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A vueltas con Truman Capote

16 Ene

Releo la entrevista de Lawrence Grobel con Truman Capote (Conversaciones íntimas con Truman Capote, Anagrama, Barcelona). Íntimas las llama Grobel —y el adjetivo me resulta tremendamente molesto y con un punto “paparazzi” que, sin embargo, no existe en el prodigioso diálogo—. Algunas de las cosas de las que se hablan —la seguridad en el talento propio mezclada con cierto rencor por el éxito de los mediocres— me recuerdan a otros diálogos en los que el entrevistador parece insistir, sin lograrlo, en colocarse a la altura de su “invitado”. Cada uno en su terreno es lo más parecido a un genio. El éxito de ambos, sencillamente no es comparable, con lo que tampoco puede compararse su rencor. Pero está ahí.

La entrevista, particularmente interesante, pueden leerla aquí.

Truman Capote en la contraportada de 'Otras voces, otros ámbitos'

Truman Capote en la contraportada de la primera edición de  Otras voces, otros ámbitos

Dicen que las luces de su temprana fama y éxito lo obnubilaron. Cuentan que después de contribuir a abrir un camino importante en la forma de abordar y escribir periodismo él se extravió. Aseguran que Truman Capote vivió más del pasado y de la promesa de futuro que del presente que vivía.

Yo creo que siempre fue —mejor, quiso ser—  aquel niño nacido hace 90 años en Nueva Orleans, el 30 de septiembre de 1924, que jugaba solo mientras anhelaba que alguien apareciera para invitarlo a jugar: él a ellos o ellos a él. Es entonces cuando sus sentidos aprenden a ver y a escuchar el mundo, a escudriñar la vida, el alma humana, y a buscar o imaginar diferentes salidas a lo que todos ven a primer golpe de vista.

Truman Capote: A sangre fría

A sangre fría

Capote no inventó el llamado Nuevo periodismo, pero sí contribuyó a su divulgación, incluso bautizo, y fama con obras como A sangre fría (un libro que lo marcó toda su vida, para bien y para mal). Tampoco inventó la forma de hacer perfiles de personajes ilustres o retratos de hechos o personas poco conocidas, pero sí aportó y renovó la mirada sobre la vida que merece ser contada.

Sus piezas no inauguraron la unión de periodismo y literatura, pero sin duda creó un estilo y señaló vías por donde los periodistas podían entrar sin miedo. Enseñó, y ese es tal vez su principal legado, e invitó a mirar por un prisma la realidad, a perder el miedo a la hora de concebir una historia y de escribirla.

Pero hoy más que del periodismo Capote quiero hablar de algo que me gusta abordar y explorar en todos los creadores: ir a sus orígenes, rastrear las huellas, en este caso de su escritura. Me gusta ir a aquel o aquellos momentos donde reside lo que habrá de ser el autor, donde palpita la promesa del creador futuro. Por eso recuerdo hoy dos obras: Crucero de verano, su primera novela escrita con 19 años (1943) y desaparecida y encontrada a comienzos de este siglo; y Otras voces, otros ámbitos, su segunda novela escrita con 23 años (1948), aunque siempre figuró como su ópera prima, y que desde su presentación obtuvo la admiración de crítica y público.

Otras voces, otros ámbitos

Otras voces, otros ámbitos

Empiezo por Otras voces, otros ámbitos por sus resonancias autobiográficas juveniles: la vida de un muchacho en el campo que un día sale en busca de su padre y al ir tras él también busca, sin darse cuenta, su propia identidad. Un viaje hacia afuera que lo lleva hacia dentro hasta empezar a tomar su lugar en el mundo. Pero, sobre todo, Otras voces, otros ámbitos me gusta por lo que tiene de futuro en Capote, en la manera de ver, sentir y comprender su entorno, visible e invisible. Ese es un universo personal y público si se quiere.

Y sigo por otra novela, cuyo manuscrito estuvo perdido durante años y que se publicó póstumamente, por decisión del albacea testamentario de Truman, con el título en español Crucero de verano (Anagrama, 2006). Según nos cuenta el albacea en un epílogo de esta edición, nadie sabía de la existencia de este relato juvenil de Capote que, en su decadente etapa final, no paraba de afirmar que trabajaba en una larga novela inexistente, que titulaba Plegarias atendidas, cuya concienzuda búsqueda resultó obviamente frustrante. Sea como sea, olvido impremeditado por parte de su autor o malévola broma del que se guarda un as en la manga para el final de la partida, Crucero de verano es, a mi juicio, una poética historia, maravillosamente narrada por el príncipe de los desclasados, al que le gustaban sobremanera las cuitas de los descarriados adolescentes intentando inútilmente saltar las infranqueables barreras que separaban las clases sociales.

Crucero de verano recrea y desvela un ecosistema más íntimo, el de los deseos y sueños más privados donde deja ver lo que pensaba ese joven de 19 años, edad en que empieza a escribir la novela, sobre la atracción, el deseo, la pasión, y, especialmente, sobre los sentimientos y el amor. Y la sitúa en su Nueva York. En esas páginas hay dos escenas donde Capote revela su romanticismo y momento fundacional de su estilo como narrador y periodista:

—Grady, ¿por qué demonios quieres quedarte en Nueva York en pleno verano?

Grady quería que la dejasen tranquila; seguían insistiendo, la mañana misma en que zarpaba el barco: ¿quedaba por decir algo más de lo que ya había dicho? Después de aquello sólo quedaba la verdad, y no tenía del todo la intención de decirla.

—Nunca he pasado un verano aquí —dijo, eludiendo los ojos de ellas, y miró por la ventana: el resplandor del tráfico realzaba el silencio de la mañana de junio en Central Park, y el sol, lleno de joven verano que seca la corteza verde de la primavera, atravesó los árboles que había delante de la plaza, donde estaban desayunando—. Soy terca; haced lo que queráis (…)

A Grady le ascendía por dentro una risa incontenible, una agitación feliz que convertía el verano blanco extendido ante ella en un lienzo desenrollado donde dibujar esos primero trazos, puros y toscos, que son libres.

Crucero de verano

Crucero de verano

El joven Truman Capote habla de una chica de 17 años que quiere dar rienda suelta a sus impulsos para alcanzar la felicidad, saber qué es eso que llaman dicha, y en cuya carrera descubrirá los diversos estadios del amor, la pasión y el erotimo, hasta desviarla por rutas insospechadas. Pocos como Truman Capote para contarnos una iniciación en variados ámbitos de la vida de una muchacha rica y sola en la Gran Ciudad. Pero mucho más allá de esas arandelas que encantaban a Capote, es su ópera prima, el relato que empezó a escribir antes de su emblemático y oficial y autobiográfico debut de 1948 con Otras voces, otros ámbitos. Pues este Crucero de verano lo empezó a redactar en 1943 en unos cuadernos escolares y lo continuó puliendo hasta mediados de los años sesenta donde ya eran cuatro cuadernos que al final se extraviaron en unas cajas que reaparecieron en 2004. Una novela corta que es el relicario creativo, o el big bang del universo Truman Capote, autor de obras como El arpa de hierbaDesayuno en Tiffany’sA sangre fría, Los perros ladranMúsica para camaleones y Plegarias atendidas.

Pero volvamos a aquel primer nido creativo de Capote, a la novela protagonizada por la joven Grady, y empecemos a descubrir por qué no quiere ir con sus padres en un crucero por Europa. Ella está enamorada en secreto de un muchacho mayor que ella, de 23 años, que trabaja en un aparcamiento y es de una clase social inferior. Eso no es obstáculo para ella, se siente correspondida y quiere hacer realidad su felicidad, y es aquí donde, en un instante, Capote parece desvelar una visión de su mundo:

Él estaba dormido en el asiento trasero del coche. Aunque la capota estaba bajada, no le había visto porque estaba hecho un ovillo y quedaba oculto. En la radio sonaba el débil zumbido del noticiario, y Clyde tenía en las rodillas una novela policiaca abierta. Una de las muchas magias que existen es la de observar cómo duerme alguien a quien amamos: sin ojos e inconsciente, por un momento te adueñas de su corazón; indefenso, es entonces, por irracional que sea, todo lo que esperabas que fuese: puro como un hombre, tierno como un niño.

Ahí están los acordes iniciales de la prosa rítmica, sencilla, directa y trascendente de Truman Capote. La novela despliega su sarcástica mirada sobre sus congéneres y sus juicios inclementes, su debilidad por la vida glamurosa, sus metáforas y trazos sobre el paisaje real, el abismo que circunda a la realidad… su baile narrativo entre la comedia y la tragedia, su tendencia a la aventura y dejarse llevar por las emociones, hasta poner el freno de mano… Y es ahí donde, incluso, nace uno de sus personajes más famosos: la Holly Goligtly de Desayuno en Tiffany’s.

Lo que fue y quiso ser como autor el propio Capote lo contó en el prefacio de Música para camaleones, en uno de cuyos pasajes dice: “Creo que la mayoría de escritores, incluso los mejores, son recargados. Yo prefiero escribir menos. Sencillo, claramente, como un arroyo del campo”.

Siempre estuvo rodeado de ruido, de toda clase, desde 1948 cuando publicó Otras voces, otros ámbitos, hasta su muerte el 25 de agosto de 1984 en Los Ángeles. Una vida, con éxito o sin él, donde lo que se ve es a un Truman Capote con el brazo estirado tratando de alcanzar, con mayor o menor fortuna, lo que quiso y quiere, lo que busca, lo que sueña, lo que anhela, lo que le prometieron, lo que él mismo se prometió.

Mentado por todos, escritores y periodistas, Truman Capote fue precoz en la creación literaria, fue despiadado, ingenioso, cruel, vanidoso, tierno, astuto, eficaz, orgulloso, audaz, frágil, talentoso… Vivió la orfandad del creador. Siempre es un placer leerlo. Él lo sabía, jugaba a ello, por eso hoy, más de 30 años después de su fallecimiento, un epígrafe de su libro Los perros ladran (una suerte de autobiografía con textos de diferentes temas, épocas y estilos) sirven para acompañar parte de la filosofía de su vida, palabras de un proverbio árabe: “Los perros ladran, pero la caravana avanza”. Sigue adelante.

Pero, si usted quiere leer la novela, elija seguir adelante o no. Lo que sigue es un simple extracto

Grady Mcneil, joven hermosa y bastante aguda, aún sin cumplir los 18 años, hija de un multimillonario neoyorquino, se encuentra, totalmente loca, sincerándose con una maternal negra, en los lavabos de un tugurio de la calle treinta y pico este, a la que le dice sobre su amante, un apuesto guardacoches, buen chico pero sin un duro, llamado Clyde Manzer: “¡Me ha regalado una mariposa envuelta en un papel de caramelos de menta y se ha herido por mí!”. Semejante declaración de amor es el colofón de una tórrida historia erótica en el asfixiante verano de Nueva York, durante el cual Grady, aprovechando que sus padres están de crucero por Europa, no sólo intima con este joven hortera, de paupérrima familia de judíos inmigrantes, sino que, un poco a lo loco, se casa con él. Las cosas podían haber acabado ahí si la arrepentida Grady hubiese permanecido en casa de su hermana mayor, en la localidad veraniega de East Hampton, esperando el regreso paterno y sus consiguientes buenos oficios para arreglar el desaguisado adolescente; pero el tenaz Clyde la localizó en su refugio y se presentó ante ella con el envoltorio mentolado y el nombre de su amada grabado malamente en una de sus muñecas. Lo suficiente para regresar con él en un maldito viaje al fondo de la noche.

En un momento, cuando la secreta recién casada Grady acude al modesto hogar de su marido y ha de enfrentarse a una suegra, que todavía no sabe que lo es, se fija en el parco mobiliario de esta casa y, en particular, en las ridículas figuritas que se posan sobre el desvencijado aparador, al parecer muy apreciadas por los miembros de la familia. Fue entonces cuando pensó en la diferencia entre su propia familia potentada y la de los Manzer, que entendían la vida de otro modo, porque no habían sido educados para las ventajas: “La compensación estaba en su mayor apego a lo que poseían, y para ellos, sin duda, el ritmo de la vida y de la muerte resonaba en un tambor más pequeño pero más concentrado”. He aquí lo que un salto poético en el vacío le puede producir a una lista adolescente cuando sus padres se relajan durante el ocio estival.

 

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