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Archivos diarios: 1 de febrero de 2015

El artículo de mañana

—¿Ya tienes eso?

—¿Qué es eso?

—El artículo o lo que sea.

—¡Joder! Ayer lo publiqué.

—No. No digo ese. El de Marga.

—¿Qué Marga?

—No te hagas el tonto. El de la chica que estaba enamorada de Juan Ramón.

—¿Quién es Juan Ramón?

—¿Qué te pasa? ¿Qué Juan Ramón? ¡Quién va a ser! Juan Ramón Jiménez.

—¡Ah! ¿Lo conoces?

—Tú estás mal o me estás tomando el pelo.

—No, es que yo no lo conozco.

—Cómo que no lo conoces…

—A Juan Ramón Jiménez. Si lo conociera… Bueno, si lo hubiera conocido, le llamaría por el nombre de pila.

—Si todo el mundo lo llama así.

—Claro. Y a Federico García Lorca le dicen Federico… así, como si hubieran estado con él en la Residencia, donde por cierto se hablaban de usted, salvo que fueran íntimos.

—¡Anda ya!

—Pues sí. Espera… Toma.

—¿Qué es?

—Lee… aquí.

Federico, ¡qué corazón! ¡Cuánto ha tenido que amar, cuánto que sufrir! ¿Y?

—Fíjate bien. Lo llama por su nombre. Pero, aun siendo amigos, le habla en tercera persona, le habla de usted. Y precisamente en un momento de comunicación íntima.

—Eres demasiado puntilloso.

—No. Es que me repatean los que hablan de “Federico” como si hubieran sido amigos. Y lo mismo pasa con Jiménez.

—¿Con quién?

—Con “Juan Ramón”, querido.

—Vale, de acuerdo.

—Ya sabes lo que escribió Miguel

—Vaya, será Miguel Hernández.

—No. Cervantes. Miguel de Cervantes escribió El Quijote.

—Estás fatal.

—Sí, pero no te preocupes. Mañana tienes el artículo de “Juan Ramón” y “Marga”.

—Cuando lo escribas, ya no le interesará a nadie.

—Como todo lo que escribo. Pero este lo escribo porque me lo pediste. Aunque el tema me repatea. La pobre Marga Gil era una buena dibujante, pero el Diario, como texto no tiene el más mínimo interés, salvo el humano, claro. Un tema de ratones de biblioteca o de morbosos.

—Tampoco te pases.

—No. No me paso. Me fastidia porque lee uno cada cosa… Ni la mayor de las tragedias griegas.

—…

—Y luego, el circo… En exclusiva para un periódico. Y los demás a esperar una semana o diez días para escribir sobre un libro que hasta entonces no han podido leer. Me repugna la sensiblería barata que esconde un negocio. Con todos los respetos a Marga Gil. Claro.

—…

—Mañana lo lees.

—Vale…

 

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El ‘Cardenio’. Cervantes y Shakespeare

Cervantes y ShakespeareLa historia de Cardenio apareció entre las novelas insertas en El Quijote y cuando consiguió escaparse de las tapas duras de Cervantes para reinterpretarse en la pluma de Shakespeare como obra de teatro, tampoco pudo pervivir en la memoria palpable del papel por la precariedad editorial del siglo XVII. Roger Chartier, historiador de la cuarta generación de la Escuela de los Annales, recupera por enésima vez la historia de este personaje que Don Quijote y Sancho Panza encuentran en el capítulo XXIII, en Cardenio entre Cervantes y Shakespeare (Gedisa Editorial).

La primera pista del misterio del texto que hoy no existe aparece en una obra teatral colaborativa entre el escritor inglés más conocido y John Fletcher. Junto a William Shakespeare y Ben Jonson, Fletcher era considerado por sus contemporáneos como uno de los dramaturgos más dotados e influyentes de la literatura jacobea. Sucedió a Shakespeare como jefe en la principal compañía londinense King’s Men (Los Hombres del Rey).

A diferencia de Shakespeare, Fletcher no era accionista de la compañía. De 1590 a 1642 se convirtió en uno de los ocho hombres que siempre figuraban bajo contrato para numerosos teatros de la capital británica, privilegio que compartía con Thomas Heywood, Thomas Dekker, Philip Massinger, Shakespeare, James Shirley, William Rowley, y Richard Brome.

Ambos escribieron una obra basada en un personaje de El Quijote, que fue estrenada estrena en 1613 y la representada sólo dos veces. La siguiente referencia que tenemos de ella es una copia que fue citada como Historia de Cardenio, atribuida a Fletcher y Shakespeare en 1653. Cardenio en manos de Shakespeare culmina con felicidad su historia amorosa con Luscinda, la dama de alta cuna que se casa por acuerdo con el mejor amigo del protagonista. Este desenlace feliz convierte a la obra en material para una tragedia y una comedia al mismo tiempo, lo que entronca con la tradición inglesa del siglo XVII y su gusto por la tragicomedia española.

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Desfile de Personajes de Shakespeare

Según Chartier, Shakespeare ligó la historia de los cuatro enamorados con la presencia burlesca y cómica de Don Quijote en Inglaterra. El público europeo encontró en los desamores, las pasiones sublimes, el triunfo del amor y la belleza de las novelas dentro de la obra cervantina el mismo o mayor interés que por los lances del caballero andante. “Las obras teatrales no se solían publicar, el 60% no subsistieron por tratarse de un género situado en lo más bajo de la jerarquía literaria”, explica Chartier. “Por eso Cardenio es excepcional, y su relación con el nombre de Shakespeare determinante” (?). Aunque el imaginario cultural vincule casi desde la amistad a estos dos escritores, “resulta complicado asegurar que Cervantes supiera siquiera quién era Shakespeare”, Inglaterra, a fin de cuentas, seguía siendo una isla, mientras que la presencia hispánica en toda Europa se expandía como referencia literaria esencial, no solo por El Quijote.

Chartier persigue a Cardenio durante siglos, países, escenarios teatrales e imprentas en un ejercicio de resurrección de un fantasma bibliográfico cuya inmortalidad se refiere directamente a su autor, por encima incluso de su colega español, responsable primero del nacimiento de este personaje. “La pluralidad de sentidos inscritos en una obra como esta, pero no sujetos al momento de escritura responde a su perdurabilidad, trascendencia, fuerza y energía”.

Dejemos por hoy el libro de Roger Chartier y tomemos la historia de este texto.

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El Shakespeare cervantino

En 1653, un historiador del arte dice haber encontrado una Historia de Cardenio firmada al alimón por Shakespeare y Fletcher. WarburtonEn el siglo XVIII el erudito y obispo anglicano Warburton tenía entre sus manuscritos una obra de Shakespeare llamada Cardenio. Según se cuenta, el obispo no pudo evitar que un día su cocinero usase el manuscrito para encender el fuego.

Shakespeare y Cervantes son considerados, de manera casi unánime, los dos mayores escritores de la historia. Por eso, ningún encuentro literario parece más interesante que el suyo. También comparten su afición por los locos. Shakespeare creó a Hamlet, Lear, Macbeth, Próspero, Caliban: todos ellos comparten un rasgo común, padecen algún tipo de locura o demencia, aunque sea transitoria. Cervantes, por su parte, escribió al menos dos obras protagonizadas por locos, Don Quijote de la Mancha y El licenciado Vidriera, un loco que se cree compuesto de cristal y no de carne.

A menudo se especula acerca de qué habría sucedido si Shakespeare hubiese conocido a Cervantes. En la vida de Shakespeare existen ciertos años oscuros de los que los biógrafos apenas saben qué contar, como los hay en las vidas de Diderot o de Molière, como los hay en la de Jesucristo… o del mismo Cervantes. Fantasías, pues.

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