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Manuel Vázquez Montalbán (II): El Poeta

Manuel Vázquez Montalbán

La literatura es sólo lenguaje, pero el lenguaje está cargado de tiempo, de tiempo significante, y a  esa fatalidad de transmitir el tiempo significante no puede escapar ningún escritor. 

Manuel Vázquez Montalbán

Introducción

Es casi un lugar común afirmar que de la larga trayectoria literaria de Manuel Vázquez Montalbán la zona más opaca, menos analizada y, quizá, menos valorada por la crítica, sea la poesía. Hay causas objetivas que, en buena medida, lo explican: es autor de una amplísima, casi abrumadora, obra narrativa; el periodismo y el columnismo ha situado en el centro de atención de un muy alto porcentaje de lectores sus reflexiones sociológicas y políticas; su dedicación al ensayo y al memorialismo colectivo han tenido una presencia de primer orden en nuestra realidad literaria. Y hay una causa subjetiva: su poesía contestó el canon culturalista de la época manteniendo una mirada crítica sobre el mundo, apostando, más que por una poesía de la cultura sustentada en la cultura, tan propia de sus coetáneos a finales de los sesenta y principios de los setenta, por una poesía de la vida, de la existencia, sin eludir sus contradicciones.

En coherencia con ello, Manuel Vázquez Montalbán es autor de una obra lírica heterodoxa y muy poco divulgada —por tanto, sólo muy parcialmente conocida—. Ésta fue construida lentamente, a lo largo de casi cuarenta años, y se inició a mediados de la década de los sesenta, cuando el poeta se encontraba en la cárcel por su militancia antifranquista. En ese tiempo, Vázquez Montalbán construyó un mundo poético reconocible y sólido compuesto por siete libros y por algunos textos inéditos. En sus poemas está la realidad sin ser una poesía realista; hay búsqueda de nuevos significados del lenguaje sin ser poesía experimental; está profundamente teñida de cultura sin ser culturalista; se nutre de la experiencia, de la memoria y de lo cotidiano sin ser poesía experiencial en el sentido más convencional y gastado del término.

Nueve Novísimos

Nueve novísimos [poetas españoles] (Barral, 1970)
Edición/compilación de Josep Maria Castellet con poemas de los 9 magníficos: Manuel Vázquez Montalbán, Antonio Martínez Sarrión, José María Alvarez, Félix de Azúa, Pedro Gimferrer, Vicente Molina Foix, Guillermo Carnero, Ana María Moix, Leopoldo María Panero.

 

Vázquez Montalbán formó parte de Nueve novísimos. Es,en consecuencia, hijo literario de un tiempo de grandes conmociones estéticas, en el que la ruptura con la poesía social y con el realismo entendido en un sentido amplio se traduce en una hegemonía entre culturalista, experimental y barroca. Lo que se dio en llamar «generación del lenguaje» ocupó el lugar que hasta finales de los sesenta vino a ocupar la estética de la generación del 50. Sin embargo, conviene resaltar un aspecto que es vertebral en la poesía de Vázquez Montalbán y que lo singulariza con respecto a sus compañeros de antología: no renuncia el componente crítico de la poesía social ni a los vínculos con lo cotidiano de la obra de los poetas del medio siglo.

En consecuencia, estamos ante una poesía de la experiencia entendiendo ésta como totalidad y con un planteamiento formal innovador. La experiencia que Manuel Vázquez Montalbán convierte en verso es poliédrica: en ella convive el sueño con lo imaginario, la experiencia estética con los distintos estados de conciencia frente a la Historia y frente a la intimidad, incluida la relación amorosa. Y se alternan e interrelacionan la memoria íntima y la memoria colectiva. Por tanto: incorpora a su visión crítica de la realidad, del mundo, algunas innovaciones procedentes de las vanguardias y no renuncia a la experimentación, a lo irracional. A ese respecto no hay más que leer el texto de agradecimiento con que abre Memoria y deseo , su poesía reunida, un texto que publicó por vez primera como pórtico a su primer libro, Una educación sentimental . En él están presentes Vicente Aleixandre y Jorge Guillén, Bertolt Brecht, Eliot y Gil de Biedma, Miguel Hernández; José Agustín Goytisolo y Gabriel Ferrater, Carlos Marx, Vinyoli y Paul Anka o el Dúo Dinámico, entre otros. Todos estos nombres expresan la polifonía de la deuda que asume el poeta barcelonés.

En ese sentido, Vázquez Montalbán fue, de Nueve novísimos, el poeta con menos prejuicios con respecto a la tradición inmediata. Aunque fue crítico con la reiteración de la poesía social, no tuvo ningún problema en asumir su fondo de insumisión. Aunque se empeñó en la búsqueda de un nuevo lenguaje al calor de las vanguardias europeas, no desdeñó la herencia cultural que, a través de la radio, ofreció a su generación la copla. Con esos ingredientes, fue edificando una obra compleja que si bien puede ser contemplada como un amplio collage , se caracterizó por la coherencia, por su carácter unitario y por ofrecernos un mundo absolutamente personal: una Barcelona cuyo origen forma parte de su mitología personal —el barrio del Raval— que es, a la vez, una ciudad con vocación universal.

La apuesta de su primer libro

VÁZQUEZ MONTALBÁN- UNA EDUCACIÓN SENTIMENTAL-EL BARDO.COLECCIÓN POESIA-2º EDICIÓN AMPLIADA

Vázquez Montalbán publica Una educación sentimental en  1967. Es un primer libro maduro en el que afirma una identidad hecha con la  memoria de los antepasados y con la propia memoria. Lo abre un poema que el  paso del tiempo ha convertido en emblemático: «Nada quedó de abril». Lo cual  quiere decir que en el origen de la formación de su identidad está abril .

Un abril con una doble capacidad simbólica: el abril de la República y de la  luz («Era distinto abril, entonces / había alegría, y rastro de mejillones en  la escollera»); el abril de la derrota y del silencio («los geranios se  agostaron en cenizas amarillas / luego / volvieron otras tardes de abril, no  aquéllas / muertas / muertas ya para siempre»). Ese abril adquiere distintos matices a través de la sucesión de imágenes y de pequeñas historias que hacen del libro un recorrido por los escenarios y por las claves culturales de la posguerra y por las distintas fuentes de formación cultural y sentimental de la generación del poeta.

El más directo realismo convive con las fórmulas vanguardistas, la cultura anglosajona y su trasfondo de modernidad con la experiencia carcelaria de un preso político, el amor idealizado al calor de la lucha política clandestina con el descubrimiento del sexo, Conchita Piquer y su «Tatuaje» con «Los Beatles» y con el twist .

 

         Twist

 

A Vicente Aleixandre y «el vals»

 

Esta orquesta que destruye

la geometría del ataúd, lo amargo

de un hongo de ceniza

                                no

no canta para lentos modernistas

con serrín en los ojos, en el pelo

canta para incómodas muchachas

con sostenes de esparto y vello

en un pubis punzante

                            muchachos

con cabellos teñidos y la bandera

de su camisa a media asta

                                     ya

a la playa llegaron restos

de todos los naufragios, cadenas

del no faltaba más, con Dios,

siempre a sus pies

                       de valses como goma

de gomosos y faldas como colas

de cocodrilos exiliados

                             nada inocente

nada sorprendente oh difunta sabiduría

del sorprenderse

                 canta un melenudo asceta

la noche complica la soledad, young

alone by by

     y sin embargo añoramos

al uomo in frac con chistera y suicidio

que combatía a la muerte con un Yo os amo.

Del primer al último poema de Una educación sentimental Vázquez Montalbán nos muestra las distintas caras de ese abril que acaba por ser metáfora de su historia personal y de nuestra historia colectiva. Pero hay otro abril, con una poderosa carga cultural, metaliteraria: el abril de Eliot, «el mes más cruel».

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Memoria de un poeta: Manuel Vázquez Montalbán

Manuel Vázquez Montalbán

Manuel Vázquez Montalbán nació a la literatura con la poesía. Una educación sentimental, su libro iniciático —que escribió en la cárcel—, apareció en El Bardo en 1967. Con él puso de relieve que era posible investigar en el lenguaje, buscar nuevas formas de expresión, renovar y, a la vez, hablar de las emociones colectivas, arañar en la piel de la memoria, aunar, en el espacio del poema, la cultura popular y la cultura más elaborada. Concha Piquer podía convivir con T. S. Eliot; los rostros vencidos en la sala de espera de un consultorio del “seguro obligatorio de enfermedad”, con Françoise Hardy, y el preso político, con Ella Fitzgerald.

Quien pocos años después se convirtió en el novísimo senior por excelencia de la antología de Castellet, ofrecía la cara crítica, hecha con la fibra de la conciencia más lúcida de su generación, de una renovación poética que pretendía la prevalencia, en el poema, de la cultura sobre la vida. Manolo nunca, ni siquiera en los años setenta, tiempo de esplendor del culturalismo, lo vio así. Desde sus primeros versos, vida y lenguaje convivieron en su poesía, mantuvieron -mantienen- una relación dialéctica. Tras aquel memorable primer libro, Manolo publicó Movimientos sin éxito (1969) —también escrito, en su mayor parte, en la cárcel—, una reflexión acerada sobre la realidad fragmentaria del mundo contemporáneo.

La poesía amorosa, amor a la intemperie, amor vivido y vívido, construido al calor de los empeños colectivos y bajo el frío de unas calles inciertas, se hizo poema en A la sombra de las muchachas sin flor (1973), y el otro amor, el que siempre proclamó hacia la generación amputada de sus padres, a los derrotados en abril del 39, floreció en las Coplas a la muerte de mi tía Daniela (1973).

La Barcelona mestiza, territorio mítico de su narrativa, también se hizo presente en su poesía: la llamó Praga (1982) para metabolizar el desconcierto, la perplejidad que le produjo la invasión soviética de Checoslovaquia en 1968. Y a ella volvió al cabo de los años. Se encontró entonces con la Barcelona que, muchos años antes, había sido el núcleo de un poema titulado La ciudad, e hizo de éste, a su vez, el centro de su último poemario publicado, Ciudad (1997), y la almendra entre dulce y amarga —más amarga que dulce— de su novela El estrangulador.

No puedo separar el mundo poético que creó, hecho de imágenes rotas (siempre la sombra de Eliot), de seres humildes, de apelaciones a la cultura, de crítica histórica, de compasión, de memoria, de deseo, de la imagen del propio Manolo leyendo poemas inéditos, versos que hablaban de la madre amada y muerta, un día de julio de 2002. Fue en Priego, con motivo de un curso de verano. Durante la comida confesó que hacía mucho tiempo que no acudía a hablar de poesía, a leer su poesía, simplemente porque no se le llamaba para ello. En el fondo estaba aludiendo a la raíz de su vocación literaria: él se consideraba, por encima de todo, poeta. Así lo afirmó en no pocas ocasiones y así lo expresó, según cuenta en el prólogo a su poesía completa Josep María Castellet, en septiembre de 1985, durante un seminario en Sitges cuando, ante la alocución interminable y metafísica de un filósofo italiano sobre la posmodernidad, Manolo dijo en voz baja, casi inaudible: “Mire usted, yo soy un poeta…”.

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