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Archivos diarios: 3 de febrero de 2015

Memoria de un poeta: Manuel Vázquez Montalbán

Manuel Vázquez Montalbán

Manuel Vázquez Montalbán nació a la literatura con la poesía. Una educación sentimental, su libro iniciático —que escribió en la cárcel—, apareció en El Bardo en 1967. Con él puso de relieve que era posible investigar en el lenguaje, buscar nuevas formas de expresión, renovar y, a la vez, hablar de las emociones colectivas, arañar en la piel de la memoria, aunar, en el espacio del poema, la cultura popular y la cultura más elaborada. Concha Piquer podía convivir con T. S. Eliot; los rostros vencidos en la sala de espera de un consultorio del “seguro obligatorio de enfermedad”, con Françoise Hardy, y el preso político, con Ella Fitzgerald.

Quien pocos años después se convirtió en el novísimo senior por excelencia de la antología de Castellet, ofrecía la cara crítica, hecha con la fibra de la conciencia más lúcida de su generación, de una renovación poética que pretendía la prevalencia, en el poema, de la cultura sobre la vida. Manolo nunca, ni siquiera en los años setenta, tiempo de esplendor del culturalismo, lo vio así. Desde sus primeros versos, vida y lenguaje convivieron en su poesía, mantuvieron -mantienen- una relación dialéctica. Tras aquel memorable primer libro, Manolo publicó Movimientos sin éxito (1969) —también escrito, en su mayor parte, en la cárcel—, una reflexión acerada sobre la realidad fragmentaria del mundo contemporáneo.

La poesía amorosa, amor a la intemperie, amor vivido y vívido, construido al calor de los empeños colectivos y bajo el frío de unas calles inciertas, se hizo poema en A la sombra de las muchachas sin flor (1973), y el otro amor, el que siempre proclamó hacia la generación amputada de sus padres, a los derrotados en abril del 39, floreció en las Coplas a la muerte de mi tía Daniela (1973).

La Barcelona mestiza, territorio mítico de su narrativa, también se hizo presente en su poesía: la llamó Praga (1982) para metabolizar el desconcierto, la perplejidad que le produjo la invasión soviética de Checoslovaquia en 1968. Y a ella volvió al cabo de los años. Se encontró entonces con la Barcelona que, muchos años antes, había sido el núcleo de un poema titulado La ciudad, e hizo de éste, a su vez, el centro de su último poemario publicado, Ciudad (1997), y la almendra entre dulce y amarga —más amarga que dulce— de su novela El estrangulador.

No puedo separar el mundo poético que creó, hecho de imágenes rotas (siempre la sombra de Eliot), de seres humildes, de apelaciones a la cultura, de crítica histórica, de compasión, de memoria, de deseo, de la imagen del propio Manolo leyendo poemas inéditos, versos que hablaban de la madre amada y muerta, un día de julio de 2002. Fue en Priego, con motivo de un curso de verano. Durante la comida confesó que hacía mucho tiempo que no acudía a hablar de poesía, a leer su poesía, simplemente porque no se le llamaba para ello. En el fondo estaba aludiendo a la raíz de su vocación literaria: él se consideraba, por encima de todo, poeta. Así lo afirmó en no pocas ocasiones y así lo expresó, según cuenta en el prólogo a su poesía completa Josep María Castellet, en septiembre de 1985, durante un seminario en Sitges cuando, ante la alocución interminable y metafísica de un filósofo italiano sobre la posmodernidad, Manolo dijo en voz baja, casi inaudible: “Mire usted, yo soy un poeta…”.

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