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Quijotismo ¿para qué hoy como ayer?

06 Feb

Tomamos vistas casi instantáneas de la realidad que pasa, y como son características de esa realidad nos basta con ensartarlas a lo largo de un devenir abstracto, uniforme e invisible, situado en el fondo del aparato del conocimiento para imitar lo característico del devenir mismo (…) no hacemos más que accionar una especie de cinematógrafo interior.

Henri Bergson. La evolución creadora.

Y trataba de imaginarse lo que le ocurriría a la llama cuando se apagaba una vela y trataba de recordar, en vano, la llama sin la vela que la alimentara.

Lewis Carroll. Alicia en el país de las maravillas.

Primera parte de El Quijote

Primera parte del Quijote

Este año se conmemora el quinto centenario de la publicación de la segunda parte de El ingenioso caballero don Quijote de la Mancha (1615) de Miguel de Cervantes. El cuarto centenario de la primera parte del Quijote (El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, 1605) dio lugar en la sociedad española a una oleada de quijotismo. Este artículo pretende solo recordar la dialéctica que se desarrolló en aquel tiempo entre los que entonces comenzó a denominarse “intelectuales”. No sé si el lector podrá sacar algunas conclusiones. Para mí es un punto de partida de reflexión hacia el presente, que no sé si continuaré, asfixiado en el momentum

Reciente aún y todavía dolorosa la herida que el desastre de 1898 había infligido en la conciencia nacional, no olvidado el desconsolador diagnóstico de Silvela ante la postración del país —”España sin pulso”—, los españoles cultos y semicultos sintieron la íntima necesidad de afirmar que su patria, tras las declinantes y derrotadas glorias del pasado, podía seguir siendo algo en el futuro. Tal fue el presupuesto emocional de ese quijotismo. A los 12 años de la conmemoración del Quijote, aún seguía expresando Ortega aquel vehemente anhelo de su resurrección. No parece un azar que como la de un Quijote cuerdo vea la figura de Azcárate, a la muerte de este eximio leonés: “Enjuto, de aventajada estatura, le veíamos pasar, emocionados, como un Don Quijote vuelto a la cordura”. Tengo para mí que esa quijotesca rememoración del anciano krausista, no menos aplicable a Giner de los Ríos, fue determinada por el vario quijotismo —el de Cajal, el de Menéndez Pelayo, el de Unamuno, el de Azorín, el de Antonio Machado, el del propio Ortega— que la ocasión de 1905 suscitó en las clases cultas de España.

Los primeros propugnadores de la moral quijotesca como recurso básico para conseguir la tan ansiada regeneración de España fueron, en cuanto yo sé, los sabios de la restauración y la regencia. En Cajal tuvieron su más calificado y explícito representante. En su conferencia Psicología de Don Quijote y el quijotismo (mayo de 1905), Cajal propuso a los españoles sacar de su postración a la maltrecha España, cultivando la ciencia y la técnica con una esforzada moral quijotesca. “El quijotismo de buena ley”, dijo, “tiene en España ancho campo en que ejercitarse”. Y después de exponer con levantada retórica las diversas tareas posibles, añadió: “He aquí las estupendas y gloriosas aventuras de nuestros quijotes del porvenir”. De 1905 es asimismo la azoriniana declaración de ese general quijotismo. “Nuestra vida”, se pregunta Azorín en Madrid, poco antes de iniciar su tan conocida peregrinación por la ruta de Don Quijote, “¿no es como la del buen caballero andante que nació en uno de estos pueblos manchegos? Tal vez nuestro vivir, como el de don Alonso Quijano el Bueno, es un combate inacabable, sin premio, por ideales que no veremos realizados… Yo amo esa figura dolorosa que es nuestro símbolo y nuestro espejo”. Ya en su presentación al público lector como Azorín había escrito José Martínez Ruiz: “Nosotros, como el hidalgo manchego, tenemos algo de soñadores, una ilusión que nos vivifica”. Más intuitivo y más literato que Cajal, pero no menos quijotista que él, Azorín ve en el quijotismo la más derecha vía para la regeneración de España.

Otro testimonio, también de 1905. Desde Leipzig, donde está iniciando su formación germánica, Ortega explica epistolarmente a su padre lo que, a su juicio, es la melancolía; ve a Don Quijote como máximo héroe del temple melancólico y confiesa su propio sentir con estas palabras: “Es preciso obrar grandes y bellas y nobles locuras… Este ideal, esta locura es, lo que representa Don Quijote… El modelo es, pues, Don Quijote: fue bueno y fue caballero andante de Dulcinea; seamos buenos y seamos caballeros andantes de esta angustiada Dulcinea de nuestra patria”. No quedará aquí, lo veremos, este juvenil quijotismo de Ortega.

Miguel de Unamuno

Miguel de Unamuno

A los pocos años de la conmemoración del Quijote, Antonio Machado cantará en el poema A una España joven el ánimo quijotesco con que su generación irrumpió en la vida de España. A todos sus miembros, dice, “en una nave de oro nos plugó navegar / hacia los altos mares, sin aguardar ribera”, y en versos ulteriores declara con desgarro el fracaso de la varia y común locura y confiesa su menesterosa esperanza en los jóvenes que van a renovar su empeño. Bajo forma de mito, otra vez cabalgaba Don Quijote —o intentaba cabalgar— sobre la tierra de España.

El patentísimo quijotismo de Unamuno —”este donquijotesco don Miguel de Unamuno”, dirá de él Antonio Machado, a su vez calificado como Alonso Quijano“, El Bueno”—, requiere un delicado análisis diacrónico. A raíz del desastre colonial, escribirá: “¡Muera Don Quijote para que renazca Alonso Quijano el Bueno!”; grito que expresaba el más hondo sentir de En torno al casticismo (1895) ante la realidad histórica y el destino de España. Años más tarde se rectificará a sí mismo: “En esa ridícula literatura (la regeneracionista) caímos casi todos los españoles, unos más y otros menos… Yo di un ¡muera Don Quijote!, y de esta blasfemia, que quería decir lo contrario de lo que decía —así estábamos entonces—, brotó mi Vida de Don Quijote y Sancho y mi culto al quijotismo como religión nacional”.

Dos quijotismos sucesivos, uno quijánico y otro quijotesco; si se quiere, un quijanismo y un quijotismo. El primero albergaba el propósito de actualizar lo mejor del humanismo español —Vives, fray Luis— y tuvo tosca expresión literaria en una metáfora doblemente hidroterápica: “chapuzamiento en pueblo”, conocimiento vivo de la intrahistoria de España, faena, decía aquel Unamuno, sólo accesible a españoles europeizados, y “ducha de cultura europea”. Frente a ese quijotismo quijánico se levantó el ulterior —y en la vida de Unamuno, definitivo— quijotismo quijotesco: la apelación al ejemplar señorío moral de Don Quijote vivo y hazañoso. Según él, la misión de España consistiría, por una parte, en afirmar vigorosamente su personalidad intrahistórica, y tomando de la cultura europea no más que lo para nosotros conveniente, en tratar de imponer a Europa, por otra, nuestro íntimo modo de ser. La conversión cuasirreligiosa a una vida traspasada por la certidumbre o por el ansia de la inmortalidad personal, y recogida por un pensamiento trascendente a la razón moderna, sería la meta ideal de ese quijotesco empeño. A su logro se lanzó con todo su talento y todo su coraje el gran don Miguel.

En 1912 publicó Unamuno su Del sentimiento trágico de la vida. Dos años más tarde, Ortega —con él, expresa o tácitamente, toda su generación, esa que hoy solemos llamar del 14— dará al quijotismo, vivo en su alma ya en 1905, una decisiva y fecunda versión nueva.

El quijotismo de Unamuno fue notoriamente anticervantino; el autor del Quijote habría sido un afortunado, pero punto menos que inconsciente revelador del ideal latente en los senos intrahistóricos de nuestro pueblo. Dos cartas de Ortega, una a su novia, otra a su entrañable amigo Navarro Ledesma, las dos de 1905, dan inicial testimonio del nuevo modo de concebir el quijotismo. Dice en la primera: el Quijote “lo escribió un hombre que había estado durante casi toda su vida lleno de buena fe ante la existencia, como tú, como yo, como todos los que tenemos una propensión y una necesidad ardientes, quemantes, de todas las formas de lo heroico. Cervantes lo escribió cuando había ya perdido esa buena fe y cuando ese amor a lo heroico había dejado de ser activo y aún le quedaba el, amor pasivo que llora sobre la imposibilidad de ser héroe”. Escribe en la segunda, comentando la unamuniana Vida de Don Quijote y Sancho” que acaba de leer: “Comete… el error de desconsiderar a Cervantes, cuando acaso no existirá obra (de las que sean evangelios humanos hablo) que sea más obra y carne y sangre de su autor que ésta”.

Nueve años después, con la mole cárdena de El Escorial a la vista, dará expresión definitiva a su cervantismo, a su quijotismo cervantino. Oigámosle: “He aquí una plenitud española… Si supiéramos con evidencia en qué consiste el espíritu de Cervantes, la manera cervantina de acercarse a las cosas, lo tendríamos todo logrado. Porque en, esas cimas espirituales reina inquebrantable solidaridad, y un estímulo poético lleva consigo una filosofía y una moral, una ciencia y una política. Si algún día viniera alguien y nos descubriera el perfil del estilo de Cervantes, bastaría con que prolongáramos sus líneas sobre los demás problemas colectivos para que despertáramos a nueva vida”. Acaso la lectura del libro de Navarro Ledesma El ingenioso hidalgo Miguel de Cervantes Saavedra, que Ortega conoció y comentó antes de su impresión, fuese el punto de partida de su alta y nueva estimación de Cervantes.

Pienso que este lúcido cervantismo es también el que años más tarde informará las páginas de El pensamiento de Cervantes, de Américo Castro, y acaso también la nueva visión de Cervantes, no excluyente, a mi juicio, de la anterior, que en su plena madurez hispánica y mental el propio Castro propondrá. Y también, asimismo, el que da nervio a Cervantes, clave de España, de Julián Marías. Más aún: me atrevo a sostener que el proyecto de reforma de la vida española explícito en Ortega e implícito en la obra de los restantes miembros de su generación -proyecto todavía vigente y todavía no realizado- no es sino el resultado de concretar en nuestro siglo, y según muy varias direcciones, la profunda exigencia intelectual, política y moral de esa fecunda unificación entre el mensaje del Quijote y la mente de su creador.

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Exhortación. Quijotismo, ¿para qué? Empapados día tras día por el ansia de vivir presente, —lucro, ocio, placer de unos; necesidad y miseria de muchos— que hoy somete a nuestra sociedad, no pocos, demasiados serán los españoles que sólo con un gesto de despectivo desentendimiento responderán a tal interrogación. No quiero estar, no estoy entre ellos. Ante todo, porque, como acabo de decir, considero vigente, no superado y todavía no cumplido el proyecto de vida colectiva que nos legaron aquellas generaciones. Hijo histórico de ellas creo yo ser. Mas también porque el futuro de España menesterosamente está pidiendo la voz convocante, la enérgica voluntad reformadora, la inteligencia, la ejemplaridad moral y la tenacidad que —con las adiciones y modificaciones que el curso de la historia haya hecho ineludibles— con tanto apremio requiere la ejecución de ese proyecto.

 

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