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23 de febrero de 1039: Muerte de Antonio Machado

Antonio Machado, por SorollaJosé Machado, en su libro de memorias [José Machado: Últimas soledades del poeta Antonio Machado, Ediciones de la Torre, Madrid, 1999.] narra el último encuentro entre los tres hermanos:

A esta habitación venía nuestro hermano Manuel todos los domingos todos los domingos —el resto de la semana nos veíamos diariamente— a reunirse con Antonio y cambiar impresiones sobre sus trabajos. Y allí, apiñados alrededor de aquella mesa camilla, nos sentábamos los tres hermanos […]. Y entre el humo de los cigarrillos y las inevitables tazas de café, tramaban los dos poetas los argumentos de sus comedias y yo les leía la copia de los actos ya hechos.

Así ocurrió hasta aquel domingo en que se dijeron adiós, sin sospechar siquiera que sería ya la última vez que se verían en la vida Manuel y Antonio.

En efecto, a mediados de julio de 1936, Manuel Machado viajó a Burgos con su mujer para visitar a una tía de ésta. Allí les sorprendió la guerra, en la llamada zona nacional, y allí permanecieron hasta el fin de la misma.

En la mañana del 18 de julio de 1936 suenan los primeros cañonazos en el Cuartel de la Montaña de Madrid. Es el comienzo de una lucha —aún no terminada—, ya que en España se realizó sólo el prólogo de la más sangrienta hecatombe conocida.

El poeta, separado de su hermano Manuel, sigue en Madrid con sus hermanos Francisco y José. Miguel Pérez Ferrero relata así los primeros momentos de la guerra en la casa de los Machado:

Antonio Machado, con toda la familia que con él habita, permanece en Madrid los primeros tiempos. Apenas si sale de casa. Puede decirse que no sale. Su pensamiento está, de seguro, con el hermano ausente, del que nada sabe, y en la incógnita que reservará cada minuto a transcurrir. A su domicilio le llevan papeles en blanco para llenarse con listas de firmas, al objeto de que él estampe, en cabeza, la suya valiosa. Son adhesiones al gobierno, a los partidos, a los grupos El poeta se siente cada vez más agobiado de mortal cansancio. Está enfermo.

La situación de la capital se agrava para quienes se proponen resistir al ejército que la sitia y, más que una ciudad sitiada, después de experimentar y aun seguir experimentando las sacudidas de la revolución, es puro frente de batalla.

Del 7 de noviembre de 1936 es el conocido serventesio:

¡Madrid, Madrid!, ¡qué bien tu nombre suena,

rompeolas de todas las Españas!

La tierra se desgarra, el cielo truena,

tú sonríes con plomo en las entrañas.          [LXXXIX, en Poemas sueltos] 

Antonio Machado. madrid baluarte de nuestra independencia“Madrid, baluarte de nuestra guerra de independencia”. Artículo de Antonio Machado en “Hora de España” (7-11-1937) en el que se recuerda el poema escrito justo un año antes [LXXXIX, en Poemas sueltos]. En él se puede leer:

“Madrid, el frívolo Madrid nos reservaba la sorpresa de revelarnos, a tono con las circunstancias más trágicas de la vida española, toda  la castiza grandeza de su pueblo. En los rostros madrileños, durante unos días de seriedad, vimos a España entera en su mejor retrato. Madrid, frunciendo el ceño oportunamente, había eliminado al señorito y ya podía sonreír otra vez.

El Enemigo —los traidores de dentro y los invasores de fuera— se iba poco a poco aproximando a Madrid. La aviación enemiga multiplicaba sus asesinatos monstruosos […] No entraron. No podían entrar.”

 A pesar de sus reticencias, el poeta se ve obligado a dejar Madrid en noviembre de 1936. Su hermano José lo cuenta así:

“En noviembre, el peligro inminente que se cierne sobre la invicta capital alcanza las más terribles proporciones.

Entonces, amigos muy queridos y admirados por él —los dos poetas, León Felipe y Rafael Alberti— llaman a su puerta para tratar de convencerle cariñosamente de que debe alejarse de Madrid.

En un principio se niega terminantemente a dejar a [sic] su querida ciudad; pero lo que le decide a partir es el imperativo moral —ya sabéis que su bondad era tan grande como su inteligencia— de poner a salvo a su anciana madre, a sus hermanos y a las niñas que hay en la casa, sus sobrinas, a las que quiere como un padre.” Rafael Alberti evocaba en 1945 con estas palabras la salida de Antonio Machado de Madrid:

A la Alianza de Intelectuales se le encomendó, entre otras, la visita a Antonio Machado para comunicarle la invitación. Y una mañana bombardeada de otoño, el poeta León Felipe y yo nos presentamos en su casa.

Salió Antonio Machado, grande y lento, y tras él, como la sombra fina de una rama, salió su madre […] Machado nos escuchó, concentrado y triste […] Se resistía a marchar. Hubo que hacerle una segunda visita. Y ésta con apremio. Se luchaba ya en las calles de Madrid y no queríamos —pues todo podía esperarse de ellos— exponerlo a la misma suerte de Federico [García Lorca].

Después de insistirle, aceptó […]

Y llegó la noche del adiós, la última noche de Machado en Madrid. ¡Noche inolvidable en aquella casa de soldados! Se encontraba allí lo más alto de las ciencias, las letras y las artes españolas […]. Afuera, el corazón de España latía a oscuras, con su alto cielo de otoño interrumpido ya de resplandores de los primeros cañonazos.[…] Y mientras, en aquel saloncillo del 5º Regimiento, en medio del silencio que dejaba de vez en cuando el feroz duelo de artillería, un hombre extraordinario, aún más viejo de lo que era y erguido hasta donde su vencimiento físico se lo permitía, con sencillas palabras de temblor, agradecía, en nombre de todos, a aquellos nobles soldados, que así preciaban la vida de sus intelectuales, repitiendo razones de fe, de confianza en el pueblo de España […] Poco más tarde, desde su huertecillo de Valencia, escribía el poeta, insistiendo una vez más en su creencia ciega en el pueblo de España:

 “En  España lo mejor es el pueblo. Por eso la heroica y abnegada defensa de Madrid, que ha asombrado al mundo, a mí me conmueve, pero no me sorprende. Siempre ha sido lo mismo. En los trances duros, los señoritos invocan la patria y la venden; el pueblo no la nombra siquiera, pero la compra con su sangre”

La revista “Hora de España”, editada en Madrid desde enero de 1937 y que llegó a ser la más importante publicación literaria periódica de aquellos años, adoptó desde su primer número [derecha] la costumbre de ceder el primer lugar en cada uno de ellos a Antonio Machado. Fue allí donde se recogieron las últimas reflexiones de Juan de Mairena bajo la forma “Lo que hubiera dicho Juan de Mairena”, ya que desde su primera aparición constaba en su “biografía” que había muerto en 1909.

En la capital valenciana sólo permanecieron unos días. El estado de salud de Antonio Machado era preocupante. Gracias a unos amigos, pudieron instalarse en Rocafort, cerca de Valencia, en una casa con jardín.

Unos meses después de la muerte de Federico García Lorca, que inspira el poema El crimen fue en Granada [LXXXIV, en Poemas sueltos], otra muerte, la de su “queridísimo maestro” don Miguel de Unamuno, el 31 de diciembre de 1936, le hace escribir:

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La matanza de los Abogados de Atocha

Los Abogados de la Democracia

Documental de Tino Calabuig

Dedicado a aquellos que no vivieron los años de plomo y sostienen que la Constitución fue un cambalache

Primera parte

Segunda parte

 

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ÁNGEL GONZÁLEZ : UN POETA PARA RECORDAR

ÁNGEL GONZÁLEZ : UN POETA PARA RECORDAR

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Me he quedado sin pulso y sin aliento
Me he quedado sin pulso y sin aliento
separado de ti. Cuando respiro,
el aire se me vuelve en un suspiro
y en polvo el corazón de desaliento.
No es que sienta tu ausencia el sentimiento.
Es que la siente el cuerpo. No te miro.
No te puedo tocar por más que estiro
los brazos como un ciego contra el viento.
Todo estaba detrás de tu figura.
Ausente tú, detrás todo de nada,
borroso yermo en el que desespero.
Ya no tiene paisaje mi amargura.
Prendida de tu ausencia mi mirada,
contra todo me doy, ciego me hiero.

Hoy, 12 de enero hace siete años que nos dejó uno de los mejores poetas de su generación, la llamada Generación del 50 :Gil de Biedma, Carlos Barral y Goytisolo en Barcelona; Juan García Hortelano, Gabriel Celaya, José Angel Valente y Caballero Bonald en…

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Laclau, Ideología y hegemonía

Javier Moreno Ocaña – José Antonio Serrano Segura

 La obra de Ernesto Laclau ha influido en distintas áreas de investigación como son la teoría política, la teoría del discurso, la sociología política y la ciencia política. El punto de partida de madurez intelectual de Ernesto Laclau, de lo que será el inicio sistemático de su arquitectura teórica, fue en 1985 con la publicación de Hegemonía y estrategia socialista. Hacia una radicalización de la democracia, obra que escribió en coautoría con la filósofa política Chantal Mouffe. Sobre esta arquitectura teórica que es el pensamiento de Ernesto Laclau me detendré sólo a analizar en el presente trabajo la estructura teórica de la concepción de ideología. Para ese propósito desarrollo tres apartados, a saber: 1). El horizonte filosófico en que se ubica la obra de Ernesto Laclau, 2). Las categorías de análisis de la teoría del discurso postestructuralista desarrollada por este autor, y 3). La articulación teórica de ideología política como hegemonía para el análisis del discurso.

El horizonte filosófico

Ernesto Laclau
Ernesto Laclau

 Lo primero que advertimos en el pensamiento político de Laclau es que este se constituye a partir de una lectura crítica de la modernidad. Su lectura de la modernidad le permite, junto a Chantal Mouffe, realizar una crítica radical de los esencialismos que propagó el Iluminismo filosófico del siglo XVIII. Y cabe aclarar que empiezo con la frase advertimos, porque considero relevante iniciar señalando que su teoría del discurso se configura a partir de esta lectura de la modernidad, pues será en el discurso filosófico en donde se gestarán las categorías fundamentales de su teoría política que corre pareja con su teoría del discurso. En lo sucesivo señalaré lo que considero las nociones claves del andamiaje filosófico del pensamiento político de Laclau, la crítica al esencialismo filosófico, la visión fragmentada del mundo social, la naturaleza del texto y la noción de hegemonía.

El esencialismo filosófico construyó categorías universales y fijas que determinaban las condiciones de posibilidad del conocimiento del mundo político. De esta manera la razón del siglo XVIII diseñó las nuevas categorías políticas universales como son el contrato social, los derechos universales del hombre, la democracia, la libertad sin considerar los matices de su contingencia histórica. Siguiendo a David Howarth (2009), la crítica a los universales que configuraron la idea moderna de la comunidad política, por parte de Laclau y Mouffe tuvo como implicaciones filosóficas una atenuación de la modernidad, el argumento es que en lugar de mirar los ideales modernos como utópicos era importante configurar una noción política ligada al mundo accidentado de los sujetos. Para Laclau los universales son la versión secular que sustituye el significado trascendental que Dios otorgaba al sujeto. Así, en una época postmetafísica como bien lo observó Richard Rorty (1967), el significado pierde esa trascendencia filosófica y empieza a tener contornos bien definidos, en donde el significado es un producto del discurso del sujeto, desapareciendo con ello el significado trascendental conferido por Dios. Estamos entonces frente a una ontología de lo social en donde el productor del significado ya no es Dios, sino el sujeto en el sentido cartesiano: el hombre cuyo atributo más importante es la razón, pero entendida como pensamiento analítico, apetitos volitivos y emotivos [1]. Los esencialismos habían borrado del horizonte de comprensión las diferencias que marcan el mundo social, asi por ejemplo los derechos universales del hombre como argumenta Iris Marion Young (2002) invocaban una idea absoluta de hombre, borrando las diferencias de los particularismos propios de las minorías que no se sujetaban a estos derechos trascendentales y absolutos.

El mundo fragmentado vislumbrado por el romanticismo literario del Sturm und Drang es la interpretación de la nueva lectura del mundo moderno. Las nuevas formas de pensamiento para significar el mundo pertenecen a nuevas formas fragmentadas de espacio y tiempo. El mundo moderno no se puede fijar como las antiguas arquitecturas del mundo medieval, y que tiene su máxima expresión filosófica en los tratados teológicos. Ahora el mundo moderno da paso a las nuevas formas del ensayo, iniciado por Montaigne. El mundo moderno es ahora interpretado como fluido, contingente y por consiguiente fragmentado, como apunta Francisco Gil Villegas:

[…] Simultáneamente, lo fluido, transitorio, fugaz y contingente de la dinámica moderna a principios de siglo, requería de nuevos vehículos de expresión capaces de captar la volátil esencia del ‘espíritu de la época’ de esa modernidad que ya resultaba inaprehensible en los antiguos moldes de expresión” (Gil Villegas, 1998, 25).

La idea de fragmentación se extiende asi al mundo social de las minorías, en ese sentido para lograr la unidad perdida es menester reconstituirla en las identidades políticas a través del discurso. Los momentos discursivos dispersos del mundo social restablecerán su unidad fugaz a través de la articulación discursiva, como bien argumentan Laclau y Mouffe en Estrategia Socialista:

 En el contexto de esta discusión, llamaremos articulación a toda práctica que establece una relación tal entre elementos, que la identidad de éstos resulta modificada como resultado de esa práctica. A la totalidad estructurada resultante de la práctica articulatoria la llamaremos discurso. Llamaremos momentos a las posiciones diferenciales, en tanto aparecen articuladas en el interior de un discurso. Llamaremos, por el contrario, elemento a toda diferencia que se articula discursivamente. (Laclau y Mouffe, 2004, 142-143)

Desde esta perspectiva teórica, podemos mencionar trabajos empíricos relevantes como el de David Howarth titulado The Ideologies and Strategies of Resistance in Post-Sharpeville South Africa: Thoughts on Anthony Marx’s Lessons of Struggle (1994) y el de David Chandler The Global Ideology: Rethinking the Politics of the ‘Global Turn’ in IR (2009).

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De dónde venimos. Un poco de memoria

De un tiempo a esta parte parece extenderse entre la izquierda de mi generación un discurso que, más o menos, vendría a decir lo siguiente: ¿quién tiene la culpa de la ínfima calidad de nuestra democracia? La Transición. ¿Por qué nuestra democracia amenaza con convertirse en una partitocracia? Por la Transición. ¿A qué se debe el pésimo funcionamiento de nuestra justicia? También a la Transición. ¿Cuál es el origen de la crisis económica? Cuál va a ser: la Transición. ¿Y de la llamada crisis moral? La Transición también. ¿Y del llamado problema catalán? La Transición, la Transición, la Transición. De todo tiene la culpa la Transición; o sea: de todo tienen la culpa papá y mamá, que fueron los que hicieron la Transición.

¿Cuántos años hace de la Transición? Una eternidad. ¿Y en todo este tiempo qué hemos hecho nosotros? ¿Mejorar la precaria democracia que alumbró la Transición hasta convertirla en una democracia saludable, o tumbarnos a la bartola y dejar que aquella democracia se pudriese? ¿De verdad no hemos tenido tiempo en estos 30 años de hacer bien lo que entonces se hizo mal? ¿De verdad no somos responsables de nuestras desgracias y podemos seguir achacándoselas a papá y mamá? La Transición no fue perfecta; eso solo lo piensa esa derecha que intenta monopolizar la Transición y esa izquierda que ignora que la Transición también (o sobre todo) la hizo la izquierda. No: la Transición no fue una chapuza, sino el producto del acuerdo de la mayoría de las formaciones políticas y sociales en un momento de nuestra Historia muy determinado y, por tanto, ha de verse en ese contexto. Pero también se olvida que el mayor logro de ese proceso, la Constitución, prevé su reforma. Hay que ser un descerebrado para no estar a favor de esa “chapuza”.

Festival de los Pueblos Ibéricos, celebrado en el campus de Cantoblanco de la Universidad Autónoma de Madrid en mayo de 1976

Festival de los Pueblos Ibéricos, celebrado en el campus de Cantoblanco de la Universidad Autónoma de Madrid en mayo de 1976

No me canso de repetir una observación de Miguel Ángel Aguilar: es raro que nuestra generación se sienta más orgullosa de sus abuelos, que dirimieron sus diferencias con una guerra, que de sus padres, que dirimieron sus diferencias sin ella. Raro no: rarísimo, porque es mil veces preferible el peor apaño que 600.000 muertos. Sobre todo si el apaño crea una democracia. ¿Una democracia mediocre? Claro, ¿cómo iba a ser, después de 40 años de dictadura? Pero la cuestión no es si esa democracia era mediocre o no, sino qué hemos hecho nosotros con ella. Pongo un ejemplo que tampoco me canso de poner. Al principio de la Transición apenas existían partidos políticos, de forma que una de las primeras preocupaciones de los constituyentes fue crear unos partidos fuertes; era indispensable: los partidos son el único cauce verosímil de las preocupaciones y aspiraciones de la gente, así que no hay democracia real sin ellos. El problema fue que mientras la democracia se asentaba, los partidos se desbordaron e, incapaces de frenarse a sí mismos, empezaron a inundarlo todo, desde el poder económico hasta el poder judicial, convirtiéndose además en focos permanentes de corrupción y en una especie de clubes antidemocráticos y dominados por sus cúpulas. Así que lo que en los años setenta fue una buena solución se ha convertido con el tiempo en un problema, quizá en nuestro principal problema. Pero ese problema no lo creó la Transición; lo hemos creado nosotros.

La cuestión no es si esa democracia era mediocre o no, sino qué hemos hecho nosotros con ella

Una pegatina de la Transición, a favor de lo anticonceptivos y del aborto

Una pegatina de la Transición, a favor de los anticonceptivos y del aborto

El peor enemigo de la izquierda no es la derecha, sino la irresponsabilidad de la izquierda; es decir: el kitsch de izquierdas. ¿Hay una infantilización general de la izquierda? No lo sé, aunque eso explicaría cosas como el entusiasmo despertado por aquella dirigente treintañera de las juventudes socialistas que, en una reunión de socialistas celebrada en Cascais, les recriminó a sus mayores que quisieran “remover la revolución desde un hotel de cinco estrellas”. Dios santo, ¿no se había enterado esa chica de que ya no se toma el poder con la revolución, sino con las urnas? ¿Tampoco de que es difícil que un hotel de tres estrellas sea capaz de acoger un evento como ese, y de que, según y cómo, uno de cinco puede resultar incluso más barato? ¿Ni siquiera se ha enterado de que uno ya no es joven a los 30 años? ¿No podría exigirle a su propio partido los cambios que todos sabemos que necesita en vez de adornarse con la demagogia autosatisfecha de sus discursos? No, colegas: la culpa de este desastre no la tienen papá y mamá; la tenemos nosotros. El problema es qué hemos hecho nosotros con el 78. El gran problema de este país es la colonización de la sociedad civil, incluidas la economía, la justicia o la cultura, por los partidos políticos. Nadie quiere atacar este problema, tampoco los de Podemos hablan de él.

En el extremo opuesto de quienes observan una especie de pecado original fundacional en la Transición se situarían quienes la defienden a machamartillo como un proceso irrepetible que asombró al mundo. “La imagen de esa Transición publicitaria y exportable en la que no se llevó a cabo un proceso de depuración de los actores represivos y de los cómplices de la dictadura es una impostura y una injusticia para los vencidos y los represaliados”, aduce la escritora Marta Sanz (Madrid, 1967).

Entre unos y otros se mueven muchos historiadores, especialistas en poner cada cosa en su sitio. El hispanista Paul Preston (Liverpool, 1946) considera que fue “la mejor posible en aquellas circunstancias. No quiere decir que fuese modélica o perfecta, fue posibilista”. “Los que la cuestionan no la vivieron. La Transición tenía muchos defectos, pero era la mejor posible en aquel contexto, cuando murió Franco y con unas Fuerzas Armadas entrenadas para perseguir al enemigo interior y no al exterior y con un Jefe del Estado, el Rey, cuyo cometido debía ser continuar la dictadura. Yo lo recuerdo perfectamente. Cuando murió Franco la dictadura se había suavizado pero había mucho miedo. Nadie de la izquierda se fiaba de Juan Carlos, que se dedicó a contener a las fuerzas franquistas hasta que nombró a Suárez. Estaba ideando un proyecto posibilista: cambiar las leyes fundamentales del régimen sin romper su juramento. Ir de la muerte de Franco hasta las elecciones sin conflicto sangriento era muy difícil”.

Pegatina de finales de los ’70

Un análisis que comparte Julián Casanova (Valdealgorfa, 1956): “Fue un proceso difícil, incierto, lleno de obstáculos, resultado de las negociaciones entre los representantes del franquismo dispuestos a desmontar el aparato para preservar lo esencial y los políticos de la oposición, con un trasfondo de coacciones de las fuerzas armadas y la ultraderecha, y de presión de movimientos sociales antifranquistas”. Y es historia. “En ningún caso debería conducir a explicar los vicios de la democracia actual, que son abundantes, a través de un gran pecado originado en la Transición”.

Sostiene José Álvarez Junco (Viella, Lleida, 1942) que fue “una de las cosas más sensatas que ha habido en este país”, cuya historia está repleta de pronunciamientos, guerras civiles e intolerancia religiosa y política. “La posibilidad de que gente que se ha estado matando se pueda volver a hablar es insólito, no había ocurrido jamás en nuestra Historia”, planteó Santos Juliá (Ferrol, A Coruña, 1940) en un encuentro para hablar del proceso histórico.

Su visión no difiere de la que ofrecen, desde su experiencia creativa en aquellos días, los diseñadores Alberto Corazón (Madrid, 1942) y Javier Mariscal (Valencia, 1950). Para el primero, representa “la etapa más estimulante de España desde el final del franquismo”. Para el segundo, “un periodo lleno de energía, de esperanza, de cambio”. “Desde luego, no queríamos volver a vivir una Guerra Civil”.

El periodista Guillem Martínez (Cerdanyola, 1965) sitúa el punto de inflexión en la valoración colectiva de aquellos primeros tiempos del posfranquismo en la eclosión del 15-M en 2011. “Antes las críticas a la cultura oficial, propagandística, eran tildadas de freakies, mientras que ahora son percibidas como descripciones válidas”. Martínez, que coordinó el libro CT o la Cultura de la Transición, considera que la actual apreciación se acerca más a la realidad que la visión épica que prevalecía antes. En el futuro, en su opinión, “será recordada como la Restauración, un periodo del que si alguien se acuerda es, precisamente, por la cultura en contra que generó”.

También Mirta Núñez Díaz-Balart, directora de la cátedra de Memoria Histórica del siglo XX de la Universidad Complutense, cree que “ha caído el velo que la envolvía e impedía un enjuiciamiento libre del proceso y, justamente ahora, ha dejado claro, por ejemplo, que significó la reinstauración de la monarquía o la ausencia de una memoria histórica que pusiese las cosas en su sitio respecto al exterminio —decir violencia queda desleído para el abismo que significó— fundacional de la dictadura”.

“Se hizo lo mejor que se pudo y lo importante es que salimos de la dictadura. Quien corriera delante de los grises, como yo, sabe lo importante que fue”, opone la actriz y directora teatral Magüi Mira (Valencia, 1945). Dicho esto, reconoce que han pasado muchas cosas que requieren cambios. “Pero este país tiene un ADN dramático y trascendental. Los cambios, tan naturales y normales en otros países, aquí no son fáciles”, sostiene. “Los que vivimos el franquismo y su sordidez política, la juzgaríamos como lo mejor que se pudo hacer”, sostiene el dibujante Antonio Fraguas, Forges (Madrid, 1942). “Nuestras libertades de hoy, generadas en la Transición, nos permiten estar en desacuerdo con lo que nos pete. Y pensar lo que nos dé la gana y, muy importante, votar lo que nos parezca mejor”.

De la campaña contra el servicio militar obligatorio

De la campaña contra el servicio militar obligatorio

En 2008, cuando aún no se había extinguido la sensación de bienestar del todo y pocos cuestionaban el pasado con la contundencia que luego emergió, el profesor de Historia Contemporánea Ferran Gallego (Barcelona, 1953) publicó El mito de la Transición (Crítica), donde destapaba los errores de la izquierda en la negociación de aquellos días que posibilitó, en su opinión, que el bloque franquista salvase sus privilegios. Gallego matiza, de entrada, la cronología al uso: “No creo que se iniciara tras la muerte de Franco. Se inició mucho antes, con los cambios producidos en la sociedad española, que se acompañaron de percepciones de riesgo por parte de la clase política del sistema y de expectativas paralelas provocadas por la intensificación de la capacidad de movilización y organización de la oposición democrática”. Gallego explica que “las expectativas de una ruptura radical e inmediata tal y como había sido formulada por las plataformas políticas opositoras se frustraron, pero también quedaron frustradas las propuestas reformistas, incluyendo los límites de la de 1975”. “Fue el resultado de una correlación de fuerzas que determinó las posibilidades de ir más lejos en los cambios políticos, del mismo modo que determinó la imposibilidad de mantener las cosas, no solo como estaban antes de 1975, sino en un marco de reforma superficial”. Helena Cabello (París, 1963) y Ana Carceller (Madrid, 1964), que forman el colectivo Cabello&Carceller, señalan que la Transición dio sensación de velocidad: “Parecía que todo era posible y que las mentalidades podían cambiar en segundos, también que alcanzaríamos un progreso que nos había sido negado. El problema fue que esa velocidad exigía levitar sobre la realidad y hacer un ejercicio de desmemoria. El 78 engañó al 78 prometiendo transitoriedad”. “Ni la Transición ni otro momento político es sagrado”, concluyen. “Está sobrevalorada para la bueno y para lo malo. El revisionismo histórico motivado por los intereses electorales es hoy la corriente intelectual del mainstream”, indica el filósofoErnesto Castro (Madrid, 1990), autor del libro Contra la posmodernidad (Alpha Decay).

“El relato que se ha construido en las últimas décadas, mayoritariamente por gente que participó en el propio proceso, ha sobredimensionado el consenso hasta enterrar cualquier otra dimensión, como el conflicto, la violencia o la incertidumbre. El cuestionamiento actual parte de una necesidad de dotar de mayor complejidad al asunto”, defiende el vicedecano de la Facultad de Geografía e Historia de la Universidad Complutense, Gutmaro Gómez Bravo, que este año ha publicado en la editorial Taurus un libro sobre el proceso contra el anarquista Salvador Puig Antich, el último ejecutado por garrote vil en España. Su título: Puig Antich. La Transición inacabada.

 

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