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Archivos diarios: 6 de marzo de 2015

Aniversario de Gabriel García Márquez: ‘La importancia de la letra X’

Gabriel García Márquez (1927-2014)

Recordamos este texto en que García Márquez rinde un original tributo a la letra ‘X’. “Es la letra de la discreción, de los silencios oportunos, del callar cuando se debe; la letra de las rectificaciones privadas. La X, en fin, es para nosotros el único recurso que nos queda después del sincero examen de conciencia”.

Gabriel García Márquez

Siempre he tenido una gran admiración por la letra X. Parada en su penúltimo espacio del alfabeto, entre una W políglota y de caprichoso sonido y una injustificada Z, cuya única función parece ser la de complicar inútilmente la composición ortográfica, la X se abre de brazos, en perfecto equilibrio amoroso, y espera su turno que es, casi siempre, el más importante. Nada se me parece tanto a la X como una mujer parada en un muelle, con los dos brazos en alto, de espaldas a la ciudad, de frente a la brisa, bajo el cielo sin límite, diciendo su largo y desesperado adiós de dos pañuelos.

En nuestro idioma, la X es una letra con legítimos y envidiables títulos nobiliarios. Antes de que la J árabe y bostezadera, echara su anzuelo en las aguas de nuestro idioma, la X estuvo adelantada a Ximena —la campeadora— y hacía más legítimo y añejo a nuestro buen Xerez. Después, debió haber un golpe de estado. Alguien debió perder la batalla alfabética, cuando la J entró dando mandobles y tomó por asalto el puesto de la benemérita X y, en cierta manera, muchas posiciones de la G.

Ahora la letra X tiene, sin embargo, una función mucho más importante. No sólo ha quedado relegada a una función numérica esencial, sino que se acude a ella en los instantes de mayor nobleza espiritual. X para los capítulos de los libros, para cortar la hora en su octava rebanada de tiempo menor.

Y en la máquina de escribir, donde la X parece ser siempre la letra menos usual, más inútil para quienes no tenemos ningunas relaciones de derecho privado con México, ni tenemos el oído acostumbrado al Xilófono, ni manifestamos el menor interés arqueológico por el hache de Sílex, ni encabezamos rabiosas manifestaciones antisemíticas u otras cualesquiera que justifiquen en nosotros una acusación por xenofobia, ni tenemos suficiente sensibilidad artística para dedicarnos a la xilografía; nosotros, quienes ni siquiera sabemos qué pitos toca el saxofón, ni si el fox música civilizada o el axioma digno de ser tenido en cuenta como fundamento filosófico; nosotros, digo, aparentemente no haremos nunca uso de la letra X.

Sin embargo, para quienes escribimos en máquina, la X es una letra más necesaria que ninguna otra. Es la letra de la discreción, de los silencios oportunos, del callar cuando se debe; la letra de las rectificaciones privadas. La X, en fin, es para nosotros el único recurso que nos queda después del sincero examen de conciencia.

Si no existiera la letra X (y no siquiera existiría, ¿se han dado cuenta?), cuántos dolores de cabeza habríamos tenido si ella no se nos ofreciera para, oportunamente, escribir esta sentencia que es quizás la más sabia que pueda escribirse en una nota: Después de ella no existe el pasado. Todos nuestros errores, todas nuestras debilidades y flaquezas, llevadas inconscientemente al papel por el animal que todo hombre lleva dentro de sí, quedan inmediatamente perdonadas, olvidadas, como si en realidad no hubiera existido nunca.

Es por eso por lo que hoy, después de haber pasado un día angustioso tratando de encontrar un alimento adecuado para esta jirafa diaria, me he formulado la única pregunta posible: ¿xxxxxxxxxx?

 

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Helen Keller: no sólo amiga de Mark Twain

Helen Keller
Retrato de Helen Keller con toga y birrete en el Radcliffe College, 1904. Fotografía por Whitman Studio. Helen Keller Papers, Biblioteca Schlesinger, Instituto Radcliffe de la Universidad de Harvard

Helen Keller conoció a Mark Twain cuando ella tenía sólo 14 años. En 1895, Samuel Clemens, es decir, Mark Twain, tenía unos cincuenta años y ya había alcanzado la fama mundial por su conversación, ingenio y su ingente obra escrita. Por el contrario, Helen era una adolescente que había luchado para tener acceso a la educación a pesar de su discapacidad física (se quedó sorda y ciega a los 19 meses, después de una escarlatina). Se conocieron cuando un amigo mutuo organizó un almuerzo para Helen, que estaba estudiando en la Escuela Wright-Humason para Sordos de Nueva York.

A Helen Keller se le conoce en ciertos ámbitos como amiga de Mark Twain, pero es mucho más conocida como activista social

“Desde ese día hasta su muerte fuimos amigos”, recordaría más tarde Keller. Ella ya era una entusiasta de su trabajo y le emocionaban su voz profunda y sus muchos gestos con las manos, que ella seguía con sus propios dedos. También él la trataba como a un igual, “no como un monstruo, sino como una mujer con discapacidad que busca una forma de eludir las extraordinarias dificultades a las que se enfrentaba.”

Compartían un interés especial por la política radical y un amor mutuo a pesar de sus diferentes temperamentos. Helen, una optimista confesa, a menudo se burlaba de Twain por su declarado pesimismo, diciéndole que no creía una palabra de sus bromas sarcásticas. En cuanto a Twain, Chambliss escribe que él sentía que Keller era una de las figuras históricas más importantes de todos los tiempos, “la persona más maravillosa de su sexo que ha existido en este mundo desde Juana de Arco”.

La amistad duró hasta la muerte de Mark Twain en 1910. Keller pasó a convertirse en una personalidad de fama mundial e incluso una célebre diplomática —tal vez la más famosa de EE.UU., según su amiga y mentora.

Retrato de Anne Sullivan, circa 1887

La Historia de Helen Keller

Los padres de Keller solicitaron que un profesor de la Institución Perkins (hoy Escuela Perkins para Ciegos) de Boston, Massachusetts, se enviara para instruirla. Fue Anne M. Sullivan la enviada en 1887 a la casa de Keller en Tuscumbia, Alabama, para capacitarla de acuerdo a los métodos de SG Howe. Desde 1888 en adelante, en la Institución Perkins y bajo Sarah Fuller en la Escuela Horace Mann para Sordos, Keller no sólo aprendió a leer, escribir y hablar, sino que también se convirtió en experta en el plan de estudios estándar, y en la enseñanza de varios idiomas y matemáticas. Por desgracia, no se mantuvo ningún registro exacto de los pasos de su educación.

Aunque Helen provenía de una familia respetable del Sur de los Estados Unidos del siglo XIX, en su época era desconcertante la perspectiva de la enseñanza de una niña sorda y ciega a hablar, de leer y aprender. La tutora e institutriz de Helen, Annie Sullivan, lucharon por su admisión en varias escuelas que ofrecían educación especial. Pero el coste de educar a alguien como Helen era alto. Amy Chambliss reseña una emotiva carta que un encantado Clemens escribió a un amigo rico en su nombre:

“No voy a consentir que Estados Unidos permita que esta maravillosa niña se retire de sus estudios debido a su pobreza. Si ella pudiera continuarlos, conseguiría una fama que perduraría en la historia de los siglos. A lo largo de su enfermedad especial, que es el más extraordinario producto de todas las edades…” insistió a su marido hasta conseguir que se interesara los señores John D. & William Rockefeller y los demás jefes de la Standard Oil por el caso de Helen. Consiguió que suscribieran una pensión anual de seiscientos o setecientos o mil dólares y un acuerdo para continuarlo al menos durante tres o cuatro años, hasta que hubiera completado sus cursos en la universidad.

Retrato de Helen Keller con John Macy y Annie Sullivan Macy, Whitman estudio, circa 1900

Retrato de Helen Keller con John Macy y Annie Sullivan Macy, Whitman estudio, circa 1900

En 1900, Keller entró en el Radcliffe College, donde se le ofreció el apoyo de tutores y supervisores especiales y, por supuesto, de su amiga y maestra Anne Sullivan, quien siempre estuvo a su lado. Después de su educación universitaria, comenzó a trabajar en causas para ciegos por todo el mundo. Realizó numerosas giras y recaudó beneficios con el fin de crear fondos para la Fundación Americana para Ciegos.

Con el apoyo de la Standard Oil, Helen pudo completar su educación y fue graduada cum laude por el Radcliffe College de  la Universidad de Harvard.

Durante y después de la Segunda Guerra Mundial, fue incansable en sus esfuerzos para ayudar a los veteranos ciegos, huérfanos y refugiados. Varios honores, premios y títulos honorarios le fueron conferidos a Keller por gobiernos extranjeros y organizaciones de bienestar y cívicas, educativas en todo Estados Unidos. Keller representa uno de los casos más notables hasta la fecha de una persona que superó discapacidades severas para hacer contribuciones sobresalientes a la sociedad. Sus escritos incluyen Optimismo. Ensayo (1903), La canción de la pared de piedra (1910), Diario de Helen Keller (1938), La Profesora Anne Sullivan Macy; Un tributo de su hija adoptiva en su mente, Helen Keller  (1955), y otros.

'La historia de mi vida' con un retrato de Helen Keller y Anne Sullivan

‘La historia de mi vida’ con un retrato de Helen Keller y Anne Sullivan

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