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Archivos Mensuales: noviembre 2011

¿Cuál es la verdad?…

¿Cuál es la verdad?…

«¿Cuál es la verdad? ¿El río
que fluye y pasa
donde el barco y el barquero
son también ondas de agua?
¿O este .soñar del marino
siempre con ribera y ancla?»

Texto: Antonio Machado, Poema XCIlI de ‘Proverbios y Cantares’ (CLXI), en Nuevas canciones.
Fotografía: Miguel de Unamuno en Deusto.

 

 

 

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Se nos ha muerto Javier Pradera (1)

 

Ayer fue para mí un día triste, muy triste. No, no hablo de resultados electorales. Estos, mas o menos, estaban ya descontados y se ha hablado y se hablará mucho más. Tiempo habrá para ello dentro de unos pocos meses, cuando el nuevo Gobierno comience a hacer su labor, a aplicar su programa, tomar decisiones y analizar cómo se va montando el variable puzzle de los grupos parlamentarios.
Me levanté mientras desayunaba por una llamada: un amigo desde Madrid me comunicaba que se nos había muerto Javier Pradera, uno de los grandes intelectuales de la segunda mitad del siglo XX y la primera década del XXI, que acaba en este año. Entre unas obras y otras, especialmente en el campo del ensayo y el artículo periodístico; también y considerablemente en el mundo editorial, Pradera se ha erigido como una figura central de la España contemporánea, “la materia gris de la cultura”, como dijo sobre él el escritor Javier Cercas. Cuando se hablaba en estos términos, modestia aparte, este veterano de mil batallas sonreía y negaba el calificativo.

Javier Pradera ha muerto como había vivido: con dignidad. La dignidad del hombre que se esfuerza por ser justo, para lo que es preciso no solo conceptos, intuiciones e ideales, sino la voluntad de ponerlos y ponerse en constante prueba. Es algo que demanda no poca capacidad de resistencia. Y Pradera ha sido un resistente hasta el final. No hace mucho, quien me llamó para darme la mala nueva me comentó que estaba seriamente enfermo. Sin embargo, el mismo día en que se lo llevó su muerte, publicaba El País el que habría de ser su último artículo: Al borde del abismo“.

Visto hoy, el título resulta cuanto menos irónico. La importancia de Javier Pradera trascendía mucho más allá de su trabajo, pues no era necesario haber tenido un trato íntimo con él para comprender lo que ha sido para nuestro país su trayectoria como actor y pensador político, como agente cultural de primer orden y como periodista, siempre de forma discreta y generosa, siempre sabiéndose responsabilizar de cada una de sus opiniones y posturas, siempre anteponiendo lo que creía adecuado a su propia conveniencia. Este su último artículo lo dictó, como otros, a su mujer, Natalia Rodríguez-Salmones. No veía ya las teclas. Pocas semanas antes, una perseverante enfermera se esforzaba en el hospital, con una manzana en la mano: “A ver Francisco, esto que va a comer, ¿cómo se llama?” Y Pradera, examinándola de reojo, respondía: “apple”. Lúcido e irónico hasta el final que sabía estaba llegando.

 
Fue una de esas figuras singulares que inspiraron la Transición democrática española y una incipiente estirpe intelectual que, en aquellos tiempos, procuraba para España un modelo de sociedad y de cultura bastante más alto que el que después produjo la historia. En mis años de facultad, por los 70, se oía hablar de Pradera con una mezcla de enigma y de mitología, de personalidad algo sátira. En su despacho de Alianza, solía recibir a algunos postulantes, que llevaban algún desatinado ensayo en el cerebro o bajo el brazo. Al salir, afirmaban que él era solamente un fenicio, un comerciante camuflado, cosa que todo el mundo celebraba como una evidencia de lo contrario y que acrecentaba la figura.

Entre los no tan remotos tiempos en que los editores hurtaban sin piedad ni respeto la obra a sus autores y el tiempo actual, heredero directo de la salida a bolsa de los grandes grupos editoriales, donde la única perspectiva es el beneficio económico puro y duro, hubo un largo periodo en el que la edición se concibió también como un oficio de caballeros, según explica José María Guelbenzu en un artículo muy recomendable sobre Kurt Wolff.

Él pertenecía, con estilo propio, a esta clase de personas de dignidad. Su dedicación editorial abarca tres nombres míticos en la edición en lengua española: el Fondo de Cultura Económica (FCE), como primer director (1962-1966) de la delegación en España, Tecnos, Siglo XXI editores y Alianza Editorial, como miembro del consejo de dirección. En las dos primeras, al lado de otro nombre legendario, Arnaldo Orfila; en la tercera, junto con los otros dos impulsores de Alianza, José Ortega Spottorno y Jaime Salinas. Tres casas editoriales de enorme impacto en la intelectualidad de nuestro país, pero solo la última es netamente española. No hay hombre o mujer cultos del año 66 hasta ahora que no se haya formado en buena parte gracias al catálogo de Alianza Editorial. En su trayectoria literaria y de editor Pradera, era su convicción de que una editorial ha de ser una contribución necesaria al desarrollo intelectual del país, de una parte, y vehículo de conocimiento universal de otra; es decir, un constante flujo cultural de ida y vuelta. Al referirse a su labor en FCE escribió: “Aprendí mucho, aprendí la tradición de que los libros no son mercancías, sino bienes culturales. Fondo de Cultura fue y es modelo y paradigma editorial, no sólo por los libros que ha publicado sino, sobre todo, por la forma de comprender la cultura latinoamericana y española”. Junto a Fernando Savater, fue director de la revista Claves de la razón práctica. Recibió el Premio Francisco Cerecedo, de la Asociación de Periodistas Europeos, en 1984.


Siempre actuó como un consejero de príncipes, en un discreto segundo plano, aunque de enorme influencia y autoridad, sin desear ni esperar otra cosa que el desempeño de ese papel, siempre atento y a veces próximo, por otra parte, a los lugares de decisión y a los movimientos del poder.

Esa actitud discreta e importante, cultivada como rasgo de carácter, le movió a la labor editorial en sellos que, como hemos señalado, se han grabado en la historia de las luces de este país, legando unos catálogos editoriales que, contemplados desde la distancia del tiempo, parecen concebidos para una sociedad de vanguardias del pensamiento y de ciudadanos ávidos de conocimiento. Y, efectivamente, hubo una época en que ése parecía un destino inexcusable, la identidad oculta de un pueblo, maltratado por circunstancias y errores históricos, al que le había llegado su hora, el momento de restañarlos y conjurarlos de una vez por todas.


 

 
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Publicado por en 22 de noviembre de 2011 en Política Nacional

 

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Ahedonio, el aburrido

Para el aburrido, en la fiesta “no pasa nada”. Ahedonio (el que no disfruta, el contrario al hedonista) es quien no ha podido percibir que el acontecimiento no es más que una pérdida transitoria de la conciencia del tiempo, un colapso del flujo temporal en la felicidad del presente continuo. “¿Qué festejan?” se pregunta el aburrido. No entiende que los otros festejan justamente eso: la fiesta misma, su posibilidad en tanto victoria provisoria sobre la percepción angustiosa de la duración. “No hay nada que festejar”, piensa, y tiene razón: no hay nada que festejar para él, quien no puede ni querría sustraerse a la percepción del tiempo.
   Y es que la conciencia del tiempo va unida a la conciencia de la propia subjetividad, a la que él no podría renunciar nunca. Fascinado en la contemplación de su propia subjetividad, Ahedonio desarrolla tal horror al ridículo de verse haciendo algo (parcializándose, cediendo de sí en aras de algún capricho seguramente absurdo) que queda paralizado. El aburrido, sujeto para quien no existe ya por esto ninguna esfera de acción, no puede ser otra cosa que conciencia.
   Ahedonio está afuera del ahora. No lo vive, sino que lo oye pasar como si ya hubiera sucedido. Por eso no hay esfera de acción posible para él, que respira a la zaga del tiempo. Siendo puro lugar, el aburrido presencia el tiempo como espectáculo. El tiempo es de los otros, que pueden olvidarlo: la fiesta es de los otros, que pueden fundirse momentáneamente en su transcurrir.
   Si algo constituye la fiesta para él, es un paisaje: pero un paisaje que solo puede habitar irónicamente. No puede habitarlo, o de lo contrario se iría. ¿Qué le impide irse y abandonar el sufrimiento de esta fiesta aburrida? ¿Compromisos sociales que se salvarían con una mera excusa? Nada de eso: Ahedonio está atrapado por la fascinación de la fiesta como espectáculo, en la medida en que dicho espectáculo constituye la opacidad donde se espeja, en gozoso contraste, la conciencia del aburrido mismo, ampliada y perfeccionada en sus detalles con la perfección alucinatoria que sólo esa fiesta puede darle.
   Digamos en beneficio del aburrido que él también construye la fiesta como acontecimiento pero del revés y en negativo. En el espejo que la fiesta le ofrece, el aburrido contempla embelesado, como si se tratase de un caleidoscopio, las sucesivas fracturas y reacomodamientos de su propia subjetividad a través de cada instante del tiempo que irreversiblemente transcurre. Eso es lo que los otros se pierden: cada arborescencia única e irrepetible, singular e intransferible, cada iridiscencia de una escritura secreta: la que produce su mente en el acto privado del pensarse. (Diría Walter Benjamin: “esa droga terrible, nosotros mismos, que tomamos en la soledad”.) Estos fugaces diseños inefables se superponen a los rumores ajenos de la fiesta que allá, como un tapiz de fondo, los refracta en una niebla de lejanía: esta distancia es melancolía.

   En la novela El Gran Gatsby (1920) de Francis Scott Fitzgerald, la fiesta es para Gatsby un ejercicio de ascetismo. Sólo Gatsby es capaz de crear sus propias fiestas y periódicamente aburrirse en ellas…secretamente, en el anonimato de un rincón de su mansión. Los demás personajes sólo saben con certeza de Gatsby una cosa: que da divertidísimas fiestas. Lo demás son rumores. Gatsby no existe sino en tanto condición de posibilidad de sus fiestas, así como podría decirse que Dios no existe sino en tanto causa o condición de posibilidad del mundo.

El aburrido vigila cada instante del tiempo del mundo como si él fuese Dios. El aburrido no puede distraerse, no puede rebajarse a criatura, Ni siquiera el alcohol consigue animalizarlo. Puede pasarse horas con su trago en el sofá más cómodo y oscuro, enhebrando en la tanza de su spleen cada segundo del tiempo. Cada tanto alguien lo divisa y le pregunta: “¿Estás aburrido?” “No, qué va, la estoy pasando fenomenal,” contesta el aburrido con tal mezcla de desprecio y resignación que los demás aprenden pronto a ignorarlo. Ahedonio es un estoico del sufrimiento del tiempo. Un artista sin obra, que ha renunciado a toda utilidad. Habita un pliegue del clima que solamente él conoce, y en lo infinito de esa melancolía se conserva eternamente joven.

 
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Publicado por en 4 de noviembre de 2011 en Pensamiento, Varia

 

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Antonio Muñoz Molina reúne sus cuentos en ‘Nada del otro mundo’

Antonio Muñoz Molina (Úbeda, Jaén, 1956) presentó el pasado 27 de octubre Nada del otro mundo (Seix Barral). Galardonado con el premio de la Crítica, con el Planeta y con el Nacional de Narrativa en dos ocasiones, entre otros premios, el autor de El jinete polaco (1991) cree que está por ver que “la experiencia sirva de algo en literatura”, ya que “se han dado casos obvios de escritores que han empeorado”. Él, “personalmente”, se siente “aprendiendo en el arte de los relatos”, que son “una especie de ‘aquí te pillo, aquí te mato’; tienen algo como de fotografía instantánea de la experiencia”. Y eso de “vivir en el cuento durante unos días, mientras lo escribes, esa especie de arrebato, también es fantástico”.

En esta antología reúne catorce cuentos escritos entre 1988 y 2011, de los cuales uno (Apuntes para un informe sobre la Brigada de la Realidad) se publicó en EL PAÍS en 1999 y otro, El miedo de los niños, último del volumen, es inédito. Cuando lo escribió, vivía “en un estado de excitación muy interesante (…) Ese cuento me tuvo una noche en vela, imaginando detalles”, comenta el escritor al referirse a este relato “sobre la tradición oral y el modo en que las historias están en la imaginación de los niños”. Y una historia breve que pertenece a “la tradición folclórica del desconocido que llega, el hombre del saco, el tío mantecón. Esos cuentos son una advertencia del peligro que corren los niños”, señala.

   El libro es una recolección de historias de terror, amor y muerte, que descubren a un Muñoz Molina “más humorístico y propenso a lo fantástico (…) sostener la fantasía durante el espacio de una novela es insoportable. No lo creo como lector. Pero en el cuento lo fantástico es como un chispazo, y en los de este libro surge a veces como una posibilidad, como un quiebro”, comenta. Ese quiebro se da en el primer relato (que da título al libro), que con sus 85 páginas es casi una novela corta, excepcional como la mayoría de las narraciones de Muñoz Molina. “Este cuento es una especie de crónica un poco burlesca de una época, una parodia de la vida literaria y, de pronto, poco a poco, va convirtiéndose en otra cosa. Tiene algo de película de zombi”, comenta. Un libro, en definitiva, con todos sus cuentos, que muestra su larga e intensa relación con un género que le hace sentirse “más tranquilo y desahogado”.

Muñoz Molina comenzó a publicar cuentos en 1983 y diez años después reunió los escritos hasta entonces, casi siempre por encargo, en un libro con el mismo título que el que sale ahora. Ha reunido casi todos los suyos, una prueba de cuánto le gusta al escritor este género que, según el autor, es cada vez menos demandado. Convencido de que el relato es más propicio que la novela “para la tentativa o la aventura, la ironía o lo fantástico”. El autor explicó su gusto por lo fantástico en la distancia corta: “Ni como lector, ni como espectador, me interesa lo fantástico, desconecto; sin embargo me interesa mucho lo fantástico como atisbo o como golpe en el relato. En un contexto naturalista, me gusta introducir un quiebro de misterio”. Desde el cuento, añadió, le resulta más cómodo acercarse al presente. “Siempre me apetece escribir más sobre mi época. Tengo sed de contemporaneidad”.

“El cuento es una máquina que tú ves. Es como la maqueta de un edificio racionalista. Se ve todo el proceso de la construcción narrativa, pero de una manera sintética”. Para Muñoz Molina, el cuento (tocado de más misterios y fantasías que la novela) se rige por el mismo pulso que la poesía y eso lo convierte en impredecible. “Siempre recuerdo el momento, o el proceso, en el que surgió cada uno de ellos, como el último, que llegó repentinamente, por equivocación, en una noche de insomnio. Yo había empezado a escribir otro pero se hacía cada vez más y más largo. Tuve que dejarlo. Hasta que una noche surgió El miedo de los niños, lleno de ciertas sensaciones de la infancia, de pequeños detalles”.

   Una fuerza emocional que, según el escritor, empuja a los grandes relatos que él admira, como El nadador, de Cheever, o Un día perfecto para el pez plátano, de Salinger: “En los grandes cuentos parece que no pasa nada pero siempre pasa algo decisivo”. El autor confesó que al reencontrarse con sus textos de hace 30 años ha vencido la tentación de corregirse. “¿Pero hasta qué punto puede corregirse el pasado. La energía hay que concentrarla en lo nuevo. Yo no volvería a escribir un cuento de entonces, entre otras cosas porque ya no soy el mismo. Pero he aprendido a convivir con esa mirada angustiada al escritor que fui”.

Para el autor de Sefarad (2001), “el cuento necesita un espacio que acaba siendo el del libro pero que no empieza en el libro. En un ecosistema literario saludable, las revistas y los periódicos eran ese lugar de nacimiento”. En ese sentido, apunta hacia el clásico ejemplo para cualquier amante de la lectura: The New Yorker, la revista semanal que desde 1925 se mantiene fiel a si misma y a sus principios publicando un relato de ficción y en cuyas páginas han crecido algunos de los mejores escritores del siglo XX. “Pero tristemente los medios españoles no son hospitalarios con el cuento”. Crítico con una información que mira con “abatimiento y desdén” la cultura (“y yo tengo mucho respeto por la inteligencia de los lectores”), añadió. “Hoy hay más literatura en un vagón de metro que en un suplemento cultural”.

Este académico de la Lengua creía que seguiría concibiendo muchas más historias breves, pero no fue así. Para el escritor, el cuento no pasa por su mejor momento, al menos en España, algo que para él tiene relación directa con los periódicos. Los medios de comunicación “han perdido ese hábito maravilloso de pedirle cuentos a los autores” y han ido relegando el espacio del cuento al del microrrelato, sobre todo en verano. “Los periódicos españoles han decidido dejar de serlo, para convertirse en puestos de chucherías”, escribe en el epílogo de Nada del otro mundo, en el que reconoce que para ser un genio de lo breve hay que ser Monterroso: “Lo más que quieren son microrrelatos y me niego porque, para hacerlos bien, tienes que ser Augusto Monterroso. (…) Los directivos de los periódicos españoles viven con la extraña convicción de que el mejor público posible son las personas a las que no les gusta leer, lo cual es casi como que los bodegueros enfocaran sus vinos a seducir a los abstemios. Los medios de comunicación “han dejado también de publicar crítica de música clásica”, aunque las salas de conciertos “están llenas”, añade Muñoz Molina. “Nunca ha habido más público que ahora en las grandes exposiciones, y uno va en el metro y la gente va leyendo literatura. Entonces, ¿por qué este desprecio, este recelo hacia la literatura, la música o las artes en el sentido más noble?”, se pregunta. “¿Para quiénes están trabajando los periódicos? Creo que para los fantasmas que tienen en la cabeza”, subraya el escritor.

   Antonio Muñoz Molina viajó hace unos días a Holanda para presentar la traducción de La noche de los tiempos (2009), que transcurre en parte en los comienzos de la Guerra Civil y que ha salido también en alemán y se publicará en francés, inglés, italiano y polaco. De momento, dice que no tiene ninguna novela entre manos: “Jacques Brel tuvo el talento de saber cuándo tenía que dejar de escribir canciones”. ¿Será un aviso?

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Enlace: En los reinos del cuento: una cronología personal. ‘Antonio Muñoz Molina repasa su vida como lector de relatos’. (El País, 26 de octubre de 2011)

 
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Publicado por en 1 de noviembre de 2011 en Literatura

 

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