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Memoria de un poeta: Manuel Vázquez Montalbán

03 Feb

Manuel Vázquez Montalbán

Manuel Vázquez Montalbán nació a la literatura con la poesía. Una educación sentimental, su libro iniciático —que escribió en la cárcel—, apareció en El Bardo en 1967. Con él puso de relieve que era posible investigar en el lenguaje, buscar nuevas formas de expresión, renovar y, a la vez, hablar de las emociones colectivas, arañar en la piel de la memoria, aunar, en el espacio del poema, la cultura popular y la cultura más elaborada. Concha Piquer podía convivir con T. S. Eliot; los rostros vencidos en la sala de espera de un consultorio del “seguro obligatorio de enfermedad”, con Françoise Hardy, y el preso político, con Ella Fitzgerald.

Quien pocos años después se convirtió en el novísimo senior por excelencia de la antología de Castellet, ofrecía la cara crítica, hecha con la fibra de la conciencia más lúcida de su generación, de una renovación poética que pretendía la prevalencia, en el poema, de la cultura sobre la vida. Manolo nunca, ni siquiera en los años setenta, tiempo de esplendor del culturalismo, lo vio así. Desde sus primeros versos, vida y lenguaje convivieron en su poesía, mantuvieron -mantienen- una relación dialéctica. Tras aquel memorable primer libro, Manolo publicó Movimientos sin éxito (1969) —también escrito, en su mayor parte, en la cárcel—, una reflexión acerada sobre la realidad fragmentaria del mundo contemporáneo.

La poesía amorosa, amor a la intemperie, amor vivido y vívido, construido al calor de los empeños colectivos y bajo el frío de unas calles inciertas, se hizo poema en A la sombra de las muchachas sin flor (1973), y el otro amor, el que siempre proclamó hacia la generación amputada de sus padres, a los derrotados en abril del 39, floreció en las Coplas a la muerte de mi tía Daniela (1973).

La Barcelona mestiza, territorio mítico de su narrativa, también se hizo presente en su poesía: la llamó Praga (1982) para metabolizar el desconcierto, la perplejidad que le produjo la invasión soviética de Checoslovaquia en 1968. Y a ella volvió al cabo de los años. Se encontró entonces con la Barcelona que, muchos años antes, había sido el núcleo de un poema titulado La ciudad, e hizo de éste, a su vez, el centro de su último poemario publicado, Ciudad (1997), y la almendra entre dulce y amarga —más amarga que dulce— de su novela El estrangulador.

No puedo separar el mundo poético que creó, hecho de imágenes rotas (siempre la sombra de Eliot), de seres humildes, de apelaciones a la cultura, de crítica histórica, de compasión, de memoria, de deseo, de la imagen del propio Manolo leyendo poemas inéditos, versos que hablaban de la madre amada y muerta, un día de julio de 2002. Fue en Priego, con motivo de un curso de verano. Durante la comida confesó que hacía mucho tiempo que no acudía a hablar de poesía, a leer su poesía, simplemente porque no se le llamaba para ello. En el fondo estaba aludiendo a la raíz de su vocación literaria: él se consideraba, por encima de todo, poeta. Así lo afirmó en no pocas ocasiones y así lo expresó, según cuenta en el prólogo a su poesía completa Josep María Castellet, en septiembre de 1985, durante un seminario en Sitges cuando, ante la alocución interminable y metafísica de un filósofo italiano sobre la posmodernidad, Manolo dijo en voz baja, casi inaudible: “Mire usted, yo soy un poeta…”.

Manuel Vázquez Montalbán poseía y disfrutaba de una enorme capacidad de trabajo. Como escritor, fue el primer cronista de las miserias políticas de este país. Pero sería injusto que a Manolo se le valorara sólo por la creación del personaje de Pepe Carvalho. A Vázquez Montalbán hay que estudiarlo y hay que leerlo por su extraordinaria poesía, ensayo, novela y sociología. De su vertiente periodística hay que subrayar que fue uno de los comentaristas de actualidad política más importantes, en España en muchos años. Manolo y yo bromeábamos sobre el «bypass»: él siempre comentaba que me ganaba por 4 a 3 «bypass».

Manolo se movía demasiado, trabajaba demasiado y tenía tiempo para todo. Estaba continuamente escribiendo. Y lo comentaba con su mujer, Ana, que andaba preocupada por su hiperactividad y deseaba que se desprendiera de algún compromiso, que no trabajara tanto. La última vez que nos vimos fue en una comida con nuestra agente literaria, Carmen Balcells. Y allí le vi bien. Estaba estupendo, pero desgraciadamente acaba de morir, lo que supone un mazazo para la literatura. Si tuviera que quedarme con dos de sus novelas mencionaría El estrangulador y Galíndez, pero me encantaría, ya digo, que no se le encasille sólo en el detective Carvalho. A Vázquez Montalbán se le podría incluir dentro de una corriente creativa, digamos, de literatura de ficción. Pero espero, eso sí, que a Manuel, además de como gran periodista y escritor, pueda ser conocido y valorado como un grandísimo poeta. Confío y espero que se le recuerde más que por Carvalho.

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Coplas a la muerte de mi tía Daniela

Manuel Vázquez Montalbán

(fragmento)

…dejo dormir
todo cuanto tengo
mío o ajeno

recuerdo
qué poco amé
a quien me amó
y entonces
quisiera marcharme
donde desde siempre
nos esperan
abiertos
puertos sin naves
de regreso
la vida murió
ningún consuelo nos deja
la memoria
en el presente
las formas envilecen
cuanto tocan
y en la infancia
del hombre los deseos
avivan crecimientos
récords
todavía los llaman los atletas

mañana
sin duda
no habrá historias
tan tristes a la medida
del sentimiento viejo
lógicamente
las lavanderas estarán sindicadas
la tuberculosis desterrada
y las contradicciones
entre lo abstracto y lo concreto

serán síntesis
la fuerza de un hombre
será la fuerza
de los hombres
inútiles
buenos propósitos
la nostalgia
los remordimientos

el recuerdo.

Coplas a la muerte de mi tía Daniela, 1973

 

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