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Joseph Roth y Stefan Zweig. ‘No doy un céntimo por nuestras vidas’ (y II)

zweig y roth Correspondencia

El día anterior al suicidio por envenenamiento de Zweig en Brasil, donde se había exiliado del mundo de ayer junto a Lotte Altmann, su segunda mujer, el autor escribió a su primera compañera, Friderike: “…recuerda siempre al bueno de Joseph Roth y a Rieger, cómo me alegré por ellos porque supieron evitar estos sufrimientos”. En efecto, Roth, muerto en una taberna de París tres meses antes del estallido de la II Guerra Mundial, se ahorró los años más ciegos que le tocaron en desgracia a Zweig. Un ataque al corazón terminó con la vida y las penurias del santo bebedor, uno de los narradores más vigorosos del tormentoso siglo XX, brillante periodista y cronista de la disolución moral del Imperio Austrohúngaro. También puso fin a 12 años de profunda amistad entre dos colosos de la literatura, así como a su relación epistolar.

Frente al autor al que reconocen los revisores de trenes y los botones (en ese tiempo que afectuosamente caricaturizó Wes Anderson en El gran hotel Budapest), Roth, más admirado que leído, se presenta “esquivado por el éxito” y siempre necesitado de una ayuda económica o un buen contacto en el mundo editorial.

La imagen de la cubierta no podría ser más elocuente: un retrato de medio cuerpo de dos señores elegantes sentados en un café. El más bajito, medio calvo, parece guiñar con expresión malhumorada hacia la cámara; a pesar de la mirada bondadosa, la maciza figura, el rostro hinchado, emanan una contenida rabia. A su lado, más alto y juvenil, el segundo hombre se inclina levemente hacia él y, con expresión divertida y cariñosa, lo mira sonriente. Irmgard Keun, compañera sentimental de Joseph Roth por aquellos años, había puesto a la foto el malicioso título de «La princesa y la rana», una manera de burlarse de la desigualdad de los dos retratados, y no puede negársele el acierto a la ocurrencia.

La princesa era Stefan Zweig, el célebre autor de sofisticados libros superventas como Carta de una desconocida, La impaciencia del corazón o Momentos estelares de la humanidad; la rana —trece años menor que su amigo paternal, pero con el cuerpo ya muy desmejorado por su alcoholismo—, era Joseph Roth, famoso en Alemania por su mordaz periodismo político y conocido del público internacional por sus novelas Job y La marcha de Radetzky. La foto se tomó en verano de 1936 en la mundana Ostende, en el momento culminante de la amistad entre ambos, y es la única en que aparecen juntos. De Zweig existen cientos de tomas privadas y profesionales, como correspondía a un personaje de su origen social y fama literaria, que, siendo hijo de una familia acaudalada vienesa, acudía con regularidad al estudio del fotógrafo y miraba al objetivo con poses estudiadas de intelectual. Del poco fotogénico Roth apenas se conocen dos docenas de imágenes, por un lado, porque seguramente era menos vanidoso y, por otro, porque, al crecer en un pueblo que se hallaba en los confines orientales del Imperio austrohúngaro, junto a la frontera rusa, tuvo menos oportunidades y medios para tales lujos.

Ya antes de abrir las páginas de la correspondencia surge la pregunta de qué llevó a dos personalidades tan diferentes a entablar amistad, discutir sus trabajos literarios, ayudarse y hacerse confesiones: en suma, a confiar el uno en el otro. El caso era menos extraño en Zweig, sociable y generoso, trotamundos y buscador sistemático de almas afines, amigo de los intelectuales de media Europa. Pero, ¿en Roth, el escritor solitario, exigente y criticón, que tenía tan poco talento para la amistad que creía necesario formular la frase que da título a este volumen publicado por Acantilado? ¿Qué motivos juntaron a los dos en una relación tan estrecha que, a pesar de las diferencias políticas, las dificultades del exilio, la distancia física y los agobiantes problemas de dinero de Roth, duró más de una década, casi hasta su muerte prematura en 1939, acaecida en el hospital parisiense en que le ingresó la mujer de su amigo, Friderike Zweig, mientras éste permanecía en Londres, cansado de las constantes peticiones de rescate que le hacía el alcoholizado Roth? ¿Podía un conocedor de los abismos del alma humana, un estilista tan implacable, un talento épico tan superior como Roth admirar las novelas ligeras y amables, las divulgativas biografías de Zweig? ¿Y qué buscaba el escritor establecido Zweig en un brillante periodista que todavía intentaba hacerse un nombre como novelista?

Como elocuente prueba de sus distintos temperamentos (el pesimista Roth y Zweig, el iluso) sirve un intercambio producido en octubre de 1933, año en que los libros de ambos autores judíos fueron quemados en las universidades y prohibidos en Alemania. Roth escribe: “¿Aún no lo ve usted? La palabra ha muerto, los hombres ladran como perros”. A lo que Zweig, recién mudado a Londres, expresa un optimismo por su nuevo hogar que los tiempos venideros desmentirían. Sin la amistad con Stefan Zweig, sin su generosidad, su paciencia y su influencia bondadosa, Joseph Roth no habría llegado a los cuarenta y cuatro años, la edad a la que murió, y no habría escrito ni La cripta de capuchinos, ni El peso falso, ni La leyenda del santo bebedor. Esto queda patente en las cartas de los últimos tres años, que poseen un dramatismo extremo, aunque también resulten repetitivas, pues Roth asegura una y otra vez que no puede más, que reventará, y a Zweig, aunque no lo exprese verbalmente, le cuesta seguir atendiéndole. Se percibe su distanciamiento entre líneas y los encuentros se producen a intervalos cada vez más largos. Con la anexión de Austria en verano de 1938 se pierde la última esperanza para Zweig de volver a su patria y prepara con premura su emigración a Brasil. No vuelve a ver a Roth, como esperaba en su última carta del 17 de diciembre de 1938. Tampoco acude al entierro del amigo, medio año después.

En las casi trescientas cartas reunidas en este libro —pero también en las que intercambió Zweig con otros corresponsales, en las que se pronunció sobre Roth en términos más duros—, se encuentran algunas respuestas a estas preguntas. Esta edición por primera vez completa de la correspondencia permite además asomarnos al taller literario de los dos escritores, conocer detalles de la gestación y realización de algunas obras y la interrupción de otras. Pero, sobre todo, da testimonio de un diálogo dramático de dos grandes figuras de la literatura universal, abierto y apasionado en lo literario, conmovedor en la atención mutua a las preocupaciones personales. Y representa, además, un testimonio único de los estragos que causó la política nacional e internacional del momento —vívidamente comentada por ambos— en las circunstancias de dos expatriados del terror nazi, así como sus existencias cada vez más difíciles y cómo se encaminaron hacia un trágico final.

El comienzo del amistoso intercambio epistolar (sólo un año después iban a conocerse en persona) seguramente fue decisivo para crear el fuerte vínculo que los unió: se dio a través de un comentario elogioso de Zweig sobre un pequeño ensayo de Roth, Judíos errantes, donde éste presentaba una historia de los judíos en Europa, de sus diferentes intentos de emancipación y asimilación cultural. Ya en la primera carta de agradecimiento de Roth destaca el tono de sinceridad respetuosa pero absoluta que caracterizará todo el resto de sus misivas. Aquí se pronuncia con independencia alguien que, ante la celebridad de su colega, no se arredra en contradecirle: «No estoy de acuerdo con usted cuando dice que los judíos no creen en un más allá. Pero ese es un debate que exigiría mucho tiempo y espacio». El tema judío los acercó inmediatamente y el hecho de ser judíos siguió constituyendo un elemento aglutinante fundamental a lo largo de toda su relación, a pesar de que las experiencias y posiciones frente al sionismo y la persecución nazi dieron lugar a pronunciadas diferencias.

Joseph Roth

Zweig, en su Viena natal, había vivido su identidad judía ajena a manifestaciones religiosas, pero se sentía judío como miembro de una elite intelectual y cultural. En la capital del imperio austrohúngaro alrededor del 1900, gran parte de las proezas creativas en literatura, música o en las ciencias tenían detrás apellidos judíos. Los puntos de referencia del joven aspirante a escritor eran Hugo von Hofmannsthal, Rainer Maria Rilke y Arthur Schnitzler (amigos cercanos después los tres); acudía a los conciertos de Gustav Mahler y Arnold Schönberg, leía desde joven a Sigmund Freud y entró en la redacción del periódico más destacado de Viena de la mano de Theodor Herzl, el posterior fundador del movimiento sionista.

Roth, por su parte, si bien procedía de una familia burguesa de judíos asimilados, se había criado en Brody y después en Lemberg, en un entorno dominado por el judaísmo espiritual de una población principalmente rural. Había asistido a la escuela de Talmud y era profundamente creyente. La fuerza interior de los judíos ortodoxos orientales, anclados en su fe, es un tema recurrente en su obra literaria (Job, El Leviatán), y en varios artículos periodísticos analiza el choque entre los refinados judíos occidentales y los despreciados orientales. No se engaña en ningún momento sobre el aspecto básicamente antisemita del nazismo, muy al contrario de Zweig, que siempre busca explicaciones racionales que a Roth le provocan las más encendidas reacciones: «También los presupuestos de los que usted parte respecto a las bestias hitlerianas son falsos: no se persigue a los judíos porque han hecho algo malo, sino porque son judíos».

Stefan Zweig

Esto lo escribe Roth en mayo de 1933, cuatro meses después de que Hitler se haga con el poder y mucho antes de la proclamación de las leyes de Núremberg. En general, desde el principio queda patente la clarividencia política de Roth, mientras que Zweig, como la mayoría de sus conciudadanos, confía en la escasa durabilidad del régimen de Hitler. Roth intenta en vano abrirle los ojos; en abril del mismo año ya había advertido a Zweig: «Lo que le escribí es verdad: nuestros libros son imposibles en el Tercer Reich. Ni siquiera nos anunciarán. Tampoco en el boletín de los libreros. Los propios libreros nos rechazarán. Las tropas de asalto de las SA reventarán los escaparates. En el retórico racista Günther encuentro el retrato de usted como el típico semita. […] Hágase a la idea de que los cuarenta millones que escuchan a Goebbels están muy lejos de hacer una distinción entre usted, Thomas Mann, Arnold Zweig, Tucholsky y yo. Nuestro trabajo de toda la vida —en el sentido terrenal— ha sido en vano».

También son más severos los parámetros morales de Roth; su naturaleza combativa le obliga a luchar y a distinguir de manera implacable entre condescendientes, oportunistas y enemigos de la Alemania de Hitler. Antes, en marzo de 1933, había enviado a Zweig una enérgica carta en respuesta a los intentos de éste de quitar hierro a la amenaza de muerte nazi. Arremete en ella contra la tibieza de los bienintencionados y, si bien formula sus exhortaciones de forma general, está claro que las dirige a Zweig. «Tocante a lo judío en nosotros dos: estoy d’accord en que no hay que dar la apariencia de que uno está preocupado por los judíos y nada más. Con todo, siempre hay que saber que el atributo de ser judío no libera a ningún hombre de conciencia de su deber de acudir al frente, a primera fila, como todo no-judío de conciencia. […] Tengo mi recelo de que, en un momento dado, la reserva judía no es más que una reacción de los judíos con tacto ante el descaro de los que no lo tienen. Entonces es tan absurda y perjudicial como éstos. Uno tiene —como ya le dije a usted— un compromiso ante Voltaire, Goethe y Nietzsche, lo mismo que ante Moisés y sus padres judíos. De ahí se deriva el compromiso de salvar la vida y la escritura en caso de amenaza bestial».

Esta preocupación de Roth por la «actitud vacilante» de su amigo no era nada infundada; en toda Europa se tenía a Zweig por pacifista declarado, por más que hubiera glorificado la guerra en agosto de 1914. La tensión de Roth explota en la carta del 7 de noviembre de 1933, culminando en unos exabruptos antinazis verdaderamente sulfúricos. Y se siente obligado a recriminar con frases como puñetazos a su «querido, distinguido amigo» por haber escrito una carta exculpatoria a su editor alemán (Anton Kippenberg, de la editorial Insel, que pactó con el régimen de Hitler para salvar su negocio): «[Romain] Rolland tiene razón. Bajo ninguna circunstancia le es lícito a un hombre íntegro temer la “política”. Tenemos grandes ejemplos en la literatura. Es una arrogancia querer ser más olímpico que Hugo y Zola. Pero concedo que, intervenir o no, es cuestión de temperamento. Ahora, querer mostrar lealtad con esta banda de asesinos y mierdecillas, de mentirosos e imbéciles, de dementes y perjuros, profanadores, ladrones y salteadores de caminos, eso es incomprensible». Y continúa más adelante: «No sólo ha llegado la hora de la decisión en el sentido de que hay que tomar partido contra Alemania en favor de las personas, sino también la de decirle la verdad a todo amigo. Así que se la digo a usted —y, créame, la prisa me obliga a un tono solemne que me resulta penoso—: entre nosotros dos habrá un abismo en tanto usted no rompa íntimamente, del todo y definitivamente, con la Alemania de hoy. Preferiría que luchara contra ella y con todo el peso de su nombre. Si no puede hacerlo, al menos guarde silencio».

Joseph Roth

Estas palabras claras van dirigidas a la postura «apolítica» de Zweig, que defendía que un escritor sólo debía convencer con su arte. A Roth esta actitud le dolía especialmente en una persona tan destacada, admirada por cientos de miles de lectores. Le recuerda a Zweig que, en Alemania y en el extranjero, su figura representa la conciencia humanística de Europa y que sus palabras o su silencio son significativos para mucha gente, igual que sucedía con Thomas Mann. Pero, como Mann o Alfred Döblin, Zweig había esperado demasiado tiempo para que su llamamiento aún tuviese credibilidad. De ahí que cuando, en agosto de 1935, Zweig decide finalmente actuar, preparando un manifiesto a favor de la dignidad de los ciudadanos judíos, Roth le haga de nuevo duros reproches: y el futuro le daría la razón. Apelar a los buenos modales de quienes preparaban la aniquilación de los judíos era una ingenuidad muy grande.

Lamentablemente, de Zweig se aprende mucho menos en esta correspondencia, porque sólo una parte de las cartas que escribió a Roth sobrevivieron a la vida caótica del destinatario y, luego, a la guerra. En todo caso, Zweig asume desde el primer encuentro el papel de amigo paternal, que pretende apaciguar el ánimo furibundo de Roth y darle consejos para que ponga orden en su desastrosa existencia. Son intenciones condenadas de entrada al fracaso, ya que su protegido rechaza terminantemente los consejos, es incapaz de reformarse y sólo acepta con gratitud los repetidos envíos de dinero, o las intervenciones de Zweig para conseguirle publicaciones y, por tanto, ingresos. Y es que Roth, al igual que Zweig, pierde con la llegada al poder de los nacionalsocialistas no sólo su editorial, sino también cualquier medio de publicación en Alemania.

Stefan Zweig en Nueva York 1941

Stefan Zweig en Nueva York, 1941

De modo que la segunda mitad de las cartas —especialmente a partir de 1935, cuando se agudiza la situación económica de Roth una vez más, y su consumo de alcohol le convierte en una especie de muerto viviente— gira en torno a la solución de cuestiones prácticas: cómo cobrar anticipos, pagar facturas pendientes, repartir deudas y llegar a fin del mes. O, simplemente, llegar al final del día que empieza con vomitonas, mareos, palpitaciones, piernas hinchadas, etc. Es difícil imaginar cómo, en semejante estado de salud, Roth podía seguir produciendo artículos, novelas, relatos y ensayos a un ritmo increíble, trabajando además de voluntario en el comité de refugiados de París. Con un esfuerzo titánico, arranca a cada día sus páginas, y si sobrevive a esta explotación abusiva de sus fuerzas es gracias a la ayuda de Zweig, que lo anima y apacigua, que viene y le da dinero, le invita a pasar temporadas con él para trabajar juntos y le procura una y otra vez un respiro en su alocada carrera hacia el suicidio.

A esa última década de su vida, un continuo vagar melancólico por el mundo junto a Lotte, que fue secretaria antes que amante, está dedicado el recién editado El exilio imposible (Ariel), de George Prochnik. La biografía “pinta un retrato no demasiado conocido de un Zweig asediado por la depresión”, según el filósofo Luis Fernando Moreno Claros, al tiempo que recorre los escenarios (Londres, Bath, EE UU, República Dominicana, Argentina, Paraguay y, por fin, Brasil) que siguieron a su decisión de abandonar Salzburgo tras un registro domiciliario en 1933.

Atrás quedaron la música de Richard Strauss, la biblioteca, los cafés y el sueño del paneuropeísmo pacifista, pero no la correspondencia con Roth, que se escora inevitablemente hacia unos pocos temas: el mundo bajo el Tercer Reich, “la filial del infierno en la tierra”, en la famosa definición de Roth, el judaísmo o el compromiso político. “De modo diferente reaccionaron a los pasos encaminados a destruir el espíritu europeo, llevados por dos concepciones distintas de la misión del escritor”, reflexiona Heinz Lunzer en el epílogo. “Roth se consideraba portavoz combatiente (…), Zweig pretendía ser comprendido sólo mediante su obra literaria”.

Continuamente, el autor de La marcha Radetzky, que se muestra visionario en 1933 (“todo conduce a una nueva guerra. No doy un céntimo por nuestras vidas”), lanza desafíos al espíritu contemporizador de su amigo —”Alemania está muerta. (…) ¡Véalo de una vez, por favor!”— que este sortea con un titubeante optimismo que resurge de nuevo en la última de las cartas recogidas en el libro. En ella, Zweig muestra en diciembre de 1938 su preocupación por el silencio de Roth y se despide así: “Con toda cordialidad, y que (¡pese a todo!), el año que viene no sea peor que el último”.

Pero lo fue. Seis meses después, el gran biógrafo de María Antonieta o Fouché, escribió para el Times una breve semblanza necrológica de su amigo, cuya muerte llegó por telegrama. Ese mismo día confesó al escritor Romain Rolland: “Lo he querido como a un hermano”.

En la versión española se ha omitido por completo el ejemplar aparato de notas de la edición original alemana de la correspondencia, lo cual es una lástima, pues podría haberse prescindido de las entradas más académicas y haber aprovechado la valiosa información que aportan los editores sobre cada libro, cada personaje o acontecimiento histórico que se menciona. La traducción de Joan Fontcuberta y Eduardo Gil Bera presenta algunas incomprensibles dificultades de lectura.

Para rellenar las lagunas biográficas que deja la correspondencia nada mejor que la novela documental o documentación novelada de Volker Weidermann, crítico literario y germanista, Ostende 1936, el verano de la amistad (trad. de Eduardo Gil Bera, Madrid, Alianza, 2015). La última estancia conjunta de Zweig y Roth se produce precisamente en el verano en que Lotte Altmann —la secretaria de Zweig y ya su amante— hace la foto de los dos veraneantes en el café a orillas del mar del Norte. Por razones obvias, no existen cartas durante estas semanas felizmente pasadas entre mañanas de escritura y tardes de tertulia, en qu se comentan sus progresos o retrocesos y cuando disfrutaron, entre un grupo de amigos, de lo mejor de su relación. Se veían todas las tardes: Roth llegaba acompañado de la joven novelista Irmgard Keun, de la que acababa de enamorarse; Zweig había viajado con la veinteañera Lotte Altmann. Y Weidermann consigue caracterizar plásticamente tanto a los tertulianos como las animadas charlas del ilustre grupo que se formó alrededor de las dos parejas. Formaban parte de él el periodista Egon Erwin Kisch y su mujer, el dirigente comunista Willi Münzenberg y los escritores Ernst Toller, Hermann Kesten y Arthur Koestler.

Joseph Roth y Stefan Zweig
Ser amigo mío es funesto. Correspondencia (1927-1938)
Barcelona, Acantilado, 2015
Trad. de Juan Fontcuberta y Eduardo Gil Bera
425 pp. 25 €

 

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Joseph Roth y Stefan Zweig. Correspondencia (1927-1938). Una introducción

«Alemania está muerta. Para nosotros, está muerta… Ha sido un sueño. ¡Véalo de una vez, por favor!». De esta manera se dirige Joseph Roth a su gran amigo Stefan Zweig, con quien mantuvo una singular y reveladora correspondencia que les permitió compartir intereses literarios, afinidades intelectuales, consejos personales y confesiones sentimentales. Roth, perspicaz y obsesivo, supo ver desde el principio el destino que le esperaba con el ascenso del nacionalsocialismo y se exilió, mientras que Zweig intentó denodadamente —y en vano— transigir, hasta convencerse de que debía emigrar. Esta colección de cartas no es sólo la crónica de un tiempo turbulento en que se impuso la barbarie, sino sobre todo el testimonio del extraordinario compromiso de dos grandes escritores europeos del siglo pasado con la razón y los valores del humanismo. Resulta una obviedad señalar que la epistolografía privada es un género imprescindible dentro de la denominada literatura testimonial, seguramente el más importante junto con el dietarismo. Y es que, como este, la correspondencia personal es insoslayable si se desea completar la biografía de quien la sostuvo, desde un punto de vista no solamente psicológico y historiográfico sino también artístico, intelectual o filosófico. Por ello, tal vez parezca una clase de literatura destinada en exclusiva a bibliófilos impenitentes que buscan aproximarse a sus ídolos mediante un conocimiento más íntimo de la persona real tras el personaje o que desean ahondar en algunas de sus ideas y/o creaciones mediante un conocimiento de sus motivaciones, sus anécdotas vitales, etc.

Stefan Zweig y Joseph Roth en Ostende, Bélgica, en 1936.
Stefan Zweig y Joseph Roth en Ostende, Bélgica, en 1936.

El volumen Ser amigo mío es funesto, sin embargo, rompe con semejante tópico, pues se trata de una lectura adictiva y apasionante incluso para aquel lector que no conozca la obra de ninguno de los dos corresponsales: Stefan Zweig y Joseph Roth. Ello es en buena medida debido a la intensidad de la situación sociopolítica que enmarca las cartas recopiladas, datadas como están entre 1927 y 1938; una época que, como es bien sabido, fue uno de los momentos más convulsos y oscuros de la historia occidental. Y ello es doblemente cierto en el caso de estos dos escritores, teniendo en cuenta que ambos eran austríacos y de origen judío, por tanto imbuidos de la cultura germana y portadores de la herencia multiétnica y civilizada del Imperio Austrohúngaro, en un momento en el que ser un intelectual librepensante y semita en lengua alemana no podía ser más impopular, por no decir peligroso.

Joseph Roth

Joseph Roth

En este sentido, me viene a la memoria una de las maldiciones chinas más perversamente certeras: “Ojalá te toque vivir en tiempos interesantes.” Tanto Roth como Zweig devienen, cada uno a su manera, víctimas de esos “tiempos interesantes”, concretados en el derrumbamiento de los valores del viejo mundo y en el inicio de una nueva era forjada con la sangre de millones de inocentes. El destino trágico de ambos –el alcoholismo que llevó a Roth a una muerte prematura a los 44 años y la desesperación que condujo a Zweig al suicidio– es emblema de la locura padecida por todo un continente durante la primera mitad del siglo XX, y que arrastraría con él, por dos veces, al mundo entero. Un locura proveniente de una profunda crisis moral, ética y económica que tiene claros paralelismos con en el mundo presente, lo que hace aun más fascinante la lectura de estas cartas.

Stefan Zweig Stefan Zweig

Según lo expuesto, el libro traza una visión sobre su realidad bastante negra, aunque las diferencias de temperamento de cada uno de los dos autores le dan un matiz diferente a esa negritud: Roth, convertido al catolicismo, está convencido de la maldad intrínseca de sus semejantes por el pecado original, y por tanto solamente cifra su esperanza en Dios y en la restauración de los Austria, en una huida hacia el pasado tan imposible como excéntrica (v. gr. “Creo en un imperio católico, de impronta alemana y romana […]. No creo en “la humanidad”, en eso no creí jamás, sino en Dios y en que la humanidad, a la que Él no concede gracia alguna, es una porción de mierda.”). Zweig, en cambio, agnóstico y liberal, está perdiendo progresivamente la esperanza para el mundo, lo que le deja sin la única fe que en realidad tenía, el humanismo (v. gr. “Me siento muy oprimido. Mi amargura por la desgracia política me atormenta como un nervio inflamado.”).

“Wiener Riesenrad” por Fargo Levy (imagen de la famosa noria de Viena).

“Wiener Riesenrad” por Fargo Levy (imagen de la famosa noria de Viena).

Dicha diferencia de temperamento, además, es el motivo por el cual el tono de las cartas de Roth suele ser muy exaltado, a menudo con un masoquista exhibicionismo de sus congojas físicas y mentales, así como de los apuros económicos que padece. El título dado a esta edición, de hecho, corresponde a una declaración del autor de La marcha Radetzky, que en repetidas ocasiones se ve a sí mismo como un lastre para Zweig (v. gr. “…usted tiene simpatía por mí. Le doy mi palabra de que no la merezco y de que le perjudica a usted.”). De ahí también que buena parte de sus misivas estén llenas de ruegos desesperados a Zweig, quien le ayuda continuamente prestándole dinero, mediando con los editores y dándole consejos (v. gr. “¡Por favor, por favor, no me abandone!” o “Dios sabe cuánto le necesito, de forma palpable, y cómo necesito que usted tenga necesidad de mí.”). En cambio, los textos escritos por Zweig, incluso cuando expresan sufrimiento o pesimismo, se caracterizan por una modulación melancólica y templada, y en su relación con el amigo acuciado de problemas hay siempre templanza y compasión (v. gr. “Me acuerdo mucho de usted, siempre con amor, y las más de las veces, también con preocupación.”).

Escaparate vienés en los años 30 del siglo XX.

Escaparate vienés en los años 30 del siglo XX

Al respecto es notable, como señala al final del volumen la “Nota del Editor Alemán”, la “evidente desproporción de estos fondos”, ya que, del total de cartas, postales y telegramas compilados –más de 200–, solo hay 45 escritos de Zweig frente a los 184 de Roth. Obviamente, ello se explica porque Zweig llevaba una vida estable y acomodada como escritor de éxito y prestigio y conservó mejor las epístolas recibidas, mientras que Roth no acostumbró a tener un domicilio fijo, circunstancia que, sumada a su azarosa vida personal —los apuros económicos, la esquizofrenia de su mujer…— y a su adicción, hace suponer que le llevaría a perder muchos documentos.

“Leopoldstädter Tempel” (1860) de Rudolf Ritter von Alt. Una de las sinagogas más importantes de la Austria de mediados el siglo XX.

“Leopoldstädter Tempel” (1860) de Rudolf Ritter von Alt. Una de las sinagogas más importantes de la Austria de mediados el siglo XX.

En la exhaustiva edición que Acantilado ofrece al público hispanohablante con su proverbial buen gusto, es sintomático que también se recojan aquellos fragmentos de la correspondencia de Zweig con comentarios acerca de Roth, con lo que se palia en parte el desequilibrio autoral en la proporción de los textos. Además, ello permite revelar el estado de ánimo de Zweig, primero ante el proceso de autodestrucción de su amigo, luego ante sus injustos silencios o reproches, más adelante ante la noticia de su muerte y, finalmente, ante esa morbidez desesperanzada que le llevaría a envenenarse (v. gr. “Se está haciendo rápidamente el vacío entorno a mí, y me digo que Roth y todos los demás tal vez fueran más inteligentes.”). La edición cuenta, igualmente, con un útil “Epílogo” de Heinz Lunzer, que sitúa al lector en las coordenadas espaciotemporales, y también personales, de ambos autores.

Joseph Roth, según Stefanie Agustine

Joseph Roth, según Stefanie Agustine.

En definitiva, la recopilación de la correspondencia entre estas dos grandes figuras de las letras austríacas, no solo resulta imprescindible como reflejo de las inquietudes artístico-literarias de su época sino, sobre todo, como retrato de un mundo que se desmorona, y que tan inquietantemente cercano se halla del lector actual (v. gr. “Tiene usted razón, Europa se suicida. Y la manera prolongada y cruel de ese suicidio se debe a que quien lo comete es un cadáver. Esta decadencia tiene una endiablada semejanza con una psicosis. Parece el suicidio de un psicópata. El diablo gobierna realmente el mundo.”).

Stefan Zweig, según Hugo Guinness

Stefan Zweig según Hugo Guinness.

En medio de la convulsión política de la Europa de entreguerras, se nos irá perfilando al escritor burgués de éxito y con posibles, tan sensible como idealista (Zweig), y al artista maldito y atormentado, marcado por las estrecheces económicas desde la infancia, a las que sumar sus problemas personales y el alcoholismo (Roth). Lúcido y desgarrado, de un estimable valor como testimonio intelectual, histórico y, muy especialmente, humano, este volumen es un ejemplo realmente sublime de cuanto puede ofrecer esta clase de literatura no concebida para su publicación.

 

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Stefan Zweig y la tragedia

Stefan Zweig y la tragedia

Stefan Zweig, novelista, ensayista de éxito y biógrafo insigne, epígono de la ilustrada burguesía judía de Viena, se suicidó, junto con su segunda esposa, Lotte, en su exilio brasileño en Petrópolis, cerca de Río de Janeiro, en 1942, en el fragor de la Segunda Guerra Mundial. Sus cuerpos fueron encontrados, fundidos en un abrazo, rígidos y pálidos, echados sobre dos camas pequeñas que habían juntado. No se sabe si tomaron Veronal, Adalina o morfina. El autor dejó, para explicar su decisión, una carta con el epígrafe «Declaração» (el título en portugués y el texto en alemán), que bien podría servir como ejemplificación del concepto de «suicidio anómico» de Durkheim:

Carta de Stephan Zweig antes de su suicidio

Declaración

Antes de dejar la vida por voluntad propia, con la mente lúcida, me impongo un último deber: dar cariñoso agradecimiento a este maravilloso país, Brasil, que me ofreció, a mí y a mi obra, tan gentil y hospitalario refugio. Cada día aprendí a amar más este país, y en ninguna otra parte hubiera preferido reconstruir mi vida ahora que el mundo de mi propia lengua está perdido y Europa, mi hogar espiritual, se destruye a sí misma.

Pero, pasados los sesenta años, son necesarias fuerzas excepcionales para empezar de nuevo. Y las mías están agotadas después de tantos años de peregrinar como un apátrida.

Así, en buena hora y obrando con rigor, consideré lo mejor concluir una vida en la que el trabajo intelectual fue la más pura alegría, y la libertad personal el más preciado bien sobre la tierra.

Saludo a todos mis amigos. Que se les permita ver la aurora de esta larga noche. Yo, demasiado impaciente, me voy antes.

En su estudio clásico sobre el suicidio, Durkheim definía el suicidio anómico como aquel que surge cuando un fallo o dislocación de los valores sociales provoca en el individuo un sentimiento de desorientación y de falta de significado de la vida. Para el padre de la sociología, la anomia, como estado social, acostumbra a aparecer en las épocas de revolución social, y determina en el individuo un desconcierto o inseguridad que se podría corresponder con lo que hoy llamamos alienación o pérdida de identidad.

Las circunstancias que envolvieron la vida y la muerte del autor austríaco han sido brillantemente analizadas por el periodista y crítico brasileño Alberto Dines en su bellísimo libro Muerte en el paraíso: La tragedia de Stefan Zweig, cuya primera edición (ampliación de la primera versión brasileña de 1981) ha sido recientemente publicada.

Zweig nació en Viena en 1881, hijo de un rico industrial judío asimilado. La ciudad era, en esa época, la capital del Imperio austrohúngaro, un estado multiétnico y multilingüístico, un complejo puzle que antes de la Primera Guerra Mundial incluía diecisiete nacionalidades diferentes y cuyo himno era entonado en trece idiomas. Por otro lado, cerca del nueve por ciento de la población urbana austríaca estaba constituida por judíos, y es necesario subrayar que, en el terreno intelectual, nueve de cada diez austrohúngaros que se destacaban eran judíos. Autores clásicos como Schorske y Johnston han analizado con agudeza el fenómeno que hizo que muchos hombres de negocios judíos (como el padre de Zweig o de Freud) animasen a sus hijos a iniciar estudios universitarios, convencidos de que su integración en la alta cultura constituiría una segunda (y definitiva) fase de asimilación. Este fenómeno permitiría explicar, por otro lado, la denominada «judaización» de todas las profesiones liberales que se dio en las principales ciudades del Imperio. En algunas áreas específicas, como el psicoanálisis y el marxismo, esta preponderancia era aplastante. Muchos periódicos eran escritos por judíos para otros judíos, como la Neue Freie Press, el Wiener Tagblatt y Die Fackel. La clase media judía proporcionaba, así, en palabras de William M. Johnston, el autor del imprescindible estudio El genio austrohúngaro, un foro inigualable para la discusión y divulgación de nuevas ideas.

En su libro de memorias El mundo de ayer: Memorias de un europeo, Zweig entona un canto elegíaco a la desaparición de ese que fue su mundo:

Nací en 1881, en un imperio grande y poderoso —la monarquía de los Habsburgo—, pero no se molesten en buscarlo en el mapa: ha sido borrado sin dejar rastro. Me crie en Viena, metrópolis dos veces milenaria y supranacional, de donde tuve que huir como un criminal antes de que fuese degradada a la condición de ciudad de provincia alemana. En la lengua en que la había escrito y en la misma tierra en que mis libros se habían granjeado la amistad de millones de lectores, mi obra literaria fue reducida a cenizas. De manera que ahora soy un ser de ninguna parte: forastero en todas; huésped, en el mejor de los casos. También he perdido a mi patria propiamente dicha, la que había elegido mi corazón, Europa, a partir del momento en que esta se ha suicidado desgarrándose en dos guerras fratricidas.

Los estados sucesores del Imperio Austrohúngaro en 1918

Los Estados sucesores del Imperio Austrohóngaro – 1918

Cada ciudad tiene su momento de gloria, y Viena conoció tal vez una de sus etapas más brillantes durante su canto de cisne como capital imperial, en ese período que abarca el fin del siglo XIX y el primer tercio del siglo XX, que coincide en parte con lo que Broch bautizó con acierto como el «apocalipsis feliz», un período durante el cual un imperio con una estructura anquilosada heredada del Ancien Régime, ineficaz y a la deriva, se encaminaba inconsciente, a ritmo de vals, hacia el desastre de la Primera Guerra Mundial y su posterior descomposición. De ese caldo mágico vienés finisecular surgieron, sin embargo, destacados pensadores (Husserl, Witgenstein, Freud y Karl Popper), historiadores (Hobsbawn y Gombrich), pintores (Klimt, Kokoscha y Schiele), dramaturgos (Max Reinhardt), músicos (Mahler, Alban Berg y Schoenberg), y escritores (Schnitzler, Kraus, Hofmannsthal, Zweig, Musil y Broch). Por otro lado, es bien conocida la contribución imprescindible del exilio austríaco al cine de Hollywood: cineastas como Fritz Lang, Von Stroheim, Von Stenberg, Max Ophuls, Billy Wilder y Otto Preminger tuvieron un papel fundamental en la construcción del lenguaje cinematográfico clásico americano. Si consideramos además que Viena era en esa época la capital del Imperio austrohúngaro, entonces tendríamos que incluir en ese fantástico dream team otros nombres que, sin mantener una relación tan estrecha con Viena, al residir en otros territorios pertenecientes al Imperio (como Hungría, Bohemia, Galitzia o Rumanía), se nutrieron de ese mismo humus cultural: escritores como Rilke, Kafka, Celan, Lukács, Hauser o Canetti fueron, sin ir más lejos, ciudadanos de ese mismo imperio y escribían todos ellos en alemán.

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Viena en el proyecto de 1873

Muchos de estos intelectuales eran judíos y juntos crearon, al menos en parte, los cimientos de nuestra modernidad. Ya ha sido suficientemente destacado el papel de la intelectualidad judía en el esplendor cultural de la Viena finisecular y del primer tercio del siglo XX. Desde el siglo XIX, la burguesía de origen judío había sucedido en la protección de las artes a una aristocracia decadente, mostrando una gran avidez por todas las novedades artísticas, frecuentemente desaprobadas por la crítica oficial. Como refiere Zweig en su autobiografía: «Inconmensurable es el papel que la burguesía judía, con su contribución y protección, desempeñó en la cultura vienesa. Ella era el público, llenaba los teatros y los conciertos, compraba los libros y los cuadros, visitaba las exposiciones y, con su comprensión, más flexible y menos cargada de tradición, se convirtió por doquier en promotora y precursora de todas las novedades».

Esta burguesía culta, liberal y acomodada, que alguien tuvo por bien llamar «homo austrico-judaicus», con su profunda voluntad de asimilación, se integró totalmente en la vida cultural de la capital del Imperio, confiriéndole, a cambio, su característico espíritu cosmopolita y supranacional. Dispersos y ubicuos por todo el territorio del Imperio, aunque no ligados a ninguna de sus nacionalidades (austríacos, checos, húngaros), los judíos eran en su mayoría leales al emperador y al liberalismo como sistema político y veneraban la cultura austrogermánica. En palabras de Schorske, se convirtieron en el pueblo supranacional de un estado multinacional, el único grupo étnico que logró ocupar el lugar de la vieja aristocracia.

Stefan ZweigStefan Zweig fue, en vida, un escritor de gran éxito, cuyos libros fueron auténticos superventas en Alemania y Austria, y su éxito se prolongó, con algunas oscilaciones, tras su muerte (en España casi toda su obra ha sido recuperada recientemente por la editorial El Acantilado). Sus obras sirvieron de base para una lista interminable de películas (entre las más conocidas, Carta a una desconocida, de Max Ophuls, o La Paura, de Roberto Rosellini). Escribió elaborados cuentos y novelas psicológicas (Amok, La confusión de los sentimientos, Miedo, Veinticuatro horas en la vida de una mujer, Novela de ajedrez), libros de divulgación de contenido histórico (Momentos estelares de la humanidad), ensayos (La lucha contra el demonio: Hölderlin, Kleist, Nietzsche) y varias biografías que renovaron este género y constituyen inolvidables perfiles psicológicos de conocidos personajes históricos (María Antonieta, María Estuardo, Fernando de Magallanes, Erasmo de Rotterdam, Balzac, Dickens, Dostoievski). Zweig tuvo por bien escoger para sus perfiles biográficos personajes derrotados: Mis personajes son los vencidos, Hay un cierto rasgo característico de mi manera de pensar: nunca —infaliblemente— tomo partido a favor del «héroe», sino que solo veo la parte trágica del vencido. En mis narraciones cortas, quien me atrae es siempre aquel que sucumbe al destino; en las biografías es la figura de alguien que tiene razón no en el campo real del éxito, sino única y exclusivamente en el moral: Erasmo y no Lutero; María Estuardo y no Isabel; Castellio y no Calvino.

Pero, como concluye Dines, este extraño magnetismo que empuja a Zweig hacia los vencidos es tan fuerte «que a veces parece uno de ellos».

Dos de sus libros biográficos, siguiendo el modelo plutarquiano de las «vidas paralelas», intentaron abordar el enfrentamiento entre dos personalidades históricas, un vencedor histórico y factual frente a un vencedor moral: Castellio contra Calvino y Erasmo de Rotterdam contra Lutero.

Nosotros proponemos también el ejercicio de contemplar la vida de Zweig en paralelo con dos personalidades fundamentales de su época: Freud y Hitler.

Con Freud —también vienés (de adopción) y judío— mantuvo una prolongada relación epistolar y de amistad. Conviene recordar que Zweig fue el autor del primer estudio de divulgación del psicoanálisis para el gran público, La curación por el espíritu (Mesmer, Mary Baker-Eddy, Freud), y ya en el exilio londinense, en donde ambos habían desembarcado huyendo del terror nazi, no por casualidad fue Zweig el escogido —junto con Ernst Jones, que habló en representación de los psicoanalistas de todo el mundo— para leer la elegía final ante las cenizas del ilustre creador del psicoanálisis. Zweig se sentía, sin duda, en deuda con Freud: era consciente de que sus novelas psicológicas no podrían existir sin la influencia de la lectura de la obra de Freud. En una de las cartas que le dirige reconoce: «Desde un punto de vista espiritual pertenezco a una generación que, por lo que respecta al conocimiento, a nadie debe tanto como a usted, y siento, a una con ella, que se acerca la hora en que la vasta importancia de su descubrimiento del alma se convertirá en patrimonio común, en ciencia europea». A Freud también le dedicó uno de sus ensayos más famosos, La lucha contra el demonio: Hölderlin, Kleist y Nietzsche, y es un hecho conocido que Freud, fiel lector de la obra de Zweig, admiraba especialmente dos de sus novelas: La confusión de los sentimientos y Veinticuatro horas en la vida de una mujer (un brillante estudio psicológico sobre un ludópata). A propósito de esta última obra, afirmaba Freud que, incluso sin conocer las técnicas psicoanalíticas, Zweig las utilizaba literariamente de forma perfecta.

Los paralelismos con Hitler comienzan por el extraño parecido físico: tenían un bigote similar, e incluso existía alguna semejanza general en los rasgos de la cara. Ambos eran austríacos, de edades próximas, y coincidieron en la misma época en Viena, cuando el futuro dictador, rechazado por la Academia de Bellas Artes de la capital imperial, arrastraba su fracaso como pintor por las calles de la ciudad. En su autobiografía El mundo de ayer, Zweig relata sus despreocupadas estancias en la casa de campo que tenía cerca de Salzburgo, situada justo enfrente de la famosa residencia de Hitler, más tarde bautizada como el Nido del Águila, localizada al otro lado de la frontera, en los Alpes bávaros: «¿Con quién no pasamos allí horas cordiales, mirando desde la terraza el bello y pacífico paisaje, sin sospechar que justo enfrente, en la montaña de Berchtesgaden, se alojaba el hombre que habría de destruir todo aquello». Hitler, aunque más tarde prohibiese la publicación de sus libros, también apreciaba la obra de Zweig, en especial la biografía de Joseph Fouché, el maquiavélico político que consiguió sobrevivir a la Revolución Francesa, a Napoleón, al Congreso de Viena, y se mantuvo en el poder hasta la Restauración borbónica. Un mes antes del suicidio de Zweig, a orillas del lago Wannsee, en las proximidades de Berlín, los jefes de la SS mantenían una reunión secreta, organizada bajos los auspicios de Hitler, para decidir la «solución final» para el llamado problema judío. El paralelismo se completa con la muerte de Hitler, también voluntaria, en su búnker berlinés, tres años después de la muerte de Zweig.

Stefan Zweig y su esposa, Charlotte Elisabeth Altmann, tal como fueron hallados tras su suicidio
Stefan Zweig y su esposa, Charlotte Elisabeth Altmann, tal como fueron hallados tras su suicidio

¿Y cuál era la situación anímica de Zweig en 1942? Su país, en veinte años, había dejado de ser un imperio multicultural y multilingüístico —el Imperio austrohúngaro— para transformarse en una república de población mayoritariamente germanohablante, y finalmente desaparecer como Estado —suerte de suicidio histórico conocido como finis Austriae— a través del Anchsluss, o anexión de Austria al Tercer Reich alemán. Nuestro autor, que había decidido huir de Austria tras ver la intimidad de su vivienda violada por agentes de la policía, ya no tenía nacionalidad. Su lengua, el alemán, era paradójicamente la lengua de aquellos que intentaban eliminar a los miembros de su raza a través de la máquina de producción de muerte más sofisticada jamás pensada por el hombre. En 1933, en una plaza próxima a la avenida berlinesa Unter den Linden, columnas de estudiantes nazis, con antorchas encendidas, habían invadido la Universidad de Berlín y quemado veinte mil libros extraídos de la biblioteca, entre los cuales algunos de Zweig. Poco tiempo después, su nombre fue prohibido en el mercado editorial alemán.

A partir de ese momento tuvo que conformarse con publicar sus libros traducidos a otras lenguas. A su amigo Romain Rolland le confesó en una carta: «Resulta imposible encontrar a lo largo de los pasados siglos una situación vital tan crítica como esta, la de un judío austríaco autor en lengua alemana». En relación con la raza y la religión, como tantos otros miembros de la burguesía urbana vienesa, su familia había abandonado la religión judía y había sufrido un proceso gradual de asimilación, que le hizo perder casi totalmente el vínculo con su pueblo, hasta el momento en que los nazis les obligaron a colocarse de nuevo en la situación original de pueblo perseguido.

Cripta de los Capuchinos

Cripta de los Capuchinos

Hay una evidente fascinación por la muerte en la cultura austríaca que, para Johnston, hunde sus raíces en el Barroco, como puede observarse en la mórbida Cripta de los Capuchinos de Viena, donde descansan, rodeados de figuras de esqueletos y otros memento mori, los restos de los últimos Habsburgo. Sorprende, de hecho, el número de suicidios de intelectuales y personajes públicos del Imperio entre 1860 y 1938, comenzando por la romántica muerte del príncipe heredero, Rodolfo, que se suicidó en compañía de su amante en el palacete de Mayerling. Es cierto que Zweig tuvo muchos precursores suicidas antes de la desintegración del Imperio, Otto Weininger y Georg Trakl, entre otros. Más tarde, tras el Anschluss, muchos otros intelectuales judíos austríacos en el exilio también desistieron, como Zweig, aunque de formas más sutiles. Joseph Roth, autor de La marcha Radetzky y de La leyenda del santo bebedor, el cantor del ocaso del Imperio y del fin de la casa de los Habsburgo, murió ahogado en alcohol en su exilio parisino. Herman Broch, autor de la famosa novela La muerte de Virgilio, exiliado en Estados Unidos, probablemente provocó su muerte en 1951: aunque le habían prohibido hacer esfuerzos físicos, subió tres pisos cargando un baúl. Otros judíos, ciudadanos del Imperio y testigos del holocausto, como Paul Celan y Bruno Bettelheim (el autor de Psicoanálisis de los cuentos de hadas), pusieron también fin a sus días voluntariamente.

Teatro de la Ópera - Viena
Teatro de la Ópera – Viena

El médico y perito forense brasileño Cláudio de Araújo Lima, autor del libro Ascensión y caída de Stefan Zweig, publicado pocos meses después de la muerte del autor austríaco, defiende una tesis con la cual es difícil no estar de acuerdo, esto es, que, independientemente del análisis de las causas, Zweig, que era ciclotímico, sufrió un episodio depresivo profundo durante su exilio brasileño, agravado probablemente por el consumo exagerado de hipnóticos, que usaba como automedicación para su problema crónico de insomnio. El propio Zweig, aunque no aceptase iniciar tratamiento específico para la depresión, era consciente de la situación psíquica por la que pasaba. Días antes de matarse, explicó a varios amigos de Río de Janeiro el motivo de su abatimiento: había sido invadido por la melancolía: Ich habe meine schwarze Leber (‘tengo el hígado negro’), explicó a uno de sus amigos más próximos, en una clara referencia a la teoría humoral hipocrática del exceso de bilis negra como explicación para la depresión. Cláudio de Araújo Lima traza en su libro una tentativa de «autopsia psiquiátrica» de Zweig: «Se mató, como cualquier tuberculoso puede sucumbir, de súbito, a una hemoptisis, como un hipertenso por una crisis fulminante. […] Simple accidente que, quizá, se hubiese podido evitar si cerca de él existiera alguien capaz de interpretar menos poéticamente el estado enfermizo de su espíritu». Fue un suicidio «de melancólico, de víctima de una depresión climatérica, agravada por factores reactivos externos de la más alta significación psicológica».

Zweig había huido inicialmente para Inglaterra, pero cuando la situación en Europa se tornó más amenazadora para los judíos, decidió huir primero a los Estados Unidos, para instalarse finalmente en Brasil. De Lisboa salió el barco con destino a Río de Janeiro. Al llegar a Brasil, declaró a un periodista: «Me siento feliz por haber abandonado la incerteza, la inquietud y la inseguridad de Europa». Pero, como refiere Dines, «el exilio es siempre desolador, incluso en el país más placentero del mundo. El trópico exuberante no ahuyenta todas las sombras, el sol nunca es suficiente para secar a los náufragos encharcados».

Viena - 1887

Viena – 1887

Preveía un conflicto largo y devastador y sentía el cerco estrecharse a su alrededor. El hundimiento de varios navíos brasileños por parte de submarinos alemanes aumentó su angustia. Su estado depresivo fue testificado por varias personas en los meses inmediatamente anteriores a su muerte. Así, Klaus Mann, el hijo del premio Nobel alemán, se lo encontró en la Quinta Avenida neoyorquina (adonde había sido invitado para dar una conferencia), «agotado, inmerso en una profunda tristeza, sin afeitar, apariencia descuidada». Un amigo, René Fülöp-Miller, también exiliado en Nueva York, recordará más el inusitado interés de Zweig en abordar el tema de la psicología de las últimas horas de vida y el problema de la dosificación de los venenos letales, durante su estancia en la ciudad de los rascacielos. En Río, el editor francés Max Fisher sintió en él «el pavor de quedarse solo, me llamaba por teléfono muy temprano y venía a conversar conmigo a mi habitación o quedábamos en el vestíbulo del hotel…, desde el primer día estaba abatido. Expresión melancólica, la tristeza estaba en los ojos».

La tragedia de Stefan Zweig es la misma que vivieron muchos judíos que, como Joseph K., el famoso protagonista de El proceso, eran culpados y sacrificados por un crimen que no conseguían entender. El autor vienés se dio cuenta de esta tragedia cuando escribía en su autobiografía:

Pero lo más trágico de esta tragedia judía del siglo XX era que quienes la padecían no encontraban en ella sentido ni culpa. Todos los desterrados de los tiempos medievales, sus patriarcas y antepasados, sabían como mínimo por qué sufrían: por su fe y por su ley. Poseían todavía como talismán del espíritu lo que los de hoy día han perdido hace tiempo: la confianza absoluta en su Dios. Vivían y sufrían con la orgullosa ilusión de haber sido escogidos por el Creador del mundo y de los hombres para un destino y una misión especiales, y la palabra promisoria de la Biblia era para ellos mandamiento y ley. Cuando se los lanzaba a la hoguera, apretaban contra su pecho las Sagradas Escrituras y, gracias a este fuego interior, no sentían tanto el ardor de las llamas asesinas. Cuando se les perseguía por todos los países, siempre les quedaba una última patria, la de Dios, de la que no les podía expulsar ningún poder terrenal, ningún emperador, rey o inquisidor. Mientras la religión los mantenía unidos, eran una comunidad y, por consiguiente, una fuerza; cuando se les expulsaba y perseguía, expiaban la culpa de haberse separado conscientemente de los demás pueblos de la Tierra a causa de su religión y sus costumbres. Los judíos del siglo XX, en cambio, habían dejado de ser una comunidad desde hacía tiempo. No tenían una fe común, consideraban su judaísmo más una carga que un orgullo y no tenían conciencia de ninguna misión. Vivían alejados de los mandamientos de sus libros antaño sagrados y ya no querían hablar su antigua lengua común. Con todo su afán, cada vez más impaciente, aspiraban a incorporarse e integrarse en los pueblos que los rodeaban, disolverse en la colectividad, solo para tener paz y no tener que sufrir persecuciones, descansar de su eterna huida. Y, así, los unos ya no comprendían a los otros, refundidos con los demás pueblos: desde hacía tiempo eran más franceses, alemanes, ingleses o rusos que judíos […] hasta hoy, por primera vez durante siglos, no se ha obligado a los judíos a volver a ser una comunidad que no sentían como suya desde tiempos inmemoriales, la comunidad del éxodo que desde Egipto se repite una y otra vez. Pero ¿por qué este destino les estaba reservado a ellos y solo a ellos? ¿Cuál era la causa, el sentido y la finalidad de esta absurda persecución? Se les expulsaba de sus tierras y no se les daba ninguna otra. Se les decía: no queremos que habitéis entre nosotros, pero no se les decía donde tenían que vivir. Se les achacaba la culpa y se les negaban los medios para expiarla. Y se miraban los unos a los otros con ojos ardientes en el momento de la huida y se preguntaban: ¿Por qué yo? ¿Por qué tú? ¿Por qué yo y tú, a quien no conozco, cuya lengua no comprendo, cuya manera de pensar no entiendo, a quien nada me ata? ¿Por qué todos nosotros? Y nadie sabía la respuesta.

En su biografía de María Antonieta, Zweig relata que, en el torbellino revolucionario, poco tiempo antes de ser decapitada, la reina escribió en su diario: «Solo en la desgracia se sabe en verdad quién se es», y el propio Zweig también comprendió en la desgracia quién era realmente, aunque no consiguió encontrar para ese ser un espacio y un tiempo propio: «En parte alguna podría reconstruir mi vida», escribió en su declaración de despedida.

El libro de Dines, fruto de un feliz encuentro precoz (Dines, miembro de la comunidad hebrea de Río de Janeiro, tuvo la oportunidad de conocer a Zweig cuando aún era un niño, durante la visita que aquel hizo a su escuela), es una lectura obligatoria, rica en material epistolar inédito, imprescindible no solo por el análisis lúcido de la vida del escritor, sino también como reflexión única sobre una generación y un mundo —el que surgió de la simbiosis austrojudía— definitivamente desaparecidos.


Bibliografia:

Durkheim, E. El suicidio. Madrid: Editorial Akal, 1998.

De Araújo Lima, C. Ascensión y caída de Stefan Zweig. Madrid: Alento, 2012.

Dines, A. Muerte en el paraíso: La tragedia de Stefan Zweig. Editora Rocco (Temas e Debates): Lisboa, 2005.

Schorske, C. E.  La Viena de fin de siglo. Política y cultura. Buenos Aires: Siglo XXI, 2011.

Johnston, W. M. El genio austrohúngaro. Historia social e intelectual (1848-1938). Oviedo: KRK, 2009.

Zweig, S. El mundo de ayer: Memorias de un europeo. Barcelona: El Acantilado, 2002.

Lafaye, J. J. Una vida de Stefan Zweig. Barcelona: Alrevés, 2009.

Seksik, L. Los últimos días de Stefan Zweig. Madrid: Casus Belli, 2012.

Zweig, S. Castellio contra Calvino. Consciencia contra violencia. Barcelona: El Acantilado, 2001.

Zweig, S. Erasmo de Rotterdam. Triunfo y tragedia de un humanista. Barcelona: Paidós Testimonios, 2005.

Zweig, S. La curación por el espíritu (Mesmer, Mary Baker-Eddy, Freud). Barcelona: El Acantilado, 2006.

Zweig, S. Correspondencia con Sigmund Freud, Rainer Maria Rilke y Artur Schnitzler. Barcelona: Paidós Testimonios, 2004.

Zweig, S. María Antonieta. Retrato de una reina mediocre. Barcelona: Juventud, 2003.

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Ilustraciones en internet: http://www.elke-rehder.de/stefan-zweig.htm

 

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‘El Leviatán’, de Joseph Roth

'El Leviatán'

‘El Leviatán’

Joseph Roth (1894-1939), uno de los grandes talentos del siglo XX, querido amigo de otro grande, Stefan Zweig, y judío que debió exiliarse a Francia, nos acerca en El Leviatán la historia de otro judío, comerciante de corales en Progrody, Rusia.  Ya había aparecido este personaje en  Némesis:

En la pequeña cuidad de Progrody vivía en otro tiempo un comerciante de corales, conocido en toda la región por su honradez y la excelente y fiable calidad de sus géneros.

Además de su honestidad, Piczernik era un hombre muy especial. Aunque nadie lo sospechaba. Amaba los corales, a los que creía dotados de vida propia, como a los hijos que nunca tuvo, sentía nostalgia del mar, se imaginaba al Leviatán en el fondo primitivo de las aguas cuidando sus corales… Pero nadie conocía sus más íntimos sueños. Vivía su pasión en secreto.

Una tentación llegó a su tranquila vida, de la cada vez se sentía más descontento, de la mano del  marinero Komrover, al que Piczernik acompaña sin tregua en su estancia de permiso en Progrody y al que atosiga con incesantes preguntas sobre el mar, los barcos, el fondo marino, los vientos, las mareas,… Su hasta ahora escondida pasión se va revelando y adueñando de él y el comerciante, cual adicto, se entrega, se deja arrastrar. Y, siguiendo con el símil necesita cada vez más y más poder satisfacer su ansia de saber, de conocer, de ver. Sus costumbres religiosas, su vida familiar y su comportamiento en la tienda se ven resentidos. Comienza la caída de Piczernik hacia esa profundidad marina en donde se esconde el Leviatán, ese mítico monstruo marino cuidador de los corales pero también, en términos religiosos, reencarnación del propio Satanás.

Joseph Roth

Joseph Roth

Pero aún se presenta otra tentación, en esta ocasión en forma de comerciante húngaro. Jenö Lakatos se asienta en Suchky, pueblo cercano a Progrody, abre una tienda y muestra ser una fuerte competencia para Piczernik. Lakatos también vende como él corales pero a un precio muy inferior al de los del comerciante judío; los corales de Lakatos no son auténticos sino hechos de celuloide. Y la tentación se vuelve codicia y, ya que la clientela se ha visto seriamente mermada, Piczernik como compensación decide mezclar los corales falsos con los corales auténticos, la pasión a la que ha entregado su vida.

Piczernik ha engañado a sus clientes y se ha traicionado a sí mismo y a sus corales. Y si uno se traiciona a sí mismo, ¿qué le queda? ¿Qué le queda al una vez honesto, respetado y querido Piczernik?

El Leviatán es una parábola moralizante de lectura imprescindible que nos habla, en un lenguaje sencillo, sincero,  honesto- como lo fue el propio comerciante- de eso mismo, de la honestidad, y de la lealtad a uno mismo, y de la traición a los viejos valores. Joseph Roth construye un relato de suma belleza, con un mensaje tanto o más actual hoy que ayer, que merece una lectura lenta e intensa para lograr captar todos los matices y sutilezas de esta gran historia.

 

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