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De libro a libro

artEs curioso cómo volver a un libro desencadena una serie de recuerdos de otros, atados en la memoria no por su relación entre ellos, sino por haberlos leído en la misma etapa de aprendizaje. Como lector, me crié mezclando libros de Los Cinco Enid Blyton, del Guillermo de Richmal Crompton y toda clase de tebeos con las tragedias de Shakespeare, el Quijote, por curiosidad que se convirtió en devoción, como algunas novelas de Dickens y Dostoievski, o la poesía, el teatro y las prosas de García Lorca, todos ellos en aquella colección de Obras Completas de Aguilar que mi padre compraba. Todo eso, perdonen, hasta los 14 años.

Creo que siempre fui un introvertido y la lectura no me salvaba del mundo, qué estupidez: yo lo que quería es estar en el mundo, pero como se suele decir, también hay otros y a ellos me llevó primero la curiosidad y después la afición. Mis amigos, que conocían esta inclinación, me regalaron el día en que cumplí esos 14 años otro tocho: el Tom Jones de Henry Fielding —supongo porque creían que era una biografía del Tigre de Gales—, novela que no leí hasta muchos años más tarde. Por cierto que tanto esta novela picaresca como su otra satírica Joseph Andrews son las que confirmaron en el siglo XVII que nuestro Cervantes ideó la novela moderna: “escrita a imitación del estilo de Cervantes, autor de Don Quijote”, escribe en el prólogo.

Todo esto viene, más que otra cosa, a repasarme los sesos, que buena faltas le han un lavado, pulido y no abrillantado, que eso sería imposible. Digo que esto viene, paciente y desocupado lector, a que después de ese cumpleaños fue cuando me vine a Sevilla, no con la intención de hacerme un hombre de provecho, sino porque así le vino bien a mi querido padre pensando en que si habíamos de seguir estudiando, mejor ir a la montaña mejor que no esperar sentados en su ladera.

Y en esto que tuve la suerte de hacer el 6º de Bachillerato y el COU (primera promoción a modo de relajado ensayo en algunas ciudades, vamos que fui cobaya por un curso) en un instituto con un claustro tan fabuloso como no han visto los siglos. Tanto que consiguió que me pasase a Letras por amor a la Literatura al tiempo que, por primera vez, me apasionara por la Física y las Matemáticas. Además de inaugurar mi breve carrera como actor con una versión de la mítica Castañuela 70, (¡Ay, Moncho Alpuente, que estás en los cielos!), otra de A Belén, pastores de Alejandro Casona, a la que dimos tres vueltas y media, y el Miles Gloriosus del gran Plauto. Y, por supuesto, más libros.

Entonces, entre otros muchos, uno al que (¡por fin!) pude rendirle tributo hace un par de días y que fue para mí una revelación. Ya había leído (¡lo que son los buenos compañeros!) al señor Camus. Primero fue El Mito de Sísifo, que me dio un aldabonazo, y luego La Peste. Teniendo en cuenta que los leí al tiempo que la obligada lectura de La rebelión de las masas, del ínclito Ortega, comprenderán que nuestro maestro me cayera mal desde esa lectura y que considerara La deshumanización del Arte como una solemne estupidez cuando yo estaba descubriendo a los surrealistas y otros de su estirpe gloriosa.

 “Es curioso cómo volver a un libro desencadena una serie de recuerdos de otros”, señalaba al principio. Porque de lo que quería escribir era de dos pestes o ratas: las de Albert Camus y las de Günter Grass. Pero eso, por asepsia organizativa y como penitencia lo dejamos para mañana.

 

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