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Podemos y el populismo

01 Dic

El pasado 16 de noviembre, cuando la periodista Ana Pastor entrevistaba a Pablo Iglesias en televisión, saltaron todas las alarmas en Podemos. La falta de concreción de su líder fue muy criticada en las redes sociales —territorio que, hasta ese momento, dominaban como nadie- e inmediatamente la nueva formación apostó por recular y cambiar la estrategia. Anularon algunas entrevistas ya pactadas, y comenzó entonces una reorientación en la política comunicativa del partido. ¿Era la falta de concreción un lapsus, una incapacidad, o el resultado de una filosofía previa?

Son muchos los autores que Pablo Iglesias cita en sus discursos, desde Marx pasando por Gramsci, pero el autor de cabecera de Íñigo Errejón —tal y como explica Fernando García en su artículo El populismo de Podemos es el pensador argentino Ernesto Laclau, fallecido el pasado abril en Sevilla. El filósofo desarrolla en su libro más conocido, La razón populista, muchos de los conceptos que persiguen algunas de las tácticas políticas de Podemos. ¿Qué quieren decir cuando aseguran que “no hay posiciones dadas”? ¿A qué se refieren exactamente con hegemonía?

Laclau rechaza el carácter peyorativo del término populismo, y defiende que, cuando existe una crisis de representación, es una gran herramienta democrática porque recoge la cadena de demandas de los ciudadanos. Las recoge sí, pero en su conjunto, sin ninguna en particular. Por eso nociones como “pueblo” o “patria” pueden aglutinar respuestas (y esperanzas) que, al llevarse al terreno de lo concreto, son difíciles de describir al detalle.

El significante vacío

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El mejor ejemplo de la idea de populismo que defiende Laclau es el término peronismo. Se trata de un “significante” que no tiene “significado”. Puede llenarse de contenido según quien lo utilice, según las demandas que éste detecte en la masa, y por ello el peronismo de Menem o de Kirchner no responden a un mismo argumentario. Uno es peronista por identificación, sin saber, punto por punto, qué quiere decir eso en cada momento.

Así, el populismo lo que logra es articular un conjunto de fuerzas heterogéneas que no pueden ser integradas orgánicamente dentro del sistema institucional vigente. Lo que en las plazas del 15-M se gritaba: “No nos representan”. Esa cadena de equivalencias, esa indignación generalizada, cristaliza en torno a un significante vacío que, a su vez, se reducirá a un solo nombre. Los enemigos serán la “casta” (se deja de llamar oligarquía para ser más efectivos), enfrentándoles al “pueblo” o, en el término que prefiere Juan Carlos Monedero, a la “gente decente“.

Laclau, que entiende la política como una práctica discursiva, especifica: “El populismo no es en sí ni malo ni bueno: es el efecto de construir el escenario político sobre la base de una división de la sociedad en dos campos. Puede avanzar en una dirección fascista o puede avanzar en una dirección de izquierda”.

El populismo, siempre según el filósofo argentino, no es un cúmulo de falacias y brindis al sol. “Cuando las masas populares que habían estado excluidas se incorporan a la arena política, aparecen formas de liderazgo que no son ortodoxas desde el punto de vista liberal democrático. Pero lejos de ser un obstáculo, el populismo garantiza la democracia, evitando que ésta se convierta en mera administración”.

El líder y la hegemonía

No es de extrañar, en el mismo sentido, el hiperliderazgo que tanto se le ha criticado a Pablo Iglesias. Hay que recordar que la decisión de que aparezca su rostro en las papeletas de las elecciones europeas es de Errejón, responsable de la campaña, quien ha investigado en su tesis doctoral los procesos de hegemonía en Bolivia.

Laclau defiende que “los gobernantes se transforman en el símbolo de los gobernados, pero por otro lado los gobernados crean las bases para la constitución de este líder”. Es por eso que Iglesias decía, en 2013, que Chávez es mucho más que el ciudadano que los venezolanos eligieron para que fuera su presidente. “Chávez es ya Bolivar y cabalga como estandarte y referencia de su patria grande. Los seres humanos nacen y mueren tarde o temprano. Pero los mitos, cuando se encarnan en un pueblo, se hacen inmortales. Ya lo dijo un venezolano llamado Hugo Chávez Frías: “Chávez no soy yo, Chávez es el pueblo“, aseguraba Iglesias.

El problema está, claro, en que el líder -que es líder y pueblo al mismo tiempo- no puede ser puesto en entredicho (estaríamos poniendo en entredicho al pueblo). Y, por eso, cualquier proceso de crítica o disidencia ha de ser desplazado para que no afecte a la hegemonía perseguida (a Echenique, por ejemplo, se le pidió que se apartara de la cúpula del partido si no ganaba en las primarias). Quien ataque al populismo, es casta. O tiene miedo. Incluso son enemigos aquellos que llamen populismo al populismo. La unidad de acción es, también, indispensable para la hegemonía perseguida. ¿Y la pluralidad de criterios?Portada del libro de Laclau

El pensador argentino que tanto ha estudiado Errejón comprende la hegemonía como eficacia política. La cadena de significantes está en permanente flujo. Propone una reducción fenomenológica del hecho al sentido y de lo dado a las condiciones de posibilidad. Por eso el joven político español sostiene que “no hay que aceptar el tablero que se presenta”. No piensan definirse como de izquierdas o de derechas, pueden citar como referentes, a su vez, al proceso bolivariano y al estado del bienestar en Dinamarca, y hablan de transversalidad ideológica pese a que la biografía política de sus dirigentes diga todo lo contrario.

En definitiva, lo que hace Podemos, siguiendo casi al pie de la letra la doctrina de Ernesto Laclau, es articular, sin concretar en exceso, demandas generales de una ciudadanía desatendida, construir un sujeto popular, y buscar la máxima eficacia política a través de la identificación de la masa con el líder.

El principal problema, tal y como reconoce el propio Laclau, es que fenómenos tan dispares como el fascismo, el peronismo, o el régimen de Berlusconi, contienen distintas variantes del populismo y resulta muy difícil diferenciar con claridad la naturaleza de cada realidad. Por ese motivo, además de recitar palabras tan integrales universales como “pueblo”, “casta”, “decencia” o “patria”, el significante deberá ser más preciso a partir de este momento. O la eficacia, la gran baza esgrimida por la tríada Iglesias-Errejón-Monedero, se verá afectada. Como pasó en la entrevista de Ana Pastor que, ciertamente, marca un antes y un después en la nueva formación política.

El enfoque alternativo al populismo que sugiere Laclau, para evitar malentendidos, pide que cambiemos los interrogantes y los apriorismos. Para comprender qué está pasando en España hay que reemplazar la pregunta de qué es el populismo por a qué realidad social se refiere el populismo. Y, en una tercera ampliación, deberíamos responder a: ¿De qué realidad o situación social es expresión el populismo?

Las preguntas, como siempre pasa en filosofía, ofrecen más claves que las respuestas, sean presentadas en forma de caricatura o de bálsamo.

 

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