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Archivos diarios: 17 de febrero de 2015

Dulcinea, ideal amoroso del Caballero de la Voluntad

Dulcinea es un personaje complejo, cuyo análisis puede ser abordado —así lo ha hecho la crítica— desde muy diversas perspectivas: se puede analizar su figura como componente de la materia amorosa, que forma junto con la materia caballeresca y la literaria los tres grandes núcleos temáticos del Quijote; se puede estudiar su función estructural (Dulcinea al servicio de la narración: pienso especialmente en todo lo relacionado con su encantamiento y su desencantamiento en la Segunda Parte); se puede poner en relación con el estatus de la locura de don Quijote y la evolución de su carácter en las dos Partes, y con la problemática relación que se establece en la novela entre realidad y ficción, o entre apariencia y realidad; en este sentido, Dulcinea es también un factor determinante en la relación entre el caballero y su escudero Sancho Panza; la dualidad Dulcinea-Aldonza brinda abundantes momentos para la comicidad y la parodia, en pasajes que permiten la conformación de un mundo carnavalesco; se puede abordar el estudio de Dulcinea desde el psicoanálisis y la sexualidad,  etc.

Don Quijote convence a SanchoAdemás, debemos partir del hecho fundamental de que Dulcinea es un personaje que no existe, que es la creación de una creación: Dulcinea es una invención de don Quijote de la Mancha, que a su vez es una invención de Alonso Quijano (que, a su vez, es una invención de Cervantes). Incluso podríamos cuestionarnos si Dulcinea es invención de don Quijote o de Alonso Quijano, cuestión no tan fácil de dilucidar ni tan baladí como a primera vista pudiera parecer. En suma, estamos ante un personaje complejo, referido, que no interviene nunca en la novela, pero que alcanza una presencia muy destacada, al que Cervantes quiso dar un tratamiento artístico relevante. Así, Riquer ha subrayado el “sutil arte con que Cervantes trata a este personaje femenino, que jamás asoma a las páginas del Quijote”.

Otra idea preliminar que conviene avanzar es que las interpretaciones de Dulcinea corren parejas con las dos grandes interpretaciones del Quijote: la interpretación seria, que lo considera un libro con valores profundos y trascendentes; y la interpretación cómica, que entiende la novela cervantina exclusivamente como un libro de entretenimiento, como una obra paródica “provocante a risa”. Si nos situamos en la perspectiva trascendente, Dulcinea puede convertirse en el más trascendente de los símbolos. Si, por el contrario, nos ceñimos a la risa, Dulcinea quedará reducida a una grotesca parodia de un modelo amoroso.

Resulta imposible abordar en breve espacio todos los aspectos relacionados con este complejo personaje; por ello, en las páginas que siguen me limitaré a analizar someramente los principales pasajes en los que se ofrece la caracterización de Dulcinea: su “invención”, algunos de sus retratos, su función amorosa, la confrontación con Aldonza Lorenzo, etcétera.

La invención de Dulcinea

Dulcinea es, antes que nada, una necesidad para que Alonso Quijano pueda convertirse en don Quijote, es uno de los elementos que el hidalgo necesita para ser caballero andante. Como es sabido, esa transformación de Alonso Quijano en don Quijote de la Mancha se opera en el capítulo I, 1, y para ello necesita: 1) unas armas y una armadura (las roñosas de sus bisabuelos, la celada fabricada de cartón…); 2) un caballo (el estropeado matalote de su cuadra, que pasa de rocín a Rocinante); 3) un nombre propio sonoro y caballeresco (don Quijote de la Mancha); y 4) una dama amada, una “señora de sus pensamientos”: esta va a ser Dulcinea del Toboso. Recordemos el pasaje en cuestión:

Limpias, pues, sus armas, hecho del morrión celada, puesto nombre a su rocín y confirmándose a sí mismo, se dio a entender que no le faltaba otra cosa sino buscar una dama de quien enamorarse, porque el caballero andante sin amores era árbol sin hojas y sin fruto y cuerpo sin alma (p. 43).

Esta idea se reitera en diversas ocasiones. En I, 13, Vivaldo comenta a don Quijote que no todos los caballeros son enamorados, a lo que el manchego replica:

—Eso no puede ser […]: digo que no puede ser que haya caballero andante sin dama, porque tan proprio y tan natural les es a los tales ser enamorados como al cielo tener estrellas, y a buen seguro que no se haya visto historia donde se halle caballero andante sin amores; y por el mesmo caso que estuviese sin ellos, no sería tenido por legítimo caballero, sino por bastardo y que entró en la fortaleza de la caballería dicha, no por la puerta, sino por las bardas, como salteador y ladrón (p. 140).

En II, 32 explica al grave eclesiástico que es capellán de los Duques:

… yo soy enamorado, no más de porque es forzoso que los caballeros andantes lo sean, y, siéndolo, no soy de los enamorados viciosos, sino de los platónicos continentes (p. 890).

En ese mismo capítulo, cuando confiese a los Duques que no puede describir a Dulcinea por culpa de los encantadores que le persiguen, empleará unas palabras parecidas:

… porque quitarle a un caballero andante su dama es quitarle los ojos con que mira y el sol con que se alumbra y el sustento con que se mantiene. Otras muchas veces lo he dicho, y ahora lo vuelvo a decir: que el caballero andante sin dama es como el árbol sin hojas, el edificio sin cimiento y la sombra sin cuerpo de quien se cause (pp. 896-97).

Pero volvamos al capítulo I, 1. Don Quijote imagina que vence al gigante Caraculiambro y que lo manda a ponerse a los pies de su “dulce señora”, y añade a continuación el narrador:

¡Oh, y cómo se holgó nuestro buen caballero cuando hubo hecho este discurso, y más cuando halló a quien dar nombre de su dama. Y fue, a lo que se cree, que en un lugar cerca del suyo había una moza labradora de muy buen parecer, de quien él un tiempo anduvo enamorado, aunque, según se entiende, ella jamás lo supo ni le dio cata de ello. Llamábase Aldonza Lorenzo, y a esta le pareció ser bien darle título de señora de sus pensamientos; y, buscándole nombre que no desdijese mucho del suyo y que tirase y se encaminase al de princesa y gran señora, vino a llamarla “Dulcinea del Toboso” porque era natural del Toboso: nombre, a su parecer, músico y peregrino y significativo, como todos los demás que a él y a sus cosas había puesto (p. 44).

Nótese que el narrador emplea el sintagma “nuestro buen caballero” para referirse a su personaje, lo que parece indicar que quien da nombre a la dama no es ya Alonso Quijano, sino don Quijote de la Mancha. Siguiendo el esquema idealizador de la realidad conocida, la rústica Aldonza Lorenzo pasa a ser la princesa Dulcinea del Toboso en la fantasía de don Quijote. Aquí se hacen precisas algunas consideraciones acerca de estos dos nombres. En Aldonza Lorenzo, tanto el nombre como el apellido presentan connotaciones rústicas y groseras. Así, existían refranes como “Aldonza, con perdón”, “A falta de moza, buena es Aldonza” o “Moza por moza, buena es Aldonza”. La protagonista de La lozana andaluza, una prostituta, se llama así, y se cambia el nombre por el anagrama Lozana. Aldonza es también la madre del buscón Pablos… De Aldonza, nombre que connota rusticidad, baja condición social y quizá un comportamiento sexual libre, se pasa a Dulcinea, nombre de raigambre pastoril, más que caballeresca, que evoca fonéticamente ‘dulce, dulzura’. Se suele recordar, desde Menéndez Pelayo, que en Los diez libros de Fortuna de Amor de Antonio de Lofrasso (obra que, por cierto, estaba en la biblioteca de don Quijote) aparece un pastor llamado Dulcineo y una pastora Dulcina. Lapesa supone que el nombre Dulcinea es derivado de Dulce, con el añadido de una terminación que calca la de prestigiosos modelos literarios como Claricl-ea, Melib-ea, Galat-ea, Feb-ea

Como sucede en otras ocasiones, el poder mágico de la palabra sirve para transmutar la realidad más fea, vulgar o prosaica. Con la palabra, don Quijote crea una nueva realidad, antes inexistente, que es Dulcinea. En efecto, don Quijote, antes de pelear con las armas, se bate con las palabras, es poeta antes que caballero. Ahora bien, ese poético nombre de Dulcinea no parece encajar del todo bien con la apostilla del Toboso, topónimo que está indicando una procedencia villanesca . Así pues, ya en el nombre Dulcinea + del Toboso apunta el carácter dual, mezcla de idealidad y prosaísmo, que va a caracterizar a la amada de don Quijote. Sobre Dulcinea se va a proyectar continuamente la sombra de Aldonza (en la Primera Parte) o de la tosca labradora del Toboso que sirve de base para el sanchopancesco encantamiento (en la segunda, en la que desaparece Aldonza). Tendremos ocasión de volver más adelante sobre esa dicotomía Dulcinea-Aldonza o Dulcinea-labradora del Toboso. Baste por ahora con recordar la nota harto desmitificadora que se introduce en I, 9, a propósito del hallazgo de los manuscritos en el alcaná de Toledo, cuando el morisco aljamiado que los traducirá se ríe de algo que ha leído en ellos:

—Está, como he dicho, aquí en el margen escrito: “Esta Dulcinea del Toboso, tantas veces en esta historia referida, dicen que tuvo la mejor mano para salar puercos que otra mujer de toda la Mancha” (p. 108).

La caracterización de Dulcinea

Ya hemos examinado el “nacimiento” de Dulcinea en la mente de don Quijote. Pero son muchos más los pasajes en los que se trata de su hermosura, virtud y linaje, y del servicio amoroso que le rinde su casto, firme y leal enamorado. A continuación repasaré los principales hitos textuales en los que se habla sobre su existencia y entidad y en los que se declara su función como ideal amoroso del caballero.

El encuentro con los mercaderes toledanos (I, 4)

En una de sus primeras aventuras, don Quijote pide a unos mercaderes que confiesen que Dulcinea es la más bella mujer del mundo:

—Todo el mundo se tenga, si todo el mundo no confiesa que no hay en el mundo todo doncella más hermosa que la Emperatriz de la Mancha, la sin par Dulcinea del Toboso.

—Señor caballero, nosotros no conocemos quién sea esa buena señora que decís; mostrádnosla, que, si ella fuere de tanta hermosura como significáis, de buena gana y sin apremio alguno confesaremos la verdad que por parte vuestra nos es pedida.

—Si os la mostrara —replicó don Quijote—, ¿qué hiciérades vosotros en confesar una verdad tan notoria? La importancia está en que sin verla lo habéis de creer, confesar, afirmar, jurar y defender; donde no, conmigo sois en batalla, gente descomunal y soberbia (p. 68).

Todavía un mercader insiste para que les muestre algún retrato de esa señora, aunque sea tamaño como un grano de trigo; que por el hilo se sacará el ovillo y quedaremos con esto satisfechos y seguros, y vuestra merced quedará contento y pagado; y aun creo que estamos ya tan de su parte, que, aunque su retrato nos muestre que es tuerta de un ojo y que del otro le mana bermellón y piedra azufre, con todo eso, por complacer a vuestra merced, diremos en su favor todo lo que quisiere.

—No le mana, canalla infame —respondió don Quijote encendido en cólera—, no le mana, digo, eso que decís, sino ámbar y algalia entre algodones; y no es tuerta ni corcovada, sino más derecha que un huso de Guadarrama. Pero vosotros pagaréis la grande blasfemia que habéis dicho contra tamaña beldad como es la de mi señora (p. 69).

Este pasaje es significativo en la “construcción” de la amada del caballero: los mercaderes, pegados a la materialidad de las cosas, como no conocen a Dulcinea, piden a don Quijote que se la muestre, mientras que éste, que es en este momento inicial un caballero andante pletórico de voluntad, no necesita ninguna prueba tangible de su belleza.

La conversación con Vivaldo (I, 13)

Vivaldo reprocha a don Quijote que los caballeros andantes se encomienden a sus damas, no a Dios, antes de emprender sus aventuras; es más, para ellos sus damas son su Dios, lo que huele a gentilidad; además opina que no todos los caballeros son enamorados, aserto negado por don Quijote. Vivaldo le pide entonces que les diga “el nombre, patria, calidad y hermosura de su dama” (p. 141). Don Quijote, tras dar un gran suspiro, declara:

— … su nombre es Dulcinea; su patria, el Toboso, un lugar de la Mancha; su calidad por lo menos ha de ser de princesa, pues es reina y señora mía; su hermosura, sobrehumana, pues en ella se vienen a hacer verdaderos todos los imposibles y quiméricos atributos de belleza que los poetas dan a sus damas: que sus cabellos son oro, su frente campos elíseos, sus cejas arcos del cielo, sus ojos soles, sus mejillas rosas, sus labios corales, perlas sus dientes, alabastro su cuello, mármol su pecho, marfil sus manos, su blancura nieve, y las partes que a la vista humana encubrió la honestidad son tales, según yo pienso y entiendo, que solo la discreta consideración puede encarecerlas, y no compararlas (pp. 141-42).

Para algunos críticos, esta descriptio no es más que una “banal serie de tópicos petrarquistas rutinarios” que desrealiza a Dulcinea: no se da una individualización, sino que su retrato se construye con elementos de las fuentes literarias. Pero a la belleza hay otros datos que añadir, y Vivaldo le sigue inquiriendo sobre “el linaje, prosapia y alcurnia”; don Quijote dice que “es de los del Toboso de la Mancha, linaje, aunque moderno, tal, que puede dar generoso principio a las más ilustres familias de los venideros siglos” (p. 142). Todos los circunstantes le escuchan con atención, pero Sancho se extraña particularmente en lo tocante al linaje:

… y en lo que dudaba algo era en creer aquello de la linda Dulcinea del Toboso, porque nunca tal nombre ni tal princesa había llegado jamás a su noticia, aunque vivía muy cerca del Toboso (p. 143).

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