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Se ha cumplido: Margallo cierra el Instituto Cervantes de Gibraltar

Ayer, el Consejo de ministros consumó por decreto lo que denunciamos hace unos meses:

El Consejo de administración del Instituto Cervantes aprobó el lunes 25 el cambio en la dirección de doce de sus centros ofreciendo claras señales de que el centro de Gibraltar cerrará antes de acabar el verano.

Instituto Cervantes Gibraltar

El ministro de Exteriores, José Manuel García-Margallo, en una comparecencia en la Comisión de Asuntos Exteriores y de Cooperación, había anunciado el pasado mes de febrero que cerraría el Instituto Cervantes de Gibraltar, pero la clausura aún no se ha efectuado de forma efectiva. Con la confirmación del traslado de su actual director, Francisco Oda, a Inglaterra, todo apunta que el centro instalado en la colonia será cerrado tras el verano, a pesar de las iniciativas parlamentarias de la oposición, con una proposición no de ley presentada por el PSOE.

El Instituto Cervantes de Gibraltar abrió sus puertas el 4 de abril de 2011, fruto del Foro Tripartito de Diálogo de Gibraltar, que se plasmaron en los acuerdos de Córdoba de 2006. Por el Cervantes gibraltareño han pasado más de 4000 estudiantes desde que se abrió, siendo aproximadamente el 75 por ciento gibraltareños, y eran cerca de 300 estudiantes los que estaban aprendiendo español. De hecho, el 65 % de los demandantes de cursos en español son alumnos gibraltareños desde los 4 a los 17 años.

Francisco Oda Ángel se hará cargo de dos centros, Manchester y Leeds. El de Leeds fue inaugurado en abril de 1993 y fue el primero en tierras inglesas, mientras que Manchester abrió algunos años después, el 19 de junio de 1997.

Oda Ángel nació en La Línea en el año 1970. Es doctor en Sociología. Además, desde 2004 y hasta su nombramiento en 2011 para el centro de Gibraltar, fue jefe de Estudios de la Escuela Diplomática del Ministerio de Asuntos Exteriores y de Cooperación, centro creado en 1942 que tiene entre sus cometidos la preparación de aspirantes a la función pública internacional. También es profesor titular de Sociología en la facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales de la Universidad Rey Juan Carlos ubicada en la comunidad de Madrid. Es autor de numerosos artículos y libros entre ellos, Gibraltar: la herencia oblicua. Un estudio sociológico sobre el contencioso. Experto en Sociología de las fronteras y en cuestiones como la cooperación transfronteriza, cohesión social, inmigración, Gibraltar, construcción de la Unión Europea o relaciones internacionales, sobre las que ha escrito varias publicaciones.Es periodista -estuvo en la plantilla del centro de Radio Nacional de España en La Línea antes de su cierre en 1992- y es un gran conocedor del Campo de Gibraltar, fue director del Instituto Transfronterizo del Estrecho de Gibraltar desde 1999 hasta su cierre, en 2003. Fue vicepresidente de la Asociación de la Prensa del Campo de Gibraltar (2001-2004) habiendo participado en diferentes Congresos de Periodistas del Estrecho.

Por otra parte, en cuanto a los centros de Marruecos, el director de Estocolmo, Joan Álvarez Valencia (Mislata, Valencia 1953), dirigirá Casablanca. Licenciado en Filosofía y Letras, fue director de la Filmoteca Valenciana. También María Dolores López Enamorado (Llerena, Badajoz, 1963), actual directora de Casablanca y antes de Marraquech, pasa a dirigir el Cervantes de Tetuán, cuya vacante data de 2012 cuando dejó el cargo Luis Moratinos. Es profesora titular de Filología Árabe de la Universidad de Sevilla y traductora.

Actualmente el Cervantes cuenta con seis centros en Marruecos (Tánger, Tetuán, Fez, Rabat, Casablanca y Marraquech), así como siete extensiones (Chauen, Larache, Alhucemas, Nador, Agadir, Essaouira y Mequinez). Hay que recordar que hace apenas una semana el Instituto Cervantes anunció la apertura de una unidad —dependiente de Rabat— para desarrollar programas relacionados con la enseñanza del español en El Aaiún, capital del Sáhara Occidental, a principios de 2016. Las clases se llevarán a cabo en las instalaciones del Colegio La Paz de El Aaiún, que forma parte de las propiedades que el Estado español aún posee en la capital de la antigua colonia y que alberga actualmente una pequeña escuela española que imparte únicamente enseñanza primaria.

Del mismo modo también se anunció tiempo atrás, aunque no se ha concretado, un centro de español en los campamentos de refugiados saharauis en Tinduf. El Sáhara es el único país del Magreb donde el español es el segundo idioma oficial tras el árabe hassania, a diferencia de Marruecos donde lo es el árabe clásico —aunque se habla el dialecto, árabe dariya— y el francés, si bien en la zona norte el español está muy implantado en la sociedad como segundo idioma.

En 2010 la Coordinadora Estatal de Asociaciones Solidarias con el Sáhara (CEAS) solicitó a los responsables del Instituto Cervantes que abrieran un centro y una biblioteca en los campamentos de refugiados.Hay que recordar que España no reconoce legalmente la soberanía marroquí sobre el Sáhara Occidental, y lo considera, en línea con la ONU, un territorio en disputa.

Estimado Sr. Ministro

José Manuel García-Margallo

 «Salvo los simios, todos hablan español»

Para que el señor Margallo se sitúe, hay que recordar que, dentro de los acuerdos adoptados en el Foro de Diálogo sobre Gibraltar en 2006 entre España, Reino Unido y Gibraltar, concretamente los emanados de la Declaración de Córdoba, se contemplaba la puesta en marcha del Instituto Cervantes en la colonia para difundir la lengua y cultura españolas. La sede del Instituto fue inaugurada finalmente en 2011, convirtiéndose en  la primera institución oficial española en la colonia desde que se cerró el Consulado General de Gibraltar el 1 de mayo de 1954. Esta decisión no fue fruto del capricho de un Ministro, en connivencia con un Gobierno, para satisfacer alguna extravagancia en el contexto de unas negociaciones de buena vecindad, ni tampoco una concesión gratuita. Y es que el proceso de retroceso del español en la colonia desde mediados del pasado siglo ha ido en aumento de una manera alarmante.

Desde la toma del Peñón por los ingleses en 1704, los contactos entre la población del Peñón,  militares británicos en su mayoría y escasa población civil, y el Campo de Gibraltar, surgieron casi inmediatamente dadas las necesidades de abastecimiento del territorio recién conquistado. Según los historiadores campogibraltareños Torremocha y Humanes, la colonia británica se abastecía de víveres de manera habitual en el norte de Marruecos. Pero cuando, por alguna circunstancia, el comercio con el norte de África se interrumpía, los militares ingleses recurrían a las autoridades españolas para que se les suministraran los productos desde Algeciras.

El Tratado de Utrecht permitía que la colonia pudiera comprar, siempre con dinero, todo lo que requiriese la población para su abastecimiento. Así, gran parte de la población civil del Campo de Gibraltar fue estableciendo mediante el contrabando, un sistema de intercambio que implicaba comunicarse con los vecinos ingleses.

Y, ciertamente, esta dependencia determinó históricamente el avance del español en la colonia, dando lugar al llanito, una modalidad de spanglish (al igual que se han introducido multitud de términos ingleses en el habla del Campo de Gibraltar). Por otra parte, la intensa actividad comercial de la plaza como puerto franco, lejos de propiciar el asentamiento de británicos civiles, atrajo a una población civil de genoveses, malteses, judíos sefarditas y españoles, fundamentalmente, que convivían con la población militar británica. Esta nueva población masculina que se iba asentando, además, se casaba con mujeres españolas, dado que las familias de las gibraltareñas aspiraban, por una cuestión social, a que éstas se casasen con soldados británicos. Por tanto, la mayoría de las madres de familia en Gibraltar, hasta bien entrado el siglo XX, eran españolas. Es a partir de ese momento, cuando el español comienza su retroceso histórico en la colonia.

Varios han sido los factores para que, desde mediados del siglo pasado, el español se hable cada vez menos en la Roca. Francisco Oda, director del Instituto Cervantes en Gibraltar, en un artículo titulado  “Gibraltar a un año de la Declaración de Córdoba: la recuperación de la confianza”, señala como culpables principales al proceso de ‘britanización’ tras la Segunda Guerra Mundial, el cierre de la verja o el cambio en el sistema educativo gibraltareño.

En cuanto al proceso de britanización, en 1940, a causa de la II Guerra Mundial, los gibraltareños fueron evacuados  con destino a campos de refugiados en Marruecos primero y en Gran Bretaña, Irlanda del Norte, Madeira, Jamaica, Trinidad e Isla Mauricio después. En estos asentamientos, las autoridades británicas constataron que la población de la colonia apenas si sabía  inglés. Ante esta situación, los británicos hicieron lo imposible porque estos desplazados sólo hablasen inglés,  prohibiendo a los escolares hablar español durante las clases e incluso eligiendo al personal que debía instruir a los niños por su inglés fluido antes que por sus méritos académicos, según cuenta Levey en su libro Language change and variation in Gibraltar. Pero, a pesar de estas medidas, los niños seguían hablando español en el seno de sus familias.

El cambio en la actitud de los gibraltareños frente a la lengua de la metrópoli se produjo tras la guerra y la experiencia traumática del exilio. Los cimientos estaban ya puestos para que el cambio idiomático se produjese con éxito. De este modo, las autoridades británicas decidieron dar un vuelco drástico en el sistema educativo gibraltareño, introduciendo el inglés en los centros de enseñanza. En 1950, mediante la promulgación de la Ordinance of Education se prohibía el uso del español en las escuelas y se implantaba el inglés como lengua vehicular del sistema educativo.

El proceso de cierre de la verja fue también determinante. Y esto es así dado que, después de la promulgación de la Constitución Gibraltareña en 1964 y el posterior cierre de la verja en 1969 por el régimen franquista, se produjo una situación de bloqueo, también lingüístico, que fortaleció el nacionalismo gibraltareño y una actitud de su población ante el inglés como elemento principal de su identidad. El drama humano que supuso el cierre de la frontera a uno y otro lado, aumentó la distancia entre Gibraltar y el Campo en pro de la britanización del Peñón y del rechazo a todo lo español. Este fenómeno ha favorecido las preferencias de la población gibraltareña por el uso del inglés en las últimas décadas.

Recientemente, Francisco Oda comentaba la creciente demanda que existe en el centro por parte de familias que desean que sus hijos recuperen el español, casi desaparecido en los nuevos hogares gibraltareños. A esto hay que añadir además, la masa de trabajadores procedentes de todos los países que, atraídos por el fenómeno del gaming, trabajan desde hace un tiempo en el Peñón, sede del juego internacional, que desean aprender a hablar nuestro idioma.

Si estos argumentos no son suficientes,  también podemos señalar,  si le resulta de utilidad al representante de la diplomacia española, que el universo simbólico compartido que surge en el proceso de conformación de las identidades colectivas, el conjunto de representaciones sociales que forman parte de ese universo, se transmiten en una comunidad a través del lenguaje. Los rasgos distintivos del habla o la forma en que esa comunidad se expresa son, además, un componente esencial de la identidad colectiva. Por tanto, que se hable español en Gibraltar es una forma pacífica y muy hermosa de integrar el territorio y a las personas que viven en él.

Visto lo visto, señor Margallo, tal y como dice un campogibraltareño de Los Barrios, según su criterio, habría que cerrar también el  Cervantes en Madrid dado que todo el mundo habla español excepto los patos del Manzanares.

 

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Ética y cultura del producto — Introducción

Cultura y mercancía

Leyendo. Contra la cultura del consumoAbrimos una serie para recopilar temas sobre la relación entre la cultura entendida en sentido amplio, desde aquel que confiere a la palabra cultura un rasgo distintivo del conocimiento, especialmente el gusto por las bellas artes y las humanidades, como el complejo de saberes, creencias y modelos de conducta de los grupos sociales, incluyendo los medios materiales que usan sus integrantes para comunicarse entre sí y resolver sus necesidades de todo tipo.

“Entender el consumo artístico depende, también, de la comprensión las ofertas artísticas”, afima Gisele Jordão, socia-directora de 3D3 Comunicación y Cultura de Brasil. Y añade: “El bien cultural es el mediador entre la producción y el consumo. Si, en la sociedad contemporánea, el consumo es la forma en que las personas se expresan y construyen su identidad, sin mirar al consumidor el productor no puede comprender la eficacia de su bien”. Estas afirmaciones podrían resumir una visión simple, y condicionada a un público entendido como receptor y a la vez mercancía, que suele predominar en lo que solemos llamar “gestores culturales”.

En la polémica sobre la «excepción cultural» se mezclan principios teóricos e intereses, más o menos confesados. Acaso convenga discernir entre unos y otros. El argumento principal de los partidarios de la llamada «excepción cultural» puede resumirse así: la cultura no debe ser tratada como una mercancía y debe ser excluida de la aplicación del principio de la libre circulación de bienes. Este argumento viene apoyado por otro, complementario: los productos culturales deben ser objeto de una protección especial por parte de los Estados, ya que entrañan la expresión del alma y la identidad de los pueblos. Los dos ofrecen deficiencias y, por otra parte, es posible defender lo segundo sin adherirse necesariamente a lo primero.

Una vez más, parece que nos encontramos ante un debate nominalista: ¿es o no la cultura una mercancía? La respuesta es: depende. Omitamos, a efectos de no complicar la discusión con la introducción de la cuestión elitista, el problema de la jerarquía. No toda obra cultural lo es del mismo rango, ni expresa igualmente al espíritu. Hay obras cuyo valor no rebasa la condición de servir de entretenimiento a las masas. Obra piadosa, sin duda, pero que nada tiene que ver con el espíritu, ni universal ni local. Seamos, aunque transitoriamente, un poco injustos y hablemos de todas ellas por igual. Una obra cultural, en cuanto expresión del espíritu o del ingenio, no es, en principio, una mercancía.

Aclaremos que se entiende por mercancía, según la tradición liberal y también según la marxista, todo aquello que se produce con vistas a su venta, destinado a ponerlo en el mercado. La cosa, entonces, resulta bastante clara. Un texto literario, un cuadro, una obra musical, una película, no son, de suyo, mercancías. Si su autor se limita a producirlas o a exhibirlas ante un grupo de amigos o afines, no cabe hablar de mercancía. El texto del Ulises de Joyce, la Segunda Sinfonía de Mahler o la película Ordet de Dreyer no son, en principio, mercancías. Son grandes creaciones del espíritu humano. Pero, cuando se ponen a la venta ejemplares del libro, o se interpreta en una sala de conciertos la composición musical, o cuando se exhibe la película en salas cinematográficas comerciales, sin dejar de ser producciones del espíritu humano, se convierten en mercancías.

industria cultural

Y ahí comienzan, al parecer, las maldiciones y los problemas. Marx habló de la existencia de un «fetichismo de la mercancía» en las sociedades capitalistas. Cabría hablar de un fetichismo de signo opuesto por parte de los herederos, sepan o no que lo son, del marxismo. En Marx, la cosa estaba bastante clara. La esencia del hombre consiste en su capacidad de transformar la naturaleza para satisfacer sus necesidades, es decir, en el trabajo. La esencia del hombre es su trabajo. Pero, en el sistema capitalista, el trabajo humano funciona como una mercancía que se compra y se vende, es decir, se cosifica. En eso consiste la alienación. La esencia humana se convierte en mercancía que se compra y se vende. Si a esto se añade la teoría de la plusvalía, que pretende que el valor que recibe el trabajador por su trabajo es inferior a su valor real, quedaría demostrado que la renta del capital es el producto de la explotación, del robo. No es extraño que quienes se adhieren al marxismo asuman una concepción negativa, peyorativa, de la mercancía. Pero no son muy coherentes con su marxismo, expreso o tácito, quienes comprenden la explotación y la reducción del trabajo humano a mercancía cuando se trata de botas o de maquinaria, pero no cuando hablamos de libros o películas. Se desliza aquí subrepticiamente un elitismo latente y no deseado que acaso olvida la dignidad inherente a todo trabajo humano. Quien produce coches produce mercancías, pero quien produce películas o canciones realiza la obra del espíritu. La mercancía es para ellos cosa mala, pero habría que recordar que para Marx lo malo consistía en reducir el trabajo a mercancía y en cosificar al hombre, arrebatándole su propia esencia. Pero abundan más los herederos, acaso no queridos, de Marx que sus atentos lectores. En suma, guste o no a los defensores de la «excepción cultural», un libro puesto a la venta, una película exhibida o una audición musical en una sala a cambio del precio de la entrada son mercancías, del más alto rango espiritual, si se quiere o, al menos, en algunos casos excepcionales, pero mercancías.

Una vez solventada la cuestión nominalista o semántica, pasemos a la económica, pues a poco más se reduce el debate. El problema no consiste entonces en determinar si la cultura es o no una mercancía, sino en decidir si las mercancías culturales merecen o no un trato discriminatorio favorable por su condición espiritual o por ser expresión de las identidades o del alma de los pueblos, o en si hay que poner trabas a la obra foránea del espíritu para defender la propia. La verdad es que todo esto tiene un tufillo reaccionario, más bien poco ilustrado. Cervantes o Velázquez honran a la cultura española, pero, si no me equivoco, no tanto por ser expresión del alma española como por albergar a la universalidad del espíritu. Casi todo, y mantengo el «casi» por pura prudencia, lo que de grande hay en la obra de la cultura es universal. Vamos, que para el espíritu es apenas relevante el lugar de nacimiento. Si el Prado habla en favor de España, lo hace por su dimensión universal. Quiero decir que, si es necesario proteger a la cultura, que no lo sé, no será por su condición de producto nacional ni por su capacidad para expresar el alma de un pueblo. El espíritu es la obra de la humanidad, no de la nacionalidad.

Admitamos, no obstante, que sea misión del Estado proteger a la industria cultural de la nación. El problema es cómo y con arreglo a qué criterios. Porque acaso acabaríamos por desarreglar aún más lo que queríamos arreglar. ¿No tenderá el Gobierno a favorecer y proteger a aquel sector del «mundo de la cultura» más afín con sus ideas e intereses, es decir, más manso y menos crítico? ¿Qué garantiza que el poder político se vaya a decantar por el valor estético y no por la rentabilidad política? ¿Qué mecanismos garantizarán que no derivará, por un camino seguro, hacia el amiguismo y el partidismo? Y si ha de proteger a todos por igual, ¿habrá recursos en los Presupuestos del Estado para financiar al artista latente que casi todo ciudadano lleva dentro de su alma? En suma, el proteccionismo tenderá inexorablemente hacia el aldeanismo, el provincianismo, el nacionalismo, cuando no hacia el sectarismo rampante. No acabo de ver cómo la decisión de la Administración pueda convertirse en criterio de calidad estética. Acaso se trate de determinar qué tipo de ayudas deba otorgar el Estado y en qué ámbitos. Por lo demás, no deja de ser paradójico el espectáculo de cierta cultura que pretende ser de masas y a la que el mercado condena al fracaso o a la condición minoritaria. Porque lo mejor suele ser minoritario, pero lo peor, a veces, también. Por eso, la condición de minoritario no puede exhibirse como criterio de calidad. En definitiva, quien tenga aversión al mercado y aborrezca las mercancías tiene un recurso muy fácil: no poner sus obras egregias en el mercado, no convertirlas en tan odiosa condición como la que ostenta toda mercancía. Pues, si el mercado se equivoca, el juicio de la posteridad sería inapelable. No es fácil servir a dos señores, al espíritu y a las masas. Al final, si la verdad del espíritu resplandece ¿lo hará de forma permanente?

 

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La matanza de los Abogados de Atocha

Los Abogados de la Democracia

Documental de Tino Calabuig

Dedicado a aquellos que no vivieron los años de plomo y sostienen que la Constitución fue un cambalache

Primera parte

Segunda parte

 

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De dónde venimos. Un poco de memoria

De un tiempo a esta parte parece extenderse entre la izquierda de mi generación un discurso que, más o menos, vendría a decir lo siguiente: ¿quién tiene la culpa de la ínfima calidad de nuestra democracia? La Transición. ¿Por qué nuestra democracia amenaza con convertirse en una partitocracia? Por la Transición. ¿A qué se debe el pésimo funcionamiento de nuestra justicia? También a la Transición. ¿Cuál es el origen de la crisis económica? Cuál va a ser: la Transición. ¿Y de la llamada crisis moral? La Transición también. ¿Y del llamado problema catalán? La Transición, la Transición, la Transición. De todo tiene la culpa la Transición; o sea: de todo tienen la culpa papá y mamá, que fueron los que hicieron la Transición.

¿Cuántos años hace de la Transición? Una eternidad. ¿Y en todo este tiempo qué hemos hecho nosotros? ¿Mejorar la precaria democracia que alumbró la Transición hasta convertirla en una democracia saludable, o tumbarnos a la bartola y dejar que aquella democracia se pudriese? ¿De verdad no hemos tenido tiempo en estos 30 años de hacer bien lo que entonces se hizo mal? ¿De verdad no somos responsables de nuestras desgracias y podemos seguir achacándoselas a papá y mamá? La Transición no fue perfecta; eso solo lo piensa esa derecha que intenta monopolizar la Transición y esa izquierda que ignora que la Transición también (o sobre todo) la hizo la izquierda. No: la Transición no fue una chapuza, sino el producto del acuerdo de la mayoría de las formaciones políticas y sociales en un momento de nuestra Historia muy determinado y, por tanto, ha de verse en ese contexto. Pero también se olvida que el mayor logro de ese proceso, la Constitución, prevé su reforma. Hay que ser un descerebrado para no estar a favor de esa “chapuza”.

Festival de los Pueblos Ibéricos, celebrado en el campus de Cantoblanco de la Universidad Autónoma de Madrid en mayo de 1976

Festival de los Pueblos Ibéricos, celebrado en el campus de Cantoblanco de la Universidad Autónoma de Madrid en mayo de 1976

No me canso de repetir una observación de Miguel Ángel Aguilar: es raro que nuestra generación se sienta más orgullosa de sus abuelos, que dirimieron sus diferencias con una guerra, que de sus padres, que dirimieron sus diferencias sin ella. Raro no: rarísimo, porque es mil veces preferible el peor apaño que 600.000 muertos. Sobre todo si el apaño crea una democracia. ¿Una democracia mediocre? Claro, ¿cómo iba a ser, después de 40 años de dictadura? Pero la cuestión no es si esa democracia era mediocre o no, sino qué hemos hecho nosotros con ella. Pongo un ejemplo que tampoco me canso de poner. Al principio de la Transición apenas existían partidos políticos, de forma que una de las primeras preocupaciones de los constituyentes fue crear unos partidos fuertes; era indispensable: los partidos son el único cauce verosímil de las preocupaciones y aspiraciones de la gente, así que no hay democracia real sin ellos. El problema fue que mientras la democracia se asentaba, los partidos se desbordaron e, incapaces de frenarse a sí mismos, empezaron a inundarlo todo, desde el poder económico hasta el poder judicial, convirtiéndose además en focos permanentes de corrupción y en una especie de clubes antidemocráticos y dominados por sus cúpulas. Así que lo que en los años setenta fue una buena solución se ha convertido con el tiempo en un problema, quizá en nuestro principal problema. Pero ese problema no lo creó la Transición; lo hemos creado nosotros.

La cuestión no es si esa democracia era mediocre o no, sino qué hemos hecho nosotros con ella

Una pegatina de la Transición, a favor de lo anticonceptivos y del aborto

Una pegatina de la Transición, a favor de los anticonceptivos y del aborto

El peor enemigo de la izquierda no es la derecha, sino la irresponsabilidad de la izquierda; es decir: el kitsch de izquierdas. ¿Hay una infantilización general de la izquierda? No lo sé, aunque eso explicaría cosas como el entusiasmo despertado por aquella dirigente treintañera de las juventudes socialistas que, en una reunión de socialistas celebrada en Cascais, les recriminó a sus mayores que quisieran “remover la revolución desde un hotel de cinco estrellas”. Dios santo, ¿no se había enterado esa chica de que ya no se toma el poder con la revolución, sino con las urnas? ¿Tampoco de que es difícil que un hotel de tres estrellas sea capaz de acoger un evento como ese, y de que, según y cómo, uno de cinco puede resultar incluso más barato? ¿Ni siquiera se ha enterado de que uno ya no es joven a los 30 años? ¿No podría exigirle a su propio partido los cambios que todos sabemos que necesita en vez de adornarse con la demagogia autosatisfecha de sus discursos? No, colegas: la culpa de este desastre no la tienen papá y mamá; la tenemos nosotros. El problema es qué hemos hecho nosotros con el 78. El gran problema de este país es la colonización de la sociedad civil, incluidas la economía, la justicia o la cultura, por los partidos políticos. Nadie quiere atacar este problema, tampoco los de Podemos hablan de él.

En el extremo opuesto de quienes observan una especie de pecado original fundacional en la Transición se situarían quienes la defienden a machamartillo como un proceso irrepetible que asombró al mundo. “La imagen de esa Transición publicitaria y exportable en la que no se llevó a cabo un proceso de depuración de los actores represivos y de los cómplices de la dictadura es una impostura y una injusticia para los vencidos y los represaliados”, aduce la escritora Marta Sanz (Madrid, 1967).

Entre unos y otros se mueven muchos historiadores, especialistas en poner cada cosa en su sitio. El hispanista Paul Preston (Liverpool, 1946) considera que fue “la mejor posible en aquellas circunstancias. No quiere decir que fuese modélica o perfecta, fue posibilista”. “Los que la cuestionan no la vivieron. La Transición tenía muchos defectos, pero era la mejor posible en aquel contexto, cuando murió Franco y con unas Fuerzas Armadas entrenadas para perseguir al enemigo interior y no al exterior y con un Jefe del Estado, el Rey, cuyo cometido debía ser continuar la dictadura. Yo lo recuerdo perfectamente. Cuando murió Franco la dictadura se había suavizado pero había mucho miedo. Nadie de la izquierda se fiaba de Juan Carlos, que se dedicó a contener a las fuerzas franquistas hasta que nombró a Suárez. Estaba ideando un proyecto posibilista: cambiar las leyes fundamentales del régimen sin romper su juramento. Ir de la muerte de Franco hasta las elecciones sin conflicto sangriento era muy difícil”.

Pegatina de finales de los ’70

Un análisis que comparte Julián Casanova (Valdealgorfa, 1956): “Fue un proceso difícil, incierto, lleno de obstáculos, resultado de las negociaciones entre los representantes del franquismo dispuestos a desmontar el aparato para preservar lo esencial y los políticos de la oposición, con un trasfondo de coacciones de las fuerzas armadas y la ultraderecha, y de presión de movimientos sociales antifranquistas”. Y es historia. “En ningún caso debería conducir a explicar los vicios de la democracia actual, que son abundantes, a través de un gran pecado originado en la Transición”.

Sostiene José Álvarez Junco (Viella, Lleida, 1942) que fue “una de las cosas más sensatas que ha habido en este país”, cuya historia está repleta de pronunciamientos, guerras civiles e intolerancia religiosa y política. “La posibilidad de que gente que se ha estado matando se pueda volver a hablar es insólito, no había ocurrido jamás en nuestra Historia”, planteó Santos Juliá (Ferrol, A Coruña, 1940) en un encuentro para hablar del proceso histórico.

Su visión no difiere de la que ofrecen, desde su experiencia creativa en aquellos días, los diseñadores Alberto Corazón (Madrid, 1942) y Javier Mariscal (Valencia, 1950). Para el primero, representa “la etapa más estimulante de España desde el final del franquismo”. Para el segundo, “un periodo lleno de energía, de esperanza, de cambio”. “Desde luego, no queríamos volver a vivir una Guerra Civil”.

El periodista Guillem Martínez (Cerdanyola, 1965) sitúa el punto de inflexión en la valoración colectiva de aquellos primeros tiempos del posfranquismo en la eclosión del 15-M en 2011. “Antes las críticas a la cultura oficial, propagandística, eran tildadas de freakies, mientras que ahora son percibidas como descripciones válidas”. Martínez, que coordinó el libro CT o la Cultura de la Transición, considera que la actual apreciación se acerca más a la realidad que la visión épica que prevalecía antes. En el futuro, en su opinión, “será recordada como la Restauración, un periodo del que si alguien se acuerda es, precisamente, por la cultura en contra que generó”.

También Mirta Núñez Díaz-Balart, directora de la cátedra de Memoria Histórica del siglo XX de la Universidad Complutense, cree que “ha caído el velo que la envolvía e impedía un enjuiciamiento libre del proceso y, justamente ahora, ha dejado claro, por ejemplo, que significó la reinstauración de la monarquía o la ausencia de una memoria histórica que pusiese las cosas en su sitio respecto al exterminio —decir violencia queda desleído para el abismo que significó— fundacional de la dictadura”.

“Se hizo lo mejor que se pudo y lo importante es que salimos de la dictadura. Quien corriera delante de los grises, como yo, sabe lo importante que fue”, opone la actriz y directora teatral Magüi Mira (Valencia, 1945). Dicho esto, reconoce que han pasado muchas cosas que requieren cambios. “Pero este país tiene un ADN dramático y trascendental. Los cambios, tan naturales y normales en otros países, aquí no son fáciles”, sostiene. “Los que vivimos el franquismo y su sordidez política, la juzgaríamos como lo mejor que se pudo hacer”, sostiene el dibujante Antonio Fraguas, Forges (Madrid, 1942). “Nuestras libertades de hoy, generadas en la Transición, nos permiten estar en desacuerdo con lo que nos pete. Y pensar lo que nos dé la gana y, muy importante, votar lo que nos parezca mejor”.

De la campaña contra el servicio militar obligatorio

De la campaña contra el servicio militar obligatorio

En 2008, cuando aún no se había extinguido la sensación de bienestar del todo y pocos cuestionaban el pasado con la contundencia que luego emergió, el profesor de Historia Contemporánea Ferran Gallego (Barcelona, 1953) publicó El mito de la Transición (Crítica), donde destapaba los errores de la izquierda en la negociación de aquellos días que posibilitó, en su opinión, que el bloque franquista salvase sus privilegios. Gallego matiza, de entrada, la cronología al uso: “No creo que se iniciara tras la muerte de Franco. Se inició mucho antes, con los cambios producidos en la sociedad española, que se acompañaron de percepciones de riesgo por parte de la clase política del sistema y de expectativas paralelas provocadas por la intensificación de la capacidad de movilización y organización de la oposición democrática”. Gallego explica que “las expectativas de una ruptura radical e inmediata tal y como había sido formulada por las plataformas políticas opositoras se frustraron, pero también quedaron frustradas las propuestas reformistas, incluyendo los límites de la de 1975”. “Fue el resultado de una correlación de fuerzas que determinó las posibilidades de ir más lejos en los cambios políticos, del mismo modo que determinó la imposibilidad de mantener las cosas, no solo como estaban antes de 1975, sino en un marco de reforma superficial”. Helena Cabello (París, 1963) y Ana Carceller (Madrid, 1964), que forman el colectivo Cabello&Carceller, señalan que la Transición dio sensación de velocidad: “Parecía que todo era posible y que las mentalidades podían cambiar en segundos, también que alcanzaríamos un progreso que nos había sido negado. El problema fue que esa velocidad exigía levitar sobre la realidad y hacer un ejercicio de desmemoria. El 78 engañó al 78 prometiendo transitoriedad”. “Ni la Transición ni otro momento político es sagrado”, concluyen. “Está sobrevalorada para la bueno y para lo malo. El revisionismo histórico motivado por los intereses electorales es hoy la corriente intelectual del mainstream”, indica el filósofoErnesto Castro (Madrid, 1990), autor del libro Contra la posmodernidad (Alpha Decay).

“El relato que se ha construido en las últimas décadas, mayoritariamente por gente que participó en el propio proceso, ha sobredimensionado el consenso hasta enterrar cualquier otra dimensión, como el conflicto, la violencia o la incertidumbre. El cuestionamiento actual parte de una necesidad de dotar de mayor complejidad al asunto”, defiende el vicedecano de la Facultad de Geografía e Historia de la Universidad Complutense, Gutmaro Gómez Bravo, que este año ha publicado en la editorial Taurus un libro sobre el proceso contra el anarquista Salvador Puig Antich, el último ejecutado por garrote vil en España. Su título: Puig Antich. La Transición inacabada.

 

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Podemos y el populismo

El pasado 16 de noviembre, cuando la periodista Ana Pastor entrevistaba a Pablo Iglesias en televisión, saltaron todas las alarmas en Podemos. La falta de concreción de su líder fue muy criticada en las redes sociales —territorio que, hasta ese momento, dominaban como nadie- e inmediatamente la nueva formación apostó por recular y cambiar la estrategia. Anularon algunas entrevistas ya pactadas, y comenzó entonces una reorientación en la política comunicativa del partido. ¿Era la falta de concreción un lapsus, una incapacidad, o el resultado de una filosofía previa?

Son muchos los autores que Pablo Iglesias cita en sus discursos, desde Marx pasando por Gramsci, pero el autor de cabecera de Íñigo Errejón —tal y como explica Fernando García en su artículo El populismo de Podemos es el pensador argentino Ernesto Laclau, fallecido el pasado abril en Sevilla. El filósofo desarrolla en su libro más conocido, La razón populista, muchos de los conceptos que persiguen algunas de las tácticas políticas de Podemos. ¿Qué quieren decir cuando aseguran que “no hay posiciones dadas”? ¿A qué se refieren exactamente con hegemonía?

Laclau rechaza el carácter peyorativo del término populismo, y defiende que, cuando existe una crisis de representación, es una gran herramienta democrática porque recoge la cadena de demandas de los ciudadanos. Las recoge sí, pero en su conjunto, sin ninguna en particular. Por eso nociones como “pueblo” o “patria” pueden aglutinar respuestas (y esperanzas) que, al llevarse al terreno de lo concreto, son difíciles de describir al detalle.

El significante vacío

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El mejor ejemplo de la idea de populismo que defiende Laclau es el término peronismo. Se trata de un “significante” que no tiene “significado”. Puede llenarse de contenido según quien lo utilice, según las demandas que éste detecte en la masa, y por ello el peronismo de Menem o de Kirchner no responden a un mismo argumentario. Uno es peronista por identificación, sin saber, punto por punto, qué quiere decir eso en cada momento.

Así, el populismo lo que logra es articular un conjunto de fuerzas heterogéneas que no pueden ser integradas orgánicamente dentro del sistema institucional vigente. Lo que en las plazas del 15-M se gritaba: “No nos representan”. Esa cadena de equivalencias, esa indignación generalizada, cristaliza en torno a un significante vacío que, a su vez, se reducirá a un solo nombre. Los enemigos serán la “casta” (se deja de llamar oligarquía para ser más efectivos), enfrentándoles al “pueblo” o, en el término que prefiere Juan Carlos Monedero, a la “gente decente“.

Laclau, que entiende la política como una práctica discursiva, especifica: “El populismo no es en sí ni malo ni bueno: es el efecto de construir el escenario político sobre la base de una división de la sociedad en dos campos. Puede avanzar en una dirección fascista o puede avanzar en una dirección de izquierda”.

El populismo, siempre según el filósofo argentino, no es un cúmulo de falacias y brindis al sol. “Cuando las masas populares que habían estado excluidas se incorporan a la arena política, aparecen formas de liderazgo que no son ortodoxas desde el punto de vista liberal democrático. Pero lejos de ser un obstáculo, el populismo garantiza la democracia, evitando que ésta se convierta en mera administración”.

El líder y la hegemonía

No es de extrañar, en el mismo sentido, el hiperliderazgo que tanto se le ha criticado a Pablo Iglesias. Hay que recordar que la decisión de que aparezca su rostro en las papeletas de las elecciones europeas es de Errejón, responsable de la campaña, quien ha investigado en su tesis doctoral los procesos de hegemonía en Bolivia.

Laclau defiende que “los gobernantes se transforman en el símbolo de los gobernados, pero por otro lado los gobernados crean las bases para la constitución de este líder”. Es por eso que Iglesias decía, en 2013, que Chávez es mucho más que el ciudadano que los venezolanos eligieron para que fuera su presidente. “Chávez es ya Bolivar y cabalga como estandarte y referencia de su patria grande. Los seres humanos nacen y mueren tarde o temprano. Pero los mitos, cuando se encarnan en un pueblo, se hacen inmortales. Ya lo dijo un venezolano llamado Hugo Chávez Frías: “Chávez no soy yo, Chávez es el pueblo“, aseguraba Iglesias.

El problema está, claro, en que el líder -que es líder y pueblo al mismo tiempo- no puede ser puesto en entredicho (estaríamos poniendo en entredicho al pueblo). Y, por eso, cualquier proceso de crítica o disidencia ha de ser desplazado para que no afecte a la hegemonía perseguida (a Echenique, por ejemplo, se le pidió que se apartara de la cúpula del partido si no ganaba en las primarias). Quien ataque al populismo, es casta. O tiene miedo. Incluso son enemigos aquellos que llamen populismo al populismo. La unidad de acción es, también, indispensable para la hegemonía perseguida. ¿Y la pluralidad de criterios?Portada del libro de Laclau

El pensador argentino que tanto ha estudiado Errejón comprende la hegemonía como eficacia política. La cadena de significantes está en permanente flujo. Propone una reducción fenomenológica del hecho al sentido y de lo dado a las condiciones de posibilidad. Por eso el joven político español sostiene que “no hay que aceptar el tablero que se presenta”. No piensan definirse como de izquierdas o de derechas, pueden citar como referentes, a su vez, al proceso bolivariano y al estado del bienestar en Dinamarca, y hablan de transversalidad ideológica pese a que la biografía política de sus dirigentes diga todo lo contrario.

En definitiva, lo que hace Podemos, siguiendo casi al pie de la letra la doctrina de Ernesto Laclau, es articular, sin concretar en exceso, demandas generales de una ciudadanía desatendida, construir un sujeto popular, y buscar la máxima eficacia política a través de la identificación de la masa con el líder.

El principal problema, tal y como reconoce el propio Laclau, es que fenómenos tan dispares como el fascismo, el peronismo, o el régimen de Berlusconi, contienen distintas variantes del populismo y resulta muy difícil diferenciar con claridad la naturaleza de cada realidad. Por ese motivo, además de recitar palabras tan integrales universales como “pueblo”, “casta”, “decencia” o “patria”, el significante deberá ser más preciso a partir de este momento. O la eficacia, la gran baza esgrimida por la tríada Iglesias-Errejón-Monedero, se verá afectada. Como pasó en la entrevista de Ana Pastor que, ciertamente, marca un antes y un después en la nueva formación política.

El enfoque alternativo al populismo que sugiere Laclau, para evitar malentendidos, pide que cambiemos los interrogantes y los apriorismos. Para comprender qué está pasando en España hay que reemplazar la pregunta de qué es el populismo por a qué realidad social se refiere el populismo. Y, en una tercera ampliación, deberíamos responder a: ¿De qué realidad o situación social es expresión el populismo?

Las preguntas, como siempre pasa en filosofía, ofrecen más claves que las respuestas, sean presentadas en forma de caricatura o de bálsamo.

 

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Se nos ha muerto Javier Pradera (1)

 

Ayer fue para mí un día triste, muy triste. No, no hablo de resultados electorales. Estos, mas o menos, estaban ya descontados y se ha hablado y se hablará mucho más. Tiempo habrá para ello dentro de unos pocos meses, cuando el nuevo Gobierno comience a hacer su labor, a aplicar su programa, tomar decisiones y analizar cómo se va montando el variable puzzle de los grupos parlamentarios.
Me levanté mientras desayunaba por una llamada: un amigo desde Madrid me comunicaba que se nos había muerto Javier Pradera, uno de los grandes intelectuales de la segunda mitad del siglo XX y la primera década del XXI, que acaba en este año. Entre unas obras y otras, especialmente en el campo del ensayo y el artículo periodístico; también y considerablemente en el mundo editorial, Pradera se ha erigido como una figura central de la España contemporánea, “la materia gris de la cultura”, como dijo sobre él el escritor Javier Cercas. Cuando se hablaba en estos términos, modestia aparte, este veterano de mil batallas sonreía y negaba el calificativo.

Javier Pradera ha muerto como había vivido: con dignidad. La dignidad del hombre que se esfuerza por ser justo, para lo que es preciso no solo conceptos, intuiciones e ideales, sino la voluntad de ponerlos y ponerse en constante prueba. Es algo que demanda no poca capacidad de resistencia. Y Pradera ha sido un resistente hasta el final. No hace mucho, quien me llamó para darme la mala nueva me comentó que estaba seriamente enfermo. Sin embargo, el mismo día en que se lo llevó su muerte, publicaba El País el que habría de ser su último artículo: Al borde del abismo“.

Visto hoy, el título resulta cuanto menos irónico. La importancia de Javier Pradera trascendía mucho más allá de su trabajo, pues no era necesario haber tenido un trato íntimo con él para comprender lo que ha sido para nuestro país su trayectoria como actor y pensador político, como agente cultural de primer orden y como periodista, siempre de forma discreta y generosa, siempre sabiéndose responsabilizar de cada una de sus opiniones y posturas, siempre anteponiendo lo que creía adecuado a su propia conveniencia. Este su último artículo lo dictó, como otros, a su mujer, Natalia Rodríguez-Salmones. No veía ya las teclas. Pocas semanas antes, una perseverante enfermera se esforzaba en el hospital, con una manzana en la mano: “A ver Francisco, esto que va a comer, ¿cómo se llama?” Y Pradera, examinándola de reojo, respondía: “apple”. Lúcido e irónico hasta el final que sabía estaba llegando.

 
Fue una de esas figuras singulares que inspiraron la Transición democrática española y una incipiente estirpe intelectual que, en aquellos tiempos, procuraba para España un modelo de sociedad y de cultura bastante más alto que el que después produjo la historia. En mis años de facultad, por los 70, se oía hablar de Pradera con una mezcla de enigma y de mitología, de personalidad algo sátira. En su despacho de Alianza, solía recibir a algunos postulantes, que llevaban algún desatinado ensayo en el cerebro o bajo el brazo. Al salir, afirmaban que él era solamente un fenicio, un comerciante camuflado, cosa que todo el mundo celebraba como una evidencia de lo contrario y que acrecentaba la figura.

Entre los no tan remotos tiempos en que los editores hurtaban sin piedad ni respeto la obra a sus autores y el tiempo actual, heredero directo de la salida a bolsa de los grandes grupos editoriales, donde la única perspectiva es el beneficio económico puro y duro, hubo un largo periodo en el que la edición se concibió también como un oficio de caballeros, según explica José María Guelbenzu en un artículo muy recomendable sobre Kurt Wolff.

Él pertenecía, con estilo propio, a esta clase de personas de dignidad. Su dedicación editorial abarca tres nombres míticos en la edición en lengua española: el Fondo de Cultura Económica (FCE), como primer director (1962-1966) de la delegación en España, Tecnos, Siglo XXI editores y Alianza Editorial, como miembro del consejo de dirección. En las dos primeras, al lado de otro nombre legendario, Arnaldo Orfila; en la tercera, junto con los otros dos impulsores de Alianza, José Ortega Spottorno y Jaime Salinas. Tres casas editoriales de enorme impacto en la intelectualidad de nuestro país, pero solo la última es netamente española. No hay hombre o mujer cultos del año 66 hasta ahora que no se haya formado en buena parte gracias al catálogo de Alianza Editorial. En su trayectoria literaria y de editor Pradera, era su convicción de que una editorial ha de ser una contribución necesaria al desarrollo intelectual del país, de una parte, y vehículo de conocimiento universal de otra; es decir, un constante flujo cultural de ida y vuelta. Al referirse a su labor en FCE escribió: “Aprendí mucho, aprendí la tradición de que los libros no son mercancías, sino bienes culturales. Fondo de Cultura fue y es modelo y paradigma editorial, no sólo por los libros que ha publicado sino, sobre todo, por la forma de comprender la cultura latinoamericana y española”. Junto a Fernando Savater, fue director de la revista Claves de la razón práctica. Recibió el Premio Francisco Cerecedo, de la Asociación de Periodistas Europeos, en 1984.


Siempre actuó como un consejero de príncipes, en un discreto segundo plano, aunque de enorme influencia y autoridad, sin desear ni esperar otra cosa que el desempeño de ese papel, siempre atento y a veces próximo, por otra parte, a los lugares de decisión y a los movimientos del poder.

Esa actitud discreta e importante, cultivada como rasgo de carácter, le movió a la labor editorial en sellos que, como hemos señalado, se han grabado en la historia de las luces de este país, legando unos catálogos editoriales que, contemplados desde la distancia del tiempo, parecen concebidos para una sociedad de vanguardias del pensamiento y de ciudadanos ávidos de conocimiento. Y, efectivamente, hubo una época en que ése parecía un destino inexcusable, la identidad oculta de un pueblo, maltratado por circunstancias y errores históricos, al que le había llegado su hora, el momento de restañarlos y conjurarlos de una vez por todas.


 

 
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Publicado por en 22 de noviembre de 2011 en Política Nacional

 

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Se podría haber llegado a la situación actual si ETA no hubiera hecho uso del terrorismo

Bilbao, 31 de julio de 1959. Un grupo de estudiantes radicales disidentes del colectivo EKIN —nacido en 1952 para reaccionar contra la pasividad y el acomodo que en su opinión padecía el PNV— funda Euskadi Ta Askatasuna. (Euskadi y Libertad). Es el nacimiento de ETA.

El 20 de octubre de 2011, la banda anunció “el cese definitivo de su actividad armada” mediante un comunicado publicado en las ediciones digitales de los diarios Gara y Berria, difundido igualmente en vídeo y audio en castellano y euskera.

En este largo camino, ETA ha asesinado a 829 personas, causado innumerables heridos, destrozado la vida de decenas de miles de personas… y no ha conseguido ninguno de sus objetivos: el etnicismo (como fase superadora del racismo) y la independencia de los territorios que, según reivindican, pertenecen a Euskadi: Álava, Vizcaya, Guipúzcoa, Navarra (en España) y Lapurdi, Baja Navarra y Zuberoa (en Francia).

Siempre se ha dicho que el caso del IRA y el de ETA tenían pocas cosas en común, y es cierto que los dos respondían a escenarios muy diferentes. Aun así, quizás este sea un buen momento para pasar revista a algunas de las cosas que han ocurrido en Irlanda del Norte después de que la organización terrorista firmara los acuerdos de Viernes Santo de 1998 y renunciara al uso de la violencia, y tras el anuncio definitivo del abandono de las armas, que solo se produjo formalmente siete años después, en 2005.
El IRA, Ejército Republicano Irlandés, buscó durante años, mediante el uso de las armas y el terrorismo, el fin del gobierno británico en Irlanda del Norte y la reunificación de la isla. En su historial se registran 1.778 asesinatos así como 293 militantes propios que perdieron la vida de forma igualmente violenta. Casi 80 años después de iniciada su lucha anunció que buscaría esos objetivos por vías pacificas, a través de su partido político Sinn Fein. Rápidamente se demostró que su principal problema no residía en el gobierno de Londres sino en buena parte de los habitantes de Irlanda del Norte, que no comparten su proyecto, por más que su mensaje haya ido suavizándose y modernizándose.
En las últimas elecciones a la Asamblea de Irlanda del Norte, creada por los acuerdos de 1998 y puesta en marcha en Belfast realmente en 2005, el Sinn Fein obtuvo 28 escaños, de un total de 108, y quedó en segundo lugar, por detrás del Partido Democrático Unionista, fundado en su día por el conocido reverendo protestante y radical probritánico Ian Paisley, que obtuvo 36. Gracias a los acuerdos firmados entre las dos comunidades, el ministro principal es Peter Robinson, unionista, y el viceministro, el antiguo miembro del IRA Martin McGuinness, que controla, además, cuatro de las once carteras el gabinete. Los dos mantienen una estrecha relación personal. En las últimas semanas, McGuinness ha levantado una fuerte polémica al anunciar que presentaría su candidatura a la presidencia de la República de Irlanda.
La única pregunta que los antiguos responsables del IRA se niegan a responder es la siguiente: “¿Hubieran podido alcanzar los mismos objetivos que han logrado hasta ahora, utilizando desde el primer momento medios pacíficos?”. Si hacemos caso a la mayoría de los analistas y estudiosos del caso irlandés, se podría haber llegado a la situación actual incluso de manera más rápida y simple si el IRA no hubiera hecho uso del terrorismo. El problema es que los dirigentes del IRA jamás podrán aceptar ese análisis porque dejaría sin sentido a las casi dos mil muertes que provocaron a lo largo de estos años y les colocaría a ellos mismos en una posición moralmente insoportable. Como explica Albert Camus en Los Justos, para alguien que se considera a sí mismo un revolucionario es muy difícil vivir y convencerse de que es un asesino. Si las muertes que ha causado no eran necesarias y ni tan siquiera beneficiaron a sus objetivos, la carga individual podría ser abrumadora.
El problema en el caso de ETA es que tiene delante de sí un espejo nítido que le debería hacer muy difícil ignorar a Camus: Cataluña ha logrado los mismos grados de gobierno propio, la misma autonomía y personalidad nacional de que dispone Euskadi sin disparar un solo tiro y sin provocar la muerte de una sola persona. Los independentistas catalanes, que también rechazan la autonomía, han buscado los mismos objetivos que sus colegas vascos, pero no creyeron tener derecho a defenderlos con el terrorismo. Y no se puede decir que hoy estén más lejos de lograr esos objetivos que los independentistas vascos. Para colmo, los independentistas catalanes han renunciado a lo largo del camino a muchas menos cosas que sus colegas vascos, que se reclamaron en sus inicios marxista-leninistas y que ahora ignoran completamente esa ideología. En fin, sería una pena que los organizadores de la Conferencia de San Sebastian no hubieran leído a Camus.

Salvados – Borrando a ETA (16 de octubre de 2011)

 
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Publicado por en 30 de octubre de 2011 en Política Nacional

 

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