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Camus ante Dostoyevski: el personaje de Kirilov a la luz de ‘El mito de Sísifo’

[Este artículo debe ser entendido como una ‘addenda’ al anterior titulado Dostoievski y el nihilismo: Los Demonios]

Una de las influencias capitales en el pensamiento de Albert Camus, y muy en especial en el libro que hoy nos ocupa, es la obra del escritor ruso Fedor Dostoyevski, cumbre de la novela rusa junto a Turgenev y Tolstoi, por el que Camus sentía especial predilección, hasta el punto de adaptar al teatro su novela Los endemoniados, novela que por otra parte será una de las fuentes primordiales de este Mito de Sísifo, y que en el capítulo que nosotros analizaremos, el titulado “Kirilov”, es el centro de interés.

Albert Camus

Albert Camus

En efecto, Kirilov es uno de los muchos personajes de esta excepcional novela escrita por Dostoyevski en 1872, acaso la más contundente y desoladora de las suyas, emergiendo en cualquier caso como una de las obras maestras absolutas de la novela rusa. Pero, ¿qué llevó a Dostoyevski a escribirla? La versión oficial nos dice que la causa está en el crimen ocurrido en Moscú, el 21 de noviembre de 1869, en la persona del estudiante Ivanov a manos del grupo de cinco personas comandado por Sergei Nechayev, discípulo del líder anarquista revolucionario Bakunin, crimen cuya descripción omitiremos en beneficio de lo que aquí nos interesa, que es el personaje de Kirilov, al que al margen de sus relaciones con los demás personajes y hechos que recorren la novela, estudiaremos como una entidad aislada, sin que ello limite o torne menos comprensible su pensamiento.

La agudeza con la que Camus analiza a Kirilov, y por tanto a Dostoyevski, no sería posible sin un profundo conocimiento de la obra de éste. La primera frase del capítulo no deja lugar a dudas: “Todos los personajes de Dostoyevski se interrogan sobre el sentido de la vida”. Con particular clarividencia, Camus ha logrado aclarar de entrada la cuestión de fondo que caracteriza la obra del ruso, explicando así su modernidad. Líneas más abajo, apunta: “En las novelas de Dostoyevski la cuestión se plantea con tal intensidad que no admite sino soluciones extremas”. Segunda cualidad por la que nuestro novelista, en cuanto ilustra sus ideas por medio de las últimas consecuencias que éstas provocan, es algo más que un novelista de su tiempo al trascender la novela de tesis por medio del hábil empleo de los más variados recursos estilísticos. La última de estas consecuencias es el llamado suicidio lógico, que tiene en Kirilov su más consegu1ida plasmación, pero que como Camus indica, ya había tratado en el Diario de un escritor, así como también, aunque de forma más dispersa, en sus anteriores novelas. De hecho, antes de pasar a hablar del suicidio lógico, de definirlo, habrá que diferenciarlo del suicidio convencional, que sin dejar de tener su lógica absurda, podríamos denominarlo “suicidio por desesperación”, es decir el tipo de suicidio que comúnmente impulsa al individuo a la autodestrucción. Como en este ensayo de Camus, el problema del suicidio o de la tentativa de suicidio es una constante en la obra de Dostoyevski. Pondremos un ejemplo. En el Diario, y como réplica a uno de sus superficiales críticos, el señor N. P., Dostoyevski, respecto a un suicidio algo más sutil de lo habitual, escribe:

Me gustaría hacer referencia a un asunto. En el número de octubre, informaba del suicidio de la hija de un emigrante: “Empapó un algodón en cloroformo, se lo llevó a la cara y se acostó en la cama. Así murió. Antes de morir escribió una nota: ‘Me apresto a emprender un largo viaje. Si el intento no sale bien, que se reúnan para celebrar mi resurrección con copas de Clicquot. Si sale bien, ruego que no me entierren hasta que esté muerta del todo, pues resulta muy desagradable despertarse en un ataúd bajo tierra. ¡No es nada chic!’

El señor N. P., lleno de arrogancia, se enfada con esa suicida “frívola” y saca la conclusión de que su acto “no es digno de la menor atención”. De buenas a primeras añade: “Me atrevería a afirmar que una persona que desea festejar su vuelta a la vida con una copa de champán en la mano, no ha sufrido mucho en esta vida, cuando la retoma de manera tan solemne, sin alterar sus costumbres y sin pensar siquiera en ellas…

¡Qué idea y qué razonamiento tan ridículos! Lo que más le ha fascinado es el champán. No obstante, si le hubiera gustado tanto el champán, habría seguido viviendo para beberlo, pero lo que hizo fue referirse a él antes de morir, antes de morir de verdad, sabiendo muy bien que seguramente iba a morir. No podía tener mucha confianza en sus posibilidades de volver a la vida, y además esa eventualidad no le ofrecía ningún atractivo, porque en su caso volver a la vida significaba enfrentarse a un nuevo intento de suicidio. Aquí el champán no significa nada; seguramente no tenía la menor intención de beberlo… ¿De verdad es necesario explicarlo? Mencionó el champán porque, antes de morir, deseaba permitirse una extravagancia abyecta y repugnante. Eligió el champán porque no pudo encontrar un cuadro más abyecto y repugnante que una borrachera para celebrar su “resurrección de entre los muertos”. Necesitaba escribir algo así para cubrir de barro todo lo que dejaba en el mundo, para maldecir la tierra y su propia vida, para escupir sobre ellas y dejar constancia de ese escupitajo a sus deudos, a quienes abandonaba. ¿Cómo explicar tanto rencor en una muchacha de diecisiete años? ¿Y contra quién iba dirigido ese rencor? Nadie la había ofendido, no tenía necesidad de nada; se diría que murió también sin ningún motivo. Pero es precisamente esa nota, es precisamente el hecho de que en un momento semejante estuviera tan interesada en permitirse una extravagancia tan abyecta y repugnante, es precisamente todo eso lo que lleva a pensar que su vida había sido incomparablemente más pura de lo que sugiere esa ocurrencia abominable, y que el rencor, la inmensa amargura de su ocurrencia, testimonian, por el contrario, los sufrimientos y las torturas a que estaba sometida su alma, así como la desesperación del momento postrero de su vida. Si se hubiera dado muerte llevada de cierto apático hastío, sin saber muy bien por qué, no se habría entregado a esa extravagancia. Para analizar esa disposición de espíritu es necesario adoptar una actitud más humana. En este caso, el sufrimiento es evidente, y no cabe duda de que murió de angustia espiritual, después de muchos tormentos. ¿Cómo pudo atormentarse tanto una criatura de sólo diecisiete años? Pero ésa es la terrible cuestión de nuestro tiempo. He avanzado la hipótesis de que murió de angustia (una angustia demasiado precoz) y del convencimiento de que su vida carecía de sentido… y que ambas afecciones eran consecuencia exclusiva de la depravada educación que recibió en casa de sus padres, una educación basada en un concepto erróneo del sentido supremo y los objetos de la vida, que destruyó deliberadamente en su alma cualquier fe en su inmortalidad. Todo eso no pasa de ser una hipótesis personal, pero lo cierto es que no pudo quitarse la vida con la única intención de dejar esa miserable nota y asombrar a la gente, como parece sugerir el señor N. P.”

Como vemos, la forma de este suicidio parece negar su fondo, pero Dostoyevski, consumado estudioso de la contradictoria naturaleza humana, ha logrado interpretar el hecho sin caer en la burda explicación del señor N. P. y con él la del común de los espectadores pasivos que al tener noticia de algún suicidio lo interpretan de similar manera. Sin estar ante un suicidio lógico, el suicidio de la muchacha tiene algunos puntos de contacto con el de Kirilov. Su suicidio, siendo un acto de desesperación, está tratado con una calculada premeditación acentuada por la presunta nota cómica de la copa. Pero este dato, por su grotesco sentido último, termina de volver más escabroso el hecho. Puesto que tarde o temprano, probablemente, la muchacha se hubiera terminado matando, el apunte del champán, aunque accesorio (en cuanto que podría haber sido cualquier otra cosa descontextualizada), revela el sentido último de este suicidio, en absoluto espontáneo. El suicidio lógico, por el contrario, no es un suicidio por desesperación, aunque sí está ligado al sentimiento de angustia. Y Dios es la causa de ello. Camus resume perfectamente esta idea en la siguiente afirmación dada al referirse a Kirilov:

Siente que Dios es necesario y que es preciso que exista. Pero sabe que no existe ni puede existir. “¿Cómo no comprendes —exclama— que ésa es razón suficiente para matarse?”.

Líneas más abajo, Camus expone el razonamiento en estos términos:

Si Dios no existe, Kirilov es Dios. Si Dios no existe, Kirilov debe matarse, Kirilov debe matarse entonces para ser dios.

Estamos ante un razonamiento muy oscuro, pero de una lógica interna implacable. Para introducirnos en él, haremos escala en los dos personajes germinales de esta idea: los protagonistas de Memorias del subsuelo y El idiota. El hombre sin nombre de la primera y el príncipe Myshkin de la segunda son los precedentes indirectos de Kirilov, la ilustración de dos estados de conciencia tan opuestos como sensibles a su problema vital. El primero es un funcionario de unos cuarenta años que confiesa que no sabe vivir porque la vida apenas le ha trasmitido algo. En apariencia, su gran mal es la escalada burocrática y el absurdo de ésta, algo que guarda no pocos parangones con Kafka, pero Dostoyevski va más allá del estudio del funcionario como víctima y verdugo. Este hombre anónimo de Memorias del subsuelo, a diferencia de los seres mediocres que le rodean, responderá a su problema por medio de una pregunta que es la clave para descifrar la novela: “¿Qué ocurriría si se diera el caso de que alguna vez la ventaja para el hombre no sólo pudiera, sino que debiera consistir en desear para uno mismo no ya algo ventajoso, sino algo que incluso fuera malo?”. La respuesta a esta pregunta será ilustrada en la persona del príncipe Myshkin, el idiota del título de la segunda novela, personaje que por lo demás de idiota nada tiene, tratándose en realidad de una especie de traslación a nuestro tiempo de la figura de Jesús de Nazaret. Ninguno de estos personajes, ni el hombre anónimo ni el príncipe, se suicidará al final de su historia, pero ambos quedarán devastados, sobre todo el segundo. Para Dostoyevski, la conciencia no sólo es la enfermedad del hombre civilizado, sino que mata la vida: “El incremento de conciencia viene a ser proporcional a la pérdida de la capacidad vital”. Kirilov, en su extremo grado de lucidez, es el punto culminante de esta idea, y de esta idea Camus se hace eco cuando escribe:

El ingeniero Kirilov declara en alguna parte que quiere quitarse la vida porque ‘ésa es su idea’. Está claro que hay que tomar la frase en su sentido propio. Se dispone a morir por una idea, por un pensamiento. Ése es el suicidio superior.

Pero acudamos al fragmento al que Camus nos remite. Está situado en el primer capítulo de la segunda parte. Se trata de un diálogo entre el protagonista de la novela, Nikolai Stavrogin, quien resuelve ir a casa de Kirilov para pedirle unas pistolas con las que batirse en un duelo. La pluma de Dostoyevski lo expone así:

'Los demonios', de Dostoievski. Ed. francesa en la biblioteca de Camus

‘Los demonios’, de Dostoievski. Ed. francesa en la biblioteca de Camus

— ¿Pero no ha decidido pegarse un tiro?

— ¿Y eso qué tiene que ver?” —responde Kirilov—. “¿Por qué juntar lo uno con lo otro? La vida es una cosa y eso es otra. La vida existe, pero la muerte no existe en absoluto.

— ¿Cree usted en una futura vida eterna?” —añade Nikolai.

— No. No en una vida futura eterna, sino en una vida presente eterna. Hay momentos especiales, se llega a uno de esos momentos, de pronto se para el tiempo y se convierte en eternidad.

— ¿Espera usted llegar a uno de esos momentos?

— Sí.

— Eso es apenas posible en nuestro tiempo —declaró Nikolai, sin asomo de ironía, lenta y reflexivamente—. En el Apocalipsis, el ángel jura que ya no existirá el tiempo.

— Lo sé. Lo que allá se dice es verdad. Cuando la humanidad entera alcance la felicidad no existirá el tiempo, porque ya no será necesario. Es un pensamiento muy verdadero.

— ¿Dónde lo meterán?

— No lo meterán en ningún sitio. El tiempo no es un objeto, sino una idea. Desaparecerá de la mente.

— Los viejos lugares comunes de la filosofía. Han sido los mismos desde el principio de los siglos —murmuró Nikolai en tono de desdeñosa lástima.

— ¡Los mismos de siempre! ¡Los mismos desde el principio de los siglos y nunca habrá otros! —confirmó Kirilov con ojos brillantes, como si tal idea fuera su prueba victoriosa.

— Usted, a lo que parece, es muy feliz, Kirilov.

— Sí, muy feliz —contestó éste, como si diera la respuesta más ordinaria.

Efectivamente, esa idea es el tiempo, y sólo Dios está por encima de él. Para que Kirilov pueda convertirse en Dios deberá acabar antes con el tiempo. A la pregunta de Nikolai “¿Cree usted en una futura vida eterna?”, Kirilov responde “No. No en una vida futura eterna, sino en una vida presente eterna. Hay momentos especiales, se llega a uno de esos momentos, de pronto se para el tiempo y se convierte en eternidad”. En una parte del capítulo del ensayo, Camus escribe la que bien pudiera ser la coda a esta idea: “Convertirse en dios es solamente ser libre en esta tierra, no servir a un ser inmortal. Es sobre todo, por supuesto, sacar todas las consecuencias de esta dolorosa independencia. Si Dios existe, todo depende de él y contra su voluntad nada podemos. Si no existe, todo depende de nosotros”.

 

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Walt Whitman, ‘No te detengas’

Walt Whitman

Walt Whitman

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

‘No te detengas’

No dejes que termine el día sin haber crecido un poco,
sin haber sido feliz, sin haber aumentado tus sueños.
No te dejes vencer por el desaliento.
No permitas que nadie te quite el derecho a expresarte,
que es casi un deber.
No abandones las ansias de hacer de tu vida algo extraordinario.
No dejes de creer que las palabras y las poesías
sí pueden cambiar el mundo.
Pase lo que pase nuestra esencia está intacta.
Somos seres llenos de pasión.
La vida es desierto y oasis.
Nos derriba, nos lastima,
nos enseña,
nos convierte en protagonistas
de nuestra propia historia.
Aunque el viento sople en contra,
la poderosa obra continúa:
Tú puedes aportar una estrofa.
No dejes nunca de soñar,
porque en sueños es libre el hombre.
No caigas en el peor de los errores:
el silencio.
La mayoría vive en un silencio espantoso.
No te resignes.
Huye.
“Emito mis alaridos por los techos de este mundo”,
dice el poeta.
Valora la belleza de las cosas simples.
Se puede hacer bella poesía sobre pequeñas cosas,
pero no podemos remar en contra de nosotros mismos.
Eso transforma la vida en un infierno.
Disfruta del pánico que te provoca
tener la vida por delante.
Vívela intensamente,
sin mediocridad.
Piensa que en ti está el futuro
y encara la tarea con orgullo y sin miedo.
Aprende de quienes puedan enseñarte.
Las experiencias de quienes nos precedieron
de nuestros “poetas muertos”,
te ayudan a caminar por la vida
La sociedad de hoy somos nosotros:
Los “poetas vivos”.
No permitas que la vida te pase a ti sin que la vivas…

Walt Whitman (1819-1892)

 

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‘Omar Jayyam – . Poeta, astrónomo, rebelde’

De vez en cuando, y raramente, uno topa con una obra de envergadura que lee apasionadamente tanto por su contenido como por la manera en que está escrita. El libro del que hoy os hablo, y que os recomiendo vivamente, recoge un prolijo testimonio (nada menos que 505 páginas) sobre un personaje no demasiado conocido para el público español, pero cuya importancia sobrepasa el ámbito meramente erudito. Me refiero al escrito de Hazhir Teimourian, publicado en Berenice (25 euros), Omar Jayyam. Poeta, astrónomo, rebelde, catalogado como la “biografía definitiva de un genio universal”.

Sus poesias han levantado discusiones; Debido a las traducciones de Fitzgerald y Cowell fue considerado ateo blasfemo pero no tardarón en surgir las voces en contra de esta teoría considerandole creyente y sufí mistico. El teólogo musulman Molvi Khanzad desalentado por la traducción y su enfoque dijo que ni Fitzgerald ni su maestro, el profesor Cowell, sabian bastante persa (¨ambos garabateaban como niños pequeños¨). Idris Shah describe a Omar el Jayyam :¨Jayyam es la voz sufí; y la voz sufí es intemporal. En poesía, no se someta fácilmente a teorías temporales¨

Mi primer contacto con Omar Jayyam (o Khayyam) no pudo ser más feliz. Encontré en su figura el magisterio de un sabio que, despreocupado por los prejuicios socialmente establecidos, no dudaba en hacer frente a los rigores menos dulces de la vida, sin dejar de atender, por otro lado, a los pocos placeres que nos están dados.

Pan, queso y un jarro de vino,
contigo a mi lado bajo una exuberante parra.
Conozco a un gran rey que, si pudiera, 
trocaría su corona por aquello que es mío.

A través de la magnífica prosa —rigurosa y liviana a partes iguales— de Hazhir Teimourian, quizás el mayor experto en el desarrollo del pensamiento en Oriente Medio, y de la maravillosa edición de Berenice (que acompaña el texto con material gráfico de mucha utilidad para el lector), se nos da a conocer la existencia de este extraño y peculiar personaje que tanto marcó la época en la que vivió.

Cuando el Creador planeó mis elementos,
dicen que me quería dar la Tierra Prometida.
Amantes, laúdes y vino junto a un campo de trigo:
dame de los tres ahora. ¡Más vale pájaro en mano!

Aunque la mayor parte de los ensayos filosóficos que poseemos de Omar Jayyam son de incierta autoría, conservamos una parte muy importante de las deliciosas cuartetas (o robaiyyat) que le sirvieron para delinear su propio pensamiento, así como para llevar a cabo numerosas confesiones íntimas —como si de un diario poético se tratara—. En esta obra, además, se ofrece una nueva traducción de estas inmortales composiciones que tanto han marcado el subconsciente lírico de Oriente y Occidente (a través de la traducción inglesa de  Fitzgerald).

Se suelen atribuir entre 100 y 200 cuartetas a Jayyam, cada una de ellas con diferente grado de certeza sobre su autoría, dependiendo de su existencia en los documentos más antiguos y en su contenido filosófico y estilo lingüístico. La manera en que Hazhir presenta los robaiyyat queda plasmada de esta manera: “adoptan la forma del curso de un río, que nace en la ladera de una montaña y comienza su descenso hacia las llanuras que hay más abajo. Empieza siendo un pequeño arroyo, que fluye inquieto y ruidoso saltando por encima de los cantos rodados. A medida que va teniendo más agua, se hace más profundo y ancho, y rebosa de dignidad y de confianza silenciosa en sí mismo. Más adelante, en el otoño de su vida sobre el suelo de un gran valle, serpentea y se oscurece, adquiriendo un carácter sombrío. Finalmente, llega a su máximo esplendor en el estuario, donde parece que no se mueve en absoluto. Se funde con el mar y pierde su identidad individual, su ser”.

Este Círculo en el que fluimos y refluimos,
sin principio ni final conocido.
El Enigma sigue como se planteó hace mucho tiempo:
¿de dónde venimos? ¿Adónde vamos?

Como explica Sadeq Hedayat en la Introducción de la edición de Hiperión de los Robaiyyat, texto que nos sirve para adentrarnos sin excusa en la biografía editada por Berenice, ”la filosofía de Jayyam nunca perderá su frescura porque estos cantos, aparentemente reducidos, aunque medulares, plantean todos los problemas filosóficos importantes y oscuros que a lo largo de la historia han desconcertado al hombre, así como los pensamientos que le han sido impuestos forzosamente y los enigmas que han quedado inexplicados. Jayyam fue intérprete de esos tormentos del alma […]. Tras su sonrisa angustiosa y estremecedora, expone problemas religiosos y  filosóficos, después busca la solución perceptible y razonadamente”.

¿Perdido en el vino del Mago? ¡Lo estoy!
¿Pagano? ¿Zoroastrista? ¿Hereje? ¡Lo soy!
Cada pueblo tiene su idea sobre mí.
Yo soy yo mismo, sea lo que sea.

El libro de Hazhir Teimourian es un imprescindible. Un clásico contemporáneo de la historiografía del pensamiento de Oriente. Un filón de extraordinaria hondura sobre un pensador, “poeta, astrónomo, rebelde”, inigualable, deslumbrante, irreverente y eterno. Un ensayo histórico pero a la vez literario repleto de diversos e innumerables testimonios sobre Jayyam, que guiarán al  lector, a hombros de gigante, a través de la apasionante vida del inmortal Omar.

Representación de Omar Jayyam

Nunca estuve necesitado de maestros;
y yo mismo he planteado más teoremas.
Durante setenta y dos años pensaba día y noche:
¡sólo para concluir que no sabía nada!

***

Dime: ¿Dónde está el hombre que no haya pecado?
Dime: Quien no haya pecado… ¿Cómo habrá podido vivir?
Si por el mal que yo hice me castigas haciendo Tú el mal:
¿Cuál es la diferencia que existe entre Tú y yo?

***


Mi ración de existencia ha volado en escasas horas.

Se deslizó como el agua en el río, como el viento en la estepa.
Hay dos días que jamás me perturban:
el que habrá de venir y el que se ha disipado.

***


Primero me dio el ser sin consultarme

y el hecho solo de existir me arrojó en el sombro.
Después me hace abandonar el mundo a disgusto
sin dejarme adivinar con qué intención me puso aquí abajo.

***


Antes de ti y de mí existían las noches y los días

y giraba la cúpula del cielo.
Todo rincón del mundo donde posas tu planta
fue un día la pupila de una hermosa doncella.

***


Disfruta tus horas. El aliento te dejará en tu día.

Te perderás bajo el misterio de la nada.
Bebe: No sabes de dónde has venido.
Bebe: No sabes a dónde irás.

***


Frecuenta a los hombres honestos y sabios.

Huye a mil leguas de los ignorantes.
Bebe el veneno que te dé un hombre digno.
Vierte el antídoto que te ofrezca un imbécil.

***


Si triunfas dirán que ha sido con malas artes.

Si te retiras sospecharán que estás intrigando.
lo mejor es que vivas sin ocuparte de nadie
y que nadie tenga ocasión de ocuparse de ti.

***


Ni te acuerdes de este triste mundo.

No seas nimio y no sufras en vano.
El pasado ya ha sido y el futuro aún no es.
No te aflijas por ellos y disfruta tu dicha.

***


Perdona, mi Dios, mi corazón prisionero

Perdona mi alma rebosante de pena.
Perdona a estos pies míos que me llevan a la taberna.
Perdona a mi mano que me acerca la copa.

***


Mi amor ha conocido la plenitud de su éxtasis.

Muero de sed y el agua más limpia fluye a mi vera.
La hermosura de esta amada cautiva mi alma.
La adoro más que a mi vida y no sé decírselo.

***


¿Hasta cuándo te adorarás a ti mismo

y gastarás tus horas persiguiendo el origen del Ser y la Nada?
Bebe vino. Esta vida a la que sigue la muerte,
es mejor que la pases ebrio o dormido.

***


Quien bebe es el que escucha como hablan las rosas

y no las pobres gentes de pensamientos tardos.
Esas no saben dada. Preciso es perdonarlas
porque sólo los ebrios gozan del bien del mundo.

 

 

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¿Por qué Cervantes llamó Don Quijote a su hidalgo?



A Cervantes le gustaba jugar con la ambigüedad del nombre de muchos de sus personajes. No sólo con los nombres, sino que nos sorprende una y otra vez, incitándonos a examinar críticamente los más variados temas, convirtiéndolos en problemas. En cuanto al nombre de su protagonista, hace lo mismo. La cuestión del nombre “real” de don Quijote (‘Quixote’ en la ortografía de su tiempo) aparece por primera vez cuando escribe en el primer capítulo: «Quieren decir que tenía el sobrenombre de “Quijada”, o “Quesada”, que en esto hay alguna diferencia en los autores que deste caso escriben, aunque por conjeturas verisímiles se deja entender que se llamaba “Quijana”»
“Quijada”, “Quesada” o, mejor, “Quijana” son, pues, los apellidos (o “sobrenombres”, como se decía en su tiempo) que baraja Cervantes.
«Puesto nombre, y tan a su gusto, a su caballo, quiso ponérsele a sí mismo, y en este pensamiento duró otros ocho días, y al cabo se vino a llamar “don Quijote”; de donde, como queda dicho, tomaron ocasión los autores desta tan verdadera historia que sin duda se debía de llamar “Quijada”, y no “Quesada”, como otros quisieron decir».
Quijada y no Quesada, aunque este último, aparte de provenir de la villa jiennense del mismo nombre, nos recuerda a su origen manchego. ¿Dónde quedó el Quijana (o Quejana) que en el pasaje anterior el narrador juzgaba tan “verisímil”?

Como vemos es el propio narrador el que, siguiendo la ficción del “manuscrito encontrado” y otras supuestas fuentes fuentes orales o escritas, no lo deja claro. Es más, me atrevería a decir que no quiere hacerlo, sino que hace una parodia sobre las largas descripciones con las que los autores de novelas de caballerías adornaban la genealogía de sus protagonistas.

Los demás personajes que aparecen al principio de la obra no conocen otro apelativo que “Don Quijote”. En el capítulo 5, en cambio, cuando el labrador vecino se encuentra al hidalgo tendido en el campo, maltrecho y delirante, exclama: “Señor Quijana”, y el narrador comenta: “que así se debía de llamar cuando él tenía juicio y no había pasado de hidalgo sosegado a caballero andante”. Por si quedara alguna duda, poco después el mismo labrador tratará de convencer a su vecino de que es “el honrado hidalgo del señor Quijana”.
Nada se nos dice sobre el nombre original hasta 44 capítulos más adelante, donde nos topamos nuevamente con el primer apellido citado, o sea, con “Quijada”. En un pasaje no irrelevante, don Quijote dice descender de Gutierre Quijada (un cortesano que tras heredar cuatro villas se forma como caballero y maestro de armas junto al condestable D. Álvaro de Luna). Se sabía que el nombre Quijada era también una alusión a Luis Quijada, ayo de don Juan de Austria, y familiar de Gutierre Quijada: “de cuya alcurnia yo deciendo por línea recta de varón”; el narrador no comenta nada al respecto, y este nombre no vuelve a aparecer en toda la obra.
En el último capítulo —el 74— de la Segunda parte, nos enteramos de cómo se llama la que en todo el libro sólo había aparecido como “la sobrina”. En su testamento, el hidalgo ha dejado dicho: “Iten, mando toda mi hacienda […] a Antonia Quijana mi sobrina”, e “Iten, es mi voluntad que si Antonia Quijana mi sobrina…” No debe extrañarnos que el mismo apellido tome la forma masculina para el tío (“Quijano”) y la forma femenina para la sobrina (“Qujana”), pues era usual que así fuera.
Don Quijote está a punto de morir. Duerme “de un tirón, como dicen, más de seis horas” y al despertar se siente transformado. Llegan sus “buenos amigos”, el cura, el bachiller y el barbero, y don Quijote les dice:
“—Dadme albricias, buenos señores, de que ya yo no soy don Quijote de la Mancha, sino Alonso Quijano, a quien mis costumbres me dieron renombre de «bueno»“;  y más adelante: “Yo fui loco y ya soy cuerdo; fui don Quijote de la Mancha y soy agora, como he dicho, Alonso Quijano el Bueno”.
Por último, ¿por qué el protagonista cambia su apellodo “Quijano” por “Quijote”. Simplemente porque esta terminación en el aumentativo “-ote” es habitual en varios protagonistas de las novelas de caballerías y es la que adopta el caballero prototípico de este género: Lanzarote, como se le llamó en español, o bien Sir Lancelot, Lancelot of the Lake o Lancelot du Lac en las novelas del ciclo artúrico.
 

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