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El “caso Avellanada” de nuevo

29 Dic

Artículo de Francisco Rico en El País

El continuador de la novela de Cervantes rezuma mezquindad intelectual y mala leche

Pocos enigmas más tontos, más vanos, que la identidad del fingido “Alonso Fernández de Avellaneda”, a cuyo nombre apareció, en 1614, hace ahora 400 años, una continuación del primer Quijote (1605) de Cervantes. El libro cayó enseguida en el desdeñoso olvido que se merecía y no volvió a estamparse hasta 1732, luego hasta 1805 y en contadas ocasiones posteriores. El honrado lector de a pie que se ha conmovido y desternillado con las andanzas del inmortal Quijano y su escudero puede entretenerse un rato con el apócrifo, en particular cuando le descubre algún eco acertado del original, pero con mayor frecuencia se sentirá irritado por la tosquedad y la sosería de la imitación.

El artículo puede leerse en este enlace 2

Por nuestra parte, para aquel lector que sienta curiosidad, de las pocas ediciones que del Quijote apócrifo se han hecho, la última corrió a cargo en 2005 de José Antonio Millán, edición no filológica ni anotada que pretendía, nada menos, que romper el “monocultivo cervantista” y la “quijotelatría excluyente” del cuarto centenario. Una empresa tan inútil como la del propio Avellaneda.

Cervantes incluyó el verso del Orlando furioso “Forse altri canterà con miglior plettro” (“Quizá otro cantará con mejor plectro”) al final de la primera parte, lo que dio pie a diversas especulaciones. Con la utilización de uno de los personajes del apócrifo y sus referencias al Quijote “malo”, Miguel de Cervantes contribuyó quizá involuntariamente a la fama de Avellaneda, sobre cuya verdadera identidad no hay consenso.

Millán defiende que la lectura “distanciada y sin prejuicios” del apócrifo, publicado por primera vez en 1614, es “muy divertida y amena” y cita la pluma “fácil, jovial, casi inconsciente” que alabó Azorín. “Con la primera y la segunda parte del Quijote de Cervantes, Avellaneda, con sus partidarios y sus detractores, completa un mundo”.

Las tres obras juntas constituyen “un juego de extrañas ambigüedades”, en palabras de Borges. “Es un juego que ahora llamaríamos intertextualidad”, continúa el prologuista de esta edición, que se suma a otras disponibles de Castalia, Biblioteca Nueva y Océano.

Las referencias del uno al otro son constantes. El pseudo Avellaneda inicia su novela con una andanada contra Cervantes, a quien llama manco —”digo mano, pues confiesa de sí que tiene sólo una”—, “viejo”, “mal contentadizo” y “falto de amigos”, y le reprocha haber ofendido a Lope de Vega y a él mismo.

Más adelante lo trata de cornudo. Cervantes, por su parte, estuvo a tiempo de introducir al usurpador en su segunda parte para expresar así su disgusto: hizo que su Quijote y su Sancho leyeran las andanzas de sus dobles y utilizó a uno de sus personajes, don Álvaro Tarfe, quien dice sobre el Sancho falso que “más tenía de comilón que de bien hablado, y más de tonto que de gracioso”. Explica Millán: “A Cervantes le molestaron sobre todo dos cosas: el tono del prólogo, que era muy feo incluso en una época donde se intercambiaban muchos insultos, y que sus personajes tuvieran un padre nuevo y camparan por sus repetos por España”.

Muy probablemente, Cervantes sabía quién era el autor del apócrifo, y se dirigía a él como “aragonés”, uno de los argumentos que utilizó Martín de Riquer en su “hipótesis plausible” de identificación de Avellaneda con Gerónimo de Pasamonte (Juan Antonio Frago acaba de publicar en Gredos el libro El Quijote apócrifo y Pasamonte), antiguo compañero de milicia de Cervantes ridiculizado en la primera parte como el personaje preso Ginés de Pasamonte.

A pesar de los insultos iniciales y de que el Quijote de Avellaneda reniega de Dulcinea —se convierte en el Caballero Desamorado—, Millán considera que el apócrifo es muy “respetuoso” con la obra de Cervantes. “El autor demuestra conocer muy bien el libro y el recuerdo a las aventuras pasadas por Quijote y Sancho en la primera parte es constante. Yo comparo la práctica de coger una obra ajena para continuarla —algo muy habitual en los libros de caballerías y todavía vigente en el siglo XVII— con el fenómeno que se da en Internet y que se conoce como fanfic: la escritura de secuelas por parte de admiradores. Sucede mucho con Harry Potter. No deja de ser una forma de homenaje”.

“Se dice que Avellaneda tiene un humor más grueso que Cervantes, pero no creo que mucho más. Es más verde, eso sí, libidinoso, como decía Menéndez y Pelayo, se demora en las escenas eróticas de los cuentos intercalados en la novela”, afirma Millán. “También se inventa el modelo de la acogida de Quijote y Sancho por parte de nobles, que les fabrican aventuras a medida, y que Cervantes utilizará en la aventura de los duques de su segunda parte”.

El lingüista señala que la mayoría de cervantistas creen que Avellaneda “empobrece” a Quijote y Sancho y rompe una lanza a favor del apócrifo. Para el prologuista de esta edición, es “injusto” comparar a los personajes del Quijote falso con los de la segunda parte de Cervantes, más “desarrollados” que los de la primera.

Ante el “desprecio” con que se trata habitualmente al Quijote apócrifo, Millán defiende que, con Avellaneda, “es posible recuperar el ambiente cultural y literario de una época en que había muchos autores que escribían muy bien, lo que ha permitido que haya habido casi cien atribuciones diferentes”.

 Posdata

El Quijote y sus escritores

En su Quijote , Cervantes narrador nos cuenta que él no es el autor de la obra, sino que ha encontrado un manuscrito escrito en árabe, firmado por un tal Cide Hamete Benengeli en un mercado de Toledo y que, incluso, debió procurarse para su desciframiento la asistencia de un traductor que, para colmo de males, posiblemente fuera un mentiroso. Esta ficción, que ya de por sí complejiza la figura del autor, se ve enrarecida aun más cuando, en 1614,  Alonso Fernández de Avellaneda (personaje cuya verdadera identidad está puesta en duda), escribe su Quijote apócrifo.

En 1944, por su parte, Jorge Luis Borges escribe Pierre Menard, autor del Quijote. En el mismo, Menard, un escritor simbolista francés de segunda línea, intenta re-escribir el texto original del Quijote. Su intención era producir unas páginas que coincidieran ­palabra por palabra y línea por línea­ con las de Miguel de Cervantes. Pero lejos de encarar una trascripción mecánica del original, concibió en cambio un curioso método de diferentes pasos: aprender el español a la perfección, recuperar la fe católica, guerrear contra los moros, olvidar la historia de Europa entre los años de 1602 y de 1918 y, en suma, convertir la propia biografía en la de Miguel de Cervantes. Menard tiene tanto éxito en su empresa que logra componer los capítulos noveno y trigésimo octavo de la primera parte y también de un fragmento del capítulo veintidós en forma por completo idéntica al texto originario.

El cuento de Borges reflexiona sobre temáticas como la identidad fija de un texto o la autoría original. Para él, el significado del texto se construye con cada lectura y cada escritura no es sino una reescritura.

 

3 Respuestas a “El “caso Avellanada” de nuevo

  1. D.Fernando Ospina

    30 de diciembre de 2014 at 22:49

    Ya quería preguntarte yo sobre este asunto, en lo personal me parece interesante y no creo q tenga perdida leer esta obra, saludos.

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  2. José Antonio Serrano Segura

    31 de diciembre de 2014 at 12:40

    Es interesante leerla por ver las diferencias entre una y otra. La de Avellaneda es algo entretenida, aunque mediocre. El problema para Cervantes es que es el primer autor con conciencia de su propiedad de la propia obra, aunque eso no le impida que sea compartida públicamente, pero respetando no sólo su autoría sino su propia persona, que se ve insultada en varias ocasiones. En esto último radica su enfado.

    J. A. Millán, aunque no sea un crítico destacado, se preocupó en 2005, precisamente en el 5º centenario de ‘El Quijote’, de rescatar (según él) la obra de Avellaneda. Sin embargo, en una entrevista decía al final:

    «Claramente, la única razón de que hoy estemos usted y yo hablando de una obra pseudónima del XVI es porque recoge los personajes de Cervantes. Si no, dormiría el sueño que están durmiendo otras muchas obra coetáneas, incluso del mismo Cervantes (!).»

    El signo de admiración (en este caso de sorpresa) lo puso el entrevistador.

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  3. Ángel Cantin

    24 de febrero de 2017 at 15:09

    Cervantes es Avellaneda. Está más claro que el agua. El problema es conocer o no el lenguaje usado. Éste tiene que ver con las aves (por los augurios) Vean lo siguiente:
    Ave-llaneda ; d\r; Ave llanera= vulgar, para el pueblo llano.
    Saavedra; anagrama de Avesadra o sacra. Ave sagrada.
    Si leen el “apócrifo” verán que en dos ocasiones refiere que el vulgo no entiende el lenguaje de las aves. Por otra parte, conociendo ese lenguaje, pueden ver que en el LVIII de la segunda parte Don Quijote permite que sean cazados las avecillas por puro entretenimiento en la falsa Arcadia. En el siguiente aparece el Avellaneda. ¡Es un trampantojo”. Atacar las avecillas de las que Dios es su despensero es y será castigado. Ortega se dio cuenta y en sus meditaciones lo dejó señalado, pero lo hizo con una parábola y poca gente comprendió. Buenos días.

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