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Leonardo da Jandra, ‘Filosofía para desencantados’

25 Feb

Leonardo Da JandraEste ensayo filosófico sobre ética no es un mero manual de urbanidad al uso. Desde el principio, muestra a un guerrero que lucha por su libertad de pensamiento sin ceder ni un ápice ante las tentaciones egocéntricas de la decepción contemporánea. Como dice Guillermo Fadanelli en su prólogo, «Da Jandra, a partir de su filosofía vitalista, escrutadora y moral, reclama una comprensión del mundo que reconcilie al hombre consigo mismo, es decir, con el otro, rechaza las visiones simplistas y utilitarias que dictan enunciados morales desde el hecho científico, abomina de los mercaderes de la globalización, pelea contra los filósofos relativistas que rechazan la existencia de un orden moral y espiritual capaz de contenerlos, y discute con el desencantado que se aísla socialmente y hace de su exilio una victoria».

Leonardo da Jandra (Chiapas, México, 1951) es narrador y filósofo, poco conocido en España todavía. Ni es un autor de best-sellers, ni ha ganado ningún premio significativo, ni ha protagonizado espectáculo mediático alguno. De hecho, harto de los círculos académicos de México, Leonardo da Jandra, el autor de Filosofía para desencantados, un hombre cargado de rebeldía y vehemencia, se fue a vivir durante tres decenios, en compañía de su mujer, la artista Agar García, a la selva del Estado de Oaxaca durante treinta años, con el objetivo de sentirse libre, escribir, leer y tener la vida en sus manos. Su obra, sea ensayo filosófico, novela o relato, siempre expresa con fuerza intempestiva y única un pensamiento vivo en busca de una verdad individual capaz de trascender el tiempo y abrirse a una realidad más amplia. Su novela Samahua ganó en 1997 el Premio Nacional de Literatura IMPAC.

El autor, muy unido asimismo al ámbito de las ciencias, sabe bien de la valentía necesaria para la vida silvestre, igual que del coraje que hay que tener para la filosofía en nuestras junglas de asfalto, de la ardua lucha por colmar el anhelo espiritual que impulsa al hombre a adoptar principios éticos que lo sostengan y satisfagan sus ansias de conciencia, libertad y fraternidad. La suya es una filosofía que surge de la experiencia vivida, nada académica, fresca y positiva.

Es un libro breve pero intenso, tanto que hay que leerlo alerta para que no se escape ninguna de sus contundentes ideas.

Hay ocasiones en que, sin necesidad de ninguno de esos ingredientes oficialmente editoriales o académicos, sin siquiera una campaña promocional potente y sin la atención de los medios oficiales, poco dados a fijarse en los “outsiders”, en los personajes que se sitúan a contracorriente, un libro es capaz de llamar la atención del observador atento con la fuerza de su mensaje. Es lo que sucede con Filosofía para desencantados, una interesantísima obra publicada por Atalanta, que sirve de carta de presentación a este hombre cargado de rebeldía y vehemencia, que harto de los círculos académicos de su país se fue a vivir, en compañía de su mujer, la artista Agar García, a la selva del Estado de Oaxaca durante treinta años para sentirse libre, para escribir, leer y tener la vida en sus manos, como él mismo explica. Resulta inevitable recurrir a ese llamativo capítulo biográfico, para trazar el retrato de quien ha sido capaz de experimentar por sí mismo el peligro, el riesgo, el vivir sin red de seguridad en un mundo entregado a las comodidades.

Como pensador, Filosofía para desencantados supone un pistoletazo de salida que puede tener gran impacto en esta carrera —siempre en comienzo— en pos de la sabiduría y la búsqueda de la verdad. Este libro es valiente y decidido, no se anda por las ramas y va a lo esencial, pues plantea preguntas incómodas y propone claves para intentar resolverlas: ¿Qué necesitan hoy los desencantados relativistas para creer en la vida buena y en el valor del conocimiento? ¿Cómo se supera la pereza moral nacida del egocentrismo autosatisfecho? ¿Cómo recuperar la libertad, la cooperación participativa en nuestras sociedades tecnificadas y dominadas por quienes sólo creen en las cifras? En suma: ¿Caben el pensamiento filosófico y moral a lo grande en el caos de mezquindad e injusticia que en dichas sociedades promueven los círculos de poder regidos por cínicos practicantes de la abstinencia de pensar y actuar bien?

Da Jandra firma un libro breve pero intenso, tanto que hay que leerlo alerta para que no se escape ninguna de sus contundentes ideas, que son muchas, sin tópicos ni retórica. Es un texto para releer y discutir en las universidades, inabarcable en una reseña, pero lo que más destaca en él es la apuesta apasionada y convincente del autor por la valentía de vivir y filosofar (el ejercicio crítico de la razón), no con la guía del desencanto o el nihilismo tecnocrático, sino con la mirada siempre atenta a los ideales platónicos de verdad, belleza y bondad. Parece que hace ya mucho que renunciamos a estos excelsos ejemplos inalcanzables pero orientativos en favor de secas teorías biologicistas o pragmatismos políticos. Junto a ello, un método seguro para filosofar y la firme creencia en los valores que hoy nos definen como humanos y seres éticos han de ser armas eficaces frente al absurdo, la cobardía y la complacencia con las injusticias que hoy anegan nuestro mundo egocéntrico y sin alma, del que Da Jandra esboza una crítica demoledora.

Un profundo conocimiento de las tradiciones filosóficas clásicas, así como de las corrientes de pensamiento más actuales y las obras de excelentes y diversos pensadores (George Steiner, Rawls, Habermas, Rorty, Tarnas, Zizek o Jean Gebser y Ken Wilber) dotan a este tratado de una riqueza intelectual y un vigor inusuales en el panorama filosófico hispano de la actualidad. A este texto intenso y apretado, jugoso como una fruta madura, es difícil buscarle un solo tema, porque trata muchos. En principio resuena como un manifiesto a favor del pensamiento que grita: “¡Atreveos a pensar sin miedo! ¡Sed críticos sin temor!“. En este sentido, el autor afirma: “La tarea de la filosofía en nuestros días no puede ser más clara y precisa: reconocer las limitaciones de todo intento filosófico, y hacer de la búsqueda incesante de la verdad la razón no sólo del pensar, sino del vivir“. Y otro lema que puede extraerse de este libro magnífico, pues sobre todo trata de ética: “¡Atreveos a ser morales y espirituales!”.

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Leonardo da Jandra, Filosofía para desencantadosDa Jandra propone sacar la filosofía a los espacios públicos, tornarla mundana y reivindicadora, “…después de veinticinco siglos de intento civilizador y de millones de vidas ofrendadas, aún seguimos siendo filosóficamente inmorales y políticamente anticívicos. El eje discursivo de la tragedia es el mismo: el abuso inmoral del poder por parte de individuos y grupos que sólo buscan su propio beneficio”. Contra tal abuso han de alzarse la moral y la filosofía y una espiritualidad que no ha de renunciar nunca a complementarse con la razón. Una moral potente, basada en el disfrute de la libertad sin detrimento del derecho del otro, asentada en el reconocimiento mutuo sin maniqueísmo ni desprecios, y nacida del respeto a unas leyes justas, es una promesa que está pendiente de cumplimiento. Con el desencanto y la pasividad jamás se consigue nada. De aquí el vitalismo esencial de Da Jandra y el motivo de que concluya su ensayo abogando por el “cosmocentrismo” en una época en que los empeños peligrosos de disgregación reducen a mínimos la visión de las cosas, la suya es una perspectiva amplia e integradora que busca conciliar los opuestos: la visión pura que caracteriza a los buenos filósofos.

En medio de una realidad tan cargada de información, necesitamos símbolos, metáforas, imágenes potentes, que nos lleven a detenernos ante una figura determinada. Y en este caso, ese dato acerca de alguien que decidió por voluntad propia, hoy, en la sociedad del consumo y de la tecnología, habitar en medio de la naturaleza salvaje, funciona como un estímulo para ir a la obra, para abrir las páginas de una entrega que nos atrapa con su carga de crítica a las sociedades actuales, una crítica que para nada se queda ahí, en el mero grito, en el descontento, sino que funciona como punto de partida para plantear el ideal de un mundo que “sin dejar de ser racional y pragmático sea al mismo tiempo moral y espiritual”, un objetivo inconcebible sin la mediación de la filosofía, filosofía que debe volver a los espacios públicos y que debe atreverse, una y otra vez, a “poner el pensamiento cabeza abajo”.

Capaz de sacudir y de incitar a la reflexión, el ensayo que ahora nos descubre a Da Jandra, propone un viaje alentador, un viaje del egocentrismo en el que estamos inmersos a una etapa de cosmocentrismo —conexión con el cosmos, conciencia de que no estamos solos en el universo— a la que habremos de llegar después de un interludio sociocéntrico, de aceptación de que sólo dando la mano a los otros y colaborando en el bien común, la colectividad habrá de encontrar un nuevo rumbo, un sentido. La experiencia y el conocimiento, la observación y la intuición, la razón y el sentimiento, se dan la mano en un recorrido cargado de sugerencias que nos lleva a mantener el diálogo que a continuación se desarrolla y que tuvo lugar en Madrid, en un viaje reciente del autor que le permitió acercarse al presente convulso de una ciudad, de un país, que conoce bien, pues de niño vivió en Galicia y en la capital española cursó estudios universitarios antes de regresar a su lugar de origen.

¿Por qué vivimos en tiempos tan anti filosóficos?

Para el autor, vivimos un momento antifilosófico. Para explicarlo a grandes rasgos parte de la idea de que hay toda una sintomatología en el cuerpo social que se puede interpretar con la misma verosimilitud que la del cuerpo humano. Las características son muy similares cuando se entra en decadencia y se potencia la oralidad y la genitalidad sobre la reflexión crítica. El tiempo actual es un tiempo generalmente anti filosófico porque se busca la gratificación por encima de todo. Y aquí cita a los que llama neofenicios, quienes tienen en sus manos el poder económico, que es ante el que ahora está supeditado el poder político. Estos comerciantes del saber hacen un énfasis muy específico en sacar a la filosofía y a la ética de la enseñanza, porque una juventud consciente, reflexiva, crítica, es muy difícil de domesticar. Está claro que la filosofía representa el mayor obstáculo para quienes manejan todo el aparato a nivel global y, por eso mismo, para mí representa toda una garantía contra la domesticación de la conciencia.

El apartamiento de las humanidades, de la filosofía, de la enseñanza, pero también de los medios de comunicación, que ponen el acento y otorgan el protagonismo a otro tipo de cuestiones, pudiera parecer algo premeditado, provocado desde los círculos de poder. Nos puede parecer que hay una inteligencia perversa detrás de todo esto, aunque él precisa que se trata de una conjunción de factores que ya se dieron con anterioridad, de modo similar, en la Grecia, la Roma, la Inglaterra, la España de antaño. Cuando esa España, que considero históricamente la más luminosa que ha existido: la de Gracián, Vives, Saavedra Fajardo y Quevedo, entre otros, colapsó, no colapsó solamente la filosofía. De una manera muy sutil podemos decir que la filosofía expresa, mide en cierto modo, el fracaso del aparato socio-histórico en su totalidad, pero dicho esto, es evidente que hoy sí hay un énfasis claro en la sustitución de referentes críticos y pensantes por otros más gozosos e inmediatos. El hecho de que los medios estén determinantemente saturados de futbolistas, de chicas de pasarela, de comediantes, de opinólogos banales, y no de hombres y mujeres con capacidad de reflexión crítica, con aportación de ideas enriquecedoras; el hecho de que no existan propuestas de vanguardia y de que la mayor parte de la creación estética sea una mirada hacia el pasado y no una proyección hacia el futuro, son parámetros indicativos de una decadencia incuestionable. No cree que detrás haya una intencionalidad económica, porque eso sería atribuirle demasiada inteligencia y perspicacia a los neofenicios, pero, incuestionablemente, lo han sabido aprovechar, lo fomentan.

Pero no por eso el autor cree en los gobernantes filósofos. En ese puntodiscrepa de raíz con Platón. Cada vez que el hombre de conocimiento se acerca al poder, no se hace más sabio y, sin embargo, el poderoso tiende a volverse más perverso con el conocimiento. Lo que sí cree, esta vez salvando a Platón, es que debe darse una complementación. Ha habido momentos históricos muy claros en que el hombre de poder económico y político tuvo la inteligencia suficiente para conocer sus limitaciones y acercarse a personajes que lo podían, no digo iluminar, pero sí, al menos, darle ciertas pautas de un comportamiento más íntegro. A su juicio la necesidad de la filosofía no es un imperativo categórico en el sentido kantiano. La filosofía tiene que ver con significados y si no comprendemos los significados del mundo es imposible relacionar la facticidad de la ciencia con los valores de la espiritualidad. La filosofía es un dinamismo mediador por antonomasia, siempre y cuando hablemos de ella lejos del ámbito constreñido de la academia. Por eso duda en llamar filósofos a los profesores de filosofía, con todo el respeto a quienes tienen que divulgar esas enseñanzas: el filósofo es aquel que tiene ideas y las experimenta, en primer lugar, en sí mismo, pero, lejos de eso, la mayor parte de los que se llaman filósofos viven de espaldas a la vida. Una crítica muy schopenhaueriana y heideggeriana.

El hecho de que los medios estén determinantemente saturados de futbolistas, de chicas de pasarela, de comediantes, de opinólogos banales, y no de hombres y mujeres con capacidad de reflexión crítica, con aportación de ideas enriquecedoras; el hecho de que no existan propuestas de vanguardia y de que la mayor parte de la creación estética sea una mirada hacia el pasado y no una proyección hacia el futuro, son parámetros indicativos de una decadencia incuestionable.

No basta con sentarse a pensar y promulgar las ideas, hay que llevarlas al plano de la acción —comentaba en una entrevista. A lo largo de mi trayectoria me he encontrado con demasiados pensadores que no se preocupan por tener una vida íntegra, que simplemente están interesados en enseñar ciertas doctrinas y en hacerlo sin implicarse, como quien da una clase sobre alimentación sin importarle nutrirse de comida basura. Quienes de verdad se involucran con el quehacer filosófico necesariamente deben tener principios rectores éticos. Y, para empezar, yo no diría que la universidad represente hoy en día ningún refugio de eticidad. Por eso no se trata únicamente de plantearse una reforma o una transformación social. Lo que está mal es el modelo evolutivo en el que estamos inmersos, este proceso civilizador que se ha distanciado de tal manera de sus fundamentos originales, de sus principios básicos, que hace necesario regresar a las raíces. Se trata de cortar todas esas ramas podridas y empezar de nuevo.

Este proceso de disyunción no es un proceso novedoso. Llevamos tiempo, sobre todo después del tanático siglo XX, asistiendo al fracaso de ciertos modelos que se pretendían redentoristas, por ejemplo todos los procesos que tienen su raíz en el marxismo y en el hegelianismo. Esos modelos ya no funcionan, son, prácticamente, referentes arcaicos. Con el respeto que le tengo a Marx, porque le he leído a fondo y considero que sigue muy vigente su teoría de la enajenación y la urdimbre perversa del capital, no creo que la violencia sea la partera de la Historia. No comparto eso en absoluto. No se puede implementar ningún tipo de organización social armoniosa en base a la violencia. Lo que se instaura con violencia se perpetúa con violencia, y, por otro lado, tampoco comparto las dialécticas confrontativas hegeliano-marxianas, que son el sustento de la violencia. Yo no creo que el empresario y el obrero, el ciudadano y el funcionario público, el hombre y la mujer, lo solar y lo lunar, la ciencia y la espiritualidad, tengan que ser opuestos. No defiendo esa oposición, porque no la veo en la naturaleza. No puedo estar de acuerdo con Heráclito ni con la mala interpretación que hizo Marx y epígonos de esa dinámica confrontativa. Inevitablemente hay choques, pero no percibo esos choques con el concepto de malignidad que le da el ser humano. Para mí el concepto de maldad es genuinamente humano. Yo no veo maldad, y he vivido durante treinta años en la selva, en los animales salvajes, ni en las fieras, ni en el tiburón, ni en las serpientes o arañas. Creo que sus condiciones, sus propiedades ontológicas son así y usan lo que tienen como defensa o como ataque para vivir, pero el hombre no, el hombre se regodea en la destrucción. Y hemos llegado al límite de esa complacencia.

Leonardo da Jandra

Reflexiones vitales sobre Leonardo da Jandra

El mundo es el suelo común, no hollado por nadie y reconocido por todos, que une a todos los que hablan entre sí.

H.-G. Gadamer

Es común acusar a la filosofía de no avanzar en una dirección determinada y de ser poco clara en sus logros o conclusiones. En pocas palabras: se le reprocha no ser una ciencia que haga evidente su progreso. Los intentos de convertir la filosofía en un sistema dotado de fundamentos y propósitos bien definidos han sido constantes, y célebres, pero no definitivos. Kant, Schopenhauer, Marx o Husserl se dieron a la tarea de crear los principios sobre los cuales se podría pensar ordenadamente y edificar un sistema capaz de dar certidumbre al conocimiento filosófico. Las consecuencias de tan desmesurados empeños fueron dispares, pero nadie dudaría de que la obra de estos filósofos fue provechosa e iluminadora en el extenso campo que abarca la reflexión humana. Tal parece que, de alguna manera, todos tenían razón. Durante el verano de 1820, en Berlín, un hombre de ceño opaco y mirada desconfiada hacía publicidad y anunciaba sus lecciones universitarias de la siguiente manera: «Arthur Schopenhauer disertará sobre la totalidad de la filosofía, es decir, sobre la doctrina de la esencia del mundo y del espíritu humano». En nuestra época, el anuncio de un propósito tan ambicioso e ingenuo nos despertaría una sonrisa; sin embargo, quien ha leído El mundo como voluntad y representación no podrá negar la seriedad con la que Schopenhauer enfrentó sus objetivos filosóficos. La calidad literaria de su obra es suficiente para no menospreciar la exposición o las conclusiones de su doctrina.

En la introducción a sus Meditaciones cartesianas, Edmund Husserl mostró su desconcierto ante la diversidad de filosofías existentes, y acentuó la necesidad de encontrar un fundamento e hilo conductor que evitaría la contradicción y las conclusiones superficiales. Agobiado por la pluralidad de interpretaciones filosóficas, Husserl llegó a escribir: «Los filósofos se reúnen, pero por desgracia no las filosofías». Su propuesta ante la diversidad e inconsistencia de la actividad filosófica se conoce con el nombre de fenomenología, y su método y sus ideas influyeron en filósofos tan distintos entre sí como Martin Heidegger y Jean-Paul Sartre. Me valgo de estos mínimos apuntes para sugerir que ninguna filosofía carece de fisuras y que no existe pensador u hombre de ideas que no se encuentre a mitad del camino, en un continuo hacer el mundo, en un sinuoso tránsito que incluye la experiencia singular del caminante y las arenas movedizas de un lenguaje que continúa siendo mundo, metáfora y horizonte abierto, pese a las llamadas al orden y a los embates que ha recibido por parte del análisis lingüístico y del positivismo en general. Leonardo da Jandra sabe bien que los filósofos avanzan a contracorriente y que nadie puede abarcar, desde la ventana de su pensamiento, la complejidad de un mundo que no permite reducciones a la hora de ser recreado o representado. El hombre es un ser inclinado a crear teorías, mas esas teorías oscurecen o iluminan sólo algún aspecto de lo que llamamos realidad. La suma de todas nuestras teorías nos entrega un fantasma de contornos ambiguos que aparece y desaparece según la intensidad de la mirada humana. Y, no obstante, como en el caso de Leonardo da Jandra, quienes escriben o publican sus reflexiones lo hacen porque creen en sus palabras y las exponen con el propósito de continuar la conversación, e intentar que las palabras sean consideradas bienes morales y no sólo voces inanes o intrascendentes.

Pueden leerse las priméras páginas del libro aquí:

  

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