrina”, e “Iten, es mi voluntad que si Antonia Quijana mi sobrina…” No debe extrañarnos que el mismo apellido tome la forma masculina para el tío (“Quijano”) y la forma femenina para la sobrina (“Qujana”), pues era usual que así fuera.
Don Quijote está a punto de morir. Duerme “de un tirón, como dicen, más de seis horas” y al despertar se siente transformado. Llegan sus “buenos amigos”, el cura, el bachiller y el barbero, y don Quijote les dice:
“—Dadme albricias, buenos señores, de que ya yo no soy don Quijote de la Mancha, sino Alonso Quijano, a quien mis costumbres me dieron renombre de «bueno»“;  y más adelante: “Yo fui loco y ya soy cuerdo; fui don Quijote de la Mancha y soy agora, como he dicho, Alonso Quijano el Bueno”.
Por último, ¿por qué el protagonista cambia su apellodo “Quijano” por “Quijote”. Simplemente porque esta terminación en el aumentativo “-ote” es habitual en varios protagonistas de las novelas de caballerías y es la que adopta el caballero prototípico de este género: Lanzarote, como se le llamó en español, o bien Sir Lancelot, Lancelot of the Lake o Lancelot du Lac en las novelas del ciclo artúrico.
 

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Palabras para Julia


El 19 de marzo de 1999, el poeta José Agustín Goytisolo moría al precipitarse desde una ventana. Estaba solo en casa. Algunos de sus allegados afirman que en el momento de su fallecimiento se encontraba muy deprimido, manejándose la hipótesis del suicidio. La familia, sin embargo negó esta posibilidad y atribuyó su muerte a un desgraciado accidente mientras reparaba una persiana. Al fin y al cabo, es sabido que muchos de los suicidas que se precipitan por un balcón aprovechan el penúltimo momento para intentar arreglar el toldo o la persiana.
Paco Ibáñez, había musicado los poemas Me lo decía mi abuelito y El lobito bueno. José Agustín, cuando poco después conoció al que pronto sería su amigo, tras una entrada distante que se hizo pronto cálida, ofreció al cantautor el poema Palabras para Julia. Tardó Ibáñez en encontrar la inspiración musical de su segunda estrofa: “Tenía que cantarla en Colliure, ante la tumba de Antonio Machado, y encontré la melodía en Montpellier en medio de una juerga”.
“¡Qué barbaridad, qué le vas a hacer a tu hija!”, cuentan que dijo su gran amigo Juan Ramon Masoliver (1910-1997), que prácticamente le hacía de padre al poeta, al leer el poema dedicado, entonces, a la niña Julia, de 7 años.
Hace algo más de dos años se conmemoró la muerte de José Agustín. Se inauguraba también un Congreso Internacional sobre “el poeta de todos”. En el Palau de la Virreina de Barcelona pude charlar con su viuda, Asunción Carandell, que estaba con su hija Julia y tantos amigos. Las particularidades como padre salieron a relucir. Hablaba Asunción de cuando su marido despertaba a su adorada Julia por las noches para hablar con ella, o de cómo jugaba a hacerle de lobo mimoso –de ahí el lobito bueno–, de los viajes que hicieron juntos, de sus peleas. Con cierto temblor, le dije que cuando escuché por primera vez, hace más de treinta años, el poema dedicado a su hija, Palabras para Julia, cantado por Paco Ibáñez, “sabía”, con la certeza del adolescente, que hablaba consigo mismo y que quizá se reconocía en Julia . También creo, aunque no se lo dije, que habla también conmigo. Ambas asintieron en medio del silencio. “Vosotros érais iguales, yo era la cerebral”, acotó Carandell tras unas palabras de su hija.
Al poco tiempo, y ya entre las risas, también evocó la viuda el dolor del siempre triste poeta. “Se habla mucho del fallecimiento de su madre pero apenas se menciona que, mucho antes, tras la muerte de su hermano mayor, Antonio, su padre le ignoró”.
José Agustín Goytisolo nos deja un extenso conjunto poético donde tras un disfraz a veces irónico, otras veces sarcástico, se esconde un personaje tierno y cargado de tristeza. Poseedor de uno de los lenguajes más depurados de la literatura castellana de los últimos años, Goytisolo consigue que sus poemas tengan un aire de inmediatez y de frescura, a la par que una clara aspiración de construir un nuevo humanismo sobre los escombros de la cultura oficial que el grupo de los 50 quiso demoler con su piqueta.
Para su adiós quizás sean adecuadas las mismas palabras que pronunció en Coulliure ante la tumba de Machado: “Yo no he venido a llorar tu muerte, sino que alzo mi vaso y brindo por tu claro camino y porque siga tu palabra encendida”. El poema en cuestión, y que muchos conoceréis, recogido de su libro Palabras para Julia y otras canciones, es amargo y con tintes “machadianos”, reflejo de la tristeza del poeta barcelonés:


PALABRAS PARA JULIA

Tú no puedes volver atrás
porque la vida ya te empuja
como un aullido interminable.

Hija mía es mejor vivir
con la alegría de los hombres
que llorar ante el muro ciego.

Te sentirás acorralada
te sentirás perdida o sola
tal vez querrás no haber nacido.

Yo sé muy bien que te dirán
que la vida no tiene objeto
que es un asunto desgraciado.

Entonces siempre acuérdate
de lo que un día yo escribí
pensando en ti como ahora pienso.

La vida es bella, ya verás
como a pesar de los pesares
tendrás amigos, tendrás amor.

Un hombre solo, una mujer
así tomados, de uno en uno
son como polvo, no son nada.

Pero yo cuando te hablo a ti
cuando te escribo estas palabras
pienso también en otra gente.

Tu destino está en los demás
tu futuro es tu propia vida
tu dignidad es la de todos.

Otros esperan que resistas
que les ayude tu alegría,
tu canción entre sus canciones.

Entonces siempre acuérdate
de lo que un día yo escribí
pensando en ti como ahora pienso.

Nunca te entregues ni te apartes
junto al camino, nunca digas
no puedo más y aquí me quedo.

La vida es bella, tú verás
como a pesar de los pesares
tendrás amor, tendrás amigos.

Por lo demás no hay elección
y este mundo tal como es
será todo tu patrimonio.

Perdóname no sé decirte
nada más pero tú comprende
que yo aún estoy en el camino.

Y siempre siempre acuérdate
de lo que un día yo escribí
pensando en ti como ahora pienso.

 
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Publicado por en 20 de septiembre de 2011 en España, Literatura

 

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