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Cervantes en la novela española contemporánea

Novelistas españoles contemporáneos

Juzgando que la novela occidental oscila entre dos ideas límites (una el Quijote y el extremo opuesto que podría ser Le temps retrouvé, de Marcel Proust o Absalom, Absalom!, de William Faulkner) declaraba en 1979 Juan Benet en una conferencia pronunciada en la Universidad de Harvard:

«Para un novelista consciente de su modesta posición en un punto intermedio de esa carrera del péndulo, el Quijote no puede ser ya un modelo. Quien a estas alturas intente no ya imitarlo, sino aprovechar cualquiera de sus hallazgos para el beneficio de su propio arte narrativo, está perdido. No hará más que resbalar. La historia y la tradición literaria, la fortuna de sus imitadores —de Sterne a Gogol, de Dickens a Kafka— no ha hecho más que alejar el modelo hasta hacerlo inalcanzable, de la misma manera que la pléyade de santos y devociones ha hecho poco menos que imposible la imitación de Cristo. Y, por si fuera poco, una cosa es imitar el Quijote y otra muy distinta es intentar reproducir o repetir el gesto de Cervantes respecto a la invención narrativa» [1].

La idea de que imitar el Quijote es hoy, si no imposible, difícil, me parece justificada, y reconozco plenamente la imposibilidad de repetir el gesto de Cervantes, perteneciente a la historia donde todo cambia y permanece pero nada se repite.

Sin embargo, grandes novelistas modernos han aprovechado, desde muy varias actitudes, hallazgos y enseñanzas que del Quijote y de las Novelas ejemplares pueden obtenerse. Una de las más fecundas lecciones del arte narrativo de Cervantes para la novela española contemporánea (denomino así a la producida en los últimos cincuenta años) consistiría en el ejercicio del diálogo como comentario —teóricamente inacabable— sobre el mundo.

No es difícil hallar tal lección en el Quijote y en el Coloquio de los perros. El diálogo (dual, entre Don Quijote y Sancho Panza, o entre Berganza y Cipión, o plural, entre los dos primeros y sus otros interlocutores) se manifiesta principalmente como comentario coloquiado acerca del mundo: acerca de un mundo percibido, representado y concebido desde perspectivas contrastadas; mundo del pasado (cultural), del presente (acción y contemplación) y del futuro (ideal, utopía); mundo de sensaciones, sentimientos, imaginaciones o visiones, de ideas; mundo propuesto siempre como objeto de interpretación.

Como es obvio, hay muchas enseñanzas derivables del Quijote que siguen vivas en la novela de nuestro tiempo: la ironía, la parodia, el juego, el conflicto yo/mundo, la antítesis imaginación/necesidad (más tarde: poesía/prosa), la sustancia verdadera de la ficción y la apariencia ficticia de la realidad, la literarización de la vida, el deseo imitativo, la reflexión de la novela sobre sí propia, la concentración del destino en una sola fase, la fruición de contar, el principio estructural del orden desordenado, la invención de un mito nacido de la entraña misma de la época. Estas y otras enseñanzas aparecen en nuestros días no como extraídas de la lectura directa de Cervantes, sino como asimiladas a lo largo de tres siglos y filtradas muy a menudo a través de novelistas como Sterne, Gogol, Dickens, Kafka y de otros muchos: Flaubert y Alas Clarín, Dostoievski, Galdós, Joyce y un largo etcétera.

Precisar hasta qué punto en los novelistas españoles contemporáneos tales aprovechamientos sean intermediados o inmediatos sería ilustrativo, pero quizá prolijo y estéril. Renuncio, pues, a discernir lo que de «quijotesco» o «cervantino» pueda haber en novelas como Alfanhuí (1951) de Rafael Sánchez Ferlosio, donde un niño dotado con la facultad de transfigurar el mundo sale al camino a probar límites y resistencias; o como las dos novelas de Luis Martín-Santos, Tiempo de silencio (1962), la novela del fracaso de un individuo (médico) en el seno de una sociedad enferma, y Tiempo de destrucción (1975), la novela del esfuerzo de otro individuo (juez) en el seno de una sociedad culpable; o como Últimas tardes con Teresa (1966) de Juan Marsé, pequeño y amargo Quijote en cuanto parodia de los ‘libros de socialerías’ tan favorecidos en aquel entonces; o como La saga/fuga de J. B. (1972) de Gonzalo Torrente Ballester, donde tantas cosas dependen del antiguo modelo: el heroísmo cómico del protagonista, el mito desmitificador, el desordenado orden, la autocrítica de la novela, el goce de narrar, las parodias plurales, el juego omnímodo; o como las mejores novelas de Juan Benet, nunca desveladoras de una vida humana en su transcurrir, sino centradas en un episodio tardío de esa vida. Renuncio también a examinar cómo en la Escuela de mandarines (1974) de Miguel Espinosa resucita el espíritu de Don Quijote en la figura del itinerante Eremita y reaparece la imagen de Dulcinea en la de su amada Azenaia Parzenós (por otro nombre Mercedes Rodríguez) y cómo en La tríbada falsaria (1980) y La tríbada confusa (1984), del mismo malogrado escritor, una anécdota breve y sórdida, narrada en unas pocas páginas, engendra centenares de páginas de comentarios orales y escritos a modo de inacabable irradiación pluriperspectivista que eleva la anécdota a una categoría «teológica».

Indicadas estas renuncias, me fijaré sólo en dos aspectos de la relación entre la novela española actual y la persona y la obra de Cervantes, pues en el primero de ellos hay contacto directo y en el segundo puede someterse a discusión una influencia probable y menos notada que otras.

Un aspecto es la visión de Cervantes por parte de novelistas que le han consagrado alguna reflexión memorable dentro o fuera de sus novelas, y aquí me referiré a Luis Martín-Santos, Gonzalo Torrente Ballester, Juan Goytisolo y Juan Benet.

El segundo aspecto es el anunciado ya: la ejercitación del diálogo como comentario del mundo, en manera semejante al Quijote y al Coloquio de los perros. Tendré en cuenta aquí novelas casi del todo dialogadas de José María Vaz de Soto, Carmen Martín Gaite, Miguel Delibes, Torrente Ballester y algún otro.

Reflexiones sobre Cervantes

MIGUEL DE CERVANTESNi el cervantismo ensayístico de Azorín ni el tenue y disperso de Valle-Inclán (autores del 98 muy leídos en los primeros lustros de postguerra) pudieron fomentar en escritores jóvenes la asimilación del posible modelo. Tampoco el quijotismo exasperado de Unamuno, que rebajó a Cervantes a simple medio conducente al fin: Nuestro Señor Don Quijote. Más eficacia pudo tener, a la larga, la novela caminada y conversada de Pío Baroja, en la que no es raro tropezar con un hombre empujado a la aventura que dialoga por caminos de perfección o de imperfección con otro hombre más discursivo y menos alterado. Signo cervantesco ostenta también Belarmino y Apolonio, de Ramón Pérez de Ayala, aunque estropeado por la explicitud con que el narrador plantea el contraste entre el zapatero filósofo y el zapatero dramaturgo, y por las glosas ensayísticas con que, en vez de contentarse con hacer perspectivismo, se entretiene en desarrollarlo teóricamente.

En 1940, como veinticinco años atrás, el más valioso estímulo al aprovechamiento de Cervantes estaba en las Meditaciones del Quijote de Ortega y Gasset, quien, sin dejar de explorar el significado del Caballero, había dedicado tan temprano ensayo de explicación salvífica al escritor Cervantes, o mejor, a su novela en cuanto novela. Este traslado del fervor por el personaje (tan clamado por Unamuno) a la estudiosa atención hacia el arte de novelar de Cervantes determina el rumbo que tomarán después críticos eminentes como Américo Castro y Joaquín Casalduero, o novelistas como Francisco Ayala, por citar uno solo del tiempo de entreguerras. Y, viniendo así al primer aspecto escogido, no resulta extraño que aquellos a quienes voy a referirme (Torrente Ballester, criado en la lectura de Ortega, pero también Martín-Santos, Goytisolo y Benet, más alejados de tal lectura) hagan girar sus reflexiones no sobre Don Quijote, sino sobre el Quijote.

Mucho llamó la atención poco después de 1962 el pasaje de Tiempo de silencio en que se ofrece la meditación de Pedro, el médico, acerca de Cervantes, mientras deambulaba por el Madrid nocturno de 1949. Hubo de llamar la atención ese texto, entre otros motivos, por el largo olvido en que se había dejado a Cervantes. Los novelistas de los años 40 y 50 se habían acogido más bien al modo picaresco que al cervantino. Se veía más «realismo» y más «crítica» en aquél que en éste: la picaresca presentaba la pobreza, el hambre, la marginación, el afán de medro; el Quijote, apenas.

Henchido de voluntad testimonial, Juan Goytisolo ponderaba en 1957 la gran lección de la picaresca, consistente en «ofrecemos, con un coraje y una valentía inhabituales, una imagen cruel, certera, de la sociedad», en lugar de abandonarse a sueños gloriosos o místicos [2.].

Pero he aquí a Pedro, en Tiempo de silencio, monologando por callejuelas del centro de Madrid donde fue vecino el manco famoso:

Cervantes, Cervantes. ¿Puede realmente haber existido en semejante pueblo, en tal ciudad como ésta, en tales calles insignificantes y vulgares un hombre que tuviera esa visión de lo humano, esa creencia en la libertad, esa melancolía desengañada, tan lejana de todo heroísmo como de toda exageración, de todo fanatismo como de toda certeza? ¿Puede haber respirado este aire tan excesivamente limpio y haber sido consciente como su obra indica de la naturaleza de la sociedad en la que se veía obligado a cobrar impuestos, matar turcos, perder manos, solicitar favores, poblar cárceles y escribir un libro que únicamente había de hacer reír? ¿Por qué hubo de hacer reír el hombre que más melancólicamente haya llevado una cabeza serena sobre unos hombros vencidos? ¿Qué es lo que realmente él quería hacer? ¿Renovar la forma de la novela, penetrar el alma mezquina de sus semejantes, burlarse del monstruoso país, ganar dinero, mucho dinero, más dinero para dejar de estar tan amargado como la recaudación de alcabalas puede amargar a un hombre? No es un hombre que pueda comprenderse a partir de la existencia con la que fue hecho [3].

Lo que en principio suscita la reflexión del viandante es, según se ve, el caso personal de Miguel de Cervantes, su equilibrio, su clarividencia para comprender el mundo y sobreponerse a la adversidad, lo excepcional de su existencia y lo enigmático de su hazaña literaria. A ésta va dedicado el resto de la meditación, estructurada en seis espirales sucesivas, que, abreviadamente, configuran este razonamiento: cierta moralidad permite leer libros de caballería siempre que se reconozca que el bello mundo que describen es falso; un hombre decide creer en ese bello mundo y darle ser, con lo que «el mal» se hace realidad; a ese hombre le llamaban «el Bueno»; ese hombre sabe que el bajo mundo es malo y su locura consiste en creer en la posibilidad de mejorarlo, lo cual induce a reír; pero tal vez hubiera que crucificar al loco risible, pues lo escandaloso de su locura está en que pretende realizar aquella moralidad en que decían creer los que de él se reían; sin embargo, como «está loco», no hay que llevar las cosas tan lejos:

«En ese “hacer loco” a su héroe va embozada la última palabra del autor. La imposibilidad de realizar la bondad sobre la tierra, no es sino la imposibilidad con que tropieza un pobre loco para realizarla. Todas las puertas quedan abiertas. Lo que Cervantes está gritando a voces es que su loco no estaba loco, sino que hacía lo que hacía para poder reírse del cura y del barbero, ya que si se hubiera reído de ellos sin haberse mostrado previamente loco, no se lo habrían tolerado y hubieran tomado sus medidas montando, por ejemplo, su pequeña inquisición local».

La historia del loco, en fin, habría servido a Cervantes de «fatiga divertida» con que, olvidando carencias, desprecios y desgracias, «poder no enloquecer» (p. 64).

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‘Marga’, el diario de Marga Gil Roësset

Cubierta Diario Marga Gil Roësset Largamente esperada, la edición de Marga hace realidad uno de los proyectos más queridos del poeta de Moguer, nunca hasta ahora llevado a efecto. El Diario de Marga Gil Roësset, más los poemas, prosas o apuntes que Juan Ramón Jiménez y su mujer, Zenobia Camprubí, dedicaron a su joven amiga, se reúnen en un volumen prologado por Carmen Hernández-Pinzón, representante de los herederos del poeta, y una semblanza de la artista a cargo de su sobrina la escritora Marga Clark.

Vida y muerte transitan en la existencia una misma dirección aunque sus caminos, desde luego, tracen muy diversas rutas. A juicio de Hannah Arendt (en sus diversos comentarios sobre la Ilíada de Homero) fue nuestra condición mortal, y la conciencia que de ella poseyeron los griegos, lo que empujó definitivamente a los Aquiles, Áyax y Héctor a dejar la comodidad de sus casas para adentrarse en el terreno agonal de la guerra y, en fin, dar con la ansiada inmortalidad. Y es que, como también recordaba Novalis en uno de sus poemas más tardíos, sólo a los dioses les es posible alcanzar la quietud y la gloria sin acción; a los seres humanos, por el contrario, nos es dado actuar para llevar a cabo nuestros asuntos. Únicamente a través de nuestros actos, aseguraría más tarde Schopenhauer, nos es posible conocernos: tan sólo poniendo en juego aquello que somos podremos descubrir –en un movimiento de la mismidad que va de dentro afuera, para a través de la reflexión recorrer después el sendero inverso– nuestra auténtica vocación. Al igual que los protagonistas de las aventuras homéricas, como explica Carmen Hernández-Pinzón en el emocionante y emocionado “Prólogo” de Marga, la pequeña de la familia Gil Roësset pasó por las vidas de Juan Ramón Jiménez y su mujer, Zenobia Camprubí, “como una estrella fugaz, dejando una impronta indeleble y un pozo de amargura difícil de subsanar”.

Este párrafo, pretencioso seguramente para nuestra intención, viene a cuento de la necesidad que al escribir esto me impone un sentimiento contradictorio. Escribir sobre Marga Gil Roësset, su desdichada muerte y las circunstancias de su relación con el poeta Juan Ramón Jiménez no es más que escribir sobre una persona de carne y hueso, por emplear la locución en la que insistió el maestro Unamuno. Es decir, escribir simplemente, o sobre todo, de un simple ser humano. nada menos, pero nada más.

La trágica figura de Marga Gil Roësset (1908-1932), dibujante y escultora de vanguardia, está marcada por su temprano suicidio a los 22 años de edad a causa del amor no correspondido que sentía por Juan Ramón Jiménez. De temperamento rebelde y personalidad decidida —“ejemplo de vitalidad exaltada, de voluntad constante, de capricho enérjico”, en palabras de J. R. Jiménez—, Marga se había declarado sin éxito al poeta, que contaba entonces 50 años y lamentó profundamente la muerte de su admiradora. Rescatada del olvido en los últimos años, la escasa obra conservada de Marga ha sido celebrada por una originalidad que la equipara a las principales artistas europeas del periodo.

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Nietzsche y Kafka, lectores de Dostoievski

La vida y las obras de los hombres son el fluido del río heraclitiano al que todo converge y en donde todo evoluciona y todo se trasforma. Porque, al igual que en la evolución biológica, la cultura evoluciona, se reproduce, muta y se trasforma y de generación en generación se trasmiten aquellos elementos que permanecen, tal y como define Jorge Luis Borges el palimpsesto:

“En el que deben traslucirse los rastros —tenues pero no indescifrables— de la “previa” escritura de nuestro amigo” (Jorge Luis Borges, Ficciones).

A manera de juego, he aquí una breve mirada a algunas de las correspondencias genéticas en la línea de evolución cultural por la cual se conectan tres de los grandes: Fiódor Mijáilovich Dostoievski, Friedrich Nietzsche y Franz Kafka.

Dostoievski

Dostoievski, joven

Dostoievski, joven

Fiódor Mijáilovich Dostoievski, fue un gran lector y de sus lecturas nutrió su escritura. Primero, Balzac y Gogol, a los que casi imitó. Luego, leyó en el encierro de su cautiverio siberiano las novelas de Charles Dickens, Los papeles de Pickwick y David Copperfield, las cuales, entre muchas otras lecturas, influyeron la escritura de sus grandes novelas, las que escribió a partir de su liberación de la prisión siberiana. Pero no fueron esas las únicas y más primordiales materias nutricias, pero si algunas de las más significativas.

Sin embargo, no sólo de literatura se nutre la escritura de Dostoievski, también él se interesa por la filosofía y las ciencias de su tiempo, por ejemplo y para el asunto que estoy tratando de mostrar, es curioso, por no decir asombroso, el que una vez liberado, le solicite a su hermano que le envié, entre otros libros, uno y muy especial que tendrá profundas repercusiones en sus novelas, pero, por el cual y para el caso, se establece una estrecha y extraña conexión con Nietzsche, mucho antes de que este lo leyera a él.

Se trata del libro más influyente de Carl Gustav Carus, Psyche, el mismo que también fue lectura para Nietzsche:

“Recién liberado de su prisión siberiana, Dostoievski solicita a su hermano que le envié, junto con una significativa lista de libros, “el Carus”: Psyche, que le era un libro familiar y conocido desde mucho antes, tanto para él como para su hermano” [1].

El filósofo y psicólogo Carl Gustav Carus, fue uno de los precursores en la teorización del inconsciente, al que consideraba subjetividad y naturaleza. Un inconsciente que era tanto natural como espiritual. Asuntos que incidirán de manera notable en la naturaleza psicológica y espiritual de los personajes de las grandes novelas de Dostoievski.

Esa extraña conexión me sirve de pretexto para explorar en las controvertidas lecturas que Nietzsche hiciera de Dostoievski y en las que, años después, realizara Franz Kafka de ellos dos.

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Santiago Ramón y Cajal: ‘Cuentos de vacaciones’

Explicar los conocimientos científicos a los no científicos es una actividad que el estudioso de la ciencia en ocasiones se impone. Las razones son al menos tres.

a) Se entiende el conocimiento científico como universal. Esto es, como propiedad de toda la humanidad.

b) El conocimiento científico es algo que en el mejor de los caso podría ser comunicado de forma que el receptor lo comprenda por completo. Al contrario que en una obra artística, ya que en ese caso el hecho de que nadie la pudiera entender no invalidaría su valor como arte.

c) El científico quiere compartir algo de sus conocimientos e intuiciones con el público general, ya sea porque quiere transmitir la belleza que la visión científica del mundo implica o porque los adelantos científicos afectarán, o deberían afectar, de forma poderosa a la vida de todos.

Ramon y Cajal, por Sorolla

Ramon y Cajal, por Sorolla

Alguna combinación de estos factores pudo impulsar a Santiago Ramón y Cajal a publicar en 1905 una serie de cuentos reunidos en un volumen titulado Cuentos de vacaciones. Los cinco cuentos que contiene tienen todos un eminente carácter pedagógico. En todos ellos Ramón y Cajal quiere enseñar algo al público lector español de la época aunque sea la desconfianza y el cuidado ante los avances científico. Ya en el prólogo afirma que uno de los cuento encierra un transparente símbolo de los males y remedios de la patria (p. 8)

Si bien estos cuentos no pertenecen al género de la ciencia-ficción, algunos demuestran un claro elemento especulativo muy cercano al género. Todos plantean dilemas sociales y morales de compleja solución producidos por algún tipo de avance científico, o por la no correcta aplicación de una educación científica. El mismo subtítulo del libro —Narraciones seudocientíficas— acerca las historias a una cierta forma de protociencia-ficción.

A secreto agravio, secreta venganza

El Dr. Max v. Forschung es el afortunado autor de brillantes descubrimientos fisiológicos y bacteriológicos. Tiene cincuenta años y vive feliz en su condición de sabio eminente. Su carácter quedará bien claro en este párrafo:

Hallábase a la sazón Forschung en plena fecundidad científica. Cada seis meses descubría un microbio patógeno, y cuando por excepción no hallaba nada nuevo, sabía demostrar ce por be que los microbios descritos por lo bacteriólogos rivales eran miserables bacilos descalificados o ebolaos, incapaces por ende de virtud patógena en el hombre y en los animales. Ya se comprenderá que semejante aseveración no agradaba a los adversarios del maestro, que hubieran preferido topar con gérmenes morbosos capaces de llevar la desolación a media humanidad. (p. 12)

Pero hete aquí que después de cincuenta años de celibato —el hombre, entre bacilo y bacilo no tenía demasiado tiempo para el amor— aparece Miss Emma Sanderson de 24 años y doctora en Filosofía y Medicina por la Universidad de Berlín. él se enamora, ella lo considera un buen partido, se casa y van de luna de miel al oriente próximo en busca de nuevo bacilos patógenos.

Quede claro sin embargo que a los cincuenta y tres años y con mujer joven y bonita, el culto excesivo de la ciencia es un tanto peligroso… Después de algunos años de matrimonio ella se ha enamorado de un ayudante llamado Heinrich Mosser. El doctor lo sospecha y no duda en contaminar a su ayudante con tuberculosis de vaca. Su mujer también queda contaminada demostrando así la infidelidad y el hecho de que la tuberculosis de vaca puede transmitirse a los humanos —esta última noticia causa gran satisfacción al doctor Forschung.

La pareja es internada en un sanatorio. Mosser muere y el doctor Forschung trabaja noche y día para descubrir un suero que salve a su esposa. Ella es finalmente salvada y el matrimonio se reconcilia.

Pero su mujer sigue siendo joven y bonita, por lo que el doctor —ante la imposibilidad de descubrir un suero que le rejuvenezca— decide crear un suero que envejezca a su esposa. La senilina —así bautizada— marchita el rostro y hace mayor a una persona joven. Administrado el tratamiento —al que Emma tímidamente se opone— los resultados no pueden ser más espectaculares, ya que todo el mundo piensa que la mujer del doctor ha muerto y este se a vuelto a casar con una hermana mayor de Emma.

Aquí acaba la narración, pero en una suerte de epílogo Forschung cuenta al narrador lo sucedido con el descubrimiento. Esta resulta ser la parte más interesante del cuento. Se nos dice:

Por lo pronto, ensayada [la senilina] cuidadosamente en delincuentes y locos por una Comisión de médicos legistas, ha producido, mediante inyección intravenosa, sorprendentes efectos psíquicos, resultando ser un soberano moderador de los impulsos criminales y un maravillosos sedante de la voluntad. (p. 51)

Pero donde el productor se nos presenta como verdaderamente amenazador es posteriormente cuando se afirma:

Algunos sociólogos individualistas, preocupados por la creciente amenaza del socialismo y anarquismo, han emprendido (con la consiguiente reserva) ensayos de inoculación de la nueva senilina en las clases desheredadas y conseguido resultados verdaderamente alentadores. No menos interesantes son los éxitos obtenidos recientemente por las misiones alemanas del África central. Según carta del Rv. Schaffser, que a la vista tengo, dicha panacea es un poderoso auxiliar de la evangelización, puesto que debilita notablemente el rudimentario sentido crítico de las tribus negras y apaga el ardor y fanatismo de los santones mahometanos (p. 51-52)

Cuentos de vacaciones

Cuentos de vacaciones

Este debe ser uno de los  ejemplos más tempranos sobre el control social por medio de drogas. Y queda claro —por si el brutal tratamiento al que somete a su esposa no fuese suficiente— también la increíble falta de ética del sabio. Son evidentes las limitaciones como cuentista de Santiago Ramón y Cajal. Ha invertido más de cuarenta páginas en contar la historia de Forschung, intentando mostrar la peor del carácter de los sabios, cuando podía haber empleado muchas menos y hacerlo con mayor claridad. Si no fuese por la parte final del cuento y porque en el prólogo nos dice que aquí pretende mostrar algunos rasgos salientes de la psicología de los sabios, esencialmente amoral y profundamente egotista (hay excepciones naturalmente) no quedaría definida nuestra reacción ante el personaje.

Pero queda también patente su preocupación por el destino de la humanidad. Algo todavía más sorprendente si tenemos en cuenta que si bien Cuentos de vacaciones fue publicado en 1905 lo cuentos que contiene fueron escritos entre 1885 y 1886 —según dice el mismo en el prólogo. Es evidente que Santiago Ramón y Cajal había meditado muy profundamente sobre las implicaciones sociales de sus propios descubrimientos.

El cuento termina con una nota de advertencia para España. La senilina ha sido adquirida por varios gobiernos —entre ellos el español— como medio de control social y el narrador reflexiona:

En nuestro país la senilina no hará efecto porque ya estamos adormecidos con otras drogas de pensamiento. Probablemente, lo que Santiago Ramón y Cajal pretendía con un libro como este era contribuir a un cambio de la situación social de España. El resto de los cuentos, que trataré más brevemente, describen variaciones sobre estos mismos temas.

El fabricante de honradez

En cierta forma, el fabricante de honradez repite el esquema de a secreto agravio, secreta venganza en lo que a advertencia se refiere. El doctor Alejandro Mirahonda —muy querido en su pueblo, Villabronca— expone ante los notables el descubrimiento de un suero de maravillosas propiedades:

Este suero —decía el doctor—, o dígase antitoxina, goza del a singular propiedad de moderar la actividad de los centros nerviosos donde residen las pasiones antisociales: holganza, rebeldía, instintos criminales, lascivia, etc. Al mismo tiempo exalta y vivifica notablemente las imágenes de la virtud y apaga las tentadoras evocaciones del vicio… (p. 59)

Tan extraordinarias son las pruebas que el ayuntamiento establece la vacunación obligatoria. Pero la tranquilidad desatada sobre la población se hace insoportable y finalmente es preciso devolver las cosas a su estado anterior. Así se hace, con el resultado de que las pasiones adormecidas del pueblo se precipitan en una orgía de desenfreno.

Pero el experimento había sido un completo fraude. Realmente el doctor era un experto hipnotizador que había controlado de esa forma la voluntad del pueblo. Su propósito era demostrar que tal cosa era posible, pero es el mismo quien cuestiona la bondad de tal acto al reflexionar:

[…] Demuestran mis experiencias la posibilidad de abolir la delincuencia y de imponer, sin luchas ni protestas, resignación a la miseria y al trabajo y robusta disciplina social. Mas semejante estado de cosas ¿es conveniente al progreso? ¿Estamos seguros de que la finalidad de la raza humana consiste en vegetar indefinidamente en el sosiego y la mediocridad? La suavidad y armonía de las relaciones sociales ¿no acabaría por forjar una humanidad estática y rutinaria, linfática y anodina, ahíta de fórmulas y precedentes, incapaz de todo punto para las vibrantes luchas de la civilización? La supresión del mal ¿no implicaría quizá el mayor de los males? (p. 86)

Su conclusión final es:

En resumen: mientras el animal humano sea tan vario y comparta las pasiones de la más baja animalidad será necesaria, para que el desorden no dañe al progreso, la sugestión política y moral; más esta sugestión ni deberá ser tan débil que no refrene y contenga a los pobres de espíritu y salvajes de voluntad ni tan enérgica e imperativa (cual lo sería la sugestión hipnótica) que menoscabe y comprima en lo mas mínimo la personalidad ética e intelectual de los impulsores de la civilización. (p. 89)

La casa maldita

Este es un curioso cuento con moraleja. Julián, un joven doctor arruinado adquiere una hacienda que se supone embrujada. Pronto descubre que todo lo que allí a sucedido es producto única y exclusivamente de causas naturales que tienen fácil solución recurriendo a la química. Consigue recomponer la hacienda y hacerla próspera. Ya está. Ramón y Cajal sostiene ese argumento con el andamiaje de una historia de amor, muy similar a la de otros cuentos del mismo libro. Su propósito era simplemente alentar a los demás a considerar causas naturales para sus problemas y no recurrir a la superstición.

Julián solo tiene fe en dos realidades: luchar para vivir y vivir para amar. Para volver a hacerse rico en poco tiempo, decide comprar y explotar una finca abandonada, que es conocida como «la casa maldita»: en efecto, corre la leyenda de que todas las personas que la ocupan mueren o enferman antes de un año, desde que la habitó un «perro protestante». Instala en la finca un completo laboratorio bacteriológico y detecta un alto grado de insalubridad: la malaria y el paludismo, y no ninguna maldición, son la explicación racional de que todos sus habitantes anteriores enfermasen. Sanea la finca, «Villa Inés», y la explota con fortuna. Pasan varios años. Julián ha emprendido campañas de higienización por toda la comarca, convirtiéndose en un apóstol abnegado de la ciencia. Además de su finca, explota unas minas con pingües beneficios que le hacen millonario. Todos ven en él un propietario científico y patriota. Julián e Inés se casan; son felices y tienen varios hijos; ya viejos, muere ella, y Julián, cuando se siente abatido, mira una foto que se tomaron juntos. El relato acaba con esta exclamación: «¡Sí, la vida es buena y la felicidad existe…, sólo que… dura tan poco!» (p. 151).

Lo que no puede evitar hacer es colocar en medio de la historia una discusión entre Don José, el cirujano del pueblo, Allan Kardec, un espiritista, Ramascón, un viejo capitán de navío, y don Timoteo, donde discuten entre todos el valor de la religión, la ciencia y la superstición en el mundo. El propósito del diálogo es evidentemente dar varios puntos de vista que sirvan para que el lector pueda extraer sus propias opiniones. El diálogo no es particularmente cientifista, aunque coloca al conocimiento científico (que no a los científicos) en una buena posición.

Desde el punto de vista estilístico, es interesante la descripción de uno de los encuentros amorosos de Julián e Inés (las palabras, el tacto, el beso que se dan…) visto como un proceso bioquímico:

En aquel enajenamiento de la carne exasperada de amor había algo así como ebulliciones de protoplasma fecundo, clamores sordos de células vírgenes de actividad, impulsos centrífugos irresistibles… (p. 121).

El pesimista corregido

Es este el cuento que más se acerca al género en lo que a especulación se refiere. Juan Fernández es un joven doctor bastante pesimista. Después de suspender unas oposiciones se hunde en una terrible depresión. En ese estado critica la existencia del mal en el mundo y en particular de las bacterias patógenas. En medio de uno de tales monólogos se le aparece el numen de la ciencia para aclarar algunas de sus dudas. Juan, sin embargo, no se deja convencer y pregunta por qué la humanidad no tiene una vista más desarrollada, para al menos ser consciente de eso agentes patógenos. El numen, para convencerlo, le dota durante un año de una vista prodigiosa. Si bien el procedimiento es sobrenatural la explicación es muy científica:

Sus ojos se habían convertido en microscopios, y no en virtud de alteraciones en la dióptrica ocular (imposible, por otra parte, sin cambiar la forma y dimensión del aparato visual) sino a causa de la extremada finura de la organización retiniana y vías ópticas y de la exquisita sensibilidad de las sustancias fotogénicas residentes en los corpúsculos visuales. Cada cono o célula impresionable de la fovea centralis había sido descompuesta en centenares de sutilísimos filamentos individualmente excitables, y la misma multiplicidad de conductores había sobrevenido también en los nervios ópticos y centros visuales del cerebro. En realidad, Juan no veía los objetos más grandes, sino más detallados: el ángulo visual seguía siendo el ordinario; pero, en cambio, la membrana sensible del globo ocular, de resultas de la susodicha multiplicación de las unidades impresionables, gozaba ahora de la preciosa virtud de discriminar y diferenciar objetos y colores bajo fracciones angulares casi infinitesimales. Por consecuencia de tan estupendo perfeccionamiento, percibía nuestro protagonista (situado a la distancia de la visión distinta) las cosas como si estuvieran colocadas en la platina de potente microscopio. (p. 171-172)

Pero el protagonista —apagada la inicial alegría— pronto descubre que ver el mundo de esa forma no es precisamente cómodo. La luz potente le molesta, ve todo el mundo invisible de gérmenes —incluso es capaz de reconocerlos— que rodea la vida humana, la belleza carece de aliciente ya que aprecia hasta los más finos detalles e irregularidades:

Porque, preciso es reconocerlo, para el desilusionado Juan todas las mujeres se asemejaban al luminar de la noche, es decir, que se le presentaban salpicadas de horribles cicatrices variolosas. (p. 177)

Gracias a su exquisita sensibilidad retiniana, que le permitía discriminar partículas diáfanas, solamente perceptibles para el micrógrafo en preparaciones coloreadas reconoció, no sin alguna dificultad, en el esputo disco anaranjado (glóbulos rojos); esferas transparentes gelatiniformes que se estremecía al contacto del aire (leucocitos); películas diáfanas, esto es, célula epiteliales de la boca y fauces; fibras elásticas semejantes a látigos chasqueantes; corpúsculos vibrátiles de la tráquea, cuyos hilianos y aterciopelados apéndices vibraban acompasadamente cual espigas en campo de trigo; numerosos microbios que retorcían sus flagelos al luchar con la desecación, y en fin, la terrible bacteria de la tuberculosis cabalgando amenazadora en viscosos y transparentes glóbulos de pus. (p. 178)

Finalmente el protagonista recobra al cabo de un año la visión normal. Aprende la lección y decide ser más tolerante con los demás; y variar su conducta ajustándola a lo que él considera que es el orden natural.

El hombre natural y el hombre artificial

Este es el cuento que mejor expresa lo que Cajal pretendía con este libro. Se trata de una larguísima conversación entre dos viejos amigos educados de forma muy diferente. El hombre artificial ha tenido una educación eminentemente religiosa muy orientada al estudio de la teología clásica, mientras que el hombre natural se ha criado en la observación y estudio de la naturaleza.

Durante el diálogo se tratan muchas cuestiones importantes sobre la religión y la ciencia. Pero no es un diálogo entre opuestos, porque el hombre artificial a consecuencia de varios incidentes desagradables en su vida a comenzado a mirar con recelo la que fuera su educación. Finalmente acepta los ideales de investigación de su amigo.

Las intenciones del cuento son evidentes: impulsar un debate que ayudase al desarrollo de una educación que mejorase la capacidad científica y técnica de España.

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Queda claro de estos resúmenes que la pretensión de Santiago Ramón y Cajal con estos cuentos era principalmente pedagógica. Todos poseen una gran carga satírica, que se presta bien al análisis de lo que allí se propone. Estos cuentos podían haber sido el comienzo en España de una forma literaria, similar a la de H. G. Wells, que explorase las implicaciones de la visión científica del mundo.

¿Por qué no fue así? La respuesta es bien simple: la primera edición de Cuentos de vacaciones no llegó a distribuirse formalmente. Aparentemente, Santiago Ramón y Cajal la hizo imprimir para luego distribuirla entre conocidos y amigos. Eso impidió, por supuesto, que el libro tuviese un impacto significativo en la cultura española. El sueño pedagógico de su autor se perdió por su propia mano.

D. J. O’Connor en su artículo Science, Literature and Self-Censorship: Ramón y Cajal’s ‘Cuentos de vacaciones’ (1905) propone que la razón por la que Ramón y Cajal limitó la circulación de su libro fue no poner en peligro sus propias investigaciones científicas y el progreso científico de España en general. Afirma que temía que muchas de las ideas contenidas en el volumen atrajesen la censura de poderosas instituciones.

¿Y si el libro hubiese tenido una distribución más amplia? ¿Tendríamos hoy una tradición como la del Scientific Romance británica, de la que Wells es su máximo exponente, una literatura que tratase las implicaciones filosóficas, sociales y éticas de los avances científicos? Esa es una literatura que podía haber sido.

 

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