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Noam Chomsky y la globalización

Noam Chomsky

En las últimas décadas, el fenómeno de la globalización se ha convertido en uno de los problemas más cruciales de nuestra época. Existen muy numerosos libros acerca de la globalización, muchos de ellos contradictorios por sus conclusiones. También se han publicado numerosas definiciones acerca de la globalización, pero quizás la más esencial es la que la considera como la forma actual en la que se manifiesta el capitalismo. Aunque el fenómeno de la mundialización de la economía apunta ya hacia la globalización, no abarca al fenómeno en su totalidad. La mundialización se comenzaba a dar ya a mediados del siglo XIX, hasta el punto de que ya en 1848, Marx y Engels, en su famoso Manifiesto Comunista, preveían las consecuencias internacionales que iba a tener tal fenómeno como consecuencia de la creciente internacionalización de las fuerzas productivas.

En los libros editados sobre la globalización —cada vez más numerosos— y en muy diversas conferencias, se dan abundantes apologistas de la globalización y también numerosos analistas fuertemente críticos de la misma. Uno de los más críticos es el célebre lingüista norteamericano Noam Chomsky. Un análisis global del pensamiento de Chomsky sobre la globalización, lo ha realizado el economista Jeremy Fox, profesor de lengua de la UEA de Norwich. Jeremy Fox es muy conocido debido a sus numerosas publicaciones sobre los acontecimientos actuales y a las formas en que el capitalismo mundial utiliza los medios de comunicación para que sigamos comportándonos como se espera.

Jeremy Fox comienza su obra Chomsky y la globalización (Gedisa, 2004) situando política y científicamente a Chomsky:

Noam Chomsky ocupa una posición privilegiada como representante de una perspectiva de izquierda sobre la globalización y el nuevo orden mundial. Chomsky es muy conocido y prolífico escritor de libros, artículos y cartas. También imparte numerosas conferencias, de modo que es fácil encontrar información sobre sus opiniones. En cuanto a su labor de investigación, Chomsky es conocido como el «Einstein de la lingüística moderna», y despierta una admiración casi universal entre sus colegas. Pero como comentarista en temas políticos y sociales, suscita sentimientos encontrados. Sin embargo, desde nuestro punto de vista, las cualidades que probablemente le resultan más útiles a un comentarista de la globalización sean la amenidad, un conocimiento profundo del tema y el sentido común.

En realidad, tal y como Chomsky suele evidenciar, Estados Unidos no cree en absoluto en el libre comercio aplicado a él, sino aplicado sólo a países no occidentales. Es decir, impone mundialmente lo que EE UU. no practica. Los líderes mundiales, cuyas industrias y comercios han protegido ampliamente a su industria y agricultura, imponen el libre comercio a los países pobres. Es la típica «ley del embudo.

En cuestiones de política exterior, Chomsky suele referirse al alto nivel de adoctrinamiento que se da en su país, lo cual provoca que muchas personas, especialmente del sector culto, no reaccionen contra políticas neoliberales que las perjudican gravemente. El objetivo básico de la globalización económica, es globalizar toda la economía mundial, y puesto que EE UU. es el país más rico del planeta y controla la economía mundial, con el apoyo de sus organismos satélites (el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial y la Organización Mundial del Comercio) ello significa que la economía mundial está siendo inexorablemente adaptada para amoldarse a los inversores y a los empresarios de los EE UU. Según reconoce Will Hutton, en sus conversaciones con Anthony Giddens (En el límite: la vida en el capitalismo global. Tusquets Editores, 2001), «lo que quiere decir […] es que la América liberal está entre la espada y la pared; que los neoconservadores están en auge y han sido implacables en la persecución de sus intereses, moldeando la globalización según los intereses de Estados Unidos».

Hutton y Giddens también precisan que «El capitalismo global se está volviendo más duro y feroz. En un mundo globalizado se considera correcto y adecuado que los ganadores amasen una enorme fortuna, mientras que los perdedores viven en la miseria. Puesto que el sistema económico mundial está basado en los beneficios, la desigualdad es algo normal, natural y deseable. El 70% de la actividad económica mundial es mera especulación y en los búnkeres donde se amasan enormes fortunas no se produce nada». Es decir, nada excepto riqueza para los privilegiados.

El argumento habitual a favor del libre comercio liberalizado es que éste conducirá a un aumento generalizado de los niveles de vida. La experiencia ha demostrado que, con la apertura de los mercados comerciales y financieros, los inversores y empresarios han ganado mucho más dinero, pero gran parte de los países más pobres han sido las víctimas de un descenso pronunciado de sus niveles de vida.

Según precisa Noam Chomsky,

«Para la mayor parte de la población, incluso en un país tan rico como EE.UU., los sueldos se han estancado o han descendido a lo largo de los últimos 25 años, mientras que el horario y la inseguridad laboral han crecido mucho. La economía mundial ha descendido en el mismo periodo de tiempo (de forma considerable) para una gran parte de la población mundial, las condiciones son horrorosas y a menudo se deterioran, y lo que es más importante, la correlación entre el crecimiento económico y el bienestar social que a menudo se ha dado (por ejemplo, durante la posguerra o la preliberalización ) se ha truncado.

Incluso en los EE UU, el 20% de la población vivía en un estado de pobreza posmoderna en 1998, cuando se publicó el libro de William Finnnegan, Cold New World:

Aunque la economía nacional ha ido creciendo, las perspectivas económicas de la mayoría de los estadounidenses han ido menguando. Para la inmensa mayoría de los trabajadores norteamericanos, los salarios reales por hora han descendido mucho en los últimos 25 años. Lo que el triunfalismo de los textos empresariales estadounidenses ignora es el aterrador crecimiento de los empleos con sueldos bajos. Este crecimiento ha permitido que un 30% de ellos no gane lo suficiente para sacar a su familia de la pobreza.

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La desigualdad en la distribución de la riqueza no es ya el agente de movilización electoral

 
La mayoría de los debates acerca del futuro de la izquierda se centran actualmente en dos conceptos: La (in)capacidad de movilizar a un electorado que siempre es exigente en el cumplimiento de las políticas de izquierda y la necesidad de centrar el mensaje político alejándose de las estrategias tradicionales de la izquierda, pero que ahora se ven caducas en esta fase avanzada del capitalismo.




Para los primeros, el problema es que la izquierda no es muy lúcida a la hora de convencer a sus potenciales electores de que tiene la solución a sus problemas. Esta línea de pensamiento parte de la base de que, a grandes rasgos, la izquierda no sólo tiene razón (histórica y/o moral), sino de que existe una mayoría de votantes potencialmente dispuesta a votar a una izquierda moderna pero fiel a sus principios de siempre. Para los que así piensan, el que los votantes no respalden mayoritariamente en las urnas las opciones de izquierdas es un problema de primer orden, pero puede ser imputado a factores endógenos (estrategias de comunicación, calidad del liderazgo o sistemas electorales, entre otros) o bien a factores exógenos, como el hecho de que el poder económico respalde económicamente a los partidos conservadores, lo que situaría a la izquierda en evidente inferioridad de condiciones. También se menciona un factor que, por razones varias (exclusión social o débil cultura política), aquellos que más se beneficiarían de las políticas de izquierda se abstengan de votar, o se señala que las dinámicas económicas (globalización) hagan imposible “la socialdemocracia en un solo país”. En resumidas cuentas, por usar una terminología económica, los partidos de izquierda tendrían un problema de oferta (tendrían que mejorar la calidad de su producto) pero no un problema de demanda (porque habría demandantes dispuestos a comprar su producto). Por tanto, ante una crisis económica como la actual, la respuesta estaría clara: más y mejor izquierda.

Para otros, el problema es que la izquierda no es suficientemente hábil en el sentido de que no está suficientemente centrada para poder abarcar más sectores sociales. En una sociedad moderna políticamente, sólida económicamente y dominada por las clases medias, dicen, los partidos de izquierda se enfrentan a un grave problema de demanda. Puede que sigan teniendo razón, efectivamente, y que sus principios clave sigan siendo validos, pero dado que la democracia es el gobierno de la mayoría, tener razón sirve de poco si uno nunca consigue una mayoría con la que llevar a la práctica sus ideas. Así las cosas, la creencia típicamente izquierdista en un Estado que regule los mercados y que garantice la igualdad de oportunidades mediante (elevados) impuestos progresivos y servicios públicos de calidad podría estar en vías de extinción si sólo el tercio más desfavorecido de la sociedad le concede su apoyo en las urnas. Continuando con la analogía económica, la oferta sería adecuada, pero no habría suficientes demandantes. Aquí, averiguar qué ha pasado con los desertores sería crucial. ¿Han cambiado de intereses, y por tanto de valores, es decir, se han derechizado? O, sin que sea incompatible, ¿han ocupado algunos valores de lo que podríamos llamar la nueva izquierda —especialmente los referidos a la libertad personal, como el aborto, el divorcio, pero también el medio ambiente…— de otros espacios políticos, permitiendo a muchos electores de clase media abandonar la izquierda tradicional sin renunciar enteramente a sus principios? Fuera lo que fuese, en ambos casos, la izquierda tendría que repensar no ya sus estrategias, sino revisar a fondo sus planteamientos.
Ninguna de las respuestas a estas cuestiones es fácil ni inmediata. No obstante, desconocer cuáles son las cuestiones que uno tiene que hacerse es mucho más grave que ignorar las respuestas a esas preguntas. Y da la impresión de que algo así le está pasando hoy a la izquierda. Por un lado, la izquierda se percata de que la falta de equidad en la distribución de la riqueza, las diferencias sociales y la falta de regulación de los mercados han dejado de ser el factor de movilización electoral decisivo que inclina las elecciones a su favor. Por otro, también percibe que los valores de libertad individual no están puestos en cuestión ya que una muy amplia mayoría de los ciudadanos (también en la derecha) no sólo los admite, sino que los practica. A la vez, muchos en la izquierda creen en la libertad económica y de empresa como fuente de prosperidad y de distribución de oportunidades, incluso en lo referido a la prestación de servicios públicos esenciales, debilitando el credo redistributivo de la izquierda.
Con todo este cruce de ideas y valores, la impresión es que el juego político de la izquierda ha quedado como la carta a elegir en una partida de las siete y media: o te pasas o no llegas.

 
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Publicado por en 16 de octubre de 2011 en Economía

 

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