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Parodia y sátira literaria en ‘El Quijote’ como libro de libros

La prosa del Quijote exhibe una gran variedad y riqueza estilísticas, y más en la primera parte que en la segunda. En la primera, debido a la intercalación de otras historias o novelas cortas, el estilo narrativo, descriptivo y dialogado es heterogéneo, según las exigencias de la materia relatada. Aquí los cambios de expresión y de estilo son frecuentes, según que se nos traslade al mundo literario de la novela pastoril de pastores letrados o ilustrados, como en la historia de Marcela y Grisóstomo, contada por Ambrosio, o al mundo de los pastores reales, rústicos y toscos, como el cabrero Pedro, cuyo relato, salpicado de vulgarismos, ofrece el más agudo contraste con el artificioso e idealizado mundo pastoril pintado en el anterior, mundo al que Miguel de Cervantes se referirá de nuevo paródicamente en la segunda parte en el episodio de la fingida Arcadia (II, 58).

O que nos traslade al ámbito de lo picaresco, como en el episodio de los galeotes (I, 22), donde el autor imita el modo de hablar y la jerga de los delincuentes y gentes del hampa; o según que se nos conduzca al género de la novela morisca, como la historia del cautivo, cuyo estilo está lleno de colorido y pintoresquismo, manifiestos en la recreación del ambiente argelino y en el uso de múltiples arabismos, a la vez que plagada de elementos autobiográficos; o según que se nos introduzca en el género de la novela psicológica y moral, ambientada en Italia, como El curioso impertinente; o en el de los relatos sentimentales, como la historia de Cardenio y Dorotea, la don Luis y Clara, y la historia de Leandra y el cabrero Eugenio.

La maestría de Cervantes tanto en la naturalidad con que cambia de registro de estilo y de expresión al transitar de la trama principal de la novela a las de los relatos secundarios intercalados o al retornar de ellos a la principal, como en el manejo de todos los estilos y formas de lenguaje, eso sí, siempre sometidos, no importa qué historia se cuente, al código cervantino de buen estilo, caracterizado por la sencillez o aparente naturalidad, uso apropiado del lenguaje, elegancia y claridad conceptual, no es fácil de ponderar.

No es menor el mérito literario que se revela en los diálogos, unas veces de ritmo pausado, otras veces acelerado y vivaz en el encadenamiento de preguntas y respuestas; en el verismo con que hace hablar a los personajes o en la manera con que quedan individualizados por su modo de hablar, como don Quijote, con su habla culta, elegante y no pocas veces pomposa y solemne, o Sancho, con su hablar directo, expresivo, con sus vulgarismos y demás prevaricaciones idiomáticas o el uso constante del refranero; o el que se manifiesta en el magnífico estilo oratorio de los numerosos discursos de don Quijote dispersos por la obra, como sobre todo el célebre discurso sobre la Edad Dorada (I, 11) o el no menos célebre de las Armas y las Letras (I, 37-8).

Don Quijote el mayor de loscaballeros. Parte I,  cap. 1.

Pero reconocido todo esto, nuestro interés principal se centra, de acuerdo con nuestra interpretación del Quijote, en hacer hincapié en la dimensión paródica de su prosa. Si hacemos abstracción de los relatos secundarios interpolados y nos atenemos a la trama principal de la obra, podemos decir que el estilo tanto de la primera como de la segunda parte está perfectamente ajustado a las exigencias de la historia principal, pues en ella encontramos un estilo satírico e irónico cabalmente adaptado al objetivo confesado que no es otro, como ya sabemos, que burlarse de los libros de caballerías. Si el Quijote es un constante remedo burlesco de los personajes, estructura y aventuras de las novelas caballerescas, como ya hemos examinado, no va a haber una excepción con su estilo y su lenguaje, por lo que no cabrá esperar sino una constante parodia de éstos con el fin de hacer reír al lector. De este modo la prosa cervantina cumple con una exigencia estilística que el propio Cervantes se ha impuesto en el prólogo de la primera parte: usar el lenguaje literario con el fin de «pintar en todo lo que alcanzárades y fuere posible vuestra intención». Pues bien, no otra cosa va a hacer el autor, quien desde el título mismo de la obra hasta el final del último capítulo no va a cejar de recordarnos sin descanso con una lengua irónica y festiva el propósito siempre buscado de satirizar el estilo y lenguaje de los libros de caballerías y con ello el conjunto de éstos.

El ingenioso hidalgo, luego caballero

Las muestras del carácter satírico y de la fina ironía de su estilo son tan abundantes, que sólo nos vamos a hacer eco de una selección de las que consideramos que están entre las más representativas. Ya el título mismo de la novela nos sitúa en el terreno de una novela cómica: El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, que en la segunda parte se transforma en El ingenioso caballero don Quijote de la Mancha. Dejemos ahora aparte el nombre del personaje cuya comicidad ya hemos comentado para centrarnos en el epíteto «ingenioso». A cualquier lector o escuchante de la época, familiarizado con las novelas caballerescas, no podía dejar de hacerle sonreír, si no reír, semejante calificación del personaje, pues el rasgo característico y aun arquetípico del héroe caballeresco, a diferencia de don Quijote, no era el ingenio, sino la valentía. Esta es la virtud que el héroe debe constantemente demostrar con sus hazañas; en cambio, don Quijote va a ofrecer muestras constantes de ingenio, aunque un ingenio enloquecido, pero pocas de valentía.

Primera Parte Hidalgo Don Quijote

 

Segunda Parte Caballero don Quijote

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