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Archivos Mensuales: enero 2015

Cuando Rivas Cherif descubrió a Dalí… pero estaban Picasso y Magritte

Cipriano Rivas Cherif

Salvador Dalí, así se llama. No es un seudónimo, pese a la sonoridad aguda del apellido, tan acorde con el concepto excesivo del nombre de pila. Gran acierto ha sido de los organizadores de esta muestra de arte catalán moderno el ofrecer al joven pintor la gala que su “Venus y un marinero” ostenta.

Dos bellos lienzos presenta Dalí: el susodicho, academia de buen estilo cubista, y otro más pequeño, de un realismo anecdótico –una muchacha vestida de azul, asomada a una ventana azul, frente al azul Mediterráneo.

Yo prefiero, naturalmente, el clásico.

Salvador Dalí. Muchacha en la ventana

Salvador Dalí. Muchacha en la ventana

Un joven poeta y crítico “de vanguardia”, al oírme tal, creía estar conforme conmigo por gustarle más el cuadro realista. Una dama muy sensible a las artes y entendida sobremanera en música y pintura, que me ayudaba con fino ingenio a ver la Exposición, me dio la clave de semejante reacción, que a otra persona cualquiera menos avisada hubiera sorprendido (¿pues cómo se entiende que precisamente los jóvenes literatos defensores de tanto equívoco, de que el filisteo burgués desconfía, vengan ahora a decir que “está mejor” esa pintura fiel a un bello cuerpo humano con un fondo natural de paisaje marino?

—Sí, esto es también lo que hace Picasso— subrayó la dama.

Ni que decir tiene que en la opinión de mi discretísima acompañante casual no había intención alguna peyorativa. Sabe, claro, que Picasso se había podido proponer, quizá, entre otras cosas, conseguir “otra vez” tan excelentes academias.

—¿De manera que usted cree?…

—A mí me parece que hay que decir las cosas tantas veces, por lo menos, como asegura Benavente que es menester repetir en una comedia el efecto que se quiere conseguir, a saber: una para que se entere el público, otra para que se entere el crítico, otra para que se entere el actor. Cito de memoria, que me es –femenina al fin— infiel en muchas ocasiones, y no sé si atribuyo alguna injusticia al ilustre autor en cuanto al orden de la respectiva incomprensión. Desde luego, ante una pintura hay que repetir incluso los lugares comunes tres veces también: para que se entere el público, para enterarse uno mismo –aprendiz de cicerone— ¿y por qué no? Para que se entere el propio pintor.

René Magritte. La Venus y el marinero

René Magritte: El seductor

De manera que yo creo, si, que “La Venus y el marinero” es un cuadro clásico.

Alguien que está más de vuelta que nadie pretenderá sonreírme: “Sí, señor, de acuerdo; tanto da imitar a Rafael como imitar a…”

—¡Alto, alto, alto! Que no es por ahí. Yo hablo completamente en serio. Con la voz de la pura verdad.

Y la verdad no es más que una: la gran pintura clásica, la que por tener “clase” define las reglas del juego artístico, es, ante todo, conceptual y decorativa; no imitas estos o aquellos temas o argumentos del natural que los ojos de la cara pueden ver esparcidos aquí o allá por la redondez del mundo, sino que resume, compone, inventa, “crea”, en fin, alegorías que la vista propone a la razón.

—Eso es…

—¡Literatura! ¡Viva la literatura! Y lo demás… es música.

Sucede, eso sí, siempre ha sucedido lo mismo, que las gentes de poca fe tienen ojos y no ven.

¿Me hace usted el favor de un puntero?

Un bedel me presta un bastón.

—“Venus y un marinero” es una pintura alusiva, en homenaje a un poeta futurista: Papasseit. Literatura.

Los elementos materiales del cuadro tienen, sin duda, una significación no por vaga menos simbólica. Hay una Venus representada con plástica compleja, sugeridora como un sueño hecho de carne y piedra; pero no imitada. Esa Venus, sostenida amorosamente por la sombra de un marinero, pesa grávida de conceptos sobre cubierta con barandilla al mar. ¡Y a qué mar! ¡Qué gracioso aire romántico ha sabido insuflar el pintor a las nubes de la inspiración, para que así recargaran con tan delicada lobreguez el misterio de este “renacimiento” venusino! Y para que la lección tenga más grato humor, sobre este fondo de mar impreciso (¿el mar de Milo?) navega un vaporcito fantasma —tal la estupenda alegoría de un Lepanto caricaturesco, en el retrato velazqueño del bufón don Juan de Austria.

—Es decir, que hizo falta que un buen día los pintores se olvidaran de modelar, para airearse en todos los rincones de luz posibles. ¡Qué de baños de “impresión”! Y, ¡cuánto les gustaba a todos los paletos de todos los Museos, antes de la guerra europea, cuando los ministerios de Bellas Artes de los países civilizados suprimieron la entrada de pago, cuánto les gustaba a todos los buenos aficionados comprobar el milagro de la pintura impresionista! Se acercaba uno al cuadro y no se veía nada, nada más que manchones y colorines; se alejaba uno, hasta acertar con el punto de vista, y ¿qué bonitos efectos! Surgían los árboles y el bosque, y hasta el temblor de las hojas a la luz del sol y en el aire fino.

Después, cuando todos los cuadros volvieron a ser iguales, tuvieron los artistas que volver a contemplar las cosas “de bulto”, y no solo deshechas en luz. Y a repetir modelos sin sentido, y palabras sin ilación explicativa, para poder encontrar el peso, la medida, la música, el contorno, los conceptos elementales, en fin, que se habían perdido en manos de literatos, pintores y músicos holgazanes y sin curiosidad de sí mismos.

—Pero es que… así se reducen los temas artísticos a puras adivinanzas.

—¿Y quién le ha dicho a nadie que en el principio o, al fin y al cabo, no sea el acertijo?

Preguntándole yo cierta vez a una graciosa marchante de París, especialista en pintores modernísimos (toda mujer comerciante propende siempre a la tienda de modas), cuál de las firmas allí reunidas se vendía más, puesto que la escuela era tan uniforme que se distinguía poco la personalidad de cada pintor, me respondió sin titubear:

—Monsieur Lothe.

Y advirtiendo en mí inequívocas señales de incomprensión, añadió:

—Sí, señor… ¡Porque escribe!

En Francia ¡hasta los pintores saben leer!

Salvador Dalí sabe lo que se hace. Y conoce sus clásicos. Dios le conserve la vista y le mantenga en su mano.

Heraldo de Madrid, 21 de enero de 1926

 
 

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John Dos Passos. ‘Viajes de entreguerras’

John Dos Passos. Viajes de entreguerras. Traducción de Juan Gabriel Vázquez. Península. Barcelona, 2005.

John Dos Passos (1896-1970) es conocido sobre todo por novelas como Manhattan Transfer (1925) y las que integran la trilogía USA: El paralelo 42 (1930), 1919 (1932) y El gran dinero (1936), escritos políticamente comprometidos que dibujan un retrato caleidoscópico de una sociedad mecanizada y profundamente dividida entre un pequeño grupo de privilegiados y la masa alejada del poder. Sus novelas posteriores, peor recibidas por la crítica, evidencian un viraje hacia posturas cada vez más conservadoras, así como la pérdida del espíritu mordaz que caracterizaba a las primeras. Merecen destacarse también entre sus obras las que recogen sus experiencias de viajero infatigable. Entre estas se encuentra Journeys between wars (1938), donde presentó una selección de textos ya publicados, ligeramente revisados para la ocasión, junto con otros nuevos. Este es el libro cuya versión española acaba de editar Península con el título de Viajes de entreguerras. Se trata de un volumen misceláneo, brillante y, además, de un extraordinario interés histórico, pues describe lugares y momentos críticos de aquel mundo convulso. Un interés añadido es que proporciona algunas claves del giro ideológico de Dos Passos, producido justamente en esos años.

Tras una breve introducción, abren el volumen seis fragmentos, seleccionados por el autor, de los que componían su primer libro de viajes, Rocinante vuelve al camino (1922). En ellos, a través de descripciones de lugares y gentes de Castilla, muestra su admiración por una vida apegada al pasado y carente de artificio, que veía como contrapunto de la Norteamérica que conocía. Jorge Manrique y Don Quijote son referencias obligadas en unas páginas que muestran también la inquietud por un futuro vislumbrado en que aquel mundo iba a colisionar, inevitablemente, con la vorágine capitalista que se desarrollaba en su entorno.
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George Calderon. Un descendiente inglés de Calderón de la Barca

Pulsar en la imagen para ver el libro en Archive.org

 

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Antonio Machado, de Madrid a Collioure (II)

       El  poeta falleció en el exilio, poco tiempo después de cruzar la frontera con Francia. Reposa en el cementerio de un pequeño pueblo francés, en Colliure. Machado sigue vivo en la memoria. En este video se le puede ver de nuevo y más claramente en el Congreso de Internacional de Escritores Por la Defensa de la Cultura, organizado por la Alianza de Intelectuales Antifascistas para la Defensa de la Cultura. Valencia, 4 de julio de 1937.

 

 

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Antonio Machado con cuatro años. Óleo de su abuela Cipriana Álvarez Durán

De la imprescindible web se la familia Machado, Revista Machadiana. Machado. Revista de estudios sobre una saga familiar, editada por don , nos llega la noticia del  hallazgo de un óleo en el que uno de los personajes es Antonio Machado con cuatro años. El cuadro fue realizado por su abuela paterna, doña Cipriana Álvarez.

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Óleo pintado por CIPRIANA ÁLVAREZ DURÁN. 1879.

Ana Ruiz acompañada de su hijo Antonio Machado y del hijo recién nacido José, en brazos.

Propiedad de José Ruiz Treviño

No cabe duda que es un gran hallazgo este óleo en el que uno de los personajes es Antonio Machado con cuatro años. Es la primera imagen que de él tenemos.

Seguir leyendo en la página del autor

 

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Antonio Machado, de Madrid a Collioure

Congreso de Internacional de Escritores Por la Defensa de la Cultura. Valencia, 4 de julio de 1937

Organizado por la Alianza de Intelectuales Antifascistas para la Defensa de la Cultura

A pesar de sus reticencias, Antonio Machado se ve obligado a dejar Madrid en noviembre de 1936. Su hermano José lo cuenta así:

En noviembre, el peligro inminente que se cierne sobre la invicta capital alcanza las más terribles proporciones.

Entonces, amigos muy queridos y admirados por él —los dos poetas, León Felipe y Rafael Alberti— llaman a su puerta para tratar de convencerle cariñosamente de que debe alejarse de Madrid.

En un principio se niega terminantemente a dejar a [sic] su querida ciudad; pero lo que le decide a partir es el imperativo moral —ya sabéis que su bondad era tan grande como su inteligencia— de poner a salvo a su anciana madre, a sus hermanos y a las niñas que hay en la casa, sus sobrinas, a las que quiere como un padre.

Rafael Alberti evocaba en 1945 con estas palabras la salida de Antonio Machado de Madrid:

Antonio Machado, por José Machado
Antonio Machado, por José Machado

A la Alianza de Intelectuales se le encomendó, entre otras, la visita a Antonio Machado para comunicarle la invitación. Y una mañana bombardeada de otoño, el poeta León Felipe y yo nos presentamos en su casa.

Salió Antonio Machado, grande y lento, y tras él, como la sombra fina de una rama, salió su madre […] Machado nos escuchó, concentrado y triste […] Se resistía a marchar. Hubo que hacerle una segunda visita. Y ésta con apremio. Se luchaba ya en las calles de Madrid y no queríamos —pues todo podía esperarse de ellos— exponerlo a la misma suerte de Federico [García Lorca].

Después de insistirle, aceptó […]

Y llegó la noche del adiós, la última noche de Machado en Madrid. ¡Noche inolvidable en aquella casa de soldados! Se encontraba allí lo más alto de las ciencias, las letras y las artes españolas […]. Afuera, el corazón de España latía a oscuras, con su alto cielo de otoño interrumpido ya de resplandores de los primeros cañonazos.[…] Y mientras, en aquel saloncillo del 5º Regimiento, en medio del silencio que dejaba de vez en cuando el feroz duelo de artillería, un hombre extraordinario, aún más viejo de lo que era y erguido hasta donde su vencimiento físico se lo permitía, con sencillas palabras de temblor, agradecía, en nombre de todos, a aquellos nobles soldados, que así preciaban la vida de sus intelectuales, repitiendo razones de fe, de confianza en el pueblo de España […] Poco más tarde, desde su huertecillo de Valencia, escribía el poeta, insistiendo una vez más en su creencia ciega en el pueblo de España:

 «En  España lo mejor es el pueblo. Por eso la heroica y abnegada defensa de Madrid, que ha asombrado al mundo, a mí me conmueve, pero no me sorprende. Siempre ha sido lo mismo. En los trances duros, los señoritos invocan la patria y la venden; el pueblo no la nombra siquiera, pero la compra con su sangre.» Read the rest of this entry »

 

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Reseña: ‘La filosofía poética de Antonio Machado’

Antonio Machado fue un poeta filósofo y un pensador que trató de configurar una poética

La filosofía Poética de Antonio MachadoTanto su filosofía como su poética tienen que ver con su concepción del tiempo y su noción del ser. Desde los años cuarenta, algunos autores han reflexionado sobre las condiciones y características del pensamiento de Machado: Sánchez Barbudo, Cerezo Galán, Frutos, Julián Marías, Bernard Sesé, José Echeverría y Octavio Paz, por citar a algunos de los más importantes. José María García Castro ha escrito un libro valioso, metódico, en el que asedia el meollo del pensamiento metafísico del poeta sevillano y, a su vez, se interna en su poética. Como todo lector de Machado sabe, expresó su reflexión filosófica, sobre todo, a través de sus dos notables heterónimos: Juan de Mairena y Abel Martín. No solo era una manera, a través del apócrifo, de aparecer como filósofo, dada la humildad del poeta, sino que forma parte de su concepción plural del sujeto. Sin duda fue un acierto que le permitió encontrar una voz afortunada. Machado se abre a la poesía cuando el simbolismo francés y el modernismo hispano regían las letras de las dos lenguas que informan a Machado. Verlaine más que Mallarmé, y en lengua española, Rubén Darío y Juan Ramón Jiménez. Pero Machado tuvo siempre otros poetas de los que estuvo, o quiso estar, más cerca: Bécquer, Lope, Manrique. Siempre se sintió a disgusto con la poesía barroca, especialmente con el conceptismo, y por las mismas razones de fondo, con el parnasianismo y el simbolismo que le influyeron en su juventud.

Machado fue un apasionado lector de filosofía, como le confiesa a Ortega y Gasset, y especialmente a partir de la muerte de su mujer (1913) sus lecturas son sobre todo de obras de pensamiento: Platón, Leibniz, Kant, Bergson, y sus coetáneos Unamuno y Ortega, figuran entre los autores más releídos. De Bergson, como nos recuerda García Castro, toma (quiero decir que piensa como suyas) las nociones de espacio, tiempo psicológico, duración, movimiento e inmutabilidad y la controvertida y fundamental en ambos pensadores idea de intuición. Machado, socrático, piensa que la razón es común a todos y que existe una objetividad. El diálogo, la afirmación del otro, se constituye pues en el elemento radical que hace posible el pensar. Read the rest of this entry »

 

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La matanza de los Abogados de Atocha

Los Abogados de la Democracia

Documental de Tino Calabuig

Dedicado a aquellos que no vivieron los años de plomo y sostienen que la Constitución fue un cambalache

Primera parte

Segunda parte

 

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Antonio Machado: Una biografía fallida

     Ian Gibson escribió una aplaudida biografía de Antonio Machado, pero en ella encontramos vacíos importantes: filosóficos, contextuales, estéticos, psicológicos, íntimos… por lo que el biógrafo falla estrepitosamente en su función para, a pesar de contener innumerables datos anecdóticos, no hallar nada nuevo e, incluso, interpretar con suposiciones puramente ficticias sobre su personalidad íntima.

Antonio Machado: mala biografíaCuando en su ensayo sobre Fernando Pessoa, escrito en 1962, Octavio Paz afirmó que «los poetas no tienen biografía», porque su obra es su biografía, se refería sin duda a que la poesía, en un poeta, es su mayor y más profunda actividad y así lo determina tanto por ser criatura de sus poemas como por verse enfrentado siempre a ellos: Rimbaud, que dejó de escribir a los veinte años, tiene biografía hasta los 38, pero sin duda esos años ágrafos son leídos en función de su obra. Por otro lado, Paz pensó esto en una época en la que aún estaba influido por algunos aspectos del formalismo ruso (aunque también los formalistas se dedicaron a escribir biografías…); pero hay que recordar que Paz mismo es autor de una de las grandes biografías de nuestra lengua, Sor Juana Inés de la Cruz o las trampas de la fe (1982), una biografía (también ensayo literario e histórico) a la altura de las circunstancias, quiero decir: de la obra de la poetisa mexicana. Además, era muy lector de biografías. Pondré sólo un ejemplo: no le bastaba con los poemas de Eliot, quería saber el detalle y la dimensión de las relaciones de Eliot con su amiga la estadounidense Emily Hale, pero sin duda le interesaba por ser el autor de La tierra baldía. Si digo todo esto es por mi sorpresa ante la lectura de un artículo, publicado en estas mismas páginas, del poeta mexicano Antonio Deltoro, quien comentando la reciente biografía de Ian Gibson sobre Antonio Machado afirma, tras haber citado la famosa frase de Paz, que ahora sabe que se puede escribir una biografía de un poeta con resultados iluminadores. Caramba. Sin duda Deltoro ha contraído una deuda impagable con Gibson, pero el mismo Gibson podrá señalarle un buen número de biógrafos que entretendrán a Deltoro durante bastante tiempo, y que debemos deducir que no ha leído.

Yo creo que no se puede hacer una biografía de un poeta sin su poesía —algo que ha rozado Dalmau con la que llevó a cabo sobre Jaime Gil de Biedma– pero es fácil aceptar que comprender los entresijos de la vida de Lorca o de André Breton nos ayuda a penetrar en su obras y que algunos de los aspectos de estas vidas se quedarán en nosotros como información respecto a ellos pero sin arrojar luz sobre sus poemas. ¿La vida de Manuel Machado desde 1936 a 1947 está en sus poemas previos, que son los que poéticamente tienen valor? No digo que algo de sus actitudes psicológicas (cierto cinismo y relativismo moral) no abran puertas sobre sus actos posteriores, pero lo que pasó en su vida en dicho periodo rebasa lo contenido en su poesía y, además, es inferior a lo expresado en sus mejores obras: su olvido de la República y exaltación de Franco es un documento; en cambio sus poemas no se agotan en su significado porque son una presencia viva.

Ian Gibson no ha prescindido en absoluto de la poesía de Machado para llevar a cabo Ligero de equipaje. La vida de Antonio Machado (643 páginas de texto, más notas), todo lo contrario: ha recurrido a ella para iluminar la vida del poeta como, a su vez, ha utilizado el documento biográfico para tratar de hacer más comprensible el poema. Sin embargo, la lectura que hace de ellos es muy discutible y le lleva a suposiciones sobre su misma biografía bastante discutible. Por otro lado, ha buceado en los orígenes familiares de Machado, sin duda determinantes de su imaginario intelectual y de su psicología, y se ha servido de lo que ha sobrevivido de la correspondencia con Pilar de Valderrama para desentrañar los poemas a Guiomar y la verdadera naturaleza de la relación con esta mujer, de la que ¿estuvo enamorado? Machado desde 1928 hasta su muerte en 1939.

Creo que el método es acertado, sin embargo no oculto que, a diferencia de lo que piensan, por lo visto, casi todos los críticos de este país, el Machado de Ian Gibson —a quien debemos otros trabajos notables y aportaciones valiosas—, creo, peca de parcialidad: hay aspectos importantes de su obra que no aparecen y es débil el contexto humanístico en el que lo inserta. Es poco lo que sabemos en su voluminosa obra del Madrid en que vivió y de los mundos ideológicos y estéticos de su tiempo, que fue, del modernismo a las vanguardias, el más agitado que se haya conocido. Gibson no se pregunta lo suficiente por asuntos relativos a la psicología de Machado y a sus ideas sobre literatura, y, así, olvida al prosista Juan de Mairena, quizás tan importante como buena parte de su poesía. Al olvidar al prosista de esa época no entendemos bien la complejidad y la forma que adopta su imperiosa necesidad dialógica y el papel que cumple el distanciamiento teatral de las voces. Olvida también al filósofo, al metafísico, que guarda una relación fundamental con su poesía. Recordemos que afirmaba que todo poeta, e incluso todo poema, tiene su metafísica. ¿Cómo comprender bien el conjunto de su aventura poética, y especialmente los poemas producidos después de Campos de Castilla, sin querer entender su universo filosófico? Adelanto que sin esa investigación —que por otro lado han llevado a cabo en parte diversos estudiosos— toda comprensión ha de ser parcial cuando no errónea en algunos aspectos.

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Scott Fitzgerald o cómo intentar vivir de la literatura en los malos tiempos

Naturalmente la vida entera es un proceso de quiebra, pero los golpes que ejercen la parte dramática de la tarea –los grandes y repentinos golpes que llegan, o parecen llegar, del exterior–, los que uno recuerda y a los que les echa la culpa de las cosas, y los que, en momentos de debilidad, uno cuenta a los amigos, no revelan sus efectos de inmediato. Hay otro tipo de golpe que procede del interior, y que uno no nota hasta que ya es demasiado tarde para hacer algo al respecto, hasta que comprende de manera positiva que de alguna forma ya no volverá a ser un hombre tan bueno. El primer tipo de grieta parece ocurrir rápido; el segundo ocurre casi sin que uno lo advierta, sino que se presenta, de hecho, muy de repente.

Así comienza el célebre texto “The Crack-Up”, que, en la edición que reseño, ha sido traducido por Yolanda Morató (con el título de “La quiebra”). Sin menospreciar la antigua versión de Anagrama, prefiero esta nueva traducción. Me ha parecido más fresca, más correcta, más actual. Mi ciudad perdida, que recopila los “Ensayos autobiográficos” de Fitzgerald, se publicaron hace ya dos años en Zut Ediciones, y es una ocasión que ningún lector con buen gusto debería dejar escapar.

No sólo están aquí las nuevas versiones de los artículos y ensayos que ya habíamos leído en el volumen titulado El Crack-Up: también se incorporan textos como “Cómo vivir con 36.000 $ al año”, “Cómo vivir con casi nada al año”, “Cómo desperdiciar material. Una nota sobre mi generación” o “Cien comienzos en falso”. En todos ellos brilla la prosa exquisita, casi sensual, del gran F. Scott. Utilizando sus propios recuerdos, sus propias vivencias, Fitzgerald nos habla de sus problemas económicos, de su quiebra anímica, de un escritor como Ring Lardner, de cómo se siente a los 25 años, e incluso de sus viajes con Zelda, logrando párrafos de este calibre:

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