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Cuando Rivas Cherif descubrió a Dalí… pero estaban Picasso y Magritte

28 Ene

Cipriano Rivas Cherif

Salvador Dalí, así se llama. No es un seudónimo, pese a la sonoridad aguda del apellido, tan acorde con el concepto excesivo del nombre de pila. Gran acierto ha sido de los organizadores de esta muestra de arte catalán moderno el ofrecer al joven pintor la gala que su “Venus y un marinero” ostenta.

Dos bellos lienzos presenta Dalí: el susodicho, academia de buen estilo cubista, y otro más pequeño, de un realismo anecdótico –una muchacha vestida de azul, asomada a una ventana azul, frente al azul Mediterráneo.

Yo prefiero, naturalmente, el clásico.

Salvador Dalí. Muchacha en la ventana

Salvador Dalí. Muchacha en la ventana

Un joven poeta y crítico “de vanguardia”, al oírme tal, creía estar conforme conmigo por gustarle más el cuadro realista. Una dama muy sensible a las artes y entendida sobremanera en música y pintura, que me ayudaba con fino ingenio a ver la Exposición, me dio la clave de semejante reacción, que a otra persona cualquiera menos avisada hubiera sorprendido (¿pues cómo se entiende que precisamente los jóvenes literatos defensores de tanto equívoco, de que el filisteo burgués desconfía, vengan ahora a decir que “está mejor” esa pintura fiel a un bello cuerpo humano con un fondo natural de paisaje marino?

—Sí, esto es también lo que hace Picasso— subrayó la dama.

Ni que decir tiene que en la opinión de mi discretísima acompañante casual no había intención alguna peyorativa. Sabe, claro, que Picasso se había podido proponer, quizá, entre otras cosas, conseguir “otra vez” tan excelentes academias.

—¿De manera que usted cree?…

—A mí me parece que hay que decir las cosas tantas veces, por lo menos, como asegura Benavente que es menester repetir en una comedia el efecto que se quiere conseguir, a saber: una para que se entere el público, otra para que se entere el crítico, otra para que se entere el actor. Cito de memoria, que me es –femenina al fin— infiel en muchas ocasiones, y no sé si atribuyo alguna injusticia al ilustre autor en cuanto al orden de la respectiva incomprensión. Desde luego, ante una pintura hay que repetir incluso los lugares comunes tres veces también: para que se entere el público, para enterarse uno mismo –aprendiz de cicerone— ¿y por qué no? Para que se entere el propio pintor.

René Magritte. La Venus y el marinero

René Magritte: El seductor

De manera que yo creo, si, que “La Venus y el marinero” es un cuadro clásico.

Alguien que está más de vuelta que nadie pretenderá sonreírme: “Sí, señor, de acuerdo; tanto da imitar a Rafael como imitar a…”

—¡Alto, alto, alto! Que no es por ahí. Yo hablo completamente en serio. Con la voz de la pura verdad.

Y la verdad no es más que una: la gran pintura clásica, la que por tener “clase” define las reglas del juego artístico, es, ante todo, conceptual y decorativa; no imitas estos o aquellos temas o argumentos del natural que los ojos de la cara pueden ver esparcidos aquí o allá por la redondez del mundo, sino que resume, compone, inventa, “crea”, en fin, alegorías que la vista propone a la razón.

—Eso es…

—¡Literatura! ¡Viva la literatura! Y lo demás… es música.

Sucede, eso sí, siempre ha sucedido lo mismo, que las gentes de poca fe tienen ojos y no ven.

¿Me hace usted el favor de un puntero?

Un bedel me presta un bastón.

—“Venus y un marinero” es una pintura alusiva, en homenaje a un poeta futurista: Papasseit. Literatura.

Los elementos materiales del cuadro tienen, sin duda, una significación no por vaga menos simbólica. Hay una Venus representada con plástica compleja, sugeridora como un sueño hecho de carne y piedra; pero no imitada. Esa Venus, sostenida amorosamente por la sombra de un marinero, pesa grávida de conceptos sobre cubierta con barandilla al mar. ¡Y a qué mar! ¡Qué gracioso aire romántico ha sabido insuflar el pintor a las nubes de la inspiración, para que así recargaran con tan delicada lobreguez el misterio de este “renacimiento” venusino! Y para que la lección tenga más grato humor, sobre este fondo de mar impreciso (¿el mar de Milo?) navega un vaporcito fantasma —tal la estupenda alegoría de un Lepanto caricaturesco, en el retrato velazqueño del bufón don Juan de Austria.

—Es decir, que hizo falta que un buen día los pintores se olvidaran de modelar, para airearse en todos los rincones de luz posibles. ¡Qué de baños de “impresión”! Y, ¡cuánto les gustaba a todos los paletos de todos los Museos, antes de la guerra europea, cuando los ministerios de Bellas Artes de los países civilizados suprimieron la entrada de pago, cuánto les gustaba a todos los buenos aficionados comprobar el milagro de la pintura impresionista! Se acercaba uno al cuadro y no se veía nada, nada más que manchones y colorines; se alejaba uno, hasta acertar con el punto de vista, y ¿qué bonitos efectos! Surgían los árboles y el bosque, y hasta el temblor de las hojas a la luz del sol y en el aire fino.

Después, cuando todos los cuadros volvieron a ser iguales, tuvieron los artistas que volver a contemplar las cosas “de bulto”, y no solo deshechas en luz. Y a repetir modelos sin sentido, y palabras sin ilación explicativa, para poder encontrar el peso, la medida, la música, el contorno, los conceptos elementales, en fin, que se habían perdido en manos de literatos, pintores y músicos holgazanes y sin curiosidad de sí mismos.

—Pero es que… así se reducen los temas artísticos a puras adivinanzas.

—¿Y quién le ha dicho a nadie que en el principio o, al fin y al cabo, no sea el acertijo?

Preguntándole yo cierta vez a una graciosa marchante de París, especialista en pintores modernísimos (toda mujer comerciante propende siempre a la tienda de modas), cuál de las firmas allí reunidas se vendía más, puesto que la escuela era tan uniforme que se distinguía poco la personalidad de cada pintor, me respondió sin titubear:

—Monsieur Lothe.

Y advirtiendo en mí inequívocas señales de incomprensión, añadió:

—Sí, señor… ¡Porque escribe!

En Francia ¡hasta los pintores saben leer!

Salvador Dalí sabe lo que se hace. Y conoce sus clásicos. Dios le conserve la vista y le mantenga en su mano.

Heraldo de Madrid, 21 de enero de 1926

 
 

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