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¿Es usted un hortera? Siéntase orgulloso de ser un trabajador

hortera.

Con el significado de escudilla o cazuela de madera es voz antigua procedente del latín, escrita en castellano con “f-” inicial en documentos del siglo XI. Para designar algún utensilio de cocina sigue empleándose en el Alto Aragón:

hortera, ortera = cazo de hojalata para la sopa”, que posteriormente solían llevar los mendigos para recoger la sopa boba en los conventos o en las puertas de los cuarteles. El que fuera útil inseparable del pícaro en sus correrías, hizo de él emblema del miserable, como más tarde ha pasado con el bote de hojalata, que ha servido tanto para pedir como para recibir la sopa de caridad.

Mateo Alemán, en su Guzmán de Alfarache (1599), escribe: “…que pueda traer un paño sucio atado a la cabeza, tijeras, cuchillo, lesna, hilo, dedal, aguja, hortera, calabaza, esportillo, zurrón y talega”.

En uso metonímico se llamó “hortera” a quien utilizaba la escudilla, lo que equivalía a llamar al sujeto en cuestión “pobre desgraciado, ridículo”. No sólo el pícaro, también el hidalgo venido a menos recurría a la escudilla, que escondía entre sus pobres ropajes. El carácter insultante actual del término se originó como apodo que se daba en Madrid a los dependientes de mercería y mancebos de farmacia; acepción con la que aparece en el Diccionario Castellano con las Voces de Ciencias y Artes, de E. Terreros (siglo XVIII). La naturaleza del apelativo pudo deberse a la insignificancia social de los dependientes. Otros piensan que se les llamó así porque para mezclar los ingredientes de las recetas se utilizaba una tortera de barro, Ramón de la Cruz utiliza así el término:

—Por defender al hortera ha sido esto.

—Pues a él: que lo paguen sus orejas.

Bretón de los Herreros, presenta así a uno de los del gremio:

Atravesado en un mulo

a Madrid hice mi viaje:

me recibieron de hortera

en la casa que ya sabes…

El Duque de Rivas, coetáneamente, en Tanto vales cuanto tienes, pone estos versos en boca de doña

Rufina: —No fuera malo que yo

a un horterilla quisiera

por yerno. ¡Bueno estuviera…!

¿Quién tal cosa imaginó?

Los libretistas de zarzuela, y algunos novelistas del 98, como Pío Baroja, usan el término para referirse a los dependientes de comercio, aunque “hortera”, como calificativo ofensivo de los de un gremio, había caído ya en desuso. Hoy experimenta un nuevo auge, si bien con cierto cambio semántico, ya que el hortera de nuestros días es persona de mal gusto, ramplona y zafia, aunque adquiriendo una progresiva significación que tiene más que ver con lo vulgar y lo cursi.

Aunque lo mejor es escuchar la obra y elegir cuál le gusta. Yo no he encontrado la que prefiero, pero esta no está mal:

 
 

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Conversaciones con John Coltrane

My favorite things - Conversaciones con John Coltrane John Coltrane – Michel Delorme

My favorite things – Conversaciones con John Coltrane

Alpha Mini

Ed. de Michel Delorme

Traducción de Isabel Núñez

ISBN 978-84-92837-50-2

108 páginas

1ª ed. 21 de mayo de 2012

A principios de los años sesenta el periodista francés, especialista en jazz, Michel Delorme, hizo una larga entrevista a John Coltrane, en París, en el tiempo libre que le quedaba al músico entre los conciertos que iba dando, cíclicamente, en el teatro Olympia. Las entrevistas se publicaron en la revista Cahiers du Jazz y constituyen una vertiginosa introspección en el proceso creativo de ese gran músico que fue Coltrane, no sólo para los aficionados al jazz, sino para cualquier alma interesada en esa misteriosa alquimia que bulle en el interior de los artistas.

Coltrane era un hombre desmesurado de apariencia tranquila, se entregaba a fondo en todas las cosas que hacía, según contaba su manager. Al principio de su carrera consumió una cantidad inverosímil de drogas y lo mismo le pasó más adelante, cuando viró hacia el alcohol. En los años en que Delorme lo entrevistó ya había girado hacia el tabaco y fumaba compulsivamente todo el tiempo, a pesar de que su instrumento, el saxo, requería de la plenitud de sus pulmones. Más adelante vino una etapa en la que dejó los estimulantes y se concentró exclusivamente en la fruta; no comía otra cosa, los largos puros que solía fumar todo el tiempo fueron sustituidos por una cantidad bárbara de fruta, de todo tipo, que comía igual que fumaba: compulsivamente. Luego siguió un periodo de solo huevos y leche, que bebía y devoraba con la misma fruición que aplicaba a los plátanos, el melón y las mandarinas. Finalmente, durante los últimos años de su vida, se concentró en su compulsión final: Dios. Se volvió extremadamente religioso, enfocó su obra hacia esa luz con la misma energía que había gastado en las drogas, el tabaco y el alcohol. Todos estos cambios, esa curiosa serie de compulsiones que lo acompañaban mientras estaba despierto (aunque seguro que ese Dios también se le aparecía durante el sueño), tenían su fundamento en los larguísimos solos de saxo que hacía en sus discos y en sus conciertos, unos solos excesivos y sobrenaturales, viciosos y divinos simultáneamente que, si no hubieran sido la obra de arte irrefutable que son, hubieran calificado como la más estable y duradera de sus compulsiones. Uno puede pasar tardes completas tratando de desentrañar, de decodificar y entender los solos de su álbum Live in Seattle, y el largo y misterioso viaje que emprende en esos solos espirituales que articulan A love supreme, su obra mayor, y con ninguno de los dos es posible llegar al fondo seguramente porque, como decía el mismo Coltrane, “los auténticos poderes de la música son todavía desconocidos”, y además lo que pretendía era “llegar a crear auténticos climas”, o un estado colectivo de hipnosis, como han apuntado algunos críticos. El mismo Michel Delorme opina, “la música de John Coltrane no puede captarse en su propia esencia (….) poseer grandes conocimientos musicales no aumenta las posibilidades de entrar en su universo”.

Dentro del fundamento físico de su música, que brotaba en sus solos, estaba, como no podía ser de otra manera, la batalla física que sostenía entre el saxo tenor y el saxo soprano; este último tiene una boquilla especial que exige más fuerza del intérprete que el saxo tenor y, por esto, impone el límite físico de las llagas en los labios del saxofonista; en ese vaivén tocaba el maestro, buscando el equilibrio entre el saxo que requería su solo y la resistencia de sus labios. Anoto esto para hacer notar que un músico tan espiritual como Coltrane estaba irremediablemente atado a la materia, su obra es la prueba de que el cuerpo y el espíritu son la misma cosa, y partiendo de esta idea nada nueva que exploraron plenamente los filósofos presocráticos, Coltrane soñaba con el efecto físico de su música: “si uno de mis amigos se pusiera enfermo, yo tocaría cierta melodía y se curaría; si se arruinara, yo interpretaría otra canción e inmediatamente recibiría todo el dinero que le hiciera falta”; y después de decir esto, concluye que no sabe cuál es la vía que debe recorrer para conseguir esto, “lo ignoro”, dice, y con esto nos da la clave a esa legión de admiradores que perseguimos, sin probabilidad de alcanzarlos, sus delirantes solos de saxo: hay que perseguirlos desde la ignorancia, sin el proyecto de entender, y mantenernos ahí hasta que percibamos eso que seremos incapaces de explicar. O quizá todo es tan sencillo como esta escueta explicación suya, que quedó en esa entrevista extensa y luminosa: “prefiero mil veces tocar solo y así improvisar más largamente”. O quizá sea mejor esta: “así toco yo, parto de un punto y llego lo más lejos posible”.

Les dejo viajando con este maravilloso Tren azul

 
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Publicado por en 2 de junio de 2015 en Cultura, Varia, Vídeo, Vida

 

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