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‘Marga’, el diario de Marga Gil Roësset

Cubierta Diario Marga Gil Roësset Largamente esperada, la edición de Marga hace realidad uno de los proyectos más queridos del poeta de Moguer, nunca hasta ahora llevado a efecto. El Diario de Marga Gil Roësset, más los poemas, prosas o apuntes que Juan Ramón Jiménez y su mujer, Zenobia Camprubí, dedicaron a su joven amiga, se reúnen en un volumen prologado por Carmen Hernández-Pinzón, representante de los herederos del poeta, y una semblanza de la artista a cargo de su sobrina la escritora Marga Clark.

Vida y muerte transitan en la existencia una misma dirección aunque sus caminos, desde luego, tracen muy diversas rutas. A juicio de Hannah Arendt (en sus diversos comentarios sobre la Ilíada de Homero) fue nuestra condición mortal, y la conciencia que de ella poseyeron los griegos, lo que empujó definitivamente a los Aquiles, Áyax y Héctor a dejar la comodidad de sus casas para adentrarse en el terreno agonal de la guerra y, en fin, dar con la ansiada inmortalidad. Y es que, como también recordaba Novalis en uno de sus poemas más tardíos, sólo a los dioses les es posible alcanzar la quietud y la gloria sin acción; a los seres humanos, por el contrario, nos es dado actuar para llevar a cabo nuestros asuntos. Únicamente a través de nuestros actos, aseguraría más tarde Schopenhauer, nos es posible conocernos: tan sólo poniendo en juego aquello que somos podremos descubrir –en un movimiento de la mismidad que va de dentro afuera, para a través de la reflexión recorrer después el sendero inverso– nuestra auténtica vocación. Al igual que los protagonistas de las aventuras homéricas, como explica Carmen Hernández-Pinzón en el emocionante y emocionado “Prólogo” de Marga, la pequeña de la familia Gil Roësset pasó por las vidas de Juan Ramón Jiménez y su mujer, Zenobia Camprubí, “como una estrella fugaz, dejando una impronta indeleble y un pozo de amargura difícil de subsanar”.

Este párrafo, pretencioso seguramente para nuestra intención, viene a cuento de la necesidad que al escribir esto me impone un sentimiento contradictorio. Escribir sobre Marga Gil Roësset, su desdichada muerte y las circunstancias de su relación con el poeta Juan Ramón Jiménez no es más que escribir sobre una persona de carne y hueso, por emplear la locución en la que insistió el maestro Unamuno. Es decir, escribir simplemente, o sobre todo, de un simple ser humano. nada menos, pero nada más.

La trágica figura de Marga Gil Roësset (1908-1932), dibujante y escultora de vanguardia, está marcada por su temprano suicidio a los 22 años de edad a causa del amor no correspondido que sentía por Juan Ramón Jiménez. De temperamento rebelde y personalidad decidida —“ejemplo de vitalidad exaltada, de voluntad constante, de capricho enérjico”, en palabras de J. R. Jiménez—, Marga se había declarado sin éxito al poeta, que contaba entonces 50 años y lamentó profundamente la muerte de su admiradora. Rescatada del olvido en los últimos años, la escasa obra conservada de Marga ha sido celebrada por una originalidad que la equipara a las principales artistas europeas del periodo.

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El artículo de mañana

—¿Ya tienes eso?

—¿Qué es eso?

—El artículo o lo que sea.

—¡Joder! Ayer lo publiqué.

—No. No digo ese. El de Marga.

—¿Qué Marga?

—No te hagas el tonto. El de la chica que estaba enamorada de Juan Ramón.

—¿Quién es Juan Ramón?

—¿Qué te pasa? ¿Qué Juan Ramón? ¡Quién va a ser! Juan Ramón Jiménez.

—¡Ah! ¿Lo conoces?

—Tú estás mal o me estás tomando el pelo.

—No, es que yo no lo conozco.

—Cómo que no lo conoces…

—A Juan Ramón Jiménez. Si lo conociera… Bueno, si lo hubiera conocido, le llamaría por el nombre de pila.

—Si todo el mundo lo llama así.

—Claro. Y a Federico García Lorca le dicen Federico… así, como si hubieran estado con él en la Residencia, donde por cierto se hablaban de usted, salvo que fueran íntimos.

—¡Anda ya!

—Pues sí. Espera… Toma.

—¿Qué es?

—Lee… aquí.

Federico, ¡qué corazón! ¡Cuánto ha tenido que amar, cuánto que sufrir! ¿Y?

—Fíjate bien. Lo llama por su nombre. Pero, aun siendo amigos, le habla en tercera persona, le habla de usted. Y precisamente en un momento de comunicación íntima.

—Eres demasiado puntilloso.

—No. Es que me repatean los que hablan de “Federico” como si hubieran sido amigos. Y lo mismo pasa con Jiménez.

—¿Con quién?

—Con “Juan Ramón”, querido.

—Vale, de acuerdo.

—Ya sabes lo que escribió Miguel

—Vaya, será Miguel Hernández.

—No. Cervantes. Miguel de Cervantes escribió El Quijote.

—Estás fatal.

—Sí, pero no te preocupes. Mañana tienes el artículo de “Juan Ramón” y “Marga”.

—Cuando lo escribas, ya no le interesará a nadie.

—Como todo lo que escribo. Pero este lo escribo porque me lo pediste. Aunque el tema me repatea. La pobre Marga Gil era una buena dibujante, pero el Diario, como texto no tiene el más mínimo interés, salvo el humano, claro. Un tema de ratones de biblioteca o de morbosos.

—Tampoco te pases.

—No. No me paso. Me fastidia porque lee uno cada cosa… Ni la mayor de las tragedias griegas.

—…

—Y luego, el circo… En exclusiva para un periódico. Y los demás a esperar una semana o diez días para escribir sobre un libro que hasta entonces no han podido leer. Me repugna la sensiblería barata que esconde un negocio. Con todos los respetos a Marga Gil. Claro.

—…

—Mañana lo lees.

—Vale…

 

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