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Archivos diarios: 11 de febrero de 2015

Tras los pasos de Montaigne

Un verano con MontaigneAntoine Compagnon

Un verano con Montaigne

Traducción de Núria Petit Fontserè

Barcelona, Paidós, 2014, 167 pp.

Antoine Compagnon es un gran conocedor de Michael de Montaigne (1533-1592): un montagnista, montagnero y compagner, si se me permite el juego de palabras. Ha dedicado diversos trabajos al ensayista, entre ellos, Gato encerrado. Montaigne y la alegoría (Acantilado, 2011). Para no ser un filósofo central, es admirable la cantidad de lecturas que ha suscitado el señor de Montaigne. Su originalidad le viene, en parte, de su actitudes, de sus perspectiva, de cómo situó el pensamiento en el seno de la sensibilidad y de lo cotidiano. A Montaigne (un poco como a Rousseau, aunque en este caso por razones distintas) se le ha hecho causa de numerosas tendencias modernas en filosofía. No cabe duda de que este hombre, que se hizo a sí mismo mientras hacía “su libro”, es una fuente de sugerencias. En cierto sentido, como menciona el título citado de Compagnon, Montaigne fue un alegorista: cuando reconoció en sí alguna pasión buscó la forma (visibilia) en un clásico (Plutarco, Diógenes Laercio), pero en realidad radicó la importancia de la reflexión en el presente y en su sensibilidad. No parte de un texto previo del cual su obra es una alegoría (la Comedia de Dante como alegoría del libro sagrado). Fue, sí, como cualquiera que lee, un glosador, un comentarista fragmentario. Su libro, los Ensayos, son él, se ha hecho a sí al hacer una obra que pretendió discreta (le pide al lector que no se entretenga mucho con sus escritos) y que, sin embargo, ha ayudado a transitar a muchos. Aunque no fue amigo de novedades, su libro, escrito para pocos, fue algo nuevo que, desde entonces, no ha dejado de remozarnos.

Un verano con Montaigne es un libro amable e inteligente, una glosa a su vez de Montaigne: artículos basados en las intervenciones radiofónicas diarias durante un verano, en las cuales Compagnon toma del pensador francés algunas frases, admirablemente acertadas, y las comenta, las sitúa en su vida, en la historia de la filosofía, en la reflexión de lo cotidiano. Jurista, alcalde, gran aficionado a cabalgar, poco apasionado de la vida amorosa, exaltador de la amistad (al menos, de un amigo, La Boétie), desprejuiciado, atrevido e irónico, Montaigne es, además, un literato. Este caballero, que se educó hablando en latín antes que en francés, renacentista que abre la reflexión barroca, fue ajeno al maquiavelismo en política (mentir por razones, más o menos, de Estado) y abogó por la sinceridad y la fidelidad a la palabra. Ni hipocresía ni conciencia del otro como un medio. Hombre poco vanidoso, defiende la discusión que respeta a la persona, ajeno a ese sentimiento tan absurdo que da en creer que son las ideas las respetables. “Celebro y acaricio la verdad, sea cual fuera la mano en la cual la encuentro”, afirma. Carece de esa relación de identidad con lo que pensamos, porque “mi imaginación se contradice y se condena tan a menudo que me da igual que lo haga otro”. Desde esta premisa, basada en la observación de sí mismo, es comprensible que estuviera en contra de los pedantes y fatuos.

El gran Jean Starobinski escribió hace muchos años un luminoso libro titulado Montaigne en movimiento (algo que parece tomado de “los signos en rotación” de Paz, que, por cierto, fue desde adolescente lector de los Ensayos), jugando sin duda con esa “piedra” que heredó Montaigne de su padre, Pierre, cálculo que padecieron ambos y que el alcalde y filósofo echó a rodar. “El mundo no es más que un perpetuo vaivén”, escribe, lo que le llevaba a percibir lo que podemos considerar su poética: “No puedo fijar mi objeto.” No fue tanto una actitud deliberada sino la constatación de que su propia naturaleza era ajena al tratado y el acoso exhaustivo. Lúcido y moderno, afirmó: “No pinto el ser, pinto el tránsito.” Admirable. Conocida es su actitud ante el descubrimiento de América y su defensa de la bondad del indio: anticipándose a Rousseau, lo veía como salvaje inocencia (naturaleza) y a nosotros como bárbaros. Compagnon dice de él: “Es uno de los primeros detractores del colonialismo”, y es verdad, solo que, sin defenderlo, hay que recordar que el hombre ha colonizado siempre, de ahí que a Montaigne le hicieran hablar en latín desde la infancia.

Si los griegos amaban pensar caminando, Montaigne prefería hacerlo mientras cabalgaba. Una caída del caballo lo dejó inconsciente unos minutos, pero continuó hablado, lo que le hizo reflexionar posteriormente acerca del yo. ¡Fue el primer filósofo que defendió el caballo como cátedra, e incluso como lecho de muerte! Vivir/morir a caballo. Este discípulo de Pirrón defiende con buena lógica que en ciertos casos es necesario “suspender el juicio”, de ahí su famoso “¿Qué sé yo?” Es aceptable conjeturar que fue un creyente muy tibio. Montaigne suele pensar en la muerte, incluso cree, con los estoicos, que filosofar es aprender a morir (Cicerón), aunque a él le enseñó más bien a vivir y a hacerse a sí mismo, y ese sí mismo, el que resiste en la mudanza de los cambios, es el que va a morir. En política fue legitimista, conservador. Privilegió la vida contemplativa sobre la activa, que el protestantismo, en cambio, iba a defender. Ni siquiera pretendió escribir, como nos recuerda Compagnon, pero los demonios de la angustia lo llevaron a la escritura. Se curó de sus fantasmas fijándolos en el papel, en francés, con muchas expresiones vulgares. Afirmó, mucho antes que Wordsworth, Juan Ramón y Eliot, que había que escribir como se habla. No admiró los muchos datos sino el saber, a las “mujeres bellas y honestas” y las “amistades raras y exquisitas”, y se inclinó por la igualdad entre hombres y mujeres. Al final de su vida, una muchacha culta, Mademoiselle de Gournay, que preparó la primera edición póstuma (1595) de sus obras, fue objeto de su pasión: “ciertamente amada por mí mucho más que como padre”, aunque se vieron una sola vez. ¿Qué más? Siempre queda todo Montaigne, sin duda: ese gran hombre que hizo el elogio de la lentitud, algo que deberíamos aprender en nuestro acelerado tiempo, donde el movimiento se confunde con la agitación.

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