RSS

Archivo de la etiqueta: Novela

Dasso Saldívar recuerda a Gabriel García Márquez en Madrid

Los soles de Amalfi - Dasso Saldívar- Gabriel García Márquez

Cuando el 17 de abril de 2014 se apagó en México la vida de Gabriel García Márquez, su biógrafo y compatriota Dasso Saldívar sintió que el mundo se quedaba “más huérfano, más pobre” sin el Nobel colombiano, aunque “sigue vivo en sus libros… “Gabo nos fue dejando poco a poco unos cinco o seis años antes, pero cuando nos dejó definitivamente sentí que sin Gabo el mundo era más pobre”, dice el autor de García Márquez: El viaje a la semilla, [reseñas aquí] reeditado por Planeta y traducido a una docena de idiomas.

Aquel Jueves Santo, continúa Saldívar, “tomé conciencia de la ausencia de su persona, de su pluma, de sus entrevistas, y sobre todo de la posibilidad de que siguiera escribiendo. Nos quedamos más huérfanos, más pobres sin él… “Pero lo importante es que sigue vivo en sus libros, que se están leyendo y se seguirán leyendo por muchas generaciones”, afirma Saldívar, que dedicó veinticinco años de su vida a investigar sobre el Premio Nobel de Literatura de 1982. Un vasto conocimiento acumulado por este escritor y periodista que está en Madrid  para compartir con quienes acudan al homenaje póstumo a García Márquez organizado por el Instituto Cervantes y el Instituto Caro y Cuervo de Colombia, que abrió recientemente una oficina en la capital española.

Con el autor de Cien años de soledad o El amor en tiempos del cólera sucede, según Saldívar, “algo que ocurre con muy pocos creadores y es que transciende el hecho meramente literario… Sus libros —precisa— se convierten en emoción, sentimientos, ideas y comportamientos” en sus lectores. Y esa, cree, “es la manera más hermosa y perdurable de seguir viviendo, como pasa con Antonio Machado o Federico García Lorca”. Es un escritor que “se hereda”, afirma, y lo ha podido constatar al hablar con lectores de todas las edades y de múltiples países en los que ha impartido conferencias sobre el Nobel.

Gabriel García Márquez

Sus lectores le llevan “no solo en la memoria, como un dato intelectual, sino como una circunstancia vital, transcendida, sienten que ese cuento, esa novela, ese personaje, ese pasaje les ha enriquecido la vida, les ha permitido ver la vida de otra manera, y a muchos se las ha cambiado completamente”. Es el caso del propio Saldívar, a quien leer novela le daba “mucha pereza”, pues consideraba el género como “el arte de decir poco con muchas palabras” hasta que siendo adolescente leyó Cien años de soledad. Hubo “un antes y un después” en su vida. Le fascinó, rememora, “el vuelo imaginario, la prosa musical, poética, llena de humor, la plasticidad, y que siendo una novela que hablaba de cosas fantásticas era tan real”. Y fue su curiosidad la que le llevó a buscar los referentes en los que se había inspirado. En aquella época, a principio de los 70, se sabía muy poco de él. Saldívar tuvo la suerte de dar con una hermana, sor Aida García Márquez, directora de un colegio salesiano en Copacabana, cerca de Medellín, precisa. “Fue su primera entrevista y la mía”, dice.

Al tirar de ese hilo llegó al entorno más cercano al escritor, conoció “el río de piedras pulidas, blancas como huevos prehistóricos” de Aracataca, la casa donde había nacido y se había criado Gabo con sus abuelos y muchos personajes de la novela. A García Márquez lo conoció mucho después, en marzo de 1989, en México, en su casa del número 144 de la calle Fuego, donde pasó “dos largas tardes” con él, “en total seis horas” en las que escrutaron su infancia y adolescencia, las etapas menos conocidas de él.

Ese retrato luminoso solo se tiñe de gris en “su acercamiento al poder”. A Saldívar no le gusta “que permitiera que tanto poderoso se acercará a él”, pero con el tiempo se ha vuelto “más comprensivo”. Cuando García Márquez era “Gabito, estuvo al pie del poder, su abuelo era coronel de la Guerra de los Mil Días, fue tesorero y alcalde de Aracataca, uno de los hombres más poderosos y respetados del pueblo, humana, política y moralmente… Por eso, para Gabo, estar con Fidel Castro u Omar Torrijos era como algo natural, era como volver a su infancia. No hay que leer a Freud para entender que ahí nace esa fascinación por el poder”. Temática presente en su obra en Cien años de soledad, El coronel no tiene quien le escriba o El general en su laberinto, precisa Saldívar, autor de la novela Los soles de Amalfi [2014].

 

Etiquetas: , , , , , , , , , ,

‘Mi siglo’, de Günter Grass

gunter-grass-mein-jahrhundert-mi-siglo-libro

Esta mañana se nos ha muerto Günter Grass. Se le recuerda, además de por sus libros más conocidos, por su afán de combatir el olvido y no dejar descansar la memoria, y una enorme memoria, la memoria de cien años, de todo un siglo, es lo que Günter Grass nos ofrece en Mi siglo (Alfaguara, 1999, 428 pp.), que como recuerdo de quien fue vitalmente un atesorador de la memoria colectiva y de la propia, he preferido traer aquí. Un libro para refrescar y mantener vivo el recuerdo de la historia de la que venimos y que forma parte de nosotros.

Mi siglo está formado por cien relatos mínimos, brevísimos, de tres o cuatro páginas cada uno, donde se pasa revista, año a año, a los avatares del siglo XX.

Cien voces, cien personajes, cien hechos, alemanes y no alemanes —pero sobre todo alemanes— que componen en conjunto un mosaico, un rompecabezas, un inmenso fresco alegórico de las venturas y desventuras de nuestro pasado presente. Voces y hechos a veces sustanciales y a veces anecdóticos, a veces conocidos y a veces desconocidos, tanto de hombres que oficiaron como verdugos o como víctimas de la historia, a través de los cuales queda expresada insuperablemente toda la emoción, o el absurdo, o la crueldad o el miedo, o la esperanza de un acontecimiento del siglo.

Ya desde el primer relato, desde el primer año (1900) queda bien patente la intención de Grass, que es, por otra parte, la que justifica y da aliento a toda su literatura. Grass nos transporta nada menos que a la olvidada guerra de los boxers en China. Asistimos al embarque de las tropas alemanas y escuchamos las palabras de despedida que les dirige el Kaiser: “Cuando lleguéis, sabed que no habrá cuartel, que no se harán prisioneros…”, “abrid de una vez para siempre el camino a la cultura”. La guerra, la barbarie en nombre de la civilización, aparece ya desde el comienzo como una marca que ha sellado a fuego el devenir del siglo. Luego vendrán otras guerras, las dos grandes, que ensangrentaron Europa, Alemania y el mundo; y entre ellas y después de ellas, huelgas, atentados, hambre, matanzas,… pero también el ferrocarril, el charleston, el submarino, el zeppelin, las pensiones de jubilación, el turismo… el muro y la caída del muro…

El siglo de Günter Grass es, obviamente, un siglo alemán; pero esto no significa que el libro se desarrolle únicamente en Alemania, sino que da cuenta de los acontecimientos en el mundo que nos afectan o afectaron a todos. Como siempre ocurre, su universalidad se encuentra en el hecho de ser buscadamente local. Tratemos de explicarnos. Formado por breves anotaciones con distintos narradores que cubren cada una de ellas un año en la vida del siglo, el libro consta por tanto de cien capítulos. Es una novela cuya estructura debe considerarse la de un libro de cuentos. En esta novela el personaje sería Alemania y sus protagonistas los diferentes sucesos que la configuran. Podemos objetar que esta no es una novela, sin embargo, ¿quién es capaz de saber a estas alturas lo que es una novela? Lo apropiado sería decir que Mi siglo es un libro de Günter Grass en el que al narrar año por año, paciente, imaginativa, brillante, rica y siempre irónicamente el contexto de la “historia” de nuestra  época ella adquiere un carácter unitario y masivo, tal como corresponde a cualquier novela minuciosa. Günter Grass siempre ha sido un escritor minucioso.

Es también deslumbrantemente rebelde y su siglo es el producto de una mirada ácida mediante la cual se crea inmediatamente un juicio sobre él.

Günter Grass

Mi siglo se inicia cuando el káiser dirige unas palabras encendidamente patrióticas a los voluntarios alemanes que se dirigen a China para combatir en la guerra de los boers, teniendo como aliados, en una significativa mezcolanza, a ingleses y japoneses. Los alemanes llegan tarde, nos dice el narrador de este fragmento que es uno de los voluntarios, y sólo participan en los fusilamientos de los boers por parte de los ingleses y ven las decapitaciones por parte de los japoneses. Éstos tienen que cortarles las trenzas a los boers porque les estorbaban en su tarea, y el narrador se lleva una de ellas como recuerdo, aunque sabemos que su futura esposa termina tirándola porque “esas cosas traen fantasmas a casa”. Y en efecto, el fantasma que recorre todo el libro de Günter Grass es la guerra. El último capítulo termina con la madre de Günter Grass, a la que él resucita, pidiendo que ojalá en el siglo siguiente no haya tantas guerras.

En tanto, a lo largo de las 428 páginas de este libro asistimos a un panorama desolador, tal vez soportable nada más por la maravillosa forma elegida por Günter Grass y los prodigios de su estilo. Hay muchos adelantos en nuestra época, pero Günter Grass permite o, mejor dicho, nos obliga a verlos como algo siniestro. Lo  positivo se encuentra en las costumbres de antaño, desde reunirse a conversar con antiguos compañeros de oficio hasta viajar con la familia o practicar la cada vez más olvidada costumbre de buscar hongos comestibles personalmente.

¿Puede esto ser más importante que todos los adelantos de la tecnología? Sí. En esta dirección el libro de Günter Grass es audazmente un defensor de las tradiciones perennes y enemigo de la modernidad. Y una nación moderna por excelencia es la Alemania de esta época. Por algo el escritor es el narrador del capítulo o el fragmento en el que se comenta la unión de las dos Alemanias divididas después de la Segunda Guerra Mundial y su opinión es “¡Qué locura!” No deben existir naciones como la Alemania actual, no debe existir la otan del mismo modo que no debió existir el nacionalismo capaz de provocar la Primera Guerra Mundial y mucho menos el nazismo posterior. La opinión de Günter Grass es muy clara en ese sentido, pero nunca se expresa más que diagonalmente en el libro. Se nos hace sentir, por algo es un libro narrativo: su forma es indirecta siempre.

Daré algunos breves ejemplos. Los cuatro años de la Primera Guerra Mundial están contados mediante el uso de una investigadora suiza que nos relata su supuesta entrevista con Jünger y Remarque, el autor belicista y el autor pacifista. Desde un extremo u otro las versiones de ambos comunican el mismo horror extremo. Pero en cambio el estilo de Günter Grass logra comunicarnos la escena como la civilizada reunión de dos ancianos caballeros alemanes a quienes interroga una suiza neutral.

El nazismo se da a través del inicial entusiasmo de las marchas por parte de los fundadores de este partido, la descripción de los bombardeos ingleses que destruyen Berlín, Hamburgo y Dresden, respondiendo a algo que los alemanes iniciaron al bombardear Londres, y los posteriores comentarios de los antiguos cronistas de guerra en el frente ruso y que ahora se reúnen para hacernos saber cómo tenían que cortar las malas noticias cuando empezó el desastre.

Luego está la continua burla del milagro que fue la recuperación alemana bajo el gobierno, protegido por los americanos, del canciller Adenauer, Berlín como centro de muchos acontecimientos que van desde la limpieza de la ciudad destruida después de la guerra hasta la ruidosa y falsa alegría de una próspera juventud.

Hay crónicas de deportes con diferentes tonos; hay la visión de un profesor de filosofía que empieza en Berlín, sigue con la visita a la cabaña en la Selva Negra en donde vive Martin Heidegger, quien intercambia palabras con el poeta Paul Celan antes de que éste se  suicide tirándose al Sena; hay una carta del empleado de una empresa naviera que le vendió submarinos a los argentinos  durante la guerra de las Malvinas y atribuye a la torpeza de éstos para emplear los modernos submarinos el hecho de que no se venciera a los ingleses; hay una carta a la Volkswagen de un ama de casa quejándose desde la Alemania comunista de que no le hayan mandado su coche aunque su marido y ella siempre trabajaron para la Volkswagen, ya han pagado el automóvil y su único defecto es que les haya tocado vivir en la Alemania comunista. Una conversación de dos amigos ante una cervecería de Pilsners, y sobre cómo conseguir neumáticos de invierno, una de las infinitas variantes del tema recurrente en la vida diaria de los ciudadanos del bloque soviético: obtener suministros básicos. Mientras tanto, la televisión, con el sonido a cero para no interferir la amena conversación, muestra imágenes de jóvenes subiendo al Muro y bailando sobre él ante la indiferencia de la policía fronteriza. —”Otra película occidental sobre la Guerra Fría”— piensan ante lo que les parece una inconcebible violación del “Muro de Protección contra el Fascismo”. La conversación y la cerveza siguen su curso antes de que, casi por accidente, uno de los dos se decida a subir el volumen del televisor. Minutos después corren por la Invalidenstrasse para ver el milagro por sí mismos, en donde se estaban atascando los coches… más los Trabant que los Audi. Los ejemplos podrían multiplicarse.

 

Etiquetas: , , , , , , ,

‘A este lado del paraíso’, de Francis Scott Fitzgerald

I Francis Scott Fitzgerald

¡Todos ustedes son una generación perdida! —dijo el dueño del garaje al joven mecánico que trataba inútilmente de arreglar el Ford T de Gertrude Stein. La escritora, que estaba presente, hizo suya la frase, que también Ernest Hemingway usó como epígrafe en su primera novela. Con el tiempo, la expresión fue perdiendo su significado inicial según la aplicaba el hombre del garaje a la muchedumbre de ex combatientes de la Primera Guerra Mundial, en que abundaban los bohemios, los alcohólicos, los drogadictos, los abandonados a la suerte.

Para Gertrude Stein aquello de la “generación perdida” pasó a ser símbolo de la progenie de jóvenes y talentosos intelectuales norteamericanos que abandonaban la patria para instalarse en Europa y especialmente en París. Se vivían los “locos años veinte”, la “era del jazz” y París era una fiesta, un lugar en que la pobreza y la gloria andaban de la mano y en el que la alegría de vivir era la justa revancha después del conflicto.

La juventud de casi todo el mundo había tenido que soportar —ya fuera de cerca, de lejos o en el propio frente de batalla— cuatro años de ratas y piojos, de epidemias y de heridas purulentas en las trincheras de barro de la Primera Guerra, peleando a menudo con un enemigo invisible. Hemingway había combatido en Italia; Ford Madox Ford, junto a las tropas inglesas en el norte de Francia; J.R.R. Tolkien se había salvado gracias a la “fiebre de las trincheras” que obligó a evacuarlo hacia su patria galesa; Charles Péguy murió en una de las escaramuzas iniciales: “agáchese, teniente Péguy” gritó uno de los soldados, pero Péguy no escuchó y una bala acabó con uno de los grandes cerebros de su tiempo; Guillaume Apollinaire recibió en la cabeza la herida que desde entonces hasta su muerte luciría como una corona de macabros laureles. Francis Scott Fitzgerald se enroló en el ejército norteamericano, pero no consiguió que lo enviaran al combate. Fue una de sus grandes frustraciones.

Francis Scott FitzgeraldDescendiente de irlandeses, F. Scott Fitzgerald nació en St. Paul, Minnesota, el 24 de septiembre de 1896. En su época de estudiante frecuentó algunos de los más prestigiosos colegios de educación media y superior: la Academia de St. Paul en su ciudad natal, el Colegio Newman y, finalmente, Princeton, centro de estudios envidiado por muchos. Fueron hermosos años entre la adolescencia y la juventud, años de encuentro con una generación en que brillaban los oropeles sociales y económicos.

Inteligente, entusiasta, creador, simpático, Fitzgerald se destacó muy pronto entre sus condiscípulos de Princeton y allí comenzó a hacer sus primeros aprontes literarios entre el entusiasmo de sus camaradas. ¿Fue un buen estudiante? No lo sabemos, pero sí que abandonó Princeton sin terminar los estudios y con una gran desilusión: nunca lo incorporaron al equipo oficial de fútbol.

Princeton inacabado, fútbol inalcanzable y —poco más tarde— una incorporación al ejército sin conseguir el destino al frente de batalla. Tres posibles fracasos, pero más que eso —como anota un crítico— una confirmación de un sentimiento hondo en Fitzgerald: siempre andaba cerca de sus objetivos, los palpaba, sin atraparlos. También los futuros éxitos fueron huidizos. No siempre fracasos, pese a todo, pues en Princeton logró el escritor primerizo su primer contacto con lo que sería una de las claves de sus obras: la existencia frívola y despreocupada de una casta social todopoderosa por aquellos días. Las experiencias de Princeton cuajaron en una novela ejemplar: A este lado del paraíso, libro esencialmente autobiográfico y testimonial que le dio inmediata fama entre el público y la crítica. De ahí en adelante, vertiginosamente, se le abrió un camino triunfal. La gloria acudía hacia él a una edad en que otros buscan con más afanes que resultados.

Con todo, el destino de Francis Scott Fitzgerald fue siempre una paradoja: por años había admirado y amado a una muchacha, Zelda, que lo rechazaba sistemáticamente. Con el éxito vino la definitiva conquista. El matrimonio de Scott Fitzgerald y Zelda Sayre apareció como el más radiante ejemplo de la felicidad a la manera de los “años locos”. Bellos, alegres, cultos, sociables, eran el centro de la vida mundana y a la vez intelectual. Lo que Fitzgerald desconocía era que Zelda estaba herida por una esquizofrenia que acabaría por enloquecerla.

Después del éxito literario y pecuniario de A este lado del paraíso se abrieron para el escritor las puertas de la sociedad dorada y las páginas de las principales revistas. Sus cuentos eran solicitados, publicados, aplaudidos y reunidos por último serían volúmenes que los lectores se arrebataban. Así nacieron Coquetas y filósofos (Flappers and Philosophers, 1920), Cuentos de la era del jazz (Tales of the Jazz Age, 1922) y luego una segunda novela: Los bellos y malditos (The Beautiful and Damned, 1922), seguida por otra considerada su obra maestra: El gran Gatsby (The Great Gatsby, 1925).

“Su talento era tan natural como el dibujo que forma el polvillo en un ala de mariposa —escribe Hemingway—. Hubo un tiempo en que él no se entendía a sí mismo como no se entiende la mariposa, y no se daba cuenta cuando su talento estaba magullado o estropeado. Más tarde tomó conciencia de sus vulneradas alas y de cómo estaban hechas, y aprendió a pensar pero no supo ya volar, porque había perdido el amor al vuelo y no sabía hacer más que recordar los tiempos en que volaba sin esfuerzo.”

Pero esto último estaba todavía lejos. Entusiasta y glorioso, marchó a Europa con Zelda y a ese París que “era una fiesta” y que acogía en sus cafés entre burgueses y bohemios a los jóvenes del Nuevo Mundo que venían ya no con armas sino con ingenio a beber en las antiguas fuentes. Allí ambos frecuentaron las reuniones de los jueves en casa de Gertrude Stein, la caprichosa y genial autora que sólo dirigía la palabra a los escritores y dejaba a sus amigas la tarea de dar conversación a las esposas. Allí hizo nuevas amistades entre compatriotas literatos y observó con curiosidad admirativa a los famosos de Francia y a los turistas intelectuales ingleses. Desde la mesa en la acera del café vio pasar a Hilaire Belloc o a Ford Madox Ford: estaba en el centro del mundo.

Entre tanto esplendor, las sombras comenzaban a aparecer. En Fitzgerald el creciente alcoholismo acompañado por una hipocondría que lo paralizaba consumido por sus enfermedades imaginarias. En Zelda, los primeros rasgos del extravío mental acentuados por la bebida.

De esos años de la primera postguerra, Ernest Hemingway ha dejado vividos recuerdos en uno de sus mejores libros: París era una fiesta. En esas páginas autobiográficas escritas hacia 1957 y revisadas en el final de su vida, el escritor norteamericano evoca frecuentemente a su compatriota, retratándolo con penetrantes rasgos. Sigámoslo en algunas de sus imágenes:

“Scott era ya entonces un hombre pero parecía un muchacho, y su cara de muchacho no se sabía si iba para bella o se quedaba en graciosa. Tenía un pelo ondulado muy rubio, frente muy alta, ojos exaltados y cordiales, y una delicada boca irlandesa de larga línea de labios, que en una muchacha hubiese representado la boca de una gran belleza. Tenía una firme barbilla y perfectas orejas, y una nariz que nunca fue torcida…

“Llegó un momento en que observarle ya no me proporcionaba mucha información, excepto la de que tenía manos bien formadas y que parecían hábiles y no eran pequeñitas, y cuando se encaramó a uno de los taburetes del bar, descubrí que sus piernas eran muy cortas. Con piernas normales tal vez hubiera sido unos cinco centímetros más alto.

“…Uno o dos días más tarde trajo Scott su libro [El gran Gatsby]… Cuando terminé de leerlo, comprendí que hiciera Scott lo que hiciera, por muy mal que se portara, yo tenía que considerar que era como una enfermedad, y ayudarle en todo lo que pudiera y procurar ser buen amigo suyo. Scott tenía muchísimos buenos amigos, más que nadie que yo conociera. Pero me alisté como uno más, tanto si podía serle útil como si no. Si era capaz de escribir un libro tan bueno como The Great Gatsby, no cabía duda de que era capaz de escribir otro todavía mejor. Entonces yo aún no conocía a Zelda, y por consiguiente no tenía idea de las terribles desventajas con que luchaba Scott. Pero pronto íbamos a descubrirlas.”

Los recuerdos de Zelda son penosos y tal vez baste una escena descrita por Hemingway para imaginar la tragedia que se escondía tras las armoniosas apariencias:

“Zelda estaba muy hermosa, y su bronceado tenía un encantador tono dorado y el pelo era de un bello oro oscuro, y se mostró muy cordial. Sus ojos de gavilán estaban claros y serenos. Sentí que todo andaba bien y que al fin todo iba a tomar un buen aspecto, y entonces ella se inclinó hacia mí y, con mucha reserva, me comunicó su gran secreto: —Dime, Ernest, ¿no piensas tú que Al Jonson es más grande que Jesús? Entonces nadie le dio importancia a la cosa. No era más que el secreto de Zelda, y lo compartió conmigo como un gavilán que compartiera algo con un hombre. Pero los gavilanes no comparten nada. Scott no escribió nada más que valiera la pena, hasta que a ella la encerraron en un manicomio, y Scott supo que lo de su mujer era locura.”

Todavía alcanzó Fitzgerald a publicar otro volumen de cuentos, Todos los tristes jóvenes (All the Sad Young Men, 1926) antes de que la crisis, todas las crisis, se precipitaran. El gran desastre económico de fines de la década del veinte acabó con los esplendorosos “años locos”.

El mundo de la era del jazz, tan admirablemente descrito por Fitzgerald en sus cuentos y novelas, se sumergió en el derrumbe financiero, la cesantía y las largas colas de desocupados en busca de trabajo o del pan cotidiano. El oropel mostraba su real valor. Atrás quedaron los esplendores de París.

En 1930, Zelda Sayre, poseída por la esquizofrenia, debió ser internada en un sanatorio. Y luego en otro. Y otro. En el incendio de uno de ellos pereció.

Entre la bruma alcohólica, Francis Scott Fitzgerald emprendió la tarea de recobrar la fama, los prestigios literarios que le acompañaran durante casi una década de éxitos. El fruto de sus trabajos correspondió a lo apuntado por Hemingway: “si era capaz de escribir un libro tan bueno como The Great Gatsby, no cabía duda de que era capaz de escribir otro todavía mejor”.

Allí estaba Suave es la noche (Tender is the Night, 1934), una novela de trasfondo autobiográfico, como la primera, en la que cuenta la estremecedora historia de una desintegración moral y física. Fitzgerald estaba convencido de que ésta era su obra maestra, y probablemente lo sea, pero el tiempo de la gloria había pasado y no hubo ecos que respondieran al llamado del escritor que, oculto bajo su personaje Dick Diver, parecía hundirse como él irremisiblemente.

Francis Scott Fitzgerald se convirtió en un guionista más para la industria del cine en Hollywood. No le quedaba otro modo de ganarse la vida, pero su talento, pese al alcohol y a los desastres de toda índole, todavía estaba en condiciones de manifestarse.

En marzo de 1935 apareció Taps at Reveille, una edición bastante aporreada y mal corregida de historias breves que contenía cinco cuentos de reminiscencias adolescentes, reunidos con otros en forma póstuma en Los relatos de Basil y Josephine (The Basil and Josephine Stories, 1973). Muchas de estas narraciones habían aparecido en The Saturday Evening Post y muestran el don de Fitzgerald para el análisis psicológico de las gentes de su generación y todavía más cuando se trata del autoanálisis, que alcanza límites de crueldad en las relativas a Basil. La visión irónica de su propia existencia, la nostalgia de algo que en un momento se esperó y desapareció luego irremediablemente, la certeza del triste destino de “la generación perdida” en los avatares de la postguerra y la crisis mundial, todo está en germen y a veces generosamente desarrollado en estas narraciones que poseen, no obstante, la plena frescura adolescente.

En 1936 aparece el último libro: El derrumbe (The Crack-Up). Según James Edwin Miller, de la Universidad de Chicago, Fitzgerald —como su personaje Diver de Suave es la noche— estaba descubriendo que sus recursos morales desaparecían, proceso que describió con vivida agonía en este libro.

El derrumbe es el testimonio más directo y vital de la desilusión encarnada, que Fitzgerald quiso describir tanto en relación con el mundo que lo rodeaba como con su propia interioridad. El recuerdo de unos tiempos felices en que parecía nacer un mundo nuevo e iluminado por los resplandores de la prosperidad, del éxito y de la inconsciente danza al borde de un abismo, se precipita y decanta en estas páginas en las cuales la angustia desaparece bajo una capa de abandono y resignación en la que no falta el sarcasmo. Después de una serie de fallidos intentos de suicidio, Francis Scott Fitzgerald murió de un ataque cardíaco el año 1940, mientras trabajaba en un nuevo ensayo novelístico: El último magnate (The Last Tycoon). El texto inconcluso, con las notas del autor, fue publicado al año siguiente. Más tarde, en 1960, la edición de un volumen con su correspondencia volvió los ojos de la crítica hacia el semiolvidado escritor.

El caso de Francis Scott Fitzgerald es uno entre los de muchos escritores que a veces en la cumbre de la fama pierden el favor del público y les sigue un largo silencio después de la muerte, como si todo —talento, prestigio, popularidad— hubiera sido sepultado con ellos. Pero también acontece, cuando hay genio de por medio, una resurrección. Los años pasan; el escritor no es sino un nombre en los largos catálogos de las editoriales y de las historias literarias; si se los evoca, es como evocar una sombra. Y, de pronto, casi misteriosamente, el hombre y su obra resurgen, vuelven al primer plano de la fama y alcanzan una nueva consagración que esta vez puede ser definitiva.

Si podemos hablar de un clásico para una época, Fitzgerald lo es para la era del jazz y de la euforia que siguió a la Primera Guerra Mundial y que se hundió súbitamente en la catástrofe de la depresión, arrastrando con ella a todo lo que se llamó “la juventud llameante”. Es un profeta del desengaño, un cantor de las ilusiones perdidas, de la dolorosa conciencia del fracaso. Sus obras testimonian la locura de unos años felices y el dolor del desastre en que terminaron. Sus personajes, como Gatsby o Diver, luchadores del éxito efímero, conocen los sabores del desengaño y la triste sensación de la propia decadencia.

Es posible que entre los escritores de la “generación perdida” haya otros más famosos y populares que Francis Scott Fitzgerald. En él, sin embargo, la calidad del testimonio directo y personal sobrepasa los marcos de toda ficción, y éste es uno de los factores que lo convierten en un elemento indispensable en la historia de un tiempo dramáticamente original.

II A este lado del paraíso

A este lado del paraísoA este lado del paraíso es, como se dijo, una obra de raíz autobiográfica y, en cierto modo, testimonial, que narra los años de niñez y adolescencia de Amory Blaine, alter ego del autor con el que comparte hasta el año de nacimiento (1896), y el ilusionado arribo a la prometedora época de la primera juventud. Un epígrafe, tomado de Oscar Wilde, nos muestra uno de los tonos de esta novela polifónica: “Experiencia es el nombre que muchos dan a sus errores”. En las primeras páginas veremos al pequeño Amory en el ambiente de la familia, compuesta por el padre, “hombre inarticulado y poco eficaz, que gustaba de Byron y tenía la costumbre de dormitar sobre los volúmenes abiertos de la Enciclopedia Británica”, enriquecido casualmente por la oportuna defunción de sus hermanos mayores, y por Beatrice O’Hara, la madre que transmitió al hijo único sus rasgos célticos y con ellos una brillantez algo frivola y llena de encanto.

Beatrice es uña de las heroínas en la vida de Amory, que la evoca entre signos de exclamación: “¡Aquella sí que era una mujer!” Y además una mujer educada en el Colegio del Sagrado Corazón, en Roma (“una extravagancia educativa que, en la época de su juventud, era un privilegio exclusivo para los hijos de padres excepcionalmente acaudalados”), paseaba por Europa y provista de todas las oportunidades sociales y refinadas como para darle “una cultura rica en todas las artes y tradiciones, desprovista de ideas…” ¿Cómo llegó a casarse esa muchacha brillante y epigramática con el aburrido señor Blaine? Lo sabemos por el narrador: “En uno de los momentos menos trascendentales de su ajetreada existencia, regresó a sus tierras de América, se encontró con Stephen Blaine, y se casó con él tan sólo porque se sentía llena de laxitud y un tanto triste”.

El pequeño y solitario Amory era la compañía más querida de Beatrice, que transmitía al hijo su encantadora superficialidad y sus pasiones artísticas. Antes de que cumpliera los diez años “lo había alimentado con trozos de Fêtes Galantes… y a los once ya podía hablar corrientemente y con reminiscencias de Brahms, Mozart y Beethoven”.

Con estos antecedentes uno empieza a imaginarse ya las tribulaciones a que estará expuesto el joven Blaine en sus vaivenes entre la puerilidad y el refinamiento, como se puede advertir desde muy temprano en sus desventuradas relaciones con la pequeña Myra St. Claire.

Con la primera corbata y los primeros pantalones largos (recordemos que en esa época antes de éstos se pasaba por las etapas de los pantalones muy cortos, cortos y, por último, bombachas de golf) comienza para Amory el momento de las grandes preocupaciones, de modo especial sobre sí mismo. Y no se puede negar que es generoso para resolverlas. Se define, pues:

“Físicamente. Amory tenía la certeza absoluta de que era extraordinariamente hermoso. Lo era. Se tenía por un atleta de infinitas posibilidades y por un bailarín consumado.”

“Socialmente. En este campo, sus condiciones eran, quizás, más peligrosas. Había otorgado gratuitamente a su persona encanto, amabilidad, magnetismo, equilibrio, el poder de dominar a todos los varones de su edad y el don de fascinar a todas las mujeres.”

“Mentalmente. Una superioridad absoluta y fuera de toda discusión.”

Con todas estas cualidades gratuitamente atribuidas, este Amory entre ingenuo y petulante ha de partir a la gran aventura: el High College y luego la Universidad de Princeton.

Y aquí aparece, junto con la aventura, un gran personaje algo lateral y a la vez definitivo: monseñor Darcy, cuya sabiduría sumada al humor irlandés rondarán por la vida de Amory casi hasta las últimas páginas del libro. Ambos, Amory y monseñor Darcy, tendrán mucho que decirse y, conforme aumenta la madurez del muchacho y con ella la cambiante visión del mundo y de la vida, el diálogo se volverá más profundo, más emocionante, pero no menos ingenioso.

Con el College St. Regis y con la universidad esa visión cambiante crecerá en intensidad: el trato con los demás, la competencia estudiantil, el nacimiento de las “grandes amistades”, esas que rara vez terminan, son los elementos definitivos en la formación social del personaje. Ahora está en el medio real de la existencia, lejos de las fantasías y los sueños maternales. St. Regis es la aparición de los grandes descubrimientos: las muchachas, la literatura, el don de escribir. Con las primeras sueña; en la literatura se precipita, leyendo cuanto llega al alcance de sus ojos: “Las mil y una noches”, “El caballero de Indiana”, pero también Dickens, Kipling, Chesterton. ¿Y por qué no? Phillips Oppenheim. En cuanto a escribir, ahí tiene las páginas del St. Regis Tattler abiertas a sus primeras hazañas.

También descubre las modas y con su amigo Rahill establece, no muy caritativamente, las diferencias entre el Gran Hombre y el “gomoso”, género este último al que pertenecen los de “cabello relamido y engominado”.

Después de los años del College, llegar a la universidad de las gárgolas y los capiteles es como entrar al amurallado mundo de la edad adulta, donde se empieza por conocer a los compañeros de viaje, a los condiscípulos. Allí están los hermanos Holiday, Kerry con sus ojos grises, Allenby, capitán del equipo de fútbol. Ahí están el cine, el teatro, los paseos, las clases en que “ya no son unos niños para los maestros viejos y prestigiosos. A Amory se le abre el corazón:

“Desde el primer momento había amado a Princeton: su lánguida belleza, su oculto significado, sus multitudes deportivas, frescas y alegres y, bajo todo aquello, los ásperos vientos de una lucha sin tregua entre las clases.”

Y están las muchachas y “ese extraño fenómeno tan generalizado en los Estados Unidos que es el juego de las caricias”, la aventura de las caricias furtivas, a hurtadillas de las personas mayores: “Ninguna de las madres con ideas victorianas —y casi todas las madres eran victorianas— tenía la menor idea de la facilidad con que sus hijas se habían acostumbrado a ser besadas. Las sirvientas son de tal condición —aseguraba la señora de Huston-Carmelite a su muy solicitada hija—. Se dejan besar primero, y después oyen las propuestas matrimoniales”.

Amory tiene dieciocho años, mide casi el metro ochenta y siete, es “excepcionalmente hermoso” y en su rostro algo infantil la mirada penetrante de los ojos verdes pone un toque de madurez, pero falta en él “ese intenso magnetismo que acompaña siempre a la belleza del hombre o la mujer; su personalidad radicaba sobre todo en algo mental…”

Esa “personalidad más bien mental” le causará muchos dolores de cabeza no sólo con las muchachas: también con los compañeros más volátiles, más alegres y superficiales. Amory reflexiona mucho, tal vez demasiado para sus amigos, y suele hacerlo en voz alta. No siempre entretiene escuchar a otro que habla en exceso…

Para el grupo de jóvenes estudiantes la vida en Princeton es un torbellino que, si no los aparta de sus tareas académicas, hace que éstas pasen frecuentemente a segundo plano.

Amoríos epistolares, elecciones en los clubes y sociedades de estudiantes, pugnas por ingresar a los equipos deportivos, bohémicas escapadas a Nueva York, intensas lecturas y primeros vuelos narrativos van moldeando la personalidad de Amory Blaine. Puede ser un líder, cuando lo desea, pero de pronto se refugia en una interioridad secreta que lo hace un solitario entre la masa.

Otros acontecimientos, más bien catastróficos, contribuirán a esta “forja del hombre”. Y aquí estará de nuevo monseñor Darcy, su presencia y su reconfortante palabra.

Los dos últimos años en Princeton serán para Amory sombríos y luminosos, todo a la vez, como si aparte de los estudios sistemáticos estuvieran destinados a enseñarle la dura tarea de las decisiones que el hombre sólo puede tomar por sí mismo. El muchacho, que está creciendo por dentro, tiene mucho que aprender en los mundos exteriores, en cuyos rincones más tenebrosos puede hasta aparecer el rostro del Demonio. Y Amory lo ha visto.

Princenton

Princenton. «Agujas y Gárgolas»

La despedida de Princeton es dolorosa:

 “Lo que dejamos aquí es más que una clase, una enseñanza o una educación; es la herencia de la juventud. No somos más que una generación y en estos momentos estamos rompiendo los vínculos que nos ataban a este lugar y a otras generaciones de sangre fuerte y espíritu sano. Ahora nos damos cuenta de que hemos caminado más de una noche por estas calles, del brazo con Burr y Light-Horse Harry Lee.

“…Se han apagado las antorchas —murmuró Tom.”

Un breve intermedio nos muestra a Amory Blaine, de veintidós años, convertido en subteniente del Décimo Regimiento de Infantería en el Campamento Mills de Long Island. A través de una carta de monseñor Darcy, F. Scott Fitzgerald señala, como en un chispazo o una visión subliminal, el germen de lo que será la “generación perdida” y no sólo en la interpretación que Gertrude Stein le daba a esos términos: “He aquí que ha llegado el fin de algo; para bien o para mal, ya no serás nunca el Amory Blaine que conocí, y nunca volveremos a encontrarnos como nos encontrábamos, porque tu generación se está endureciendo mucho más de lo que la mía llegó a endurecerse, alimentada como estaba con la leche tierna del novecientos”.

Es el fin de algo. Esos millones de muertos en las trincheras de la Europa destrozada por la guerra; esa multitud de jóvenes norteamericanos llegados a tierra extraña para luchar por la libertad; la sangrienta revolución rusa de 1917; el empequeñecimiento del mundo, cuyos habitantes ahora se encuentran así sea en el horror de los combates; el temor al futuro ya no plácido como los días pretéritos, sino amenazador y desconocido, todo marca un fin y el comienzo de una era cuyo signo es la inseguridad.

Parece que, ante este espectáculo, sólo queda divertirse; carpe diem, se acabaron las certezas. Los “locos años veinte” son incubados en la tragedia mundial.

La segunda parte del libro se abre con una pirueta de Fitzgerald: abandona la narración y monta una escena de teatro en que Amory es el protagonista de un nuevo apasionamiento. Rosalind es hermosísima, atrayente, apasionada, ansiosa de liberarse de su ambiente burgués. Pero el ambiente burgués está en serias dificultades. Un pretendiente adinerado es mejor solución que un buen mozo Amory que redacta textos en una modesta agencia de publicidad.

Qué vamos a hacerle, parece decirnos el autor, ésta no es una novela romántica sino el fiel reflejo de la vida de un personaje hasta ahora más bien infortunado. Por tanto, aparte de abandonado, comenzamos a ver a un Amory indispuesto por la bebida, seguro de sufrir las enfermedades más increíbles, blanco como el papel, y tomándose otro trago acaso por aquello de que “un clavo saca otro clavo”, pero Fitzgerald no le saca el cuerpo a la verdad.

Por esos días neoyorkinos, para Amory el mundo tiene forma de taberna, pero la vocación de escritor le ofrecerá una escapatoria. Puede sumergirse por horas y días en la lectura de sus más admirados autores: Joyce, Galsworthy, Bennett, Shaw, Wells y sobre todo Chesterton, cuyo nombre se repite en la novela. El maestro inglés de la paradoja influye en el espíritu y en el estilo de Blaine-Fitzgerald. Por ahí le veremos escribir chestertonianamente: “A pesar de haber ido al colegio me las arreglé para obtener una buena educación”.

No son días fáciles. El inmaduro Amory se siente atrapado en un laberinto del que sólo arranca siguiendo alguna luminosa figura de mujer pero que vuelve a envolverle. Más que un laberinto es la fraguarla subconsciente lucha por la propia formación. Monseñor Darcy reaparece con sus cartas fraternas e ingeniosas. En boca de Darcy pone Fitzgerald una reflexión premonitoria, que habrá recordado más tarde, en su trágica vida junto a Zelda: “Con respecto al matrimonio, estás pasando ahora por el período más peligroso de tu vida. Podrías casarte apresuradamente y arrepentirte a poco, pero no creo que lo hagas”. Sí: Scott lo hizo. El desenlace con la llegada de la madurez y la experiencia literaria se aproxima a través de muchas renuncias: “En un sentido, esta renuncia gradual a la belleza fue su segundo paso por el laberinto, después que se completó su desilusión. Le parecía que dejaba atrás su última oportunidad de llegar a ser un cierto tipo de artista. Era mucho más importante llegar a ser una cierta clase de hombre”.

Lo cual, en suma, lleva a una última reflexión:

“Me conozco a mí mismo —dijo en voz alta—. Pero eso es todo”.

A este lado del paraíso es una novela profundamente norteamericana que trasciende su medio gracias a los valores humanos que en ella se mueven. En ella F. Scott Fitzgerald parece concretar la norma señalada por Gertrude Stein: el artista debe vivir “el completo presente actual”. Y Fitzgerald, encarnado en Amory Blaine, lo vive en toda su extensión y consecuencias, con la rebeldía innata en él, con un espíritu independiente que se traduce en apasionados alegatos por la libertad y el idealismo, dichos con todo el fuego y la inseguridad de un hombre al que los escasos años no lo han apartado aún de una porfiada adolescencia.

Con un modo de escribir sencillo, animado por el ingenio; con una emotividad que llega hasta el borde del sentimentalismo pero que se salva por su sentido poético que eleva el tono y la forma; con una cierta raíz cristiana, Fitzgerald describe las turbaciones de la adolescencia, el duro camino hacia la edad adulta, la lucha entre luces y sombras de un espíritu joven. Como anota el crítico francés Michel Mohrt, “en el fondo de la obra de Fitzgerald está el problema del mal, concebido por una conciencia de joven católico provinciano”.

Desde otro punto de vista observa esta obra el ensayista norteamericano Ludwig Lewisohn en The Story of American Literature: “Abundan las novelas autobiográficas sobre los ardores y las rebeliones de la juventud […] La más famosa y justamente así fue A este lado del paraíso, que contiene, entre otras excelencias, un admirable diagnóstico de las prácticas de los convencionales novelistas norteamericanos de entonces; que contiene elocuencia y poesía y esa ebullición creadora, todavía incontrolada e indisciplinada, que ha sido siempre parte de las grandes promesas de la juventud. Prácticamente, el libro no tiene un centro intelectual, lo que es, también, un sello propio de la juventud. Pero las cualidades del autor parecen tener la justa amplitud de las mejores promesas y en sus páginas mucho es realmente atrevido y hermoso”.

Elocuente, poética, juvenil, emotiva y hermosa, A este lado del paraíso sigue actual y vigente setenta años después de publicada. Con ella sobrevive la imagen del escritor que fue en un momento una encarnación del espíritu joven.

 

Etiquetas: , , , , , , , , , , ,

Centenario de ‘La Metamorfosis’, de Franz Kafka, el amante dubitativo

Todo individuo que guarde unas inquietudes fantasea con la idea de hacer algo que perdure en el tiempo y en la memoria de otros. El arte es un legado. La palabra escrita, cuando ha conseguido cambiar o alterar mínimamente la existencia del lector (de miles de lectores a lo largo de décadas y décadas), pasa a ser historia. Con el centésimo aniversario tan reciente de esa obra maestra literaria que es La Metamorfosis de Franz Kafka, célebre e importante a todos los niveles como pocas, podemos hablar de perdurabilidad con propiedad. Una perdurabilidad que traspasa lo físico, que se esconde en nuestras ediciones ajadas, en las estanterías de todas las librerías del mundo con olor a papel nuevo, en el imprescindible reservado de todas las bibliotecas, pero, sobre todo, en el espacio que muchos hemos reservado en nuestro hemisferio derecho para las obras que nos ayudaron a despertar como un día despertó Gregorio Samsa.

Kafka es mucho más que uno de los autores estandarte del siglo XX, mucho más que una influencia para toda la literatura existencialista posterior. Kafka ha llegado a convertirse en un concepto. Hablamos de situaciones kafkianas cuando los acontecimientos se complican y retuercen en exceso, cuando no vemos final a una pesadilla cotidiana e incluso cuando la vulgaridad de la burocracia nos saca de nuestras casillas. Lo kafkiano resulta más mundano que surrealista o simbólico, con frecuencia.

Toda la obra del autor sigue siendo un siglo después objeto de estudio y continúa abierta a múltiples interpretaciones por parte de críticos literarios y estudiosos. Es sabido, incluso por quien aún no se ha adentrado en el sugestivo y vasto terreno de su obra, que el trabajo de Kafka está cargado de simbolismo y navega por innumerables cuestiones existencialistas, que la desesperación que impregna sus textos es una crítica al sistema y, en un sentido mucho más individualista, al comportamiento y la actuación del ser humano, a sus motivaciones.

Franz Kafka. La Metamorfosis

Una mañana, tras un sueño intranquilo, Gregorio Samsa se despertó convertido en un monstruoso insecto.

Directamente y sin aviso, poniendo todas las cartas sobre la mesa. Así comienza esta novela corta de 1915 que con los años no ha hecho más que crecer en la memoria cultural. Su protagonista, el célebre e inmortal Gregorio Samsa, es un comerciante que mantiene a su familia y que un día cualquiera amanece convertido en un insecto gigante. Dicha mañana supone el punto de inflexión definitivo en la vida de Samsa, el momento en que todas las revelaciones comenzarán a desfilar ante sus ojos.

La metamorfosis de Kafka es la obra literaria de culto por excelencia, una de esas novelas que inspiran a jóvenes de todo el mundo cuando comienza a despertar su interés por la cultura y el pensamiento. Quizá el secreto de esto yace en las posibilidades que ofrece dentro de su escueta complejidad, en su abanico de interpretaciones. Es fácil verse en Gregorio Samsa cuando uno deja de plasmar mentalmente una escena en la que cuelga sin esperanza del pomo de la puerta. Y es que el despertar de Samsa, esa pesadilla que se trunca para continuar, lo es todo. Un amanecer (nublado, seguramente, el peor gris de la historia) tras una noche inquieta e impertinente que representa el rey de todos los cambios.

La inquietud, mencionada casi de pasada, no deja de ser una inquietud similar a la que el lector que está asumiendo su propio rol en la historia pueda sentir durante la jornada previa a cualquier decisión vital o ante cualquier representación fundamental en este teatro de la vida. Una representación que bien puede llamarse entrevista de trabajo, prueba médica, cita temiblemente desastrosa o examen.

Aún más importante es el significado de esa metamorfosis. Un significado claramente marcado por el autor pero voluble a manos de quien, literalmente, sostiene la historia delante de sus ojos. Ese cambio y progresiva decadencia de Samsa, su incapacidad para comunicarse desde el fatídico amanecer, nos ha servido a todos de escenario para recrear nuestras propias historias de desastre, nuestras evoluciones, nuestros miedos al rechazo, al silencio, a la pérdida de nuestra identidad. Kafka trató de retratar al individuo frente a un sistema social equivocado, pero todo arte es cuestión de tiempo y perspectiva. Más allá de la indefensión y la incertidumbre, del desconocimiento propio y la batalla día a día, el autor tejió un telón de egoísmo y conveniencia a través de la despreciable reacción de la familia de Samsa una vez han perdido, más que a un hijo y a un hermano, su sustento.

Kafka en su tiempo

Hubo tiempos que se recurrió a Dostoievski. No obstante, quizás nadie pueda expresar mejor la sensación que los hombres de hoy experimentan ante el azaroso mundo que los rodea. Diciendo esto, y con una sola lectura, se puede preguntar: ¿qué se manifiesta de la condición humana en una novela que no sobrepasa las setenta páginas? (dependiendo de la edición) ¿qué tendría que decir la historia de un hombre insecto que transcurre la mayor parte de la narración dentro de su habitación y con la mínima interacción incluso con su familia? ¿Cuál es la paradoja que deja un final tan desilusionador, tan fatídico?

La respuesta a las preguntas anteriores se encuentra precisamente en la biografía de Kafka, forjándose entre ésta y la novela la verdadera historia, la real contemplación que se debe efectuar al volver a leer aquella escrita de puño y letra del autor. En una primera lectura la novela La Metamorfosis no se diferencia de otras narraciones —no se sabe si decir que es un relato largo o una novela corta— cuyos personajes principales son tan excéntricos como Gregorio Samsa, que en una mañana amanece convertido en una criatura repulsiva. Pero una lectura posterior, de antemano tomando las precauciones de investigar —incluso superficialmente— la vida del autor y su contexto histórico, induce la elaboración espontánea de reflexiones que sorprenden por su contemporaneidad.

A pesar que sus dos padres eran judíos Kafka nunca tuvo raíces sólidas en el judaísmo, ni una conciencia que siguiera los parámetros culturales correspondientes a él. Hijo de un vendedor ambulante, nieto de un carnicero, su infancia transcurrió en un ghetto, sin embargo, su padre fue capaz de superar la escasez de su nivel económico para situar a su familia en los estratos altos de la sociedad de Praga, aunque ya nunca el hombre podría olvidar su niñez en las calles oscuras y sucias, ni las maneras toscas de los hombres y mujeres de esfuerzo. En esta clase alta Kafka nunca podría identificarse con sus integrantes, pero tampoco con aquellos que regían sus vidas con el yiddisch y menos aún con la desgarrada cultura checa de entonces. Los años en que vivió incluyen acontecimientos famosos: la primera guerra europea, la invasión de Bélgica, las derrotas y las victorias, el bloqueo de los imperios centrales por la flota británica, los años de hambre, la revolución rusa, el tratado de Brest Litovsk y el tratado de Versalles, que engendraría la segunda guerra.

Por lo tanto no es de sorprenderse que Kafka haya sido descrito como un hombre de personalidad independiente, lo que se entiende como una medida de protección ante lo inestable que le llegaban a ser las personas y el entorno. De tal manera se evita el peligro de la pérdida o el abandono, evitar volver a experimentar el trauma producido por ellos. El joven Kafka muy temprano tendría que asimilar la muerte de sus hermanos Georg (1887) y Heinrich (1888) lo que, por su puesto, hizo mella en el hombre y en su obra, más aun cuando careció del consuelo de unos padres siempre ausentes o impertérritos. Frank Kafka indudablemente creció en solitario, sin más manifestación amorosa que aquella otorgada por la sirvienta, sin que obviamente pudiera suplir la de sus padres que salían de casa de muy temprano para ir al trabajo. Solo conoció de ellos una autoridad inculta, caprichosa y absolutista. La inseguridad ante el padre se trasmutó a una inseguridad ante el mundo, llegando a establecerse en su inconsciente como un temor angustiante, haciendo de sus pesadillas y escritos imágenes de esos temores.

Por ende, no es de extrañar la configuración de los personajes de la novela; un padre indiferente, de conductas endurecidas y frías por una vida de trabajo, merecedor de todo respeto pero no de acercamiento. Por otra parte la madre, incapaz de rehuir de los instintos maternales fuera de su razón, pero finalmente no muy distinta al padre en su lejanía. La única unión verdaderamente afectiva la conforma la hermana, única entidad capaz de penetrar en la habitación de su hermano enrarecida y densa, saturada por un olor a putrefacción y con aquella presencia superficialmente inidentificable e ilegitima.

Buscando la manera de encontrar un arraigo el personaje lo halla constituyéndose a sí mismo en un engranaje dentro de una maquinaria entre afectiva y mecánica. Así, como tal, se hace indispensable, conformando una particularidad dentro del total, con una identificación e importancia dada completamente por su funcionamiento. Por ello Samsa ahora se conforma con muy poco, percibiendo a la ternura en un plato con despojos de comida en el suelo depositado por su hermana, el interés hacia él en las conversaciones de su familia en la sala, cuyo tema no es otra “cosa” que su permanencia y destino (no existe dialogo donde se cuestione la causa de tal transformación)… y hasta él mismo ve a la propia desaparición como una muestra de afabilidad hacia sus seres queridos. Busca justificación frente al desapego, inducido tanto por él como por los demás. Oyendo detrás de las puertas las diálogos de sus familiares, Gregorio siente culpabilidad, por tener que obligarlos —por su puesto involuntariamente— a prescindir de los beneficios económicos que conllevaban sus largas jornadas como vendedor viajero, tener que llevarlos a abandonar la comodidad por el trabajo, tener que obligarlos a soportar su repentina dependencia. Llevado por la culpa comprende aquel rechazo, aquel aislamiento, aquella repugnancia que va más allá de su simple aspecto. El insecto no es más que una metáfora de ese miedo de convertirse en un desvalido. El distanciamiento de sus directos hace referente al abandono, al extrañamiento que el propio autor sufrió en vida, desunido de todo grupo o afecto, donde la autosuficiencia es la única protección para no convertirse en un insecto que en un principio provoca pena, luego distanciamiento y finalmente repugnancia.

Y ese miedo encuentra referente hoy en día, donde si bien el ser humano está resignado al sometimiento de los designios de las redes de apoyo que le pueda brindar la sociedad, también se está convencido que ellas están en directa subordinación con el aporte que ellos le otorguen. Es decir, la sociedad actual, cuyas características son bastante conocidas y expuestas, no conforma más que un ejemplo de esta autosatisfacción. Y la sensación de miedo, de culpa, está presente, producida por el sentimiento de desprotección e individualismo ya parte de las condiciones de subsistencia. Por tanto, se puede entender que las características de la personalidad de Frank Kafka, desarrollada por su desenvolvimiento incierto en diagonales culturales, socioeconómicas, afectivas, sean un referente tan actual. La cultura, la ostentación, la condicionalidad de los afectos, hace de los sujetos entes aislados dentro una globalización, refugiados en sí mismos, aliviándose en privado, a puertas cerradas para incluso los más cercanos. La autosuficiencia es considerada una cualidad, debido que así se logra una tolerancia en una sociedad que no justifica debilidades y dependencias. El desarraigo dado por las circunstancias a Kafka hoy en día se vuelve en una constante, incluso valorado frente a ataduras que impidan un desarrollo humano regido por el acaparamiento y la satisfacción de las necesidades principalmente ajenas y por consecuencia las propias.

Kafka el seductor

Franz KafkaSin embargo, la propia naturaleza humana hace irresistible la búsqueda de apegos, aunque a veces momentáneos, debido a temores o a incapacidades. Frank Kafka en su vida adulta se volvería un seductor reconocido, encontrando refugio y sentido en las relaciones amorosas. En ellas vencería la sensación de soledad, creyendo hallar una complementación. Y fueron férreos amores, con nombre propio: Felice Bauer, Grete Bloch, Julie Wohryzek, Milena Jesenská y Dora Dyamant. Pero serían amores aciagos, con compromisos matrimoniales que el autor de La Metamorfosis rompería en último momento. Sin duda, esto demuestra una búsqueda que jamás se cumple, por incompetencia o acobardamiento. Le fue una forma de luchar por curarse de ese extrañamiento que padeció, como extranjero, en un mundo extraño sin confiar en nada ni en nadie, marcado por esas marcas profundas que nacen en la infancia. Frank Kaffa dibuja en La Metamorfosis al hombre de hoy, llevando sobre sí una soledad y una frustración permanente, desenvolviéndose en una sociedad saturada por fuerzas desconocidas, fuera de la comprensión y más aun de control y, por consiguiente, afrontada con temor y cuestionamientos. De la misma manera que el humano actual sobrelleva su propio desarraigo en la cotidianidad Kafka lo hizo sobre el papel, enfrentándose a su entorno y finalmente consigo mismo, en una lucha que duró hasta su muerte y que para el hombre actual continúa sin treguas o términos. Quizás cuántas veces, tal como seguramente lo experimentó Kafka, nos hemos sentido como un insecto, como un monstruo escuchando y tratando de darle significado a los sonidos del mundo a través de las paredes de una habitación, un mundo obviamente con un sentido pero uno extraño, del cual nos hallamos excluidos.

En una carta escrita en 1919 para su padre el autor expresa su convicción de que éste le consideraba un parásito. Por esto y por los antecedentes antes expuestos, es evidente que la presencia de ese insecto no es solo un truco literario, sino que venía predeterminada por fuerzas no analíticas, manifestantes de la identidad más profunda y, por lo tanto, más verdadera. La novela fue escrita como una escapatoria, realizada en medio de las sombras con tal de ser lo más secreta posible, pero ejecutada tan impremeditadamente, tan vehemente, tan visceralmente, que es descubierta fácilmente. Su literatura es solo la expresión leal de sí mismo, tanto en su contenido como en su elaboración. Kafka escribió La Metamorfosis inspirado por las imágenes de un sueño. A la mañana siguiente se pondría en campaña para escribir tan excéntrica obra. Sin embargo, tal labor debería hacerse con esfuerzo, en medio del desvelo y el cansancio de los días trabajando en una compañía de seguros (Kafka se graduó como doctor en Derecho en 1906). Gracias a las cartas que el escritor envió a Felice Bauer, sabemos del angustioso proceso de creación que inició el 5 de noviembre:

 Ojalá tuviera libre toda la noche, para dedicarla a escribir de un solo tirón, sin abandonar la pluma. Sería una noche maravillosa.

Así le gustaba trabajar; queriendo encausar todos sus esfuerzos en plasmar las imágenes elaboradas por su mente, sin más afán que buscar una liberación siempre dolorosa pero finalmente saludable, dejando en muy segundo lugar la publicación. Durante el proceso de creación, novela y escritor se hicieron uno, indispensables uno del otro para ser comprendidos.

Finalmente, como convencido que su obra era tan enrarecida como él mismo, que no sería comprendida por ese mundo que le rodeaba, encargó antes de morir en 1924, a su amigo y colega escritor Max Brod, que destruyera todas sus novelas, cuentos y diarios. Pero finalmente éste no cumplió. Esta sería redescubierta gracias al entusiasmo que experimentaron por ella varios eximios escritores como André Breton o Sartré. Solo después de 1957 se pudo encontrar en las librerías de Praga, ciudad donde vivió toda su vida, ediciones de La Metamorfosis. Desde entonces, la fuerza de su obra ha sido tan importante que el término “kafkiano” se aplica a situaciones sociales angustiosas o grotescas. Frank Kafka se enfrentaría a Gregorio Samsa en una reyerta que sucumbiría con la muerte de uno en manos de la tuberculosis, y del otro, bajo la inanición y las heridas, sobre el suelo de una casa abandonada por sus moradores. La imagen final; la propia familia en un vagón de tren rumbo al sosiego otorgado por la esperada muerte del hijo, del hermano, del insecto, revela al lector ejecutante de la segunda lectura de este relato la condición, primero de Kafka, luego de Gregorio Samsa, y finalmente del “hombre moderno”.

La valoración de La Metamorfosis

¿Es La Metamorfosis su mejor obra? Es esta una cuestión bastante subjetiva aunque desde el punto de vista literario podría tener lugar un extenso debate tratando de dar respuesta. Tal vez ni siquiera sea la más representativa. Pero desde luego, si tenemos en cuenta la repercusión posterior a un nivel más personal, el número de lectores que a lo largo del tiempo han ido haciéndola de algún modo suya, Kafka siempre será el creador de aquel pobre desgraciado que un día despertó siendo un insecto.

Puede que al leer esto se piense en esa soberbia novela que es El Proceso, tan aplicable al funcionamiento del mundo real, incluso tal vez se recuerde la esencia que guarda esa inacabada El Castillo. Si me preguntan, si por alguna absurda razón me viera obligado a escoger entre las posibilidades que ofrece su trabajo, existen ciertas posibilidades de que acabara decantándome por En la Colonia Penitenciaria, esa novela breve que gira en torno a un aparato de tortura y ejecución del que, a cada página que pasamos, sabemos un poco más.

Hoy, por supuesto, hacemos referencia a La Metamorfosis. Porque acaba de cumplir cien años y no queremos dejar pasar la oportunidad de rendirle un pequeñísimo homenaje, porque ha pasado a la historia como una pieza clave para todo aquel que se interesa por la literatura duradera e influyente, por las letras que no sólo ofrecen una evasión rápida bajo la sombrilla y que invitan a indagar, entender e interpretar. Una lectura que ha ganado amantes de diversas edades.

Cien años después, La Metamorfosis sigue funcionando como un excepcional referente, influyendo en todos los lectores que tienen la suerte de chocar con historias de esta talla, llevándolos a realizar cuestiones incómodas que resultan muy necesarias. Es un símbolo de lo perdurable, una prueba de que, aunque algunos días resulte aterrador, amanecemos, y cada nuevo “yo” es una batalla que librar.

 

Etiquetas: , , , , , , , , , , , ,

Cervantes en la novela española contemporánea

Novelistas españoles contemporáneos

Juzgando que la novela occidental oscila entre dos ideas límites (una el Quijote y el extremo opuesto que podría ser Le temps retrouvé, de Marcel Proust o Absalom, Absalom!, de William Faulkner) declaraba en 1979 Juan Benet en una conferencia pronunciada en la Universidad de Harvard:

«Para un novelista consciente de su modesta posición en un punto intermedio de esa carrera del péndulo, el Quijote no puede ser ya un modelo. Quien a estas alturas intente no ya imitarlo, sino aprovechar cualquiera de sus hallazgos para el beneficio de su propio arte narrativo, está perdido. No hará más que resbalar. La historia y la tradición literaria, la fortuna de sus imitadores —de Sterne a Gogol, de Dickens a Kafka— no ha hecho más que alejar el modelo hasta hacerlo inalcanzable, de la misma manera que la pléyade de santos y devociones ha hecho poco menos que imposible la imitación de Cristo. Y, por si fuera poco, una cosa es imitar el Quijote y otra muy distinta es intentar reproducir o repetir el gesto de Cervantes respecto a la invención narrativa» [1].

La idea de que imitar el Quijote es hoy, si no imposible, difícil, me parece justificada, y reconozco plenamente la imposibilidad de repetir el gesto de Cervantes, perteneciente a la historia donde todo cambia y permanece pero nada se repite.

Sin embargo, grandes novelistas modernos han aprovechado, desde muy varias actitudes, hallazgos y enseñanzas que del Quijote y de las Novelas ejemplares pueden obtenerse. Una de las más fecundas lecciones del arte narrativo de Cervantes para la novela española contemporánea (denomino así a la producida en los últimos cincuenta años) consistiría en el ejercicio del diálogo como comentario —teóricamente inacabable— sobre el mundo.

No es difícil hallar tal lección en el Quijote y en el Coloquio de los perros. El diálogo (dual, entre Don Quijote y Sancho Panza, o entre Berganza y Cipión, o plural, entre los dos primeros y sus otros interlocutores) se manifiesta principalmente como comentario coloquiado acerca del mundo: acerca de un mundo percibido, representado y concebido desde perspectivas contrastadas; mundo del pasado (cultural), del presente (acción y contemplación) y del futuro (ideal, utopía); mundo de sensaciones, sentimientos, imaginaciones o visiones, de ideas; mundo propuesto siempre como objeto de interpretación.

Como es obvio, hay muchas enseñanzas derivables del Quijote que siguen vivas en la novela de nuestro tiempo: la ironía, la parodia, el juego, el conflicto yo/mundo, la antítesis imaginación/necesidad (más tarde: poesía/prosa), la sustancia verdadera de la ficción y la apariencia ficticia de la realidad, la literarización de la vida, el deseo imitativo, la reflexión de la novela sobre sí propia, la concentración del destino en una sola fase, la fruición de contar, el principio estructural del orden desordenado, la invención de un mito nacido de la entraña misma de la época. Estas y otras enseñanzas aparecen en nuestros días no como extraídas de la lectura directa de Cervantes, sino como asimiladas a lo largo de tres siglos y filtradas muy a menudo a través de novelistas como Sterne, Gogol, Dickens, Kafka y de otros muchos: Flaubert y Alas Clarín, Dostoievski, Galdós, Joyce y un largo etcétera.

Precisar hasta qué punto en los novelistas españoles contemporáneos tales aprovechamientos sean intermediados o inmediatos sería ilustrativo, pero quizá prolijo y estéril. Renuncio, pues, a discernir lo que de «quijotesco» o «cervantino» pueda haber en novelas como Alfanhuí (1951) de Rafael Sánchez Ferlosio, donde un niño dotado con la facultad de transfigurar el mundo sale al camino a probar límites y resistencias; o como las dos novelas de Luis Martín-Santos, Tiempo de silencio (1962), la novela del fracaso de un individuo (médico) en el seno de una sociedad enferma, y Tiempo de destrucción (1975), la novela del esfuerzo de otro individuo (juez) en el seno de una sociedad culpable; o como Últimas tardes con Teresa (1966) de Juan Marsé, pequeño y amargo Quijote en cuanto parodia de los ‘libros de socialerías’ tan favorecidos en aquel entonces; o como La saga/fuga de J. B. (1972) de Gonzalo Torrente Ballester, donde tantas cosas dependen del antiguo modelo: el heroísmo cómico del protagonista, el mito desmitificador, el desordenado orden, la autocrítica de la novela, el goce de narrar, las parodias plurales, el juego omnímodo; o como las mejores novelas de Juan Benet, nunca desveladoras de una vida humana en su transcurrir, sino centradas en un episodio tardío de esa vida. Renuncio también a examinar cómo en la Escuela de mandarines (1974) de Miguel Espinosa resucita el espíritu de Don Quijote en la figura del itinerante Eremita y reaparece la imagen de Dulcinea en la de su amada Azenaia Parzenós (por otro nombre Mercedes Rodríguez) y cómo en La tríbada falsaria (1980) y La tríbada confusa (1984), del mismo malogrado escritor, una anécdota breve y sórdida, narrada en unas pocas páginas, engendra centenares de páginas de comentarios orales y escritos a modo de inacabable irradiación pluriperspectivista que eleva la anécdota a una categoría «teológica».

Indicadas estas renuncias, me fijaré sólo en dos aspectos de la relación entre la novela española actual y la persona y la obra de Cervantes, pues en el primero de ellos hay contacto directo y en el segundo puede someterse a discusión una influencia probable y menos notada que otras.

Un aspecto es la visión de Cervantes por parte de novelistas que le han consagrado alguna reflexión memorable dentro o fuera de sus novelas, y aquí me referiré a Luis Martín-Santos, Gonzalo Torrente Ballester, Juan Goytisolo y Juan Benet.

El segundo aspecto es el anunciado ya: la ejercitación del diálogo como comentario del mundo, en manera semejante al Quijote y al Coloquio de los perros. Tendré en cuenta aquí novelas casi del todo dialogadas de José María Vaz de Soto, Carmen Martín Gaite, Miguel Delibes, Torrente Ballester y algún otro.

Reflexiones sobre Cervantes

MIGUEL DE CERVANTESNi el cervantismo ensayístico de Azorín ni el tenue y disperso de Valle-Inclán (autores del 98 muy leídos en los primeros lustros de postguerra) pudieron fomentar en escritores jóvenes la asimilación del posible modelo. Tampoco el quijotismo exasperado de Unamuno, que rebajó a Cervantes a simple medio conducente al fin: Nuestro Señor Don Quijote. Más eficacia pudo tener, a la larga, la novela caminada y conversada de Pío Baroja, en la que no es raro tropezar con un hombre empujado a la aventura que dialoga por caminos de perfección o de imperfección con otro hombre más discursivo y menos alterado. Signo cervantesco ostenta también Belarmino y Apolonio, de Ramón Pérez de Ayala, aunque estropeado por la explicitud con que el narrador plantea el contraste entre el zapatero filósofo y el zapatero dramaturgo, y por las glosas ensayísticas con que, en vez de contentarse con hacer perspectivismo, se entretiene en desarrollarlo teóricamente.

En 1940, como veinticinco años atrás, el más valioso estímulo al aprovechamiento de Cervantes estaba en las Meditaciones del Quijote de Ortega y Gasset, quien, sin dejar de explorar el significado del Caballero, había dedicado tan temprano ensayo de explicación salvífica al escritor Cervantes, o mejor, a su novela en cuanto novela. Este traslado del fervor por el personaje (tan clamado por Unamuno) a la estudiosa atención hacia el arte de novelar de Cervantes determina el rumbo que tomarán después críticos eminentes como Américo Castro y Joaquín Casalduero, o novelistas como Francisco Ayala, por citar uno solo del tiempo de entreguerras. Y, viniendo así al primer aspecto escogido, no resulta extraño que aquellos a quienes voy a referirme (Torrente Ballester, criado en la lectura de Ortega, pero también Martín-Santos, Goytisolo y Benet, más alejados de tal lectura) hagan girar sus reflexiones no sobre Don Quijote, sino sobre el Quijote.

Mucho llamó la atención poco después de 1962 el pasaje de Tiempo de silencio en que se ofrece la meditación de Pedro, el médico, acerca de Cervantes, mientras deambulaba por el Madrid nocturno de 1949. Hubo de llamar la atención ese texto, entre otros motivos, por el largo olvido en que se había dejado a Cervantes. Los novelistas de los años 40 y 50 se habían acogido más bien al modo picaresco que al cervantino. Se veía más «realismo» y más «crítica» en aquél que en éste: la picaresca presentaba la pobreza, el hambre, la marginación, el afán de medro; el Quijote, apenas.

Henchido de voluntad testimonial, Juan Goytisolo ponderaba en 1957 la gran lección de la picaresca, consistente en «ofrecemos, con un coraje y una valentía inhabituales, una imagen cruel, certera, de la sociedad», en lugar de abandonarse a sueños gloriosos o místicos [2.].

Pero he aquí a Pedro, en Tiempo de silencio, monologando por callejuelas del centro de Madrid donde fue vecino el manco famoso:

Cervantes, Cervantes. ¿Puede realmente haber existido en semejante pueblo, en tal ciudad como ésta, en tales calles insignificantes y vulgares un hombre que tuviera esa visión de lo humano, esa creencia en la libertad, esa melancolía desengañada, tan lejana de todo heroísmo como de toda exageración, de todo fanatismo como de toda certeza? ¿Puede haber respirado este aire tan excesivamente limpio y haber sido consciente como su obra indica de la naturaleza de la sociedad en la que se veía obligado a cobrar impuestos, matar turcos, perder manos, solicitar favores, poblar cárceles y escribir un libro que únicamente había de hacer reír? ¿Por qué hubo de hacer reír el hombre que más melancólicamente haya llevado una cabeza serena sobre unos hombros vencidos? ¿Qué es lo que realmente él quería hacer? ¿Renovar la forma de la novela, penetrar el alma mezquina de sus semejantes, burlarse del monstruoso país, ganar dinero, mucho dinero, más dinero para dejar de estar tan amargado como la recaudación de alcabalas puede amargar a un hombre? No es un hombre que pueda comprenderse a partir de la existencia con la que fue hecho [3].

Lo que en principio suscita la reflexión del viandante es, según se ve, el caso personal de Miguel de Cervantes, su equilibrio, su clarividencia para comprender el mundo y sobreponerse a la adversidad, lo excepcional de su existencia y lo enigmático de su hazaña literaria. A ésta va dedicado el resto de la meditación, estructurada en seis espirales sucesivas, que, abreviadamente, configuran este razonamiento: cierta moralidad permite leer libros de caballería siempre que se reconozca que el bello mundo que describen es falso; un hombre decide creer en ese bello mundo y darle ser, con lo que «el mal» se hace realidad; a ese hombre le llamaban «el Bueno»; ese hombre sabe que el bajo mundo es malo y su locura consiste en creer en la posibilidad de mejorarlo, lo cual induce a reír; pero tal vez hubiera que crucificar al loco risible, pues lo escandaloso de su locura está en que pretende realizar aquella moralidad en que decían creer los que de él se reían; sin embargo, como «está loco», no hay que llevar las cosas tan lejos:

«En ese “hacer loco” a su héroe va embozada la última palabra del autor. La imposibilidad de realizar la bondad sobre la tierra, no es sino la imposibilidad con que tropieza un pobre loco para realizarla. Todas las puertas quedan abiertas. Lo que Cervantes está gritando a voces es que su loco no estaba loco, sino que hacía lo que hacía para poder reírse del cura y del barbero, ya que si se hubiera reído de ellos sin haberse mostrado previamente loco, no se lo habrían tolerado y hubieran tomado sus medidas montando, por ejemplo, su pequeña inquisición local».

La historia del loco, en fin, habría servido a Cervantes de «fatiga divertida» con que, olvidando carencias, desprecios y desgracias, «poder no enloquecer» (p. 64).

separador

Read the rest of this entry »

 

Etiquetas: , , , , , , , ,

Dulcinea, ideal amoroso del Caballero de la Voluntad

Dulcinea es un personaje complejo, cuyo análisis puede ser abordado —así lo ha hecho la crítica— desde muy diversas perspectivas: se puede analizar su figura como componente de la materia amorosa, que forma junto con la materia caballeresca y la literaria los tres grandes núcleos temáticos del Quijote; se puede estudiar su función estructural (Dulcinea al servicio de la narración: pienso especialmente en todo lo relacionado con su encantamiento y su desencantamiento en la Segunda Parte); se puede poner en relación con el estatus de la locura de don Quijote y la evolución de su carácter en las dos Partes, y con la problemática relación que se establece en la novela entre realidad y ficción, o entre apariencia y realidad; en este sentido, Dulcinea es también un factor determinante en la relación entre el caballero y su escudero Sancho Panza; la dualidad Dulcinea-Aldonza brinda abundantes momentos para la comicidad y la parodia, en pasajes que permiten la conformación de un mundo carnavalesco; se puede abordar el estudio de Dulcinea desde el psicoanálisis y la sexualidad,  etc.

Don Quijote convence a SanchoAdemás, debemos partir del hecho fundamental de que Dulcinea es un personaje que no existe, que es la creación de una creación: Dulcinea es una invención de don Quijote de la Mancha, que a su vez es una invención de Alonso Quijano (que, a su vez, es una invención de Cervantes). Incluso podríamos cuestionarnos si Dulcinea es invención de don Quijote o de Alonso Quijano, cuestión no tan fácil de dilucidar ni tan baladí como a primera vista pudiera parecer. En suma, estamos ante un personaje complejo, referido, que no interviene nunca en la novela, pero que alcanza una presencia muy destacada, al que Cervantes quiso dar un tratamiento artístico relevante. Así, Riquer ha subrayado el “sutil arte con que Cervantes trata a este personaje femenino, que jamás asoma a las páginas del Quijote”.

Otra idea preliminar que conviene avanzar es que las interpretaciones de Dulcinea corren parejas con las dos grandes interpretaciones del Quijote: la interpretación seria, que lo considera un libro con valores profundos y trascendentes; y la interpretación cómica, que entiende la novela cervantina exclusivamente como un libro de entretenimiento, como una obra paródica “provocante a risa”. Si nos situamos en la perspectiva trascendente, Dulcinea puede convertirse en el más trascendente de los símbolos. Si, por el contrario, nos ceñimos a la risa, Dulcinea quedará reducida a una grotesca parodia de un modelo amoroso.

Resulta imposible abordar en breve espacio todos los aspectos relacionados con este complejo personaje; por ello, en las páginas que siguen me limitaré a analizar someramente los principales pasajes en los que se ofrece la caracterización de Dulcinea: su “invención”, algunos de sus retratos, su función amorosa, la confrontación con Aldonza Lorenzo, etcétera.

La invención de Dulcinea

Dulcinea es, antes que nada, una necesidad para que Alonso Quijano pueda convertirse en don Quijote, es uno de los elementos que el hidalgo necesita para ser caballero andante. Como es sabido, esa transformación de Alonso Quijano en don Quijote de la Mancha se opera en el capítulo I, 1, y para ello necesita: 1) unas armas y una armadura (las roñosas de sus bisabuelos, la celada fabricada de cartón…); 2) un caballo (el estropeado matalote de su cuadra, que pasa de rocín a Rocinante); 3) un nombre propio sonoro y caballeresco (don Quijote de la Mancha); y 4) una dama amada, una “señora de sus pensamientos”: esta va a ser Dulcinea del Toboso. Recordemos el pasaje en cuestión:

Limpias, pues, sus armas, hecho del morrión celada, puesto nombre a su rocín y confirmándose a sí mismo, se dio a entender que no le faltaba otra cosa sino buscar una dama de quien enamorarse, porque el caballero andante sin amores era árbol sin hojas y sin fruto y cuerpo sin alma (p. 43).

Esta idea se reitera en diversas ocasiones. En I, 13, Vivaldo comenta a don Quijote que no todos los caballeros son enamorados, a lo que el manchego replica:

—Eso no puede ser […]: digo que no puede ser que haya caballero andante sin dama, porque tan proprio y tan natural les es a los tales ser enamorados como al cielo tener estrellas, y a buen seguro que no se haya visto historia donde se halle caballero andante sin amores; y por el mesmo caso que estuviese sin ellos, no sería tenido por legítimo caballero, sino por bastardo y que entró en la fortaleza de la caballería dicha, no por la puerta, sino por las bardas, como salteador y ladrón (p. 140).

En II, 32 explica al grave eclesiástico que es capellán de los Duques:

… yo soy enamorado, no más de porque es forzoso que los caballeros andantes lo sean, y, siéndolo, no soy de los enamorados viciosos, sino de los platónicos continentes (p. 890).

En ese mismo capítulo, cuando confiese a los Duques que no puede describir a Dulcinea por culpa de los encantadores que le persiguen, empleará unas palabras parecidas:

… porque quitarle a un caballero andante su dama es quitarle los ojos con que mira y el sol con que se alumbra y el sustento con que se mantiene. Otras muchas veces lo he dicho, y ahora lo vuelvo a decir: que el caballero andante sin dama es como el árbol sin hojas, el edificio sin cimiento y la sombra sin cuerpo de quien se cause (pp. 896-97).

Pero volvamos al capítulo I, 1. Don Quijote imagina que vence al gigante Caraculiambro y que lo manda a ponerse a los pies de su “dulce señora”, y añade a continuación el narrador:

¡Oh, y cómo se holgó nuestro buen caballero cuando hubo hecho este discurso, y más cuando halló a quien dar nombre de su dama. Y fue, a lo que se cree, que en un lugar cerca del suyo había una moza labradora de muy buen parecer, de quien él un tiempo anduvo enamorado, aunque, según se entiende, ella jamás lo supo ni le dio cata de ello. Llamábase Aldonza Lorenzo, y a esta le pareció ser bien darle título de señora de sus pensamientos; y, buscándole nombre que no desdijese mucho del suyo y que tirase y se encaminase al de princesa y gran señora, vino a llamarla “Dulcinea del Toboso” porque era natural del Toboso: nombre, a su parecer, músico y peregrino y significativo, como todos los demás que a él y a sus cosas había puesto (p. 44).

Nótese que el narrador emplea el sintagma “nuestro buen caballero” para referirse a su personaje, lo que parece indicar que quien da nombre a la dama no es ya Alonso Quijano, sino don Quijote de la Mancha. Siguiendo el esquema idealizador de la realidad conocida, la rústica Aldonza Lorenzo pasa a ser la princesa Dulcinea del Toboso en la fantasía de don Quijote. Aquí se hacen precisas algunas consideraciones acerca de estos dos nombres. En Aldonza Lorenzo, tanto el nombre como el apellido presentan connotaciones rústicas y groseras. Así, existían refranes como “Aldonza, con perdón”, “A falta de moza, buena es Aldonza” o “Moza por moza, buena es Aldonza”. La protagonista de La lozana andaluza, una prostituta, se llama así, y se cambia el nombre por el anagrama Lozana. Aldonza es también la madre del buscón Pablos… De Aldonza, nombre que connota rusticidad, baja condición social y quizá un comportamiento sexual libre, se pasa a Dulcinea, nombre de raigambre pastoril, más que caballeresca, que evoca fonéticamente ‘dulce, dulzura’. Se suele recordar, desde Menéndez Pelayo, que en Los diez libros de Fortuna de Amor de Antonio de Lofrasso (obra que, por cierto, estaba en la biblioteca de don Quijote) aparece un pastor llamado Dulcineo y una pastora Dulcina. Lapesa supone que el nombre Dulcinea es derivado de Dulce, con el añadido de una terminación que calca la de prestigiosos modelos literarios como Claricl-ea, Melib-ea, Galat-ea, Feb-ea

Como sucede en otras ocasiones, el poder mágico de la palabra sirve para transmutar la realidad más fea, vulgar o prosaica. Con la palabra, don Quijote crea una nueva realidad, antes inexistente, que es Dulcinea. En efecto, don Quijote, antes de pelear con las armas, se bate con las palabras, es poeta antes que caballero. Ahora bien, ese poético nombre de Dulcinea no parece encajar del todo bien con la apostilla del Toboso, topónimo que está indicando una procedencia villanesca . Así pues, ya en el nombre Dulcinea + del Toboso apunta el carácter dual, mezcla de idealidad y prosaísmo, que va a caracterizar a la amada de don Quijote. Sobre Dulcinea se va a proyectar continuamente la sombra de Aldonza (en la Primera Parte) o de la tosca labradora del Toboso que sirve de base para el sanchopancesco encantamiento (en la segunda, en la que desaparece Aldonza). Tendremos ocasión de volver más adelante sobre esa dicotomía Dulcinea-Aldonza o Dulcinea-labradora del Toboso. Baste por ahora con recordar la nota harto desmitificadora que se introduce en I, 9, a propósito del hallazgo de los manuscritos en el alcaná de Toledo, cuando el morisco aljamiado que los traducirá se ríe de algo que ha leído en ellos:

—Está, como he dicho, aquí en el margen escrito: “Esta Dulcinea del Toboso, tantas veces en esta historia referida, dicen que tuvo la mejor mano para salar puercos que otra mujer de toda la Mancha” (p. 108).

La caracterización de Dulcinea

Ya hemos examinado el “nacimiento” de Dulcinea en la mente de don Quijote. Pero son muchos más los pasajes en los que se trata de su hermosura, virtud y linaje, y del servicio amoroso que le rinde su casto, firme y leal enamorado. A continuación repasaré los principales hitos textuales en los que se habla sobre su existencia y entidad y en los que se declara su función como ideal amoroso del caballero.

El encuentro con los mercaderes toledanos (I, 4)

En una de sus primeras aventuras, don Quijote pide a unos mercaderes que confiesen que Dulcinea es la más bella mujer del mundo:

—Todo el mundo se tenga, si todo el mundo no confiesa que no hay en el mundo todo doncella más hermosa que la Emperatriz de la Mancha, la sin par Dulcinea del Toboso.

—Señor caballero, nosotros no conocemos quién sea esa buena señora que decís; mostrádnosla, que, si ella fuere de tanta hermosura como significáis, de buena gana y sin apremio alguno confesaremos la verdad que por parte vuestra nos es pedida.

—Si os la mostrara —replicó don Quijote—, ¿qué hiciérades vosotros en confesar una verdad tan notoria? La importancia está en que sin verla lo habéis de creer, confesar, afirmar, jurar y defender; donde no, conmigo sois en batalla, gente descomunal y soberbia (p. 68).

Todavía un mercader insiste para que les muestre algún retrato de esa señora, aunque sea tamaño como un grano de trigo; que por el hilo se sacará el ovillo y quedaremos con esto satisfechos y seguros, y vuestra merced quedará contento y pagado; y aun creo que estamos ya tan de su parte, que, aunque su retrato nos muestre que es tuerta de un ojo y que del otro le mana bermellón y piedra azufre, con todo eso, por complacer a vuestra merced, diremos en su favor todo lo que quisiere.

—No le mana, canalla infame —respondió don Quijote encendido en cólera—, no le mana, digo, eso que decís, sino ámbar y algalia entre algodones; y no es tuerta ni corcovada, sino más derecha que un huso de Guadarrama. Pero vosotros pagaréis la grande blasfemia que habéis dicho contra tamaña beldad como es la de mi señora (p. 69).

Este pasaje es significativo en la “construcción” de la amada del caballero: los mercaderes, pegados a la materialidad de las cosas, como no conocen a Dulcinea, piden a don Quijote que se la muestre, mientras que éste, que es en este momento inicial un caballero andante pletórico de voluntad, no necesita ninguna prueba tangible de su belleza.

La conversación con Vivaldo (I, 13)

Vivaldo reprocha a don Quijote que los caballeros andantes se encomienden a sus damas, no a Dios, antes de emprender sus aventuras; es más, para ellos sus damas son su Dios, lo que huele a gentilidad; además opina que no todos los caballeros son enamorados, aserto negado por don Quijote. Vivaldo le pide entonces que les diga “el nombre, patria, calidad y hermosura de su dama” (p. 141). Don Quijote, tras dar un gran suspiro, declara:

— … su nombre es Dulcinea; su patria, el Toboso, un lugar de la Mancha; su calidad por lo menos ha de ser de princesa, pues es reina y señora mía; su hermosura, sobrehumana, pues en ella se vienen a hacer verdaderos todos los imposibles y quiméricos atributos de belleza que los poetas dan a sus damas: que sus cabellos son oro, su frente campos elíseos, sus cejas arcos del cielo, sus ojos soles, sus mejillas rosas, sus labios corales, perlas sus dientes, alabastro su cuello, mármol su pecho, marfil sus manos, su blancura nieve, y las partes que a la vista humana encubrió la honestidad son tales, según yo pienso y entiendo, que solo la discreta consideración puede encarecerlas, y no compararlas (pp. 141-42).

Para algunos críticos, esta descriptio no es más que una “banal serie de tópicos petrarquistas rutinarios” que desrealiza a Dulcinea: no se da una individualización, sino que su retrato se construye con elementos de las fuentes literarias. Pero a la belleza hay otros datos que añadir, y Vivaldo le sigue inquiriendo sobre “el linaje, prosapia y alcurnia”; don Quijote dice que “es de los del Toboso de la Mancha, linaje, aunque moderno, tal, que puede dar generoso principio a las más ilustres familias de los venideros siglos” (p. 142). Todos los circunstantes le escuchan con atención, pero Sancho se extraña particularmente en lo tocante al linaje:

… y en lo que dudaba algo era en creer aquello de la linda Dulcinea del Toboso, porque nunca tal nombre ni tal princesa había llegado jamás a su noticia, aunque vivía muy cerca del Toboso (p. 143).

separador

Read the rest of this entry »

 

Etiquetas: , , , , , ,

Alonso Quijano: El héroe olvidado de la tragedia quijotesca

Cuando se habla de la inmortal obra de Miguel de Cervantes, pensamos siempre en la estrafalaria figura de un hidalgo manchego capaz de realizar las acciones más inverosímiles y sorprendentes. Sin embargo, el lector no puede olvidar que el relato de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha ofrece dos biografías distintas, aunque éstas se hallen vividas o interpretadas por una misma persona. Hay que hablar de dos personajes de mentalidad y formas de vida muy distintas. En primero lugar, tenemos al hidalgo bueno y culto Alonso Quijano y en segundo lugar al caballero andante, buscador de aventuras, don Quijote de la Mancha. De don Quijote sabemos mucho, pero…

Don Quijote. Discurso de la Edad Dorada

Don Quijote. Discurso de la Edad Dorada

¿Qué sabemos de Alonso Quijano? No es fácil contestar a la pregunta. Para poder dar una respuesta satisfactoria tenemos que organizar laboriosamente todo el material disponible. Cuando el lector realiza este trabajo, éste descubre con sorpresa un hecho incuestionable. Casi toda la información que poseemos del hidalgo manchego la tenemos en las dos primeras páginas del libro. Aparte de esto, encontramos datos sueltos que se van intercalando a lo largo de toda la obra como breves cuñas explicativas de la existencia de Alonso Quijano. Así sabemos que de joven tuvo problemas físicos muy serios, que era una persona que sentía una fuerte atracción por el mundo de la farándula, que tenía por lo menos una hermana, etc., y pocos datos más. Pero, ¿qué puede deducir el lector de todo esto? Algo muy importante. Si el narrador omnisciente es capaz de ofrecernos detalles tan particulares de la vida del hidalgo, igualmente podría informarnos sobre aspectos mucho más importantes y centrales de su existencia. Los datos que no nos ofrece, —el pasado familiar, los años de niñez y mocedad, etc.—, deben ser considerados como una ocultación informativa consciente y voluntaria. Parece que al autor sólo le interesa la vida y la acción de don Quijote, marginando, si no despreciando, olímpicamente la existencia de Alonso Quijano. Volveremos sobre este punto más adelante, cuando tengamos las razones suficientes para poder explicar este hecho tan sorprendente.

¿Qué significa este desfase informativo si hay, como se ha dicho, una voluntad clara tanto en la comunicación como en la ocultación? En primer lugar, la vida de Alonso Quijano debe interpretarse como una existencia sin la suficiente garra o interés para ser objeto de escritura. Por eso, en unas cuantas líneas se despachan cincuenta años de existencia. Inversamente, la corta vida de don Quijote, ya se reduzca ésta a unos dos meses, como quieren algunos críticos, o se amplíe a un año, como proponen otros estudiosos, acapara toda la atención del narrador y, por tanto, abarca todo el espacio del relato. Por estas simples consideraciones cabe afirmar que Alonso Quijano como experiencia vital no interesa. La novela se centra y valora la vida y la acción de don Quijote de la Mancha. Alonso Quijano se subordina a don Quijote de la Mancha. En el relato interesa el caballero andante y no el hidalgo de gotera. Sin embargo, es imposible querer entender la personalidad de don Quijote si previamente no se analiza la psicología y la acción de Alonso Quijano. Para llegar a don Quijote hay que pasar por los espacios existenciales del hidalgo manchego.

Asumamos este criterio e intentemos analizar la vida y la obra de Alonso Quijano para llegar a entender las claves emocionales de don Quijote de la Mancha. ¿Es posible realizar esta empresa con los datos que nos ofrece el texto? Como se ha dicho con anterioridad, éstos no sobrepasan unas cuantas líneas. Poco material para un intento tan ambicioso. Asumimos el riesgo conscientes de que en ocasiones es tan importante lo que se silencia como lo que se afirma. Por eso, entre asertos y ocultaciones intentemos dar respuesta al plan proyectado.

Primera parte de El Quijote

Primera parte de El Quijote

Como se afirmaba al principio de este trabajo, la historia de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha es la superposición de dos vidas distintas encarnadas por una misma persona, se llame ésta Alonso Quijano o don Quijote de la Mancha. Dicha historia abarca los cincuenta años de existencia de nuestro protagonista. Sin embargo, el noventa por ciento del tiempo narrado corresponde al hidalgo Alonso Quijano y no llega a un diez por cierto el tiempo de vida que corresponde al caballero don Quijote. Sorpresivamente, esos cincuenta años de existencia de Alonso Quijano se reducen en la obra propiamente a un par de páginas y los meses de vida protagonizados por don Quijote acaparan casi el cien por cien de la extensión de la novela. Sorpresivamente se encuentra el lector que la existencia del hidalgo queda ninguneada a pesar de novelarse medio siglo de su vida mientras los pocos meses de actividad caballeresca de don Quijote merecen cientos de páginas de escritura, propiamente toda la novela.

Después de todas estas consideraciones, se impone nuevamente la pregunta inicial. ¿Qué sabemos de Alonso Quijano? Según los datos que nos ofrece el narrador o narradores del primer relato o primer Quijote, Alonso Quijano era un hidalgo medio de un pueblo perdido de La Mancha. Tenía más o menos cincuenta años. Era, a su vez, una persona querida y admirada por todos sus coterráneos por su bondad y por su sabiduría. Por lo que sabemos, sus medios económicos sólo le permitían llevar una vida digna, aunque sujeta a ciertas estrecheces económicas. Las escasas rentas que podía sacar de su pequeña hacienda sólo le daban para comer con suficiencia pero sin excesos y para vestir con dignidad pero sin lujos. Como hidalgo de la España del S. XVI o principios del S. XVII no trabajaba, simplemente porque el trabajo significaba la descalificación del prestigio y del rango que implicaba el título de hidalguía. Por otro lado, poco trabajo le podía ocasionar una hacienda tan reducida y parca como era la de nuestro hidalgo. Con el ama, la sobrina y “un mozo de campo y plaza” podía cubrir perfectamente las necesidades de la tierra y de la casa.

¿Cómo podía ser la vida de este hidalgo con esa pequeña propiedad y en un pueblo perdido de La Mancha? ¿Cómo podía llenar las horas del día y los días del mes? Para responder a esta pregunta seguimos al pie de la letra las pistas que nos ofrece el propio relato. La administración de la hacienda tenía que ser una tarea sencilla en el tiempo. Poco tenía que dirigir y cuidar donde casi no había qué administrar. En casa no hacía labor ninguna, porque para ello estaban las otras personas de la casa. ¿La caza podía funcionar como paliativo de este estado de inactividad? Es verdad que en ciertas épocas, no muy lejanas, dedicaba horas del día a la caza con su “galgo corredor”. Pero sus condiciones físicas y psicológicas no eran las apropiadas para grandes y continuados ejercicios corporales. De joven experimentó ciertas molestias renales, lo que le impediría toda acción física, incluida la caza. Por otra parte, su edad, “frisaba la edad de nuestro hidalgo con los cincuenta años”, no era la más idónea para llevar a cabo actividades cinegéticas. De todo esto se deduce que no era una persona ni con aptitudes ni con demasiada inclinación hacia la actividad física. Por otra parte, la administración de su hacienda le debía exigir muy poco tiempo de su dedicación diaria. Podía dedicar parte del día a la plática con sus amigos el cura y el barbero, ya que a lo largo de la obra se nos presenta como un perfecto y consumado dialogador. ¿Cuántas horas del día podía dedicar al trato con sus amigos? Pensemos que unas horas como mucho. Otros ratos los tenía que dedicar a la lectura, ya que en los momentos lúcidos se nos presenta como hombre de profundos y muy amplios conocimientos. Es decir, según lo que se puede deducir de lo que nos comunica el propio relato, los únicos pasatiempos reales que tenía el hidalgo eran la lectura y la plática con sus amigos .

Alonso Quijano en la vida real y diaria no tenía nada que hacer y si algo hacía, eso era bien poco: lecturas, pláticas y una corta actividad administrativa. La característica vital de Alonso Quijano en esas circunstancias que presentaba su vida a los cincuenta años era una casi total inactividad que le tenía que llevar a una monotonía brutal. La vida de Alonso Quijano en esa aldea perdida de La Mancha debía ser de una uniformidad completa y de un aburrimiento insufrible.

Si ésta era la vida del presente existencial de Alonso Quijano, ¿qué nos ofrecía su pasado? Una vida a los cincuenta años con una experiencia rica en vivencias y en recuerdos del pasado podría funcionar como razón compensatoria a una existencia tranquila y sosegada en época de madurez. Para probar y profundizar en esta idea es necesario estudiar el pasado del hidalgo para poder comprender mejor su presente en esa edad de clara decadencia física. El texto nos revela que Alonso Quijano era una persona sin acción y sin aventuras ni el presente ni en el pasado.

La impresión que puede sacar el lector de los parcos pero interesantes apuntes que ofrece el relato es que nuestro hidalgo nunca había salido de su comarca. Cuando el caballero se lanza al mundo de aventuras, después de un día de camino sobre los débiles lomos de Rocinante, Don Quijote miraba “a todas partes por ver si descubriría algún castillo o alguna majada de pastores donde recogerse y adonde pudiese remediar su mucha necesidad” (I-II). ¿Qué significa esta frase? Sencillamente, Don Quijote desconocía el lugar. La acción previa a la salida y la propia salida revelan un conocimiento exacto del lugar. No hay dudas en su acción. Don Quijote muestra una total seguridad. Sin embargo, cuando, después de caminar unas cuantas millas, otea el horizonte para comprobar si en el camino existen majadas o castillos demuestra que ese lugar le resultaba desconocido. Alonso Quijano nunca pudo estar en esos parajes, porque de otra forma el lugar le resultaría conocido. ¿A qué distancia se podía encontrar de su lugar? Haciendo un cálculo aproximado, se puede afirmar que como máximo a unos treinta kilómetros. No parece lógico pensar en una distancia superior. ¿Qué distancia mayor podría recorrer en un día el famélico y viejo Rocinante? Por otro lado, la carretera que toma el hidalgo manchego es equiparable a una de nuestras autopistas o carreteras nacionales actuales. ¿Sería y es con pocos cambios la nacional que va de La Mancha a Andalucía a través de Sierra Morena? El desconocimiento completo que ofrece Don Quijote en una carretera tan importante y en una distancia tan reducida nos revela un hecho palpable: el héroe cervantino no había salido nunca de su lugar o de su comarca. Sólo había podido llegar al Toboso, “un lugar cerca del suyo”, donde tuvo lugar ese supuesto encuentro con la mujer de sus sueños y de sus delirios. Si ha permanecido en casa a lo largo de sus cincuenta años de existencia, con excepcionales salidas a lugares cercanos de su hacienda, cabe deducir que la inexistencia de acción y de experiencias en el caso de nuestro hidalgo era total. La quietud emocional y el sosiego vital eran las características de su vida.

¿Qué podemos deducir de la vida sentimental de Alonso Quijano? Una existencia sin grandes aventuras de acción pero rica en experiencias emocionales podía representar una vida llena de alicientes, cuyos recuerdos dieran sentido y razón a un vivir tranquilo y sosegado. ¿Éste era el caso de Alonso Quijano? De la propia obra se pueden colegir todos los datos necesarios para proponer la radiografía sentimental de nuestro hidalgo. El resultado de una lectura medianamente atenta sobre el apartado de los amores de nuestro personaje es tan sorprendente como dramático. Alonso Quijano, hidalgo de cincuenta años, no ha conocido mujer. Es decir, la vida sentimental del héroe cervantino era tan vacua como su acción aventurera. Cuando decide convertirse en caballero andante y buscaba “una dama de quien enamorarse”, requisito imprescindible de su nueva condición caballeresca, tuvo un gran problema. Pero este dilema no derivaba del excesivo número de candidatas sino de la falta de las mismas. Alonso Quijano a pesar de su edad era un impenitente solterón. Si hubiera tenido alguna aventura amorosa, por pequeña que ésta fuera, la elección hubiera sido fácil o, por lo menos, dicho amor o el personaje de la aventura hubiera estado presente en el momento de la deliberación. En la triste historia del caballero no había propiamente candidatas. Tuvo que optar por una mujer que en el pasado fue moza labradora de muy buen parecer, de quien estuvo enamorado, aunque ella, como nos dice el relato, no se dio cata de ello. Por lo que parece, el amor que profesaba el personaje hacia Aldonza Lorenzo tenía un origen lejano. El propio Don Quijote nos dice que eran como mínimo doce años: “…osaré jurar con verdad que en doce años que ha que la quiero más que a la lumbre de estos ojos…” (I-XXV).

¿La realidad de estos amores radicaba en su ocasionalidad o en su permanencia? Es difícil poder llegar a una conclusión definitiva. Lo que se afirma en una parte se niega en otras. Creo que cada lector tiene la última palabra. ¿Fue un amor duradero en el tiempo? No lo podemos afirmar. ¿Fue un amor platónico nacido de la contemplación de la mujer o de las referencias que sobre ella llegaban a los oídos del hidalgo? Tampoco lo podemos decir. Hay razones para defender una tesis como existen pruebas suficientes para sostener el otro punto de vista. Lo único cierto es el sentimiento amoroso que experimentó el hidalgo manchego por esa moza labriega de buen ver, pero de costumbres un tanto disolutas y frívolas.

Se puede afirmar que hacia los cuarenta años se debió enamorar platónicamente de esa “moza de buen ver” a pesar de su fama y de su conducta. Sin embargo, a pesar del tiempo transcurrido, más de doce años, no se había atrevido en ocasión alguna a mostrar sus sentimientos a la joven. Es posible que durante ese tiempo dedicara buena parte del día a imaginar lances y situaciones con Aldonza Lorenzo. Por el conducto de la imaginación, representaría el papel de héroe triunfador que lograba alcanzar las metas que se proponía. Lo malo de la situación era que la vivencia descansaba en los espacios del ensueño y de la evocación. La imaginación suplantaba la realidad. Don quijote era muy dado al ensueño y a la fantasía. Este dato queda perfectamente explicado a partir de esa querencia natural que el hidalgo sentía por la farándula y por la ficción literaria.

Los amores de Alonso Quijano revelan una personalidad un tanto patológica. Si Alonso Quijano vivía ensimismado en sus amores sin dar a conocer dichos sentimientos a la persona amada era simplemente por su timidez un tanto enfermiza. Este dato implica la imposibilidad de propiciar un encuentro con la mujer amada para la comunicación de sus sentimientos. Si no se atrevía a establecer una simple relación dialogal, mucho menos se atrevería a proponer una relación más profunda con la persona de la que estaba enamorado. Alonso Quijano era un solterón irredento a causa de una timidez en grado patológico. Si esto era así, cabe concluir esta breve exposición afirmando que la vida sentimental del hidalgo manchego se caracterizaba por su pobreza absoluta y por su vacío total.

Por lo tanto, la vida de Alonso Quijano en ese pueblo perdido de una región olvidada sin vivencias y sin expectativas se tenía que caracterizar por una monotonía completa, por una vulgaridad total y por un tedio insufrible. En su existencia de hidalgo de aldea no había ni acción, ni amores, ni trabajo, etc. ¿Qué había entonces? Monotonía y aburrimiento. Toda su vida se tenía que reducir a un pasar en la cotidianeidad más completa sin más expectativas que el tedioso discurrir de todos los días. Desde este punto de vista, la existencia del hidalgo manchego, tanto en su pasado como en su presente, tuvo que ser dramática por la falta de expectativas y por la ausencia de recuerdos o experiencias del pasado. Alonso Quijano vivía un presente vacuo sin motivaciones en el pasado y con un futuro tan poco atractivo como desalentador era su presente y tuvo que ser su pasado. Desde este punto de vista, se puede afirmar que la personalidad humana del hidalgo manchego era tan triste como trágica.

Si a partir de estas breves pinceladas sobre la vida de Alonso Quijano, ofrecemos un cuadro sinóptico sobre el ser y el estar del hidalgo manchego, llegaríamos a las siguientes conclusiones.

 ●    Alonso Quijano era un hombre bueno y honrado, querido y admirado por sus coterráneos. El cariño que en todo momento mostraban hacia él tanto el cura, el barbero, el bachiller, etc., como el bueno de Sancho, así lo viene a demostrar. Las respuestas que asumen cura, barbero, bachiller, etc., frente a la supuesta locura de Don Quijote son consecuencia de la sincera amistad que profesaban al hidalgo y del fuerte cariño que sentían por él. Alonso Quijano era un hombre querido por todos sus convecinos.

●     Alonso Quijano era un intelectual, hombre de letras, de profundos y muchos conocimientos. Los saberes que demuestra a lo largo de toda su vida caballeresca lo certifican. Por otro lado, se puede deducir de la lectura de la obra que Alonso Quijano como hombre de letras fue un autodidacta. Nunca salió de su comarca. No asistió a universidad o centro docente señalado. ¿Qué estudios pudo realizar en la pequeña aldea de donde era natural? Muy pocos y muy rudimentarios. Sin embargo, demuestra unos conocimientos fuera de lo común. Buenos ratos de ocio, que eran muchos en su vida, como nos dice el autor de la narración, tuvo que dedicarlos a la lectura y al cultivo intelectual. A sus cincuenta años, Alonso Quijano es un hombre sabio de amplios y profundos conocimientos.

●     Alonso Quijano era un hombre de parco pero de buen vivir. Como se ha dicho con anterioridad, los recursos de la hacienda le daban justamente para una comida suficiente y un vestido digno. Nunca ha pasado hambre ni ha conocido el frío. Si en ningún momento de su vida de caballero andante vive angustiado por la comida es porque nunca ha tenido el más mínimo problema de alimentación. Igualmente, si nunca presenta el más mínimo deseo por los bienes materiales, especialmente los económicos, es porque nunca ha conocido el sabor de su carencia. Sus bienes podían ser escasos, pero eran suficientes para poder llevar una vida digna sin grandes alardes y gastos pero también sin fuertes necesidades. Alonso Quijano vivía feliz en una aproblemática y atractiva medianía económica

●     Alonso Quijano era un impenitente solterón, caracterizado por su timidez patológica. Los amores platónicos con Aldonza Lorenzo son la mejor prueba de lo expuesto. A sus cincuenta años no ha conocido mujer. Toda su experiencia amatoria se reduce a un casto mirar, si esto es realidad. Ciertas insinuaciones por parte de cierta crítica muy actual sobre la posible homosexualidad de Alonso Quijano rondan la estupidez más completa y demuestran una fuerte miopía crítica. Alonso Quijano era un hombre sin experiencias amorosas debido a una especie de timidez patológica. Lo demuestra ese ir y venir a esa aldea cercana para ver en la distancia, presumiblemente sin ser visto, a la mujer de sus amores: Aldonza Lorenzo.

●     Alonso Quijano era una persona carente de experiencias físicas y afectivas. Con un pasado vacuo y con un presente sin alicientes presentaba un futuro sin expectativas. La monotonía y el aburrimiento eran una constante en su existencia. A sus cincuenta años, presentaba un futuro muy poco prometedor. Nuestro hidalgo manchego vivía en la decrepitud de la edad. Como hidalgo, había pasado toda su juventud y madurez en un pequeño pueblo de La Mancha, haciendo dejación de la costumbre habitual de los hidalgos: el ejército, las Américas, etc. La vida aventurera propia de los hidalgos españoles de la época fue suplantada en el caso del hidalgo manchego por una medianía vital sin alicientes ni expectativas. La mediocridad era el valor que mejor define la vida de Alonso Quijano.

●     Alonso Quijano era un hombre soñador e imaginativo. A falta de vivencias, lo único que tenía el buen hidalgo era su imaginación. Era una persona con fuerte tendencia hacia la fantasía. La inclinación que había sentido siempre, especialmente en sus años de mocedad, hacia el mundo de la farándula, demostraba esta tendencia hacia lo irreal y lo fantasioso. Nuevamente los amores utópicos y atípicos con Aldonza confirmaban este carácter fantasioso e imaginativo de nuestro personaje. La más que probable falta de experiencias vitales era compensada por la fuerza de la fantasía y de la imaginación.

●     Alonso Quijano, persona imaginativa, en medio del aburrimiento y de la inactividad, se dejaba llevar por la fantasía y por la imaginación. La edad del hidalgo, “frisaba la edad de nuestro hidalgo con los cincuenta años”, era problemática, ya que el hombre debió tomar conciencia de su declive físico y de su cercana decrepitud. En el caso de Alonso Quijano, finales del S. XVI, habría que hablar de un estado de clara decadencia física. En estos momentos y en estas circunstancias, Alonso Quijano daba rienda suelta a su fantasía para colmar por la vía de la ensueño y de la fantasía las carencias existenciales que presentaba. El punto de referencia lo encontraba en los libros de caballerías, donde la valentía y la fortaleza de unos jóvenes caballeros hacían posible las más extraordinarias aventuras en nombre del amor y de la justicia. Es decir, los libros de caballerías formaban un género de ficción donde el amor y las aventuras físicas eran el cuerpo de sus contenidos. Es lógico que Alonso Quijano se dejara arrastrar por este tipo de literatura de evasión, que llenaba con creces las necesidades espirituales y emocionales de su vacío corazón. La ficción le ofrecía lo que no le aportaba la realidad. Por eso, vive cada vez más ensimismado en los mundos ficticios de la literatura hasta llegar a identificar la poesía con la realidad.

separador

Read the rest of this entry »

 

Etiquetas: , , , , ,

 
A %d blogueros les gusta esto: