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‘A este lado del paraíso’, de Francis Scott Fitzgerald

26 Mar

I Francis Scott Fitzgerald

¡Todos ustedes son una generación perdida! —dijo el dueño del garaje al joven mecánico que trataba inútilmente de arreglar el Ford T de Gertrude Stein. La escritora, que estaba presente, hizo suya la frase, que también Ernest Hemingway usó como epígrafe en su primera novela. Con el tiempo, la expresión fue perdiendo su significado inicial según la aplicaba el hombre del garaje a la muchedumbre de ex combatientes de la Primera Guerra Mundial, en que abundaban los bohemios, los alcohólicos, los drogadictos, los abandonados a la suerte.

Para Gertrude Stein aquello de la “generación perdida” pasó a ser símbolo de la progenie de jóvenes y talentosos intelectuales norteamericanos que abandonaban la patria para instalarse en Europa y especialmente en París. Se vivían los “locos años veinte”, la “era del jazz” y París era una fiesta, un lugar en que la pobreza y la gloria andaban de la mano y en el que la alegría de vivir era la justa revancha después del conflicto.

La juventud de casi todo el mundo había tenido que soportar —ya fuera de cerca, de lejos o en el propio frente de batalla— cuatro años de ratas y piojos, de epidemias y de heridas purulentas en las trincheras de barro de la Primera Guerra, peleando a menudo con un enemigo invisible. Hemingway había combatido en Italia; Ford Madox Ford, junto a las tropas inglesas en el norte de Francia; J.R.R. Tolkien se había salvado gracias a la “fiebre de las trincheras” que obligó a evacuarlo hacia su patria galesa; Charles Péguy murió en una de las escaramuzas iniciales: “agáchese, teniente Péguy” gritó uno de los soldados, pero Péguy no escuchó y una bala acabó con uno de los grandes cerebros de su tiempo; Guillaume Apollinaire recibió en la cabeza la herida que desde entonces hasta su muerte luciría como una corona de macabros laureles. Francis Scott Fitzgerald se enroló en el ejército norteamericano, pero no consiguió que lo enviaran al combate. Fue una de sus grandes frustraciones.

Francis Scott FitzgeraldDescendiente de irlandeses, F. Scott Fitzgerald nació en St. Paul, Minnesota, el 24 de septiembre de 1896. En su época de estudiante frecuentó algunos de los más prestigiosos colegios de educación media y superior: la Academia de St. Paul en su ciudad natal, el Colegio Newman y, finalmente, Princeton, centro de estudios envidiado por muchos. Fueron hermosos años entre la adolescencia y la juventud, años de encuentro con una generación en que brillaban los oropeles sociales y económicos.

Inteligente, entusiasta, creador, simpático, Fitzgerald se destacó muy pronto entre sus condiscípulos de Princeton y allí comenzó a hacer sus primeros aprontes literarios entre el entusiasmo de sus camaradas. ¿Fue un buen estudiante? No lo sabemos, pero sí que abandonó Princeton sin terminar los estudios y con una gran desilusión: nunca lo incorporaron al equipo oficial de fútbol.

Princeton inacabado, fútbol inalcanzable y —poco más tarde— una incorporación al ejército sin conseguir el destino al frente de batalla. Tres posibles fracasos, pero más que eso —como anota un crítico— una confirmación de un sentimiento hondo en Fitzgerald: siempre andaba cerca de sus objetivos, los palpaba, sin atraparlos. También los futuros éxitos fueron huidizos. No siempre fracasos, pese a todo, pues en Princeton logró el escritor primerizo su primer contacto con lo que sería una de las claves de sus obras: la existencia frívola y despreocupada de una casta social todopoderosa por aquellos días. Las experiencias de Princeton cuajaron en una novela ejemplar: A este lado del paraíso, libro esencialmente autobiográfico y testimonial que le dio inmediata fama entre el público y la crítica. De ahí en adelante, vertiginosamente, se le abrió un camino triunfal. La gloria acudía hacia él a una edad en que otros buscan con más afanes que resultados.

Con todo, el destino de Francis Scott Fitzgerald fue siempre una paradoja: por años había admirado y amado a una muchacha, Zelda, que lo rechazaba sistemáticamente. Con el éxito vino la definitiva conquista. El matrimonio de Scott Fitzgerald y Zelda Sayre apareció como el más radiante ejemplo de la felicidad a la manera de los “años locos”. Bellos, alegres, cultos, sociables, eran el centro de la vida mundana y a la vez intelectual. Lo que Fitzgerald desconocía era que Zelda estaba herida por una esquizofrenia que acabaría por enloquecerla.

Después del éxito literario y pecuniario de A este lado del paraíso se abrieron para el escritor las puertas de la sociedad dorada y las páginas de las principales revistas. Sus cuentos eran solicitados, publicados, aplaudidos y reunidos por último serían volúmenes que los lectores se arrebataban. Así nacieron Coquetas y filósofos (Flappers and Philosophers, 1920), Cuentos de la era del jazz (Tales of the Jazz Age, 1922) y luego una segunda novela: Los bellos y malditos (The Beautiful and Damned, 1922), seguida por otra considerada su obra maestra: El gran Gatsby (The Great Gatsby, 1925).

“Su talento era tan natural como el dibujo que forma el polvillo en un ala de mariposa —escribe Hemingway—. Hubo un tiempo en que él no se entendía a sí mismo como no se entiende la mariposa, y no se daba cuenta cuando su talento estaba magullado o estropeado. Más tarde tomó conciencia de sus vulneradas alas y de cómo estaban hechas, y aprendió a pensar pero no supo ya volar, porque había perdido el amor al vuelo y no sabía hacer más que recordar los tiempos en que volaba sin esfuerzo.”

Pero esto último estaba todavía lejos. Entusiasta y glorioso, marchó a Europa con Zelda y a ese París que “era una fiesta” y que acogía en sus cafés entre burgueses y bohemios a los jóvenes del Nuevo Mundo que venían ya no con armas sino con ingenio a beber en las antiguas fuentes. Allí ambos frecuentaron las reuniones de los jueves en casa de Gertrude Stein, la caprichosa y genial autora que sólo dirigía la palabra a los escritores y dejaba a sus amigas la tarea de dar conversación a las esposas. Allí hizo nuevas amistades entre compatriotas literatos y observó con curiosidad admirativa a los famosos de Francia y a los turistas intelectuales ingleses. Desde la mesa en la acera del café vio pasar a Hilaire Belloc o a Ford Madox Ford: estaba en el centro del mundo.

Entre tanto esplendor, las sombras comenzaban a aparecer. En Fitzgerald el creciente alcoholismo acompañado por una hipocondría que lo paralizaba consumido por sus enfermedades imaginarias. En Zelda, los primeros rasgos del extravío mental acentuados por la bebida.

De esos años de la primera postguerra, Ernest Hemingway ha dejado vividos recuerdos en uno de sus mejores libros: París era una fiesta. En esas páginas autobiográficas escritas hacia 1957 y revisadas en el final de su vida, el escritor norteamericano evoca frecuentemente a su compatriota, retratándolo con penetrantes rasgos. Sigámoslo en algunas de sus imágenes:

“Scott era ya entonces un hombre pero parecía un muchacho, y su cara de muchacho no se sabía si iba para bella o se quedaba en graciosa. Tenía un pelo ondulado muy rubio, frente muy alta, ojos exaltados y cordiales, y una delicada boca irlandesa de larga línea de labios, que en una muchacha hubiese representado la boca de una gran belleza. Tenía una firme barbilla y perfectas orejas, y una nariz que nunca fue torcida…

“Llegó un momento en que observarle ya no me proporcionaba mucha información, excepto la de que tenía manos bien formadas y que parecían hábiles y no eran pequeñitas, y cuando se encaramó a uno de los taburetes del bar, descubrí que sus piernas eran muy cortas. Con piernas normales tal vez hubiera sido unos cinco centímetros más alto.

“…Uno o dos días más tarde trajo Scott su libro [El gran Gatsby]… Cuando terminé de leerlo, comprendí que hiciera Scott lo que hiciera, por muy mal que se portara, yo tenía que considerar que era como una enfermedad, y ayudarle en todo lo que pudiera y procurar ser buen amigo suyo. Scott tenía muchísimos buenos amigos, más que nadie que yo conociera. Pero me alisté como uno más, tanto si podía serle útil como si no. Si era capaz de escribir un libro tan bueno como The Great Gatsby, no cabía duda de que era capaz de escribir otro todavía mejor. Entonces yo aún no conocía a Zelda, y por consiguiente no tenía idea de las terribles desventajas con que luchaba Scott. Pero pronto íbamos a descubrirlas.”

Los recuerdos de Zelda son penosos y tal vez baste una escena descrita por Hemingway para imaginar la tragedia que se escondía tras las armoniosas apariencias:

“Zelda estaba muy hermosa, y su bronceado tenía un encantador tono dorado y el pelo era de un bello oro oscuro, y se mostró muy cordial. Sus ojos de gavilán estaban claros y serenos. Sentí que todo andaba bien y que al fin todo iba a tomar un buen aspecto, y entonces ella se inclinó hacia mí y, con mucha reserva, me comunicó su gran secreto: —Dime, Ernest, ¿no piensas tú que Al Jonson es más grande que Jesús? Entonces nadie le dio importancia a la cosa. No era más que el secreto de Zelda, y lo compartió conmigo como un gavilán que compartiera algo con un hombre. Pero los gavilanes no comparten nada. Scott no escribió nada más que valiera la pena, hasta que a ella la encerraron en un manicomio, y Scott supo que lo de su mujer era locura.”

Todavía alcanzó Fitzgerald a publicar otro volumen de cuentos, Todos los tristes jóvenes (All the Sad Young Men, 1926) antes de que la crisis, todas las crisis, se precipitaran. El gran desastre económico de fines de la década del veinte acabó con los esplendorosos “años locos”.

El mundo de la era del jazz, tan admirablemente descrito por Fitzgerald en sus cuentos y novelas, se sumergió en el derrumbe financiero, la cesantía y las largas colas de desocupados en busca de trabajo o del pan cotidiano. El oropel mostraba su real valor. Atrás quedaron los esplendores de París.

En 1930, Zelda Sayre, poseída por la esquizofrenia, debió ser internada en un sanatorio. Y luego en otro. Y otro. En el incendio de uno de ellos pereció.

Entre la bruma alcohólica, Francis Scott Fitzgerald emprendió la tarea de recobrar la fama, los prestigios literarios que le acompañaran durante casi una década de éxitos. El fruto de sus trabajos correspondió a lo apuntado por Hemingway: “si era capaz de escribir un libro tan bueno como The Great Gatsby, no cabía duda de que era capaz de escribir otro todavía mejor”.

Allí estaba Suave es la noche (Tender is the Night, 1934), una novela de trasfondo autobiográfico, como la primera, en la que cuenta la estremecedora historia de una desintegración moral y física. Fitzgerald estaba convencido de que ésta era su obra maestra, y probablemente lo sea, pero el tiempo de la gloria había pasado y no hubo ecos que respondieran al llamado del escritor que, oculto bajo su personaje Dick Diver, parecía hundirse como él irremisiblemente.

Francis Scott Fitzgerald se convirtió en un guionista más para la industria del cine en Hollywood. No le quedaba otro modo de ganarse la vida, pero su talento, pese al alcohol y a los desastres de toda índole, todavía estaba en condiciones de manifestarse.

En marzo de 1935 apareció Taps at Reveille, una edición bastante aporreada y mal corregida de historias breves que contenía cinco cuentos de reminiscencias adolescentes, reunidos con otros en forma póstuma en Los relatos de Basil y Josephine (The Basil and Josephine Stories, 1973). Muchas de estas narraciones habían aparecido en The Saturday Evening Post y muestran el don de Fitzgerald para el análisis psicológico de las gentes de su generación y todavía más cuando se trata del autoanálisis, que alcanza límites de crueldad en las relativas a Basil. La visión irónica de su propia existencia, la nostalgia de algo que en un momento se esperó y desapareció luego irremediablemente, la certeza del triste destino de “la generación perdida” en los avatares de la postguerra y la crisis mundial, todo está en germen y a veces generosamente desarrollado en estas narraciones que poseen, no obstante, la plena frescura adolescente.

En 1936 aparece el último libro: El derrumbe (The Crack-Up). Según James Edwin Miller, de la Universidad de Chicago, Fitzgerald —como su personaje Diver de Suave es la noche— estaba descubriendo que sus recursos morales desaparecían, proceso que describió con vivida agonía en este libro.

El derrumbe es el testimonio más directo y vital de la desilusión encarnada, que Fitzgerald quiso describir tanto en relación con el mundo que lo rodeaba como con su propia interioridad. El recuerdo de unos tiempos felices en que parecía nacer un mundo nuevo e iluminado por los resplandores de la prosperidad, del éxito y de la inconsciente danza al borde de un abismo, se precipita y decanta en estas páginas en las cuales la angustia desaparece bajo una capa de abandono y resignación en la que no falta el sarcasmo. Después de una serie de fallidos intentos de suicidio, Francis Scott Fitzgerald murió de un ataque cardíaco el año 1940, mientras trabajaba en un nuevo ensayo novelístico: El último magnate (The Last Tycoon). El texto inconcluso, con las notas del autor, fue publicado al año siguiente. Más tarde, en 1960, la edición de un volumen con su correspondencia volvió los ojos de la crítica hacia el semiolvidado escritor.

El caso de Francis Scott Fitzgerald es uno entre los de muchos escritores que a veces en la cumbre de la fama pierden el favor del público y les sigue un largo silencio después de la muerte, como si todo —talento, prestigio, popularidad— hubiera sido sepultado con ellos. Pero también acontece, cuando hay genio de por medio, una resurrección. Los años pasan; el escritor no es sino un nombre en los largos catálogos de las editoriales y de las historias literarias; si se los evoca, es como evocar una sombra. Y, de pronto, casi misteriosamente, el hombre y su obra resurgen, vuelven al primer plano de la fama y alcanzan una nueva consagración que esta vez puede ser definitiva.

Si podemos hablar de un clásico para una época, Fitzgerald lo es para la era del jazz y de la euforia que siguió a la Primera Guerra Mundial y que se hundió súbitamente en la catástrofe de la depresión, arrastrando con ella a todo lo que se llamó “la juventud llameante”. Es un profeta del desengaño, un cantor de las ilusiones perdidas, de la dolorosa conciencia del fracaso. Sus obras testimonian la locura de unos años felices y el dolor del desastre en que terminaron. Sus personajes, como Gatsby o Diver, luchadores del éxito efímero, conocen los sabores del desengaño y la triste sensación de la propia decadencia.

Es posible que entre los escritores de la “generación perdida” haya otros más famosos y populares que Francis Scott Fitzgerald. En él, sin embargo, la calidad del testimonio directo y personal sobrepasa los marcos de toda ficción, y éste es uno de los factores que lo convierten en un elemento indispensable en la historia de un tiempo dramáticamente original.

II A este lado del paraíso

A este lado del paraísoA este lado del paraíso es, como se dijo, una obra de raíz autobiográfica y, en cierto modo, testimonial, que narra los años de niñez y adolescencia de Amory Blaine, alter ego del autor con el que comparte hasta el año de nacimiento (1896), y el ilusionado arribo a la prometedora época de la primera juventud. Un epígrafe, tomado de Oscar Wilde, nos muestra uno de los tonos de esta novela polifónica: “Experiencia es el nombre que muchos dan a sus errores”. En las primeras páginas veremos al pequeño Amory en el ambiente de la familia, compuesta por el padre, “hombre inarticulado y poco eficaz, que gustaba de Byron y tenía la costumbre de dormitar sobre los volúmenes abiertos de la Enciclopedia Británica”, enriquecido casualmente por la oportuna defunción de sus hermanos mayores, y por Beatrice O’Hara, la madre que transmitió al hijo único sus rasgos célticos y con ellos una brillantez algo frivola y llena de encanto.

Beatrice es uña de las heroínas en la vida de Amory, que la evoca entre signos de exclamación: “¡Aquella sí que era una mujer!” Y además una mujer educada en el Colegio del Sagrado Corazón, en Roma (“una extravagancia educativa que, en la época de su juventud, era un privilegio exclusivo para los hijos de padres excepcionalmente acaudalados”), paseaba por Europa y provista de todas las oportunidades sociales y refinadas como para darle “una cultura rica en todas las artes y tradiciones, desprovista de ideas…” ¿Cómo llegó a casarse esa muchacha brillante y epigramática con el aburrido señor Blaine? Lo sabemos por el narrador: “En uno de los momentos menos trascendentales de su ajetreada existencia, regresó a sus tierras de América, se encontró con Stephen Blaine, y se casó con él tan sólo porque se sentía llena de laxitud y un tanto triste”.

El pequeño y solitario Amory era la compañía más querida de Beatrice, que transmitía al hijo su encantadora superficialidad y sus pasiones artísticas. Antes de que cumpliera los diez años “lo había alimentado con trozos de Fêtes Galantes… y a los once ya podía hablar corrientemente y con reminiscencias de Brahms, Mozart y Beethoven”.

Con estos antecedentes uno empieza a imaginarse ya las tribulaciones a que estará expuesto el joven Blaine en sus vaivenes entre la puerilidad y el refinamiento, como se puede advertir desde muy temprano en sus desventuradas relaciones con la pequeña Myra St. Claire.

Con la primera corbata y los primeros pantalones largos (recordemos que en esa época antes de éstos se pasaba por las etapas de los pantalones muy cortos, cortos y, por último, bombachas de golf) comienza para Amory el momento de las grandes preocupaciones, de modo especial sobre sí mismo. Y no se puede negar que es generoso para resolverlas. Se define, pues:

“Físicamente. Amory tenía la certeza absoluta de que era extraordinariamente hermoso. Lo era. Se tenía por un atleta de infinitas posibilidades y por un bailarín consumado.”

“Socialmente. En este campo, sus condiciones eran, quizás, más peligrosas. Había otorgado gratuitamente a su persona encanto, amabilidad, magnetismo, equilibrio, el poder de dominar a todos los varones de su edad y el don de fascinar a todas las mujeres.”

“Mentalmente. Una superioridad absoluta y fuera de toda discusión.”

Con todas estas cualidades gratuitamente atribuidas, este Amory entre ingenuo y petulante ha de partir a la gran aventura: el High College y luego la Universidad de Princeton.

Y aquí aparece, junto con la aventura, un gran personaje algo lateral y a la vez definitivo: monseñor Darcy, cuya sabiduría sumada al humor irlandés rondarán por la vida de Amory casi hasta las últimas páginas del libro. Ambos, Amory y monseñor Darcy, tendrán mucho que decirse y, conforme aumenta la madurez del muchacho y con ella la cambiante visión del mundo y de la vida, el diálogo se volverá más profundo, más emocionante, pero no menos ingenioso.

Con el College St. Regis y con la universidad esa visión cambiante crecerá en intensidad: el trato con los demás, la competencia estudiantil, el nacimiento de las “grandes amistades”, esas que rara vez terminan, son los elementos definitivos en la formación social del personaje. Ahora está en el medio real de la existencia, lejos de las fantasías y los sueños maternales. St. Regis es la aparición de los grandes descubrimientos: las muchachas, la literatura, el don de escribir. Con las primeras sueña; en la literatura se precipita, leyendo cuanto llega al alcance de sus ojos: “Las mil y una noches”, “El caballero de Indiana”, pero también Dickens, Kipling, Chesterton. ¿Y por qué no? Phillips Oppenheim. En cuanto a escribir, ahí tiene las páginas del St. Regis Tattler abiertas a sus primeras hazañas.

También descubre las modas y con su amigo Rahill establece, no muy caritativamente, las diferencias entre el Gran Hombre y el “gomoso”, género este último al que pertenecen los de “cabello relamido y engominado”.

Después de los años del College, llegar a la universidad de las gárgolas y los capiteles es como entrar al amurallado mundo de la edad adulta, donde se empieza por conocer a los compañeros de viaje, a los condiscípulos. Allí están los hermanos Holiday, Kerry con sus ojos grises, Allenby, capitán del equipo de fútbol. Ahí están el cine, el teatro, los paseos, las clases en que “ya no son unos niños para los maestros viejos y prestigiosos. A Amory se le abre el corazón:

“Desde el primer momento había amado a Princeton: su lánguida belleza, su oculto significado, sus multitudes deportivas, frescas y alegres y, bajo todo aquello, los ásperos vientos de una lucha sin tregua entre las clases.”

Y están las muchachas y “ese extraño fenómeno tan generalizado en los Estados Unidos que es el juego de las caricias”, la aventura de las caricias furtivas, a hurtadillas de las personas mayores: “Ninguna de las madres con ideas victorianas —y casi todas las madres eran victorianas— tenía la menor idea de la facilidad con que sus hijas se habían acostumbrado a ser besadas. Las sirvientas son de tal condición —aseguraba la señora de Huston-Carmelite a su muy solicitada hija—. Se dejan besar primero, y después oyen las propuestas matrimoniales”.

Amory tiene dieciocho años, mide casi el metro ochenta y siete, es “excepcionalmente hermoso” y en su rostro algo infantil la mirada penetrante de los ojos verdes pone un toque de madurez, pero falta en él “ese intenso magnetismo que acompaña siempre a la belleza del hombre o la mujer; su personalidad radicaba sobre todo en algo mental…”

Esa “personalidad más bien mental” le causará muchos dolores de cabeza no sólo con las muchachas: también con los compañeros más volátiles, más alegres y superficiales. Amory reflexiona mucho, tal vez demasiado para sus amigos, y suele hacerlo en voz alta. No siempre entretiene escuchar a otro que habla en exceso…

Para el grupo de jóvenes estudiantes la vida en Princeton es un torbellino que, si no los aparta de sus tareas académicas, hace que éstas pasen frecuentemente a segundo plano.

Amoríos epistolares, elecciones en los clubes y sociedades de estudiantes, pugnas por ingresar a los equipos deportivos, bohémicas escapadas a Nueva York, intensas lecturas y primeros vuelos narrativos van moldeando la personalidad de Amory Blaine. Puede ser un líder, cuando lo desea, pero de pronto se refugia en una interioridad secreta que lo hace un solitario entre la masa.

Otros acontecimientos, más bien catastróficos, contribuirán a esta “forja del hombre”. Y aquí estará de nuevo monseñor Darcy, su presencia y su reconfortante palabra.

Los dos últimos años en Princeton serán para Amory sombríos y luminosos, todo a la vez, como si aparte de los estudios sistemáticos estuvieran destinados a enseñarle la dura tarea de las decisiones que el hombre sólo puede tomar por sí mismo. El muchacho, que está creciendo por dentro, tiene mucho que aprender en los mundos exteriores, en cuyos rincones más tenebrosos puede hasta aparecer el rostro del Demonio. Y Amory lo ha visto.

Princenton

Princenton. «Agujas y Gárgolas»

La despedida de Princeton es dolorosa:

 “Lo que dejamos aquí es más que una clase, una enseñanza o una educación; es la herencia de la juventud. No somos más que una generación y en estos momentos estamos rompiendo los vínculos que nos ataban a este lugar y a otras generaciones de sangre fuerte y espíritu sano. Ahora nos damos cuenta de que hemos caminado más de una noche por estas calles, del brazo con Burr y Light-Horse Harry Lee.

“…Se han apagado las antorchas —murmuró Tom.”

Un breve intermedio nos muestra a Amory Blaine, de veintidós años, convertido en subteniente del Décimo Regimiento de Infantería en el Campamento Mills de Long Island. A través de una carta de monseñor Darcy, F. Scott Fitzgerald señala, como en un chispazo o una visión subliminal, el germen de lo que será la “generación perdida” y no sólo en la interpretación que Gertrude Stein le daba a esos términos: “He aquí que ha llegado el fin de algo; para bien o para mal, ya no serás nunca el Amory Blaine que conocí, y nunca volveremos a encontrarnos como nos encontrábamos, porque tu generación se está endureciendo mucho más de lo que la mía llegó a endurecerse, alimentada como estaba con la leche tierna del novecientos”.

Es el fin de algo. Esos millones de muertos en las trincheras de la Europa destrozada por la guerra; esa multitud de jóvenes norteamericanos llegados a tierra extraña para luchar por la libertad; la sangrienta revolución rusa de 1917; el empequeñecimiento del mundo, cuyos habitantes ahora se encuentran así sea en el horror de los combates; el temor al futuro ya no plácido como los días pretéritos, sino amenazador y desconocido, todo marca un fin y el comienzo de una era cuyo signo es la inseguridad.

Parece que, ante este espectáculo, sólo queda divertirse; carpe diem, se acabaron las certezas. Los “locos años veinte” son incubados en la tragedia mundial.

La segunda parte del libro se abre con una pirueta de Fitzgerald: abandona la narración y monta una escena de teatro en que Amory es el protagonista de un nuevo apasionamiento. Rosalind es hermosísima, atrayente, apasionada, ansiosa de liberarse de su ambiente burgués. Pero el ambiente burgués está en serias dificultades. Un pretendiente adinerado es mejor solución que un buen mozo Amory que redacta textos en una modesta agencia de publicidad.

Qué vamos a hacerle, parece decirnos el autor, ésta no es una novela romántica sino el fiel reflejo de la vida de un personaje hasta ahora más bien infortunado. Por tanto, aparte de abandonado, comenzamos a ver a un Amory indispuesto por la bebida, seguro de sufrir las enfermedades más increíbles, blanco como el papel, y tomándose otro trago acaso por aquello de que “un clavo saca otro clavo”, pero Fitzgerald no le saca el cuerpo a la verdad.

Por esos días neoyorkinos, para Amory el mundo tiene forma de taberna, pero la vocación de escritor le ofrecerá una escapatoria. Puede sumergirse por horas y días en la lectura de sus más admirados autores: Joyce, Galsworthy, Bennett, Shaw, Wells y sobre todo Chesterton, cuyo nombre se repite en la novela. El maestro inglés de la paradoja influye en el espíritu y en el estilo de Blaine-Fitzgerald. Por ahí le veremos escribir chestertonianamente: “A pesar de haber ido al colegio me las arreglé para obtener una buena educación”.

No son días fáciles. El inmaduro Amory se siente atrapado en un laberinto del que sólo arranca siguiendo alguna luminosa figura de mujer pero que vuelve a envolverle. Más que un laberinto es la fraguarla subconsciente lucha por la propia formación. Monseñor Darcy reaparece con sus cartas fraternas e ingeniosas. En boca de Darcy pone Fitzgerald una reflexión premonitoria, que habrá recordado más tarde, en su trágica vida junto a Zelda: “Con respecto al matrimonio, estás pasando ahora por el período más peligroso de tu vida. Podrías casarte apresuradamente y arrepentirte a poco, pero no creo que lo hagas”. Sí: Scott lo hizo. El desenlace con la llegada de la madurez y la experiencia literaria se aproxima a través de muchas renuncias: “En un sentido, esta renuncia gradual a la belleza fue su segundo paso por el laberinto, después que se completó su desilusión. Le parecía que dejaba atrás su última oportunidad de llegar a ser un cierto tipo de artista. Era mucho más importante llegar a ser una cierta clase de hombre”.

Lo cual, en suma, lleva a una última reflexión:

“Me conozco a mí mismo —dijo en voz alta—. Pero eso es todo”.

A este lado del paraíso es una novela profundamente norteamericana que trasciende su medio gracias a los valores humanos que en ella se mueven. En ella F. Scott Fitzgerald parece concretar la norma señalada por Gertrude Stein: el artista debe vivir “el completo presente actual”. Y Fitzgerald, encarnado en Amory Blaine, lo vive en toda su extensión y consecuencias, con la rebeldía innata en él, con un espíritu independiente que se traduce en apasionados alegatos por la libertad y el idealismo, dichos con todo el fuego y la inseguridad de un hombre al que los escasos años no lo han apartado aún de una porfiada adolescencia.

Con un modo de escribir sencillo, animado por el ingenio; con una emotividad que llega hasta el borde del sentimentalismo pero que se salva por su sentido poético que eleva el tono y la forma; con una cierta raíz cristiana, Fitzgerald describe las turbaciones de la adolescencia, el duro camino hacia la edad adulta, la lucha entre luces y sombras de un espíritu joven. Como anota el crítico francés Michel Mohrt, “en el fondo de la obra de Fitzgerald está el problema del mal, concebido por una conciencia de joven católico provinciano”.

Desde otro punto de vista observa esta obra el ensayista norteamericano Ludwig Lewisohn en The Story of American Literature: “Abundan las novelas autobiográficas sobre los ardores y las rebeliones de la juventud […] La más famosa y justamente así fue A este lado del paraíso, que contiene, entre otras excelencias, un admirable diagnóstico de las prácticas de los convencionales novelistas norteamericanos de entonces; que contiene elocuencia y poesía y esa ebullición creadora, todavía incontrolada e indisciplinada, que ha sido siempre parte de las grandes promesas de la juventud. Prácticamente, el libro no tiene un centro intelectual, lo que es, también, un sello propio de la juventud. Pero las cualidades del autor parecen tener la justa amplitud de las mejores promesas y en sus páginas mucho es realmente atrevido y hermoso”.

Elocuente, poética, juvenil, emotiva y hermosa, A este lado del paraíso sigue actual y vigente setenta años después de publicada. Con ella sobrevive la imagen del escritor que fue en un momento una encarnación del espíritu joven.

 

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2 Respuestas a “‘A este lado del paraíso’, de Francis Scott Fitzgerald

  1. raqueljimenezalarcon

    28 de marzo de 2015 at 18:06

    Me ha encantado.Me gusta muchísimo este escritor.Gracias

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  2. José Antonio Serrano Segura

    29 de marzo de 2015 at 12:20

    Muchas gracias, Raquel. Llevaba tiempo queriendo publicar este artículo, pero es tanto lo que tenía para escribir sobre la novela que no conseguía hacer un artículo lo suficientemente conciso para que fuera útil en un blog. Para mí, es una novela fundacional. Scott Fitzgerald, con esta novela, abrió el siglo de la novela norteamericana, junto a Dos Passos. De hecho, estoy firmemente convencido de que Hemingway no hubiera sido quien fue como escritor sin esta novela.

    Un abrazo.

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